Quienes tuvimos la dicha de estar en una de sus (tres) presentaciones o poseer una copia de su único demo no somos capaces, incluso más de treinta años después, de olvidar a la Edgar Allan Trotsky Motherfucker Orchestra

Edgar Allan Trotsky Motherfucker Orchestra: una experiencia total
Ángela Bhruna

No funciona aquello del secreto mejor guardado porque no hay secreto y nadie quiso guardarlo. Entre la actitud punk, los conflictos políticos de sus integrantes –divididos entre el trotskismo partidario, el anarquismo militante y un nihilismo lumpen–, la suma de voluntades de diferentes ámbitos y la dispersión de intereses del colectivo artístico, el proyecto naufragó cuando apenas se había hecho a la mar. Sin embargo quienes tuvieron (tuvimos) la dicha de estar en una de sus (tres) presentaciones o poseer una copia de su único demo no somos capaces, incluso más de treinta años después, de olvidar a la Edgar Allan Trotsky Motherfucker Orchestra.

Justo cuando el rock chabón estaba por asomar su sucia cabeza un grupo de adolescentes porteños decidieron armar un proyecto cultural que iba a tener como base estructural una banda de punk rock (gótico y literario según la definición de Roberto “Garga” Gargaglia, ex cantante) decidida a tocar contra la realidad. Así, además de los ocho músicos (un cantante, una trompetista, uno o dos bajistas, un baterista y tres o cuatro guitarristas) la EATMO contaba con actores, cineastas, poetas, bailarines, dibujantes, grafiteros y artistas plásticos entrando y saliendo del grupo.

"Intentamos una experiencia total", dice con indisimulado orgullo el cineasta Mario Barrett, quien hizo sus primeras armas filmando a la banda.

"Llegamos tarde al comunitarismo hippie y temprano a la cultura okupa-punk —la que habla es  Melisa Maccione, saxofonista de la banda— pero ese era el plan. Para nosotros cualquier plan era un buen plan. Teníamos una idea de banda como experiencia cultural completa y compleja. Pero, como te digo, estábamos fuera de momento. Pensá que  los Redondos estaban en el proceso contrario, convirtiéndose en una simple banda de rock".

 

Encontramos a Enrique “Pino” Meltzer, que tocaba alternativamente una de las guitarras o el segundo bajo, en el taller mecáico que tiene en Mataderos. En una las paredes, junto a un calendario Pirelli del 2014 está el volante de una de las escasísimas presentaciones de la banda: en el viejo Parakultural, con McPhantom y las Hermanas Nervio como invitadas.

Meltzer se limpa las manos de grasa en un mameluco azul deslavado y me convida un mate.

"Fue muy divertido y aprendí un montón, pero nos la pasabammos drogados y terminábamos siempre a las piñas", dice y larga una risa que, pienso, podría haber sido de Pappo.

Dice que no supo mucho más de los restantes miembros de la banda.

"Sé que Esederre murió de sobredosis, igual que el Gordo Felipe, que era el pibe que nos bautizó y  diseñó el logo. Y creo que Tadeum murió de cirrosis. Pero no estoy seguro, eh", agrega.

"Kito siguió tocando, creo que vive en Brasil —me cuenta Maccione, mientras se acomoda un rulo que insiste en tapar uno de sus ojos sobremaquillados—, Pino es mecánico, Felipe murió hace unos años, Mario sigue haciendo cine y Elcinco, hasta donde yo sé, estuvo varios años en Sierra Chica".

 

Pero no es en Sierra Chica, donde también estuvo, sino en Marcos Paz (cumpliendo condena por homicidio simple) donde encontramos a Gustavo “Elcinco” Pérez. No quiere hablar de la EATMO.

"Encontré a Dios", dice como toda respuesta.

 

En cambio Roberto “Garga” Gargaglia, periodista y artista plástico en la ciudad de Zapala, en el sur del país, está encantado de hablar de su viejo sueño juvenil.

"Fue una gran época —dice—, todo era posible y todo estaba por escubrirse. Para mí la Allan Trotsky fue la puerta de entrada al arte. Una puerta que nunca más cerré. De hecho lo único que lamento es haber perdido contacto con los demás y no tener materia de aquella locura hermosa. Pensá que en total entre músicos, performers, artistas, técnicos, éramos una equipazo de como veinte personas".

 

Los vi en Hanoi. Tocaban con Los del Planeta (la banda new romantic en la que tocaba el guitarrista de La Chicana Acho Estol), Miltor y Mr. Magoo. Subieron últimos más que nada por el despelote que significaba un despliegue semejante, de músicos y otros artistas, en aquel escenario de dos metros por dos metros.

 

"¡La Edgard Allan Trotsky Motherfucker Orchestra! Sí, ¿cómo no me voy a acordar? Si eran unos salvajes. Pocas veces un nombre mejor puesto: revolución social, literatura gótica y mala leche", se caga de risa Esto cuando lo consultamos: "tocamos con ellos en un bolichito en San Telmo: eran como diez arriba del escenario y rompieron todo".

 

Ese es el recuerdo que me llevé todos estos años grabado a fuego. Yo tenía 16 años, había conocido mi primer grupo de pertenencia (un grupo de pibes y pibas del colegio que andaban en el ambiente punk) y andaba fascinada. Ese fue uno de mis primeros recitales. Antes había ido a un par de festipunk y a algúno de Sentimiento y Cadáveres, pero nada había sido ni por asomo parecido a lo que iba a pasar aquella noche.

La EATMO subió (es un decir, el escenario de Hanoi, además de minúsuculo estaba casi a ras del suelo) cerca de las tres de la mañana. Se notaba, lo notaba hasta yo que era más careta que Heidi, que estaban muy borrachos o muy drogados. Arrancaron con una versión irreconocible de un tema de The Cure y lo pegaron con una más indescifrable todavía de Alabama Song.

 

"Hacíamos canciones que tuvieran algo que ver con la literatura —explica Gargaglia—, 'Whisky Bar' porque la letra es de Bretch, 'Killing an Arab' que está basada en El extranjero de Camus, 'Uno, dos' de los Viola, cosas así. Y un par de temas nuestros, claro".

 

Pero volvamos a mi recuerdo.

Habían terminado las dos primeras canciones y se pusieron a discutir la lista. Alguien del público se puso ansioso y gritó algo. Hubo escupidas. Dos de los guitarristas dejaron sus instrumentos y bajaron a resolver el tema a los golpes. Antes de que la gresca terminara de crecer Pérez marcó tres con los palitos y comandados por el saxo de Maccione arrancaron una versión furiosa de una canción que mucho después me enteraría era de los dos personajes menos punk de la cultura argentina: Jorge Luis Borges y Astor Piazzolla, “Jacinto Chiclana”. A mitad del tema los violeros volvieron a sus puestos y todo parecía indicar que con ellos la calma.

Pero no.

El show completo duró apenas una canción más. Por alguna razón que desde donde nosotros estábamos no se llegó a entender, algunos de los músicos se trenzaron a golpes mientras otros seguían tocando. Se sumaron algunos del público, tanto a pelear como a manotear algún instrumento abandonado para tocar. Era una locura, el pequeño escenario de Hanoi de pronto era un ente caótico con vida propia. ¡Nos volvimos locos!

Claro, no éramos los únicos.

¡Había que ver al dueño del lugar tratando de salvar sus equipos de los pies de micrófono y las botellas que volaban por el escenario!

 

"¡Sí! —se ríe Meltzer con la risa de Pappo—, hicimos un quilombo bárbaro. Ni me acuerdo por qué peleábamos esa vez, siempre termnabamos a los gopes, pero sé que a Bergen le bajé dos dientes y a Kito le partí la nariz de un cabezazo".

"¡No éramos una banda, éramos un bardo!"

 

Un rato después, cuando nos íbamos, los vimos en la puerta, tomando vino mientras cargaban los instrumentos en un viejo Peugeot 404, las ropas rotas y ensangrentadas por la pelea, pero riendo como viejos amigos y hablando a los gritos.

Maria, mi gran amiga del secundario, y yo nos acercamos, con más timidez de la que debíamos haber tenido, y les preguntamos cuándo tocaban de nuevo.

"¿Y cómo podemos saber? Pero tengan, esto lo grabamos hace poco", nos dijo uno de ellos, no me sé cuál, y nos dio dos copias de su demo.

Nunca volví a verlos, pero escuché ese cassette miles de veces. Ahora me entero que un pequeño sello planea lanzar una versión remasterizada de aquel demo durante este año.

Edgar Allan Trotsky Motherfucker Orchestra.

Pasaron más de treinta años.

Repito: Edgar Allan Trotsky Motherfucker Orchestra.

Esta nota es el homenaje que, desde esa noche mágica y feroz, la piba que fui les debía.

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Ángela Bhruna