Crash, leída desde la perspectiva que Ballard escribe en la década del 70 en su prólogo, tiene algún valor y hasta puede considerarse interesante.

Cuando la ciencia ficción se estrella
Una reseña de Javier G. Cozzolino

Primeras anotaciones

No lo había leído, y cuando una vez lo confesé en público hubo reproches (a veces la gente, en relación con los libros, se comporta de manera sectaria). Me lo regalaron hace un mes (esto lo escribí en 2006 o 2007, así que las referencias temporales tómenlas con pinzas) y es el tiempo que todavía me demoro en terminar de leerlo. Me quedo con Hemingway, con Di Benedetto, con muchas otra cosas antes que con Ballard, a quien le doy, por joder, dos estrellitas. Acá van: **.

No obstante debo reconocer que no es una historia de las que se olvidan, en el sentido literal de la palabra. Ballard te rompe tanto las pelotas con los coitos y los accidentes que después se te hace difícil subirte al auto y encarar la ruta. Esta noche, sin ir más lejos, no puedo dormir: a las 4 salgo hacia Santa Fe, adonde indefectiblemente siempre llego cabeceando. El último tramo, Rosario – Santa Fe, si lo hacés a 120 km/h promedio para ahorrar combustible y ser precavido, te duerme, realmente te duerme. Y si lo hacés entre 160 y 180, cuando llegás te sentís una mierda, un suicida, un asesino. Pero no interesan estas cosas.

En tiempos prepastillas solía experimentar lo que Vaughan, pero en un Fiat 128 y yendo por el carril izquierdo en la Panamericana. Tampoco interesa esto.

Mi amigo el integrista -tengo un amigo al que ustedes no dejarían de llamar integrista y homofóbico, pero es mi amigo igual- diría además que Crash no es una novela que eleve el espíritu, y eso tal vez sea cierto. Pero nada tiene que ver con lo que venía diciendo.

Decía: prefiero el prólogo que Ballard hace a la primera edición francesa de esta novela porno-reiterativa hasta el aburrimiento, que de todos modos es ideal para leer en el subte o antes de dormirte y que al fin y al cabo cuenta algo que a unos tipos les ocurre con los autos y que a mí también me ha sucedido, pero hasta ahí. (Manejaré con cuidado.)

Copio parte de ese prólogo de Ballard, que sirve de minicuaderno de navegación de su novela:

“Nuestros conceptos de pasado, presente y futuro necesitan ser revisados, cada vez más. Así como el pasado mismo -en un plano social y psicológico- fue una víctima de Hiroshima y la era nuclear, así a su vez el futuro está dejando de existir, devorado por un presente insaciable. Hemos anexado el mañana al hoy, lo hemos reducido a una mera alternativa entre otras que nos ofrecen ahora. Las opciones proliferan a nuestro alrededor. Vivimos en un mundo casi infantil donde todo deseo, cualquier posibilidad, trátese de estilos de vida, viajes, identidades sexuales, puede ser satisfecho enseguida.

“Añadiré que a mi criterio el equilibrio entre realidad y ficción cambió radicalmente en la década del sesenta, y los papeles se están invirtiendo. Vivimos en un mundo gobernado por ficciones de toda índole: la producción en masa, la publicidad, la política conducida como una rama de la publicidad, la traducción instantánea de la ciencia y la tecnología en imaginería popular, la confusión y confrontación de identidades en el dominio de los bienes de consumo, la anulación anticipada, en la pantalla de tv, de toda reacción personal a alguna experiencia. Vivimos dentro de una enorme novela. Cada vez es menos necesario que el escritor invente un contenido ficticio. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad.

“En el pasado, dábamos siempre por supuesto que el mundo exterior era la realidad, aunque confusa e incierta, y que el mundo interior de la mente, con sus sueños, esperanzas, ambiciones, constituía el dominio de la fantasía y la imaginación. Al parecer esos roles se han invertido. El método más prudente y eficaz para afrontar el mundo que nos rodea es considerarlo completamente ficticio… y recíprocamente, el pequeño nodo de realidad que nos han dejado está dentro de nuestras cabezas. La distinción clásica de Freud entre el contenido latente y el contenido manifiesto de los sueños, entre lo aparente y lo real, hay que aplicarla hoy al mundo externo de la llamada realidad.

“Frente a estas transformaciones, ¿cuál es la tarea del escritor? ¿Puede seguir utilizando las técnicas y perspectivas de la novela del siglo XIX, la narrativa lineal, la mesurada cronología, los personajes representativos fastuosamente instalados en un tiempo y un espacio amplios? ¿El tema principal puede seguir siendo las fuentes pretéritas de un carácter o una personalidad, la lenta inspección de las raíces, el examen de los matices más sutiles que puedan encontrarse en el mundo del comportamiento social y las relaciones humanas? ¿Posee aún el escritor autoridad moral suficiente para inventar un universo autónomo y cerrado en sí mismo, manejando a sus personajes como un inquisidor que conoce de antemano todas las preguntas? ¿Tiene derecho a dejar de lado lo que prefiere no entender, incluyendo sus motivos y prejuicios, y su propia psicopatología?

“Entiendo que el papel, la autoridad y la libertad misma del escritor han cambiado radicalmente. Estoy convencido de que en cierto sentido el escritor ya no sabe nada. No hay en él una actitud moral. Al lector sólo puede ofrecerle el contenido de su propia mente, una serie de opciones y alternativas imaginarias. El papel del escritor es hoy el del hombre de ciencia, en un safari o en el laboratorio, enfrentado a un terreno o tema absolutamente desconocidos. Todo lo que puede hacer es esbozar varias hipótesis y confrontarlas con los hechos.”

El ejercicio que propone el loco este (JGB) parte de fundamentos tal vez ya muy obvios pero que, lo voy a intentar ahora mismo y espero no parecer un estúpido, acaso tengan algún tipo de diversión en el medio. De última, se escriba o no, lo que uno quiere leyendo a Ballard o una revista en el consultorio del proctólogo, lo que uno quiere, decía, es pasar el rato y -si es que el problema es el tiempo y no la muerte- anular a ese vector que nos cuenta los días o que sin tantos rodeos no extermina.

Entonces. “Inventar la realidad”, dice el tipo. Porque “la ficción está ahí”, en el mundo exterior, dice, y es ficción porque mucho no se entiende. Entonces. (Mi maestra de segundo grado se llamaba Mirtha y a mí me gustaba. Le convidaba sándwiches para después morder sobre donde ella antes había mordido. Era una forma infantil de besarle la boca. Ella una vez nos obligó a realizar una composición sobre un tema X y la consigna estaba en no utilizar el “entonces” como conector de ideas y peripecias. Éramos demasiado chicos, siete años, y el desafío fue muy grande, todavía me lo acuerdo.) Entonces: la ficción de una boda es la boda. La realidad que se podría inventar: ella está preñada y quiere casarse por Iglesia porque si no su madre la odiaría. Él es paranoico y obsesivo y todo eso lo hace sumamente responsable e irascible. No toleraría que su hijo se críe sin él. Los peligros están a la orden del día. Casarse de este modo es la cáscara. El amor es la cáscara. La realidad es que no hay amor ni ceremonia religiosa, sino amenazas de todo tipo. Juegos que se rompen en una plaza, pañales que no llegan a cambiarse a término y escaras en el culo lampiño. Y un hombre, también, que está alerta y preparado para enfrentar todas esas y otras calamidades, desenvainando su espada a veces moral, a veces violenta, contra todos los males de este mundo que ya no son el exterior sino una cosa mucho más real aunque no se mire ni se toque. El matrimonio por lo tanto es apenas una etapa de veinte o veinticinco años, hasta que el hijo común se hace grande. Una etapa donde el hombre debe tolerar las obligaciones y donde la mujer debe también hacer lo propio. El matrimonio es luego la gran guerra y hasta tal vez el holocausto de uno de los dos, ya sea literalmente mediante el homicidio, o bien, con la simpática andropausia llevada a sus últimos caprichos; en todos los casos, la dulce compañía del cónyuge que sobrevive al otro cónyuge, controlandolé los sueros y las sondas nasogástricas en el hospital. Contar la perversidad, de eso tal vez se trate, de los días posteriores a la muerte de Di-s que el mismo hombre ha asesinado. Denunciar esa muerte a los demás. Ese horripilante homicidio. Que el Señ-r nos perdone a todos. (Toda la enumeración anterior la puede el agraciado lector encontrar en los cuentos de, por ejemplo, John Cheever o Lorrie Moore.)

Segundas anotaciones

Hoy no pude todavía terminar las últimas 20 páginas de Crash por culpa de un anciano que subió en Congreso al tren del subterráneo. Hablaba solo el viejo y nos increpaba a todos de no querer oírlo. Entró diciendo que es muy bueno conservar la ilusión de los Reyes Magos. Dijo más o menos que “es muy lindo esperarlos con los zapatos, el pasto y el agua”, pero que “con todas las guerras que hay por allá en Medio Oriente ya no quedan camellos y entonces no se puede esperar a que los Reyes lleguen a ninguna parte. Ya no tienen camellos, no hay más camellos, los mataron a todos”.

Debí cerrar el libro porque era mucho más interesante la perorata del anciano, claro. Ahí está un hombre inventando la realidad, dándonos una explicación de qué cuernos es que trata todo esto. Ni nuestros padres nos engañaron ni la religión miente: no hay camellos, señores, ésa es la verdad, o quedan muy pocos, pero porque las bombas los están matando con los Reyes Magos arriba de la montura. Y no podemos confiar en la llegada de los Reyes Magos, pero no por culpa de ellos, sino porque hay guerra y el mundo está en peligro. La mentira de nuestros padres y la religión son la verdad. Debemos como manera de resistencia creer en ellas. Eso, creo, decía el viejo. Eso dice de otro modo Luis Alberto Spinetta en su canción de ciencia ficción que dice:

“Yo nunca me imaginé, / regresar a mi tiempo de niño / nunca me expliqué por qué, / nunca ví un tren. / La neutrónica ya explotó, / y muy pocos pudimos zafar, / ahora el mundo no tiene ni agua. / La mañana me encuentra, / caminando en la nada, / vías muertas de un expreso / que quedó en el pasado. / Confundido por el fuego verde, / que confluye desde el mar, / la materia disuelta flota / en la atmósfera sin sol. / La neutrónica ya explotó, / y muy pocos pudimos zafar, / ahora el mundo no tiene ni agua. / La mañana me encuentra, / sospechando en el aire contaminado, / vías muertas de un expreso / que quedó en el pasado. / Señor… señor… / Yo quiero ver un tren. / Llévame a ver un tren. / ¡No los recuerdo! / Yo quiero ver un tren.”

Pero hay otra cosa. No todo el mundo exterior es ficticio. Afirmar ello es caer en la miopía (a veces intencional) de los burgueses descreídos de principios de siglo (y de fines del XX también). He dicho levantando el dedo. Es utilizar el lenguaje según fines puritanos, capitalistas. Es hablar de “crédito” y no de “endeudamiento”. De “democracia” y no de “estafa”. Es darnos un manto de piedad para no sentirnos santos y demonios. Porque está la verdad de la muerte y de la vida, eso quiero decir y antes no me salía, disculpen. Están las morgues hospitalarias con sus muertos sin maquillaje y están las salas de parto de esos mismos hospitales proyectando en ambos casos el misterio y el absurdo, las dos cosas a la vez. Y de eso sí se puede contar como quien toma una fotografía. O al menos vale el intento. Contar en una sobremesa o en la torre de marfil, no interesa dónde. Contar lo que nadie cuenta. Que tras todo absurdo monótono de la realidad hay un misterio. Y viceversa. Y no es necesario ser demasiado profundos, claro. Mi amigo Vilmo Patiño ha llegado a escribir algo muy lindo tras uno de sus combates:

“Recuerdo la paciencia con que me mirabas. / Yo pensaba: / ‘Él es el santafesino / del que tantos hablan’. / Y temía la sensual amenaza de tus brazos, / la forma en que te quitabas el sudor de la nariz, / esos pequeños saltitos que sobre el ring-side pronunciabas nervioso, histérico. / ¿Eran ciertas las mentiras que de ti se decían? / ¿Qué te dolieron más? / ¿Mis golpes? / ¿Mis patadas? / ¿O la forma en que te devolví la mirada cuando, / antes de volver a golpearnos, / quisiste sonreírme? / Tus calzones azules, / también recuerdo tus largos y brillantes calzones azules.”

A veces leo cosas y me pregunto por qué tanto retorcimiento, hacia dónde es que se apunta verdaderamente. Si el mundo ficticio según Ballard es aquél que cuentan la publicidad, la política y todos los productos masificados, lo real no necesariamente requiera, para ser narrado, de pelar ese mundo para hallarle los gajos. Puede ser necesario en algunos casos, y excuso a Ballard en la medida en que habla de la ciencia-ficción. Pero luego, en la medida en que se mire, seguir la oralidad de los relatos de mi viejo (o a Hemingway), avanzar sobre esos preceptos, todavía puede ser posible. El progreso es parte de la ilusión y, a menos que esté justificado por razones estéticas (mi viejo cuida mucho la estética de sus cuentos), de Balzac a Lorrie Moore, pasando por Cheever y Onetti, no veo en ellos esa preocupación iconoclasta, sino más bien, sino antes, una necesidad de contar aquello que nadie cuenta, que nadie publicaría y que si se publica son por cuestiones de puro azar (o por decirlo de un modo distinto y que no es igual: de suerte, de don de la oportunidad; preguntenlé a Honoré, si no).

(Onetti. Lean Onetti y verán. Es desdeñoso Onetti al contar. En ese desdén y en su lentitud parsimoniosa la realidad muestra su absurdo y su misterio, sin artificios. Leer un cuento de Onetti es como mirar una fotografía durante doce horas sin pestañear. Pasan cosas, muchas más de las que se ven.)

Entonces otra vez: importa la teoría del viejo y los camellos, pero antes todavía el viejo diciendoló. A menos que los propósitos lo manden, con el viejo diciendo lo que dice alcanza y sobra para contar. Lo demás, y no lo digo yo, en el fondo siempre es silencio.

Sí, terceras anotaciones

Termino esto con un fuerte dolor de cabeza, así que sepan disculparme. Son las cervicales y también la cerveza de pésima calidad que acabo de tomarme.

Crash, leída desde la perspectiva que Ballard escribe en la década del 70 en su prólogo, tiene algún valor y hasta puede considerarse interesante. Leída de ese modo, Crash es la proyección de las perversiones de Ballard llevadas a sus límites y es una manera de contar el mundo desde la ciencia-ficción (distinta), mostrando uno de sus negativos (en términos fotográficos). Pero sin esa lectura previa de la que las primeras ediciones de Crash carecen, todo está perdido (o casi). Y allí donde el lector, lleno de fe, esperanza y caridad, pueda encontrar una prosa atildada y un estilo de contar correcto, hasta ese tipo de lector caerá en la desilusión. Terminará diciéndose que a ese texto de más de 250 páginas tranquilamente le sobran unas 214 (por no poner un número redondo).

De todos modos, independientemente de esta sensación de frustración que deja Crash (excepción hecha, claro está, por quienes sostienen que se trata de una “novela de culto”, y habría que ver qué carajo significa que una novela sea “de culto”), hay otro elemento que no ha dejado de inquietarme mientras finalmente, sí, terminaba de leer, dos días atrás, mi ejemplar editado por Minotauro. Me refiero a que Crash, incluso leyéndola a sabiendas de lo que dice JGB en su prólogo, no impresiona necesariamente una novela de ciencia-ficción, sino una especie un tanto más híbrida que se acerca, con inutilidad, al realismo. Y aquí quiero detenerme dos segundos porque hoy mismo Daniel Espartaco Sánchez en su blog ha resumido mediante una cita que no le pertenece todo lo que pretendía yo decir para liquidar esta farsa que se llama Mi Pensamiento.

Leía hoy, había copiado Espartaco:

“El arte puede definirse como una resuelta tentativa de hacer la más alta justicia al universo visible.” Joseph Conrad.

Eso hace Kafka en El Proceso, en El Castillo, me animaría a decir que hasta en la metamorfosis sufrida por el fatuo Gregorio Samsa. Eso hace Melville con Bartleby y con Ahab. Eso hace, por supuesto, Cervantes. Y también lo hacen tantos otros que conozco y sobre todo aquellos a quienes jamás he leído y que son la mayoría -mi esperanza es ciega en este punto.

El corazón en las tinieblas y Crimen y castigo así mismo lo hacen. Y hay compromiso y moralidad latente (pero no comprometida) en quien escribe, y hay compromiso y moralidad en quienes leen (pero no manifiesta). Leyendo por ejemplo un pasaje de Por quién doblan las campanas, Hemingway directamente se la juega, incluso a riesgo de perder su reputación. Pilar ahí le narra a Robert Jordan cómo Pablo, su concubino, tomó un pueblo, liquidó a guardias civiles y animó a que otros pobladores lincharan y arrojaran a un río a otros tantos fascitas. El primer acto de justicia se encuentra en la forma de narrar, en la entretención de quien lee. Hacer entretenido el espanto, generando la tensión necesaria para que nuestro entusiasmo de lectores no decaiga, no es tarea para cualquiera y por eso Hemingway hay uno solo. Y miren que de a momentos es “lenta” la narración de esa novela. Pero la entretención de la que hablo no se detiene en esos detalles, sino en la fruición que el lector puede alcanzar una vez que se comprometió con la historia. Crash comienza a flaquear por ese flanco.

El segundo acto de justicia (y toda clasificación o enumeración siempre es estúpida y arbitraria) que Espartaco copia y que Conrad afirma supongo que guarda relación, y ahí sí JGB lo ha escrito en su prólogo, con darle al absurdo de la realidad una explicación pero sin explicar, un contar pero sin decir. Antonio Di Benedetto en cuentos como “As” (creo que así se llama el cuento) lo hace y muy bien. Esa explicación de la realidad implica por parte del escritor un esfuerzo moral por quitarse de encima toda intentona por meter entre guiones explicaciones que guíen al lector, porque paradójicamente sólo no explicando es posible contar y en consecuencia explicar desde una obra de ficción. O al menos así parece. No conozco libro de ficción de mi gusto que posea contenidos editorializantes y afines a los ires y venires de las corrientes socioculturales que imperan. No conozco libro bueno que trate de congraciarse con el pensar generalizado de las masas. Cuando algo de todo aquello ocurre la ficción se acaba y también el acto de justicia y comienzan a sucederse una serie de infortunios donde quien escribe se vio necesitado de decir lo que piensa y quiere pensar; se acaba en esos casos el cuento. En este sentido JGB en Crash, con su serialidad porno-automovolística de algún modo sí hace justicia. Se olvida de las connotaciones negativas que suponen el querer chocar y matar con el auto y cuenta, aquí sí, insisto, una historia.

El tercer acto de justicia (y no voy a ir más allá porque no me da la cabeza) seguramente será más discutible, pero es lo que hoy, no sé mañana, pero sí hoy, sostengo. Tiene que ver con contar desde una perspectiva humanista, de, y discúlpenme el sentimentalismo, de contar desde el amor al ser humano. Ese amor significa comprensión, no hablo de justificaciones porque caeríamos en esas líneas editorializantes de la realidad. Si el artista al hacer su obra es un dios, y si Di-s al menos en Occidente es amor y ama al hombre, desviar el rumbo y quitarle esa nota distintiva de lo que son la creación y la otra, con mayúscula, del Génesis, es pretender ser más originales que el propio Hacedor. Contar desde el humanismo implica no entrar en controversias e intentar ir más allá de los propios prejuicios y de las propias miradas, para meterse en cada situación y en cada personaje para desde allí contar. Como si fuésemos Di-s mirando a la humanidad. (Ojo, el desdén en la mirada, esa cosa onettiana, seguramente también la tenga Di-s en sus ojos, por ejemplo, cuando nos mira sentados en el inodoro, o cuando nos convertimos en asesinos seriales y nos creemos que por ello somos originales.) En la medida en que un autor logra eso consigue también que nosotros, viles lectores, también seamos dioses. Dicho sea de paso, la comprensión es un paso necesario para el amor. JGB esto no termina de lograrlo, y desde mi punto de vista entre totalitario y adolescente, ello va en contra del contar y del explicar desde el mero contar. No se termina de comprender por qué Vaughan pretende estrellarse contra la limusina de Elizabeth Taylor como una expresión, además, amorosa o bien sexual (o bueno, sí, se comprende, pero no desde el relato, sino a través de aclaraciones explícitas). Y JGB es conciente de ello y suele irse en más explicaciones y refuerzos que, vanamente, buscan dar algún tipo de luz al respecto. En esa tarea se le van varias páginas. (Pero el libro me lo comí, joder, no me hagan caso, está bueno ese libro, un poco sórdido, pero está bueno.)

Independientemente de lo anterior, quiero por último reinvidicar en algo lo hecho por JGB poniendo mi experiencia personal con los autos como excusa. (Quisiera hacerlo con fundamentos más sólidos, pero soy incapaz de hacerlo.)

De chico el juego que más me gustaba del hoy desaparecido Ital Park de Buenos Aires eran los coches chocadores. Tomar velocidad desde una punta para impactar contra mi padre o contra un amigo era una forma de la felicidad que iba, de manera ineludible, acompañada por una sonrisa. Me mordí la lengua varias veces en esos autitos e igualmente varias veces reincidí en ese juego, atolondrado. Y cuando fui más grande y comencé a superar velocidades prohibidas me asombró la excitación que ello me generaba. Luego, cada choque real que tuve, y que fueron varios (tengo tres metacarpianos con clavos y una placa de titanio por mi último evento, toda esa ferretería en mi mano hábil, la izquierda), no bien terminó sin consecuencias mayores, generó en mí cierto orgullo de guerrero que puede contarlo. Muchas veces me observo las dos cicatrices de mi mano izquierda y vuelvo a experimentar la misma sensación, el “yo estuve ahí”, el “ustedes no saben de qué se trata”. Así como hay mujeres que precisan del quirófano cada uno o dos años, creo con JGB que existen personas que no pueden vivir sin accidentes automovilísticos, o sin exponerse a ellos (busquen en Youtube carreras clandestinas y se darán alguna cuenta del cretinismo al que pueden llegar muchos conductores con sus actitudes entre suicidas y criminales). Y esto no es ciencia-ficción. Y con JGB también comparto esa ilusión que en Crash llega a contarla cerca del final y que versa en suponer que una autopista, cualquier autopista, de repente se eleva hacia el cielo como síntoma de liberación o como prueba de lo que es capaz de hacer la velocidad. JGB cuenta todo eso. Se tratará tal vez de una enfermedad moderna, no lo sé, pero después de Crash ya no me siento tan solo en mi patología. Entonces, me desdigo del todo: Ballard logra su objetivo y Crash es una novela de putamadre. Le damos cinco estrellitas, ahora: *****.

Mientras estas cosas escribo en la Argentina se matan diariamente, y batiendo récords, decenas de automovilistas semanalmente, y creo que me quedo corto. Hace unos días, estoy parado en febrero de 2007, fue el colmo. Ocurrió exactamente un día después de mi regreso de Santa Fe. Porque esto que escribo transcurrió entre mi ida y vuelta a Santa Fe. Un camión, hace unos días, se estrelló contra la columna de un puente peatonal en la Panamericana. La cabina del camión quedó destrozada, el puente peatonal se cayó. Falla humana, falla mecánica… poco interesa. En esos mismos días hubo impactos frontales, modernas cupés desbarrancadas, muertos y muertas y familias amputadas. Y mientras tanto las automotrices seguían fabricando automóviles capaces de surcar los caminos a velocidades cada vez más elevadas.

JGB ya lo escribía casi cuarenta años atrás: se trata de un horror mundial que todos ven pero que nadie pretende cambiar. Crash es una novela de este drama contemporáneo. Como lo fueron en su momento las ficciones de aparecidos o las de personas que se metieron en otro tipo de sombras. El mundo occidental y pudiente a quien hoy se dirige la literatura de esta parte del mundo tiene, entre otros, como antes lo fueran las casas abandonadas, las guerras, los molinos de viento y las pestes, también las drogas y el alcohol, este nuevo trauma que se suma a los anteriores, este nuevo lugar de fascinación, amigo del sexo, la libertad y la muerte. JGB lo dice y eso ya es mucho. Demasiado.

Tal vez otros intentos por contarlo sin explicaciones y desde un punto de vista más realista logren esa más alta justicia de la que Conrad habla. No para justificar el horror y el absurdo, sino para comprenderlos. Cosa que la tecnología jamás logrará.

Me voy a dormir. Disculpen otra vez.

One response to “Cuando la ciencia ficción se estrella”

  1. […] decir esto que la Sci-fi tal como la conocíamos ya fue? (Ballard ya nos lo advertía: “Nuestros conceptos de pasado, presente y futuro necesitan ser revisados, cada vez […]

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Crash

J.G. Ballard
Jonathan Cape
1973

Javier G. Cozzolino (Buenos Aires, 1973). Autor de Tulipanes para Zamudio (Ed. Universo, Mieres, España) y de Bonito. Yo soy aquel (editado por sí mismo y disponible a través del blog Sin Pastillas). Actualmente trata de escribir algo que podría llamarse La ballena enferma o El cuaderno enfermo. Ni él lo sabe.