El borde de ese parque será conocido, desde ahora y por siempre, como El Sitio Donde Me Besó Por Última Vez

Olvidar
Un cuento de Maya Linden

Sand Dune ©Whitneybee

Cuando a las 8:25 todavía está esperándolo, se ve en la obligación de aceptar que él no va a venir. Un crepúsculo nublado se filtra a través del visillo veneciano semiabierto, llenando la habitación de un oro lechoso. Finos rayos de luz se reflejan sobre ella desde el espejo de cuerpo entero. Está de pie frente a él, inmóvil. Antes, a lo largo del día, rayas opacas de una laca aplicada despreocupadamente se han ido secando sobre su superficie. Ahora, esas líneas dividen su imagen en trozos de carne de bordes irregulares. Ni dentro del dormitorio ni dentro de ella hay nada que esté bien ordenado.

No es para nada inusual. A la tercera cita con un hombre, normalmente ha perdido la razón. Piensa en una cita de Stendhal que ha leído en alguna parte: “Pensando en la rapidez y en la violencia con las que me sentí atraída hacia él.” Sabe que de ese modo también queda superada, sin que importe lo mucho que trate de darle un ritmo a las imágenes que se aceleran en su mente. Imágenes de su pasado y de su futuro, y luego las de él, se mezclan con las suyas propias. Sabe que no debería pensar así, pero sus pensamientos son como placas de vidrio moviéndose a gran velocidad.

Comienza a desvestirse. No tiene por qué estar incómoda. Se quita las medias: pieles de serpiente desprendidas sobre la moqueta, unas piernas despojadas de anticipación. Había estado tan ajetreada preparándose que hasta ahora no se había dado cuenta de que ya pasan dos horas de la hora en que se suponía que él iba a llegar. Lo que nunca terminará de comprender de los hombres es cómo pueden prometer tanto, con tanta frecuencia, y con tan pocas intenciones.

SON YA LAS NUEVE EN PUNTO. Los rincones de la habitación que habían quedado bañados de luz dorada se han apagado hasta convertirse en una sombra verduzca y fría, como si lentamente, por las paredes, estuviesen apareciendo los hematomas de una curación. Puede que se trate, piensa ella, de la misma facultad que hace que los hombres sean capaces de matar en una guerra –perciben los objetos y las acciones sin ver la relación que hay entre ellos.

De niña atravesaba zonas en guerra, en ocasiones más de tres veces al año. Su padre, que era embajador, creía que suponía un gran complemento a su educación. Es cierto que, a diferencia de todo lo que aprendió de memoria en la secundaria y que olvidó a los pocos meses de hacer los exámenes finales, de algún modo siempre recordará lo que vio en aquel tiempo.

Cuando tenía diez años, la llevó a visitar un pueblito de Beluchistán. Recuerda haber visto, junto a la carretera, a través de los cristales oscuros del automóvil, unos montículos de arena, apisonados por tejas de piedra dentadas. Y junto a ellos, un letrero pintado en un basto trozo de madera, en una lengua que no podía leer, avisaba de algún peligro. Ella había señalado los montículos, pensando que se trataban de las madrigueras de algún animal salvaje. Aunque normalmente lo hacía, aquella vez su padre no le repitió lo que había dicho el intérprete.

Más tarde, le contó lo que había visto a su maestra de la escuela local.

Crimen de honor. Vaya una extraña combinación de palabras, le pareció; había que explicar la frase. Los ancianos del pueblo habían enterrado vivas a tres mujeres, la arena había ido ocupando el espacio del oxígeno en sus fosas nasales, formando suaves pero pesados moldes del interior de sus bocas y pulmones. Un lento desprendimiento de tierras que iba teniendo lugar en sus cuerpos, debajo de tierra.

Después de regresar a Australia, la perturbaban los respiraderos que cangrejos y mariscos excavaban a lo largo de la playa. Oscuros conductos que salpicaban la orilla humedecida. Imaginaba bajo la arena los rostros de aquellas mujeres, que de algún modo habían sobrevivido, hambrientas de aire y luz, con aliento jadeante.

Recordó de nuevo aquellos tres bruscos montículos con más claridad cuando empezó a salir con chicos y su madre le mencionó que nunca se quitara las medias, y que protegiera su honor. Las manos húmedas, las bocas rígidas, los ojos cerrados, los muslos tensados y las ropas pegajosas de aquellas salidas nocturnas le resultaron agradables. Parecían tener muy poco que ver con los homicidios. En todo caso, no estaba totalmente segura de que pudiese confiar totalmente en los hombres.

No había vuelto a recordar Beluchistán hasta esta noche, aunque ha habido ocasiones en que el miedo le ha parpadeado, sin adoptar una forma específica. La imagen de una isla donde alguien ponía una bandera, o la de una gacela atravesada por una lanza, le habían pasado por la mente cuando perdió la virginidad (por la mañana, al hacer desaparecer finos hilos de carne, como pedacitos de una seta rosa). Años después, otra vez, en un taxi en Viena, aquella ocasión en que fue de viaje por asuntos académicos. El silencioso chofer le había clavado la mirada (de perfil: como la hoja de un cuchillo; el tinte de los lentes de sus gafas de sol: un rojo sangre). La había mirado fijamente a través del espejo retrovisor, inmutable, la boca cerrada con firmeza. Afuera estaba oscureciendo. El bosque había ido difuminándose hasta convertirse en cenagales solitarios, abandonados. Se le había parado el corazón cuando él extendió la mano para abrir la guantera, y ella oyó un ruidito sordo en las entrañas del auto: el cierre a distancia de los cerrojos. En el eco de ese sonido vio su vida como un túnel que recorriera la longitud de aquella carretera, y un giro a la derecha quizás, hacia una pista mojada por la lluvia que no llevaba a ninguna parte, la tela amarillenta de su vestido levantada, sus medias grises hechas jirones. Recobró el aliento cuando vio una señal que indicaba con una flecha el desvío a Mariahilferstrasse desde la autovía, y pudo oír el intermitente que seguía obediente el desvío. De todos modos, cuando piensa en Viena, no piensa en el Palacio de los Habsburgo ni en la cúpula dorada de la Ascensión, ni en el pastel de manzana ni en sus cálidas kaffeehaus: piensa en los momentos en que vio el final de su vida reflejado en las gafas de sol teñidas de rojo del chofer.

Por lo general, sin embargo, lo que el miedo ha hecho ha sido una danza detrás de una pantalla opaca en su memoria, unas sombras chinescas sin gracia alguna. Son los demás hombres, los hombres con los que ha estado, que la han hecho olvidar. Al principio, cuando la miraban fijamente ella tenía miedo, pero luego, poco a poco, con sus manos y sus labios lograban alejar su precaución.

En un programa de TV esta mañana ha oído que han perfeccionado una píldora  que puede efectuar el ‘borrado selectivo de recuerdos mediante la inducción’. En las pruebas realizadas la droga ha eliminado casi por completo los recuerdos de un suceso traumático en sujetos animales, dejando en su lugar solamente marcas de felicidad. La información alertaba de que podía conllevar algunas consecuencias psicológicas dañinas, al impedir que los que la tomen aprendan de sus errores. Ella piensa que quizás preferiría perder sus recuerdos felices. Con frecuencia es el recuerdo de episodios llenos de esperanza lo que le produce la mayor angustia.

Lo conoció en la fiesta de una amiga. Al mirarlo a la cara, le vino a la cabeza la imagen fotográfica de un terreno escabroso tomada desde un satélite, o un electroencefalograma de ondas cerebrales. Él estaba en un rincón del jardín, jugueteando con el fuego, pasando la yema de un dedo una y otra vez por encima de la llama azul y anaranjada de un encendedor plateado. Pensó que nunca había conocido a nadie como él. Siempre pensaba algo así. Luego todos terminaban siendo iguales: eran líneas planas, desde un punto de vista emocional.

En su primera cita la llevó a un bar que se llamaba como ella, y le pidió un cóctel. A pesar del hielo, le pareció que era como tragar cuchillos, como comer fuego. La esperó junto a la puerta de los baños en la parte trasera del bar, y la besó con fuerza, subidos los dos en los escalones, contra la pared, él con los pies abiertos y firmemente plantados mientras sus dedos la agarraban con firmeza a ambos lados de la cabeza. Le vino a la mente la imagen de las finas patas peludas de las arañas que había visto en Marruecos, grandes, como manos de hombre, que entraban furtivamente en la vivienda de la familia un año, después de la época de las grandes lluvias. Despatarradas por el techo por encima de la cama, eran una galaxia vacilante de estrellas oscuras con seis puntas. Sus besos tenían sabor a Tanqueray. Ella sintió que la falda se le había enganchado en la rabadilla. Nadie de los que estaban en el bar se dio cuenta de lo que hacían. A ella le habría gustado marcharse de allí.

Aquella noche soñó con tigres amordazados que la acechaban en suites de hoteles de lujo, que la sorprendían en escaleras cubiertas por ostentosas alfombras rojas, que tenían las cabezas encajadas en cascos de color caqui para que ella solamente pudiese ver, allí donde debieran estar sus ojos, la condensación del aliento que brotaba de sus bocas calientes. Ella aguantaba el aliento bajo los candelabros, en las barandillas que se asomaban por encima de senderos de jardines de diseño, recubiertos de guijarros. Y una vez observó, como desde fuera de sí misma, que aquella figura se enroscaba a su alrededor bajo las sábanas cremosas, y que le crecían rayas y colmillos y formas afiladas, hasta que ella sangraba allí donde él la tomaba por los hombros.

LA SEGUNDA VEZ la llevó a un espectáculo teatral vanguardista, en el que no hablaba nadie. Las manos de los actores, embadurnadas de un rojo carmesí, se dejaban marcas unos a otros cada vez que topaban entre sí. Después la llevó en su auto a las inmediaciones de un gran parque y la obligó a ponerse encima de él, a oscuras, en el interior del coche. La cremallera de sus vaqueros le hizo un corte a ella en el muslo, y dejó un rastro de incisiones hinchadas, como pequeñas marcas de dientes.

Esta hubiese sido la tercera noche. Se había hablado de salir a cenar, pero son las once y él todavía no ha aparecido. A ella ya había empezado a gustarle, más de lo que ella misma querría. Incluso se da cuenta de que deja escapar una áspera exhalación cada vez que piensa en él, y el deseo se expande en ella, grueso y oscuro como la tinta.

Comienza a tener la impresión de que el castigo que recibe por esta fuerza de sentimientos es que desaparezcan siempre los hombres.

En la habitación oscurecida el carrusel de luces de los automóviles que pasan por la calle le hace girar la mirada de un lado a otro. En el aire, un helicóptero de emergencia se apresura con un zumbido, frenético como un escarabajo volteado. Con el cepillo se va quitando los rizos del pelo; se limpia el rímel, la sombra y la línea de ojos. Vacía el bolso que había preparado con cuidado: la billetera, el brillo de labios, los condones, las pastillas mentoladas. Conoce muy bien el sentimiento, el modo en que éste comienza. Cómo, por la mañana, despertará con una sonrisa, antes de recordar que desde ahora tendrá que odiarlo. Cómo todos los edificios y rótulos callejeros tendrán que ser rebautizados. Como un mapa amerindio, el borde de ese parque será conocido, desde ahora y por siempre, como El Sitio Donde Me Besó Por Última Vez. La ciudad entera señalizada con nuestros fantasmas, piensa.

No llorará, como hizo la última vez, pero siente una fuerte opresión en el pecho. Durante semanas, después de que desapareciera el último chico, tuvo que ir a todas partes con la cabeza levemente ladeada hacia atrás, para contener la caída de las lágrimas. Si enderezaba la mirada, éstas dejaban huellas en su rostro, desde los párpados a las comisuras de los labios.

Ahora la habitación es un puño que se aprieta en torno a ella. Afuera hace una tranquila noche de verano, sin viento, sin aire. Le gustaría que se rompiese algo. Un vidrio, las nubes, una ola. Dejar que entrasen de nuevo la luz y el aire. Ha enfebrecido esperándole. Una anticipación que se ha hecho pesada, brazos y piernas que no resisten la gravedad, una cabeza que se hunde. Quiere estar cerca de dunas arenosas y lagos salados. Cañones. El monzón. Tener recuerdos totalmente nuevos.

VUELVE A COLOCAR LA COMBINACIÓN planchada en el armario. Brilla en la percha, balanceándose junto a sus otros vestidos. Todos colgando dócilmente, como cuerpos de mujer.

Medianoche. Afuera, el tráfico ha ido decayendo hasta convertirse en un murmullo irregular. Apaga la luz del porche. En la oscuridad, comienza a llenar una maleta.

Olvidar se publicó originalmente en Griffith REVIEW

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Maya Linden ha publicado en Women’s Studies, Griffith REVIEW, HecateMeanjin, Westerly, Life Writing y Australian Book Review. En 2011 fue galardonada con el Premio Josephine Ulrick Literature Award. Su nouvelle Anatomy of the Upper Body fue finalista del Premio Alma Books/Lightship First Chapter en 2011 y preseleccionada para el premio The Australian/Vogel Literary de 2012.  Maya vive en Melbourne, donde trabaja como redactora.

Traducido del inglés por Jorge Salavert.