Las piedras guardan la memoria geológica de nuestro planeta

Ciclos litológicos
Un cuento de Pablo Segreda Johanning

 

Ulysse

Fabián, te debo una metáfora

 

we find no vestige of a beginning,

no prospect of an end

James Hutton

 

 

Anoche miré por última vez la piedra. Lo intuí hace varios días en los que apenas me había detenido a visitar la caja de madera donde enmudecía con recelo. Es verdad que hacía mucho tiempo su brillo no asaltaba ya a mis ojos; tampoco había vuelto a posar la piedra en la oquedad de mi mano mientras soñaba con el color de unos ojos imposibles, pero no es menos cierto que a veces me decidía a abrir la tapa de su encierro con cautela, reparando siempre en que no le diera la luz de forma directa. Entonces deslizaba una mirada furtiva por la ranura de la caja apenas entreabierta y la hallaba lánguida, abnegada a las tareas propias de ser una piedra. En ocasiones me parecía víctima de una tristeza orgánica o una suerte de animal en cautiverio. Sé que me observaba de vuelta. Me miraba desde la convexidad de su cuerpo anodino y en su mirada había un descargo culposo, pero también una suerte de reclamo, como si ambos fuéramos cómplices y víctimas de una misma tragedia.

Por alguna razón la piedra llegó a mi vida la misma noche que llegó María. Ella tenía rostro de aceituna, el cabello oscuro, y me gustaba su forma de decir “rojo”. Aquella velada dimos vueltas por toda la extensión de un territorio que nos resultaba indiferente; cruzamos avenidas estrechas, visitamos plazas mustias y árboles incapaces de borrar el horizonte. La ciudad era tan íntima y confidencial que parecía poder iluminarse con la llama de un cerillo. Era de madrugada cuando topamos con una suerte de brujo o prestidigitador apostado en el umbral de un centro nocturno. Nos detuvo con una impaciencia en la que sin embargo no podía anticiparse severidad alguna.

— Muchachos, no deseo pedirles nada, pero si me lo permiten puedo ofrecerles el futuro— nos dijo.

No era habitual en mí tomarme con seriedad este tipo de proposiciones, pero recuerdo que la noche tenía tacto de cabanga y a mí no me importó creer en un boceto de historia poblada de mentiras. El hombre, que según nos relató provenía de un remoto pueblo de Perú, nos obsequió dos pequeñas piedras y nos advirtió que no podían ver la luz. A María le entregó una hematita oscura; sobre mi mano posó un cuerpo azulado que aseguró era lapislázuli. A pesar de su inquebrantable convicción logré advertir de inmediato que en ella no había trazas de lazurita, pirita o silicato de calcio, y era más que seguro que la había adquirido en uno de esos grandes almacenes chinos donde comercian baratijas, supercherías y promesas. Luego profetizó un cariño imperturbable y una larga vida de colores compartidos. Antes de marcharse, el hombre nos predijo el número ganador de la lotería y un curioso ardid para hacernos con el premio mayor. Confieso que nunca llegué a comprar el mentado billete de lotería, sin embargo, desde aquella noche cada vez que miro una tómbola pienso que las piedras, más que cualquier cábala, son capaces de abolir el azar y las certezas.

Al principio atesoramos las piedras en lugares distintos; María en su billetera, yo en una caja de madera que estibé en el librero. Ella quería visitar todos los lugares y todos los rostros posibles con su piedra al lado. Yo quería resguardarla del tiempo y la descomposición. Pese a la alegría que coronaba mi vida en aquel momento, me entristeció ver a nuestras piedras separadas. No dije nada, no quise decir nada, pero tuve la sospecha de que a ellas también les aquejaba la distancia y que en cierto sentido se extrañaban. No he mencionado esto aún, pero María administraba una cafetería pequeña en una esquina de la capital. En ella todos los objetos eran afanosamente rojos, y con el tiempo llegué a presentir que los fantasmas también. Sé que empecé a enamorarme allí. Ella estaba implicada en cada posavasos, en la curvatura de la vajilla, en el coloquio de las lámparas. Es cierto, de chico tuve siempre un apego, una fascinación enorme por muchos objetos y sería justo admitir ahora que de alguna forma yo aprendí a vivir a través de ellos. Me gustaba coleccionar cosas inanimadas, fantasear con que algún día estos artículos podrían cobrar vida en los anaqueles y tener una existencia a pesar de mí. Coleccionaba estampillas postales, pegatinas y soldados de juguete. Además, tuve libros de geología y muchas figuras de dinosaurios. Cuando crecí, empezaron a inquietarme otros artefactos: relojes, barcos de papel, tazas de café, moldes tipográficos y los empaques de ciertas grajeas mentoladas. Si uno se demora un poco en ese tipo de asuntos, es inevitable ponerse metafísico y llegar a concluir que, pese a todo, no es absurdo aferrarse a la belleza del mundo, digamos, a través de una cafetería roja, un tren o un triceratops. Los objetos donde la ternura predomina sobre la información, en definitiva, conservan mejor la memoria del tiempo. Quizá por ello las piedras guardan de forma fidedigna la memoria geológica de nuestro planeta. Nos descubren el tránsito de los materiales, la aparición del oxígeno en la atmósfera, el ciclo de las plantas y los animales, la secreta impronta de los meteoritos que desde fuera nos visitan.

Cierta tarde en la que atendíamos el café llegó un vándalo vestido con una franela de cuadros y un gorro gris. Se presentó de forma cordial y amablemente nos pidió una pequeña caridad y algo de comer. En un principio nos pareció un tipo —pese a sus circunstancias— realmente encantador. Sin embargo, en el preciso instante en el que María y yo lo desatendimos para prepararle un emparedado y una bebida caliente, el vándalo tomó con violencia la billetera de María y huyó, llevándose también a la pequeña hematita. Es triste advertir que cuando alguien usurpa una simple mercancía también se lleva consigo algo que en apariencia resulta inútil pero que guarda para su antiguo propietario el centro de un paraíso. El oportunismo es así: llega un día cualquiera en el que una prosopopeya de rapero te arrebata algo tuyo, una piedra de tu vida, que con alguna suerte irá a dar al caño o al cesto de la basura. Cuando esto sucede, uno permanece ingrávido por una fracción de segundo, incapaz de articular una respuesta, y se pregunta qué ha sucedido para que todo empiece a resquebrajarse por dentro. Apenas caí en cuenta de lo que había sucedido me dispuse a perseguir al ladrón. Era algo tarde ya y a pesar de mi vehemente obstinación no pude dar con él. En vano intenté recuperar la billetera o en su defecto vengar la afrenta. Estoy seguro de que, a su manera, las piedras sintieron tristeza por nosotros. La soledad tiene que ver menos con la distancia que con la imposibilidad del reencuentro.

 

Plate_1

Theory of the Earth, James Hutton, 1788

 

A partir de aquella tarde empecé a sentir a María distante, entregada a sus muchas preocupaciones y a la agenda del día. Poco a poco dejé de importar en ese universo mineral y compacto que habíamos fundado alrededor de unas piedras. Advertí como sus ojos perseguían otros motivos y otros hombres que frecuentaban el café. Muchos días, mientras esperaba que ella volviera del trabajo, me quedaba en casa observando mi piedra. Intuí su ritmo vital, a veces lento, a veces frenético. Aprendí a distinguir los colores de sus vetas, la materia de la que estaba formada, el enigmático ciclo que comprendía su vida sedentaria de roca taciturna. Sin embargo, aunque me parecía bella, temí que al igual que las ficciones, ella encerrara en su interior algo muerto, la parte inventada de una historia que no se atrevió a cobrar vida. Con zozobra noté que a María dejó de importarle también la pequeña roca. La gente acostumbra decir que todos los duelos son distintos, pero lo cierto es que resulta muy pesaroso advertir cómo alguien se comporta de forma tan indiferente ante una pérdida, así sea el de una insignificante hematita. Duele admitir que lo que alguna vez tuvo relevancia en nuestras vidas hoy es perfectamente sustituible por razones prácticas, pero lo cierto es que nadie sabe el pasado que le espera.

Una mañana de domingo desayunamos en casa café y tostadas como dos desconocidos que se tratan cordialmente, extraños que se vigilan, se estudian pero rara vez intercambian palabras. Recuerdo que era mañana de temporal porque la lluvia es algo que ocurre siempre en el pasado. María empezó a condicionar nuestra relación al hecho de concebir hijos con el mismo nivel de certeza semántica con el que alguien postula un axioma. No es que yo no quisiera tener hijos; de hecho, creo que nunca antes añoré tanto ser padre como el tiempo en el que permanecí al lado de María, pero mis circunstancias y razones más terribles que piedras me lo impedían en aquella época. Luego María se marchó y se llevó consigo el café y la suma de su inventario rojo. Yo me convertí en piedra.

En ocasiones tenemos la sospecha de que las piedras son seres inmutables, pero los estudiosos afirman que ellas cursan por distintas transiciones cuando se ven forzadas a romper su equilibrio interno frente a nuevos ambientes, para convertirse en rocas de tres tipos: sedimentarias, metamórficas o ígneas. Cambian y somos incapaces de notarlo porque el tiempo de las rocas es distinto al tiempo de la gente; también se descomponen y cuando esto sucede dejan a su alrededor pequeños fragmentos de historias olvidadas que toman forma de detritos.

Anoche desperté de madrugada y la miré por última vez. Un violento escozor me atravesó el hipocondrio derecho como si tuviera un hígado repleto de pájaros suicidas. No supe, sin embargo, si yo había soñado la piedra de lapislázuli o si era ella, por el contrario, quien nos había soñado fatigosamente a la pequeña hematita y a mí desde su oscuro cautiverio. Cerré la caja con brusquedad y de repente sentí unas ganas incontenibles de tener nostalgia de cosas que no existen.

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Pablo Segreda Johanning (Costa Rica, 1985). Hincha del Club Sport Herediano, dipsómano, poco agraciado, afecto a las muchachas que toman café y a los libros de Spinoza. Realizó estudios en Historia, Filosofía y Ciencias Médicas en la Universidad de Costa Rica. Actualmente cursa la carrera de Biología. Cuenta con algunas publicaciones fragmentarias en revistas y suplementos literarios digitales como www.89decibeles.com, www.revistapaquidermo.com y www.delefoco.com

Imagen de portada: Ulysse, Agnés Varda (1954).