Édgar Adrián Mora nació en Tlatlauquitepec, Puebla, en 1976. Es profesor de Historia de América Latina y de Lengua y Literatura. Ha publicado Memoria del polvo (UACM, 2005) y Claves para comprender a América Latina (Lazo Latino/Unión Radio, 2007).]

Las lecturas de 2011: Édgar Adrián Mora
Hermano Cerdo

Dos libros de crónica llamaron mi atención en el año que termina. Pareciera que uno anunciaba al otro, al ubicar, de manera retrospectiva sus contextos de contenido y de producción. Por un lado, Al pie de un volcán te escribo (Plaza y Janés, 2000) de Alma Guillermoprieto, una serie que describe de manera densa los contextos sociales y cotidianos de América Latina en la primera mitad de la década de los noventa. Ahí se pueden encontrar claves diversas para comprender lo que el mundo (y América Latina en específico) vive actualmente: desarrollo de la brecha entre ricos y pobres, narcotráfico y violencia creciente, etcétera. El otro fue Cuando llegaron los bárbaros… Vida cotidiana y narcotráfico (Planeta, 2011) de Magali Tercero, un libro que podría confundirse entre la extensa producción de reportajes y libros sobre el narco que inundan las librerías actualmente; sería algo injusto para esta obra. Tercero consigue un entramado que abreva de fuentes diversas (y el término “fuente” debe flexibilizarse al máximo): la reconstrucción biográfica-familiar, la historia local, la crónica periodística más tradicional, la introspección reflexiva, la documentación rigurosa. Es un texto que ayuda a entender el impacto que el tráfico de drogas tiene en los lugares donde se vuelve realidad cotidiana.

De textos “viejos” leí Apocalipsis (Losada, 2006) de D. H. Lawrence, una visión política del primer tercio del siglo XX que toma como pretexto el último libro del Nuevo Testamento y, a través de una revisión histórica rigurosa y una argumentación ideológica interesada, previene sobre lo que después serían los regímenes fascistas en la Europa de antes de la Segunda Guerra y, en paradoja no tan disparatada, de la apatía política de nuestra época. También me acerqué a Arthur Schopenhauer a través del divertido El arte de insultar (Alianza, 2007), una serie de aforismo y extractos de diversas obras en donde el filósofo del pesimismo nos advierte sobre la necesidad de aprovechar el último recurso de la retórica, aquel que debe aparecer cuando los argumentos se han agotado: el insulto.

En los campos de la novela gráfica, quedé gratamente conmovido por David Boring (Pantheon, 2000) de Daniel Clowes, una obra en la que se describe, a través del protagonista, a una sociedad en donde abundan sentimientos como la apatía, la soledad, el desamor, la sexualidad, la búsqueda-nulidad de la identidad, el sinsentido de la búsqueda incluso.

De narrativa leí libros interesantes en sus intenciones, temáticas y uso del lenguaje. 83 novelas (edición de autor, 2010), de Alberto Chimal, pone en perspectiva una de las tendencias que ha emergido de manera más evidente en estos últimos años: la microficción (o minificción, que términos para definirla menudean). Del mismo autor, leí Grey (Era, 2006) y Los esclavos (Almadía, 2009), ambos interesantes, aunque el primero es más contundente que el segundo. En esa línea de la ficción breve se inscribe Mala fe sensacional (FETA, 2010) de Luis Panini, que a través de una serie de cuentos brevísimos consigue algunas piezas memorables que mezclan reflexiones y construcciones narrativas alrededor de la cultura pop, las artes plásticas y la literatura vuelta hacia sí misma.

Dos libros de autores jóvenes me llamaron la atención por las preocupaciones que los atraviesan: la música y la nostalgia por las décadas anteriores. Se trata de Nos veremos en el infierno, Kurt Cobain (FETA, 2011) de Rubén Don y Flor de Capomo (FETA, 2010) de Paul Medrano. Ambos, a pesar de hacerlo en géneros diferentes, Don con la novela, Medrano con el cuento, remiten a un México que habita en el recuerdo y cuyo leitmotiv es la banda sonora de las décadas de los ochentas y noventas.

Finalmente, con dosis de rabia expresada con contundencia, textos como Recursos humanos (Anagrama, 2007) y La Señora Rojo (Páginas de Espuma, 2010), ambos de Antonio Ortuño, hicieron que el espíritu punk no decayera. También La Biblia Vaquera (FETA, 2008) y La marrana negra de la literatura rosa (Sexto Piso, 2010), de Carlos Velázquez, estuvieron entre mis lecturas del año.

Aunque debo admitir que el libro que más disfruté este 2011 fue Viaje al centro de mi tierra (Almadía, 2011) de Guillermo Sheridan, una serie de artículos sobre la identidad, usos y costumbres del mexicano promedio que se aderezan con una mala leche, paradójicamente, bastante saludable.

Feliz año, y más libros para el próximo.

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Hermano Cerdo es legión.