En favor de un realismo “más real”

Animalidad humana
Una reseña de J.S. de Montfort

En el intento de “ficción crítica” que Enrique Vila-Matas ensaya en Chet Baker piensa en su arte (DeBolsillo, 2011), se propone el autor catalán

“ensamblar, sin grandes trastornos para el lector, el mundo de lo no narrativo (del que Finnegans Wake es su gran icono y punto más extremo) con el mundo de las narraciones estables y transparentes […] extraer de ese ensamblaje un realismo más realista, quizá gracias a la discreta introducción de la sombra radical de lo inenarrable en las convenciones narrativas de siempre” (p. 288).

Pues bien, para hablar de esto, vamos a pegar un pequeño salto hacia el pasado y a buscar(le) un precursor (todavía, empero, bastante balbuciente). En concreto,  devolvámonos a 1977, año en el que la editorial Adelphi publica originalmente –y de manera póstuma- Dissipatio Humani Generis, la novela del escritor italiano Guido Morselli (1912-1973) que en 2009 publicó en español la editorial Laetoli.

Se trata de una novela que mezcla una suerte de provisional e incierta distopía, una  narración post-existencialista que testimonia el horror de la soledad cuando esta finalmente se impone y un relato de fantasmas, con presencias espectrales del pasado –convocadas por el deseo.  Además, funciona el texto como diatriba contra el psicologismo. Nos dice -bien pronto- el protagonista:

“el monólogo interior, modelo ejemplar de la literatura de hoy, en el que se vierten los malos inconscientes y los sufrimientos viscerales, entre inspecciones capilares del yo y pseudoenfrentamientos con el no-yo, confirma que estamos detenidos en el psicologismo del sub-sentir y del sub-pensar” (p. 17).

El protagonista de Dissipatio Humani Generis, una “mónada intelectual sin fisuras ni compromisos […] un démobilisateur” (p. 26), como (pre)sintiendo lo pensado por Vila-Matas décadas después, decide “partir, pues, sin dejar rastro […] una disolución en la nada” (p. 20). Y, ello, porque “lo negativo tenía más peso que lo positivo […] un 70%” (p. 17) y, para, además, evitar(se) cumplir los 40 años. Su plan consiste en ahogarse en el pozo de una cueva de las montañas, un lago de aguas quietas así llamado de la Soledad. Sin embargo, su “sentido orgánico” le doblega, y se ve obligado a no actuar.

Es entonces, al tratar de llamar al 333 (teléfono de urgencias) para procurar(se) una “sensación de amparo” (p. 23) que ya nadie le responde. Busca en la gendarmería, los garajes, los hoteles, las tiendas (con los carteles iluminados). Pero nada, no encuentra a nadie. Y entonces cae en la cuenta: el 2 de junio es el día de la fiesta nacional de Acción de Gracias. Pero lo que de veras ha sucedido ha sido otra fiesta, menos lúdica y más macabra, El Acontecimiento: una deserción en masa.

“Un suceso (inimaginable) [que] ha sorprendido aquí a la gente durante el sueño: la suspensión nocturna de la vida […] de manera indefinida” (p. 9).

Esto procura a la narración la posibilidad de abrir una brecha hacia la crónica interior del personaje y, de esta forma, se alterna ésta con la prodigalidad de un mundo activo, que sigue funcionando normalmente, pero en el que ya no hay seres humanos. Sólo queda el fobántropo, a quien su juego secreto, el de “poner entre paréntesis la existencia de mis semejantes, imaginarme como el único ser pensante en una creación completamente desierta” (p. 47) se le ha vuelto real. El protagonista, entonces, se ve forzado a vagar por su íntima “búsqueda del tiempo perdido” y, así, se descubre trazando con el dedo, “como por un habitual automatismo estúpido, muchas H, la inicial del nombre de mi “ex” (p. 39). Y luego buscando a Tuti, no el primer amor, pero sí allá donde quedó su virginidad quinceañera, nos dice. Pero la halla donde únicamente es posible, a Tuti, en la narrativa silenciosa e intraducible de la ausencia:

“en la almohada [donde] se ve la huella de su cabeza, y en la cama no deshecha, con la manta bien metida, [donde queda] el peso leve de su persona” (p. 45).

El narrador se ha convertido en El Espectador que busca entre el desatre rastros tangibles de lo humano, y confiesa:

“me estoy convirtiendo al realismo más absoluto” (p. 54).

Morselli a partir de aquí ya no puede sino divagar, lamentar la falibilidad de lo que se ha de narrar, pues cada vez se hace más evidente la disolución de una humanidad ya volátil y el texto muchas veces se ahoga en una suerte de literatura de opiniones; pedante, en ocasiones. Como para contrarrestarlo, nuestro protagonista se sirve de un prosaísmo ramplón: conseguir provisiones. Y, entre ellas, una máquina de escribir portátil. Y nos detalla su modus operandi para sobrevivir. Es decir, se vuelve prosaico y así sobreviene la primera y rápida alucinación, de “contenido auditivo más que otra cosa” (p. 57) y que revela la voz de Karpinsky, el doctor heterodoxo que habría de curarle, en el retiro de Villa Verde, en la clínica Wanhoff, y cuando tenía el protagonista apenas 29 años, de “dos enfermedades delicadas […] y una neurosis obsesiva” (p. 57).

Ahora, ya demasiado tarde, se da cuenta el protagonista de que Karspinsky ha sido su único amigo y se dedica a (re)vivirlo, sintiendo que éste es el único que, a pesar de haber muerto antes del Acontecimiento, sigue vivo, realmente vivo. A partir de aquí se produce la falsificación a través de la escritura (una escritura mental, pero eventualmente física) y la aceptación de que el único sentido es la búsqueda de Karpinsky. Una búsqueda que, sin embargo, carece de explicación ni significado más que la necesidad de hacerlo para el regocijo de uno mismo.

“Existo, luego pienso” (p. 68), nos dice el protagonista, único ser humano habitante ahora del mundo.

La naturaleza (sin intermediarios)

Nuestro Robinson observante, un solipsista que especula sobre “los desaparecidos”, se da a levantarles un cenotafio en su memoria en la plaza del Mercado de Widmad. Es decir, reivindica con este gesto instintivo su humanidad (que siente evaporarse); tanto la propia como la de los otros. Y así, filósofo único en el mundo, responsable de la continuación en él del género humano, se debate –sin llegar a conclusión satisfactoria alguna- entre considerase el elegido o el excluido. El sobreviviente que es, justamente por ello, único testigo de la debacle. Portador, de alguna manera, de la égida.

Y, entonces, sin mediaciones posibles entre la naturaleza y él mismo, envuelto en esa naturaleza que ahora resulta inofensiva, le sobreviene (otra vez)  el problema del realismo; la duda, el cuestionamiento:

“el realismo ingenuo es nuestra bestia negra […] Ya no sabemos escuchar el tiempo orgánico, mientras el tiempo psíquico se nos confunde con esa papilla de sensaciones-impresiones en la que hemos recocido, es decir, subjetivado, el mundo exterior. Sus cualidades, sus dimensiones” (p. 88).

Y nuevamente:

“estoy inmerso en una realidad vacía y densa donde no hay lugar para desdoblamientos especulares, laberintos ni escapatorias, magias para evadirse, parénesis insinuadas. Todo es lineal y de un solo sentido” (p. 114).

Pero, sin embargo, nuestro protagonista, aun rodeado por esa realidad plana y sobria, que Vila-Matas llamaría “estable y transparente”, mecanografía media página en su máquina de escribir. Nos dice que ha vuelto a la rutina, a la “costumbre de aporrear una máquina, el gusto, quizá mórbido o morboso, del acercamiento intelectual a los asuntos que vivimos” (p. 117). Es decir, que se siente incapaz de no dar cuenta de esa sombra que tiene que ver con las infaustas consecuencias de El Acontecimiento, por muy inenarrable que estas le parezcan. Y, además, deja mensajes escritos por los caminos que va transitando, sabiendo que no habrá nadie que los lea. Se nos hace incuestionable aquí la necesidad humana de relatar, pues.

A partir de aquí la narración se torna una búsqueda y, al tiempo, un despojamiento; el protagonista (el exhumano, como él mismo se define) trata de localizar al doctor Karpinsky. El protagonista aprovecha entonces para deshacerse de su personalidad y (re)inventarse: se traviste con ropa de mujer, huye de su imagen en el espejo, realiza su cupio dissolvi personal en la bolsa de valores y pone a su individuo psíquico “en liquidación” (p. 133). Es decir, se abandona a la eternidad de la “permanencia de la provisionalidad” (p. 134), verbigracia: a su animalidad más humana; irónicamente, se vuelve más cándido, abandona la sospecha. La novela, con ello, se permite finalizar con la certeza de nuestro protagonista de saber que habrá de hallar eventualmente a Karpinsky, para quien guarda intacto un paquete de Gauloises.

El territorio del fantasma

A pesar de que Dissipatio Humani Generis –en mi opinión- no nos ofrezca una resolución completamente satisfactoria del conflicto planteado, y sintiendo que en algunos tramos se ahoga a sí misma y que la animalidad del protagonista como símbolo narrativo de lo legible se pierde en una suerte de pirotecnia polisémica (por momentos anfibológica), no se puede dejar de resaltar la escritura auténtica de Morselli y su búsqueda de ese arte genuino capaz de trabajar en dos planos: en el de un realismo ramplón en el que se insertan las trazas de ese otro mundo oscuro, caótico, informe e intraducible de la otra realidad más real.

A este respecto, me parece importante leer la novela de Morselli hoy, porque nos proporciona un indicio de lo que en la actualidad podía significar ese misterio (in)traducible: el fantasma del pasado que (re)aparece al modo de la alucinación, pero no como la paranoia que trabajaron los escritores en los sesenta y los setenta, sino al modo de la paramnesia, es decir, de los recuerdos falsos –o inventados-. Y es que ya no se trata de cadáveres moribundos, ni zombies, ni espectros, ni fantasías futuristas, tampoco hologramas ni cosas por el estilo. Como bien sabe Vila-Matas, esto tiene que ver con el tiempo perdido proustiano, pero también con el ahogamiento de la historia del mundo del que ya nos habló Baudelaire. Sólo que a ello habremos de añadirle un matiz: ni podemos permitirnos ser tan cándidos, ni tan pesimistas.

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Dissipatio Humani Generis

Guido Morselli
(Traducido por Elena del Amo)
Laetoli
2009

J.S. de Montfort es autor del libro de relatos Fin de fiestas (Suburbano, 2014), además de crítico literario y miembro de la AECL (Asociación Española de Críticos Literarios). Escribe sobre arte y cultura para diferentes medios impresos y digitales. Forma parte del equipo editorial de Hermano Cerdo. www.jsdemontfort.com