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	<title>HermanoCerdo :: Literatura y Artes Marciales</title>
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		<title>Carlos Fuentes (1928-2012)</title>
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		<pubDate>Wed, 16 May 2012 02:42:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mauricio Salvador</dc:creator>
				<category><![CDATA[Artículo]]></category>
		<category><![CDATA[2012]]></category>
		<category><![CDATA[Carlos Fuentes]]></category>
		<category><![CDATA[Enrique Krauze]]></category>
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		<description><![CDATA[La edad del tiempo]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="imagen-centro">
<p><a rel="attachment wp-att-7796" href="http://hermanocerdo.com/2012/05/carlos-fuentes-1928-2012/fuentes/"><img class="alignright size-large wp-image-7796" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/05/Fuentes-600x314.jpg" alt="" width="600" height="314" /></a></p>
<div class="credit">Carlos Fuentes</div>
</div>
<p>Este martes 15 de mayo el escritor Carlos Fuentes murió en la Ciudad de México. Durante los últimos años su presencia pública y artística fue una voz en <em>off</em> que con mayor o menor efecto se pronunció sobre los muchos problemas que aquejaban a México y, a veces, al mundo. Después de haber creado obras formalmente renovadoras en las décadas de 1960 y 1970, sus últimos libros produjeron una opinión crítica de extremos, y su candidatura al Nobel, si una vez sólida entre los tahúres, comenzó a desdibujarse en el contexto de una época que no tenía ya mucho tiempo para procesar la visión y el oficio que Fuentes ofreció con cada una de sus novelas.</p>
<p>Como pocos escritores (Philip Roth, por ejemplo) Fuentes fue capaz de estructurar su obra literaria en un gran panorama, "La edad del tiempo", lo llamó, con el cual quiso iluminar buena parte de la historia del siglo XX mexicano. Es el tiempo un motivo central de su obra, el tiempo histórico que rebasa a las generaciones para convertirse en proceso histórico irreversible, y el tiempo íntimo que, al contrario, es capaz de volver y echar luz sobre lo aparentemente sólido de la Historia.</p>
<p>Fuentes escribió docenas de libros pero su primera época como narrador es la que sin duda ha dejado la huella más honda entre sus lectores. Es fácil olvidar que <em>Los días enmascarados</em>, <em>La región más transparente del aire</em>, <em>Aura</em> y <em>La muerte de Artemio de Cruz</em> son obras no del escritor maduro y venerado en medio mundo que solemos ver en fotografías, sino de un joven escritor que en nuestra época podría ser todavía candidato a recibir una beca del Fonca.</p>
<p>Así, ficcionalizó el redescubrimiento de lo mexicano, el arribo y posterior debacle del poder revolucionario y la pretendida modernidad mexicana.</p>
<p>A esta época continuó una que se movió entre una suerte de costumbrismo a la Fuentes (<em>Cumpleaños, La cabeza de la hidra, Una familia mexicana</em>) y una vena experimental y ambiciosa (<em>Cambio de piel, Terra Nostra</em>) que concluyó en <em>Gringo viejo, Cristóbal Nonato</em> y el premio Cervantes de literatura. Y pagó un precio.</p>
<p>Apenas recibido el Cervantes, Enrique Krauze escribió en <em>Vuelta</em> un amplio ensayo con el que buscó desmentir la esencia mexicana de Fuentes. Visto a la distancia dicho ensayo queda menos como un ejercicio crítico que como un documento de admirable retórica cuyo fin era desprestigiar la autoridad que el novelista pudiera tener sobre "lo mexicano". Mi impresión es que hoy en día nadie lee ese ensayo como una lectura crítica literaria de la obra de Fuentes sino como un ensayo que documenta las guerras culturales entre la inteligencia reunida alrededor de <em>Vuelta</em> y Carlos Fuentes.</p>
<p>En aquel ensayo Krauze parecía reprochar a Fuentes no comportarse como un historiador, capaz de encontrar la "verdad histórica", lo que sea que ello signifique. <a href="http://www.enriquekrauze.com/krauze/794/essay">"La comedia mexicana de Carlos Fuentes"</a> es además el magnífico documento retórico que he dicho porque convierte la capacidad o incapacidad literaria de Fuentes en un asunto moral. Y cuando esa transubstanciación ha sucedido, descalificar una obra literaria se convierte en un juego de niños.</p>
<p>Si Fuentes fue o no capaz de interpretar artísticamente la realidad mexicana, es un tema que podría resolverse literariamente, explicando las contradicciones internas en su obra. A fin de cuentas es un tema que por increíble que parezca aún no se ha podido resolver. Juan Villoro o Jorge Volpi, por nombrar a dos escritores reconocidos de la actualidad, se han visto embrollados en el mismo dilema a pesar de contar con la educación sentimental mexicana que Krauze le niega a Fuentes (“un gringo niño de origen mexicano nacido en el lugar donde la historia y la geografía han dejado, en verdad, una cicatriz: Panamá”).</p>
<p>No sabemos si literariamente el tiempo será benevolente con la obra de Fuentes. ¿A quién le importa, además? Lo que sí resulta irónico es que las palabras con las que Krauze comienza su famoso ensayo suenan en efecto a una muy buena radiografía, pero del mismo Krauze:</p>
<blockquote><p>Mi desencuentro de lector con Carlos Fuentes ocurrió en 1971. Aunque en los años sesenta había admirado sus cuentos y novelas, luego de los asesinatos masivos de Tlatelolco y el Jueves de Corpus la fe estatista de Tiempo mexicano comenzó a desconcertarme. No entendía el mal uso que Fuentes hacía de la historia, sus trampas verbales, la prisa e imprecisión de sus juicios ni la facilidad y autocomplacencia de sus indignaciones. No entendía su modo de abordar la realidad ni justificaba, en suma, su actitud intelectual.</p></blockquote>
<p>Uno puede desencontrarse con la obra de un escritor por muchas razones. Pero cuando estas razones son de índole moral y política entonces ya no nos encontramos en el juego de la literatura sino en el juego del poder.</p>
<p>En 2012 nos hemos percatado de la valía de Fuentes al verlo partir. En sus últimas obras intentó ser joven otra vez y probablemente no lo consiguió. Pero ha muerto siendo todavía un escritor honesto consigo mismo, un perenne crítico del sistema y de los actores políticos mexicanos y alguien que no abusó de su poder para imponer agendas culturales y políticas. Algo, por supuesto, que no se puede decir de todas las buenas conciencias morales de nuestro gran país.</p>
<p>***<br />
Más información:</p>
<p><a href="http://elpais.com/tag/carlos_fuentes/a/">El País</a> (Sergio González Rodríguez, Carmen Balcells, Sergio Ramírez, Julio Ortega, Mario Vargas Llosa, Martín Caparrós)<br />
<a href="http://www.nytimes.com/2012/05/16/books/carlos-fuentes-mexican-novelist-dies-at-83.html?_r=2">The New York Times</a><br />
<a href="http://www.washingtonpost.com/entertainment/books/carlos-fuentes-mexican-novelist-dies-at-83/2012/05/15/gIQAx7dxRU_story.html"> The Washington Post</a><br />
<a href="http://www.guardian.co.uk/books/2012/may/15/carlos-fuentes?CMP=twt_fd">The Guardian</a><br />
<a href="http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/titulo_0_701330063.html">Revista Ñ</a><br />
<a href="http://www.proceso.com.mx/?p=307584">Proceso</a><br />
<a href="http://cultura.elpais.com/cultura/2012/05/15/actualidad/1337118287_958698.html">Jorge Volpi</a><br />
<a href="http://julianherbert.megustaescribir.com/2012/05/16/mi-nombre-es-ixca-cienfuegos/">Julián Herbert</a></p>
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		<title>Cambiar de idea</title>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 21:53:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo Chul</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[ensayos]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[vida]]></category>
		<category><![CDATA[Zadie Smith]]></category>

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		<description><![CDATA[Ensayos ocasionales
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cambiar de idea lleva en su edición original el subtítulo "ensayos ocasionales". Con ello Zadie Smith indica que no hay en este libro una intención unitaria, como excusándose a sí misma desde el prólogo: estos textos "se escribieron para ocasiones concretas, para editores concretos" entre 2003 y 2009. Hay artículos para el <em>New Yorker</em> y <em>The Guardian</em>, tres conferencias, un prólogo, relatos autobiográficos y críticas de cine. Si creyéramos a la autora parecería que aquí no encontraremos más que fragmentos de un pensamiento que se ha posado por encargo aquí y allá y que revela con modestia una "incoherencia ideológica" inevitable.</p>
<p>Pero no perdamos tiempo hablando de cómo Zadie Smith señala el elemento que refutará a continuación, y vayamos a las razones por las que consideramos que <em>Cambiar de idea</em> merece ser leído.</p>
<h3>1</h3>
<p>Contiene cuatro ensayos sobre los que se edifica el punto de vista de la autora respecto a la relación entre la novela y su tiempo. Son "Middlemarch y todo el mundo", "F. Kafka, hombre corriente", el texto sobre David Foster Wallace, y "Dos direcciones para la novela", que cualquier autor que se sienta seguro acerca de su estilo y su credo debería leer como vacuna contra las ideas preconcebidas acerca del realismo y la modernidad. Pues si en algo se revela inflexible Zadie Smith es en la creencia en la literatura como arte mutable y en la certeza de que los escritores que escriben de espaldas a su tiempo mienten o engañan. Y aunque tal idea es lugar común -más en las poéticas repetidas por los autores que en sus obras-, Zadie Smith la profesa sin piedad en la práctica de sus textos: a una declaración general tal vez algo plana ("Lo que heredan de Eliot los novelistas del siglo XXI es la libertad radical de llevar la novela a sus límites, donde sea que éstos estén") responde con un ensayo que muestra tanto la falacia de una novela sólida pero ajena a la herida que la literatura experimental infligió a la narrativa del siglo XX (<em>Netherland</em>, de Joseph O'Neill) como el valor tentativo de otra (<em>Residuos</em>, de Tom McCarthy) que aporta al tiempo cimientos teóricos y placer estético. Ambos caminos parten del mismo punto ("la frustrante sensación de haber llegado a la fiesta de la autenticidad exactamente con un siglo de retraso"), y ambos conducen a algún sitio. Con esperanza, viene a resumir Smith, al futuro.</p>
<p>Pues hay en el pensamiento de Smith una fe entusiasta en que los argumentos concretos pueden rebatir las ideas generales. A las creencias supersticiosas, perezosas y viejas acerca de la muerte de la novela, contrapone su ensayo sobre Foster Wallace en el que, apartando las ramas formales y sentimentales que tanto ruido hacen, escruta el aspecto de su obra que mejor revela la existencia de una trayectoria hacia cierto futuro en la narrativa: la redefinición de la conciencia una vez que el lenguaje se ha desmoronado, y la construcción de una alternativa nueva con base moral. Y lo hace con limpieza, como si nos quisiera hacer creer que comprender y describir son la misma cosa:</p>
<blockquote><p>Los objetivos de la gran narrativa no cambian, o no mucho. Pero sí los medios. Cien años antes, otro gran escritor norteamericano, Henry James, quería que sus lectores fueran "sutilmente conscientes para ser plenamente responsables". Sus frases sintácticamente enrevesadas, como las de Wallace, pretenden obligarnos a ser conscientes, a romper el ritmo que excluye el pensamiento. Wallace pertenece a esa misma tradición, sólo que cien años después la puja había subido. En 1999 resultaba más duro que nunca estar vivo y ser consciente. "Entrevistas breves" se situó como contrapeso al aspecto narcotizante de la vida contemporánea, y también fue un paso más allá. Cuestionó el concepto jamesiano de que una conciencia sutil conduce a priori a la responsabilidad. Afirmó que un exceso de conciencia -en particular la conciencia de uno mismo- nos ha permitido ser menos responsables que nunca. Iba dirigido a los lectores de mi generación, nacidos bajo la estrella de cuatro revoluciones entrelazadas, inconcebibles en la filosofía de James: la ubicuidad de la televisión, la voracidad del capitalismo actual, el triunfo del discurso terapéutico y el relegamiento de la filosofía a una rama de la lingüística. ¿Cómo podemos ser sutilmente conscientes cuando se nos ha formado para ser pasivos? ¿Cómo detectar el valor real cuando todo tiene su precio? ¿Cómo ser responsable cuando siempre somos,  por definición, el niño-víctima? ¿Cómo estar en el mundo cuando el mundo se ha desmoronado en forma de lenguaje?</p></blockquote>
<h3>2</h3>
<p>Zadie Smith piensa con todo el cerebro. Descubre, duda y comparte, razonando a medida que escribe. Su curiosidad es, como la nuestra, la de un lector que sabe poco y levanta la mano para preguntar al texto, donde deben encontrarse las respuestas o las dudas. Aun en sus conclusiones, es, según una tradición muy sajona, sierva de datos precisos, y su inteligencia observa, no pontifica. Razona a nuestro lado, señala y se interroga. Abre la puerta y descubre un sillón, una escalera, un detalle en la pared. Si nos servimos del símil de la famosa casa de la ficción, ella abre la puerta, nos presenta a los anfitriones y nos sirve un jerez, llamándonos la atención sobre un mueble falso que parece auténtico y sobre un tapete de ganchillo. <span class="pullquote">Smith se coloca en nuestro lugar y juega a ser como nosotros -impresionables, algo obtusos-</span>, tal como hacía E.M. Forster con los oyentes de sus charlas radiofónicas: "Hay magia y belleza en Forster, y debilidad, y un poco de pereza, y algo de estupidez. Él es como nosotros. Muchas personas lo adoran por eso".</p>
<p>Pero Smith pone el pie en la huella de E.M. Forster y avanza ligeramente, entendiendo que no hay un "nosotros" colectivo y que nuestra inteligencia goza de cierta flexibilidad. Somos lectores, como sus ensayos, ocasionales, y no leemos igual una crónica sobre los Oscar que un ensayo acerca de Barthes y Nabokov: una habla de cocktails al borde la piscina, el otro de hermenéutica. Y si nunca creímos del todo que esta colección de ensayos careciera de intención unitaria, ya estamos seguros: su objetivo es animarnos a leer más y mejor, a pensar con agilidad, a pasar a lo siguiente, a desbrozar lo inútil. Pero principalmente es señalar que el mundo, filtrado a través de la reflexión, es todo estímulo.</p>
<p>Amamos a Steiner, que escribe así:</p>
<blockquote><p>Los atisbos que nos permiten los autores sobre el taller de la individuación, sobre la construcción del Golem, ejercen una fascinación infinita. Victor Hugo dibuja, aboceta sus personajes antes de "palabrearlos". Balzac era un puntillista que permite que sus figmenta aparezcan a la vista, a la inteligibilidad comunicativa, por medio de una minuciosa descripción de la escena, la calle o la casa que prefiguran o definen sus trazos físicos y psicológicos.</p></blockquote>
<p>Y amamos a Smith, que escribe así:</p>
<blockquote><p>Al final, lo impresionante de <em>Netherland </em>es lo bien que conoce los temores y debilidades de sus lectores. Lo decepcionante es lo mucho que les consiente sus caprichos. Por un amor familiar, como un creyente del núcleo duro de la Iglesia Anglicana que nos es practicante, <em>Netherland</em> se aferra a los rituales y las vestiduras de la trascendencia, aunque sabe muy bien que están vacíos.</p></blockquote>
<p>Pero hay algo esencialmente distinto entre estas dos líneas de ensayo, y no es ni el estilo ni el calibre del análisis: después de Steiner sólo hay Steiner, irrefutable e imaginativo, aupado en una construcción que está más allá del análisis. Nuestra mente, abrumada, se contenta con este punto final. Sin embargo, Smith, lectora ante todo, escribe en el polvo, agarra el micrófono y nos indica en qué estantería vamos a encontrar los libros que debemos leer a continuación, es decir los que realmente valen la pena. Esto, nos dice, es una introducción, nada más. Es normal terminar la lectura de <em>Cambiar de idea</em> con diez, quince libros más en la <em>wishlist</em>. Ve a por ellos.</p>
<p><h>3</h3>
<p>El compromiso de este libro con su tiempo es, aun desde su modestia, moralmente ejemplar. Estamos -sobra decirlo- en el siglo XXI, y aunque tal certeza no mueva a muchos autores que tienen ahora cuarenta años a dejar de escribir como hace cuarenta años, no por ello debe la crítica tragarse un refrito intelectual sin levantar el dedo ni tomar los credos como si fueran obras. Pero los medios sajones admiten una forma de crítica literaria en la que el libro es el centro, que leemos desde España como quien mira a la tierra prometida. Esa crítica es, en el caso de Smith, particularmente limpia en el análisis de las obras en relación a su tiempo, como en los ensayos dedicados a Zora Neale Hurston y a George Eliot vista por Henry James: ambos sugieren que una lectura anacrónica termina por ser ciega, y ambos anhelan el consenso acerca de la existencia de cierto progreso en la literatura. Pues si recordamos que "los objetivos de la gran narrativa no cambian, o no mucho", entendemos bajo una nueva luz este fragmento de <em>Middlemarch</em>:</p>
<blockquote><p>Ser poeta es tener un alma tan rápida en el discernimiento que no se escape el menor matiz cualitativo, y tan veloz en el sentir que el discernimiento sea una mano que, con diversidad delicadamente ordenada, toque las cuerdas de la emoción... un alma en que el conocimiento se transforme instantáneamente en sentimiento, y el sentimiento vuelva atrás de inmediato como un nuevo órgano de conocimiento. Es posible que esa capacidad sólo se posea de manera intermitente.</p></blockquote>
<p>Lo que, traducido al idioma de Smith, quiere decir simplemente que seguiremos pidiendo a nuestros autores que hagan los deberes. Los de hoy, a ser posible.</p>
<h3>4</h3>
<p>Y, <em>last but not least</em>, interesa leer <em>Cambiar de idea</em> por dos razones extraliterarias. La primera es que excita nuestro entusiasmo cerdo, nuestra hambre cerda, nuestro amor cerdo por la lectura y la relectura cerda, y la segunda es que nos servirá como aperitivo entre la nada y la publicación del esperado <a href="http://hermanocerdo.com/2012/01/fracasar-mejor/"><em>Fail Better</em></a>, uno de cuyos fragmentos ilumina esta (cerda) revista desde hace años.</p>
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		<title>El arte de ser</title>
		<link>http://hermanocerdo.com/2012/05/el-arte-de-ser/</link>
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		<pubDate>Wed, 09 May 2012 18:10:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>William Gass</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[autobiografía]]></category>
		<category><![CDATA[biografía]]></category>
		<category><![CDATA[bitácora]]></category>
		<category><![CDATA[boswell]]></category>
		<category><![CDATA[cuaderno]]></category>
		<category><![CDATA[diario]]></category>
		<category><![CDATA[ensimismamiento]]></category>
		<category><![CDATA[malcolm x]]></category>
		<category><![CDATA[virginia wolf]]></category>

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		<description><![CDATA[La autobiografía en la edad del narcisismo]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El ensimismamiento, según nos dicen, es la preocupación principal de nuestra época. Es una actividad extraña. Me imagino una mancha de tinta absorbiéndose a sí misma y desapareciendo lentamente como el gato de Cheshire. Si la estrella es más importante que el equipo, si el clan es más importante para nuestros intereses que la comunidad, si las minorías deben de volverse mayorías y las sectas son las únicas poseedoras de lo sagrado, entonces quizá deberíamos aceptar la pluralidad excesiva que nuestro egoísmo sugiere e interpretar nuestro papel ante un teatro vacío.</p>
<p>¿Pero qué hacemos si lo que queremos es que el mundo nos observe? Mira, mamá, estoy respirando. Mírame hacer mis primeros pinitos, usar la bacinica, arañar a mi hermanita; jugar a la botella. ¡Diablos, es la primera vez que cometo adulterio! ¡Qué gran tipo! Eso de seguro amerita una marca conmemorativa en la supercarretera de mi propia vida. Así que ahora escribo mi emocionante historia. Existe, sin embargo, un problema. ¿Qué tipo de persona mostraré ser ante los ojos del otro o en la cruel plaza pública de la palabra escrita?</p>
<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/05/el-arte-de-ser/richard-avedon-malcolm-x/" rel="attachment wp-att-7765"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/05/richard-avedon-malcolm-x-600x600.jpg" alt="" title="" width="600" height="600" class="alignright size-large wp-image-7765" /></a>
<div class="credit">Malcolm X ©Richard Avedon</div>
</div>
<p>La capacidad de vernos a nosotros mismos como nos ven los demás se confiere sólo a esos observadores imparciales que llegan por correo desde Francia. Incluso el espejo sólo presenta ante mis ojos lo que permito que se refleje. No puedo verlo todo a mi alrededor; en ninguna parte donde camine o me detenga o si hago un giro súbito para mirar mi espalda por sorpresa. Es como si estuviera dormido en aquellas partes de mí que desaparecen en el rabillo de mis ojos. Tampoco la fealdad de mis pies torcidos resulta evidente en ninguna otra parte de mi piel, donde sólo yo puedo sentir la espléndida forma en que se encuentran. Creo que tengo una sonrisa seductora, pero para aquellos en quienes mi sonrisa es tan seductoramente expuesta, las comisuras de los labios, ligeramente inclinadas, expresan desesperación, disgusto o desdén —y quién sabe cuantas otras emociones inesperadas— e invariablemente, cuando estoy llorando, aunque pueda defender mi felicidad en nombre de Dios como William Jennings Bryan, mis lágrimas me señalarán como un mentiroso en cuanto concierne a los mirones; porque no creemos en otra sensibilidad salvo la nuestra y debemos inferir el contenido de otra mente a partir de las sensaciones que llegan a la nuestra: de una plática escuchada por casualidad, sus lamentos, gruñidos y bufidos; de un cuerpo, su postura y su corpulencia; de la forma de andar, el contoneo; de un rostro, sus señales. ¿No relacionamos acaso al gemido con nuestro propio dolor, a la piel erizada del otro con nuestra ansiedad, al guiño furtivo con nuestras propias conjuras?</p>
<p>Es mucho más sencillo, dicen algunos, permitir que nuestro comportamiento hable por sí mismo. Una historia es algo que observamos por sus acciones, y sólo las acciones tienen consecuencias públicas. Los estados internos ni siquiera cuentan como evidencia, pues el dolor puede ser imaginado o mal expresado, el lamento puede ser fingido; es mejor ver dónde se ha roto el hueso o el diente se ha podrido (John Dewey arguyó alguna vez que un dolor de muelas no era evidencia suficiente de que algo anda mal) y si prometo entregarle a otro todo mi amor, sería sabio de parte del afortunado receptor esperar y sopesar en que le ayuda el amor ofrecido y estimar cuánto le costará su cuidado.</p>
<p>Los sentimientos no valen un peso por docena, pero un kilo de huevo cuesta trece. ¿Cuáles crees que, en realidad, pongan pollitos en el corral? Sí, como Aristóteles dijo, el Bien es aquello que un hombre bueno hace. ¿Acaso el geólogo necesita conocer los sentimientos de una roca para conocer su pasado? ¿Acaso el botánico interroga a las plantas? ¿Acaso el zoólogo nota el sufrimiento de las ranas cuando les abre las tripas con su escalpelo? Podríamos llorar una tormenta en un dedal y aún tendríamos espacio para meter el dedo, ya que nuestra conciencia nunca se pavonea o agita en el escenario ni ocupa un casillero en el vestidor.</p>
<p>La biografía, la escritura de una vida, es una rama de la historia. Requiere de un gran esfuerzo y, por tanto, cuando se realiza ese esfuerzo, se espera que el sujeto tenga algún significado para la historia en su totalidad. Sin embargo, excepto por la enciclopedia de los muertos, tal y como la imaginó Danilo Kiš, donde todos los obituarios ya se han escrito o están en meticulosa construcción, la mayoría de la humanidad se encuentra en tumbas que nadie visita y no han dejado tras de sí nada de su antigua existencia salvo una marca borrosa en una piedra, justo como escribió George Eliot. La futilidad es la emoción reinante en los velorios.</p>
<p>Los asesinos del César no lo acuchillaron con sus almas. En el Hades, sus sombras no están manchadas con la sangre de su víctima. Esa sangre cubrió y tiñó sólo sus armas.</p>
<p>La biografía, la escritura de una vida, es una rama de la historia, pero una rama rota, quizás arrancada sin piedad desde el tallo, en el momento en que Montesquieu dirigió la mirada del historiador hacía temas más vastos y hacía los aspectos sociales que, según creía, eran la raíz de los rasgos del individuo.</p>
<p>Sin embargo, si tengo un dolor de muelas, es ante todo mi propio dolor, aunque tu estés mejor informado sobre la inflamación; si mi corazón se duele, ese dolor es único, aunque su pesadez no haga inclinarse siquiera ligeramente a la balanza; si tengo miedo, no puedo decir fácilmente que compartes mi miedo o entiendes mis sentimientos, pues, ¿cómo puedo saber cuales son tus sentimientos? ¿No es ésta nuestra amarga queja? ¿No es así como rechazamos a la compasión — un dulce rancio en un plato aún más rancio? Para alcanzar nuestra muerte hay mil formas parecidas, científicamente parecidas, pero en el interior de ese apagarse de los sentidos hay un enorme temor que no pertenece a nadie salvo a nosotros; un temor enorme como el encuentro con una rata, tan gordo como un ídolo oriental, barbudo como un antiguo guerrero nórdico, pero tan difuso e inútil como una pelusa. No podemos hacer historia con eso.</p>
<p>El conocimiento tiene dos polos, que siempre son opuestos: el conocimiento carnal, como la imposición de manos, el analizar un asunto por la cola o por el rabo, las medidas de de masa y movimiento, la gradación de un impacto severo, el conteo de provisiones; y el conocimiento espiritual, sensación intangible experimentada en nuestro interior, contra la cual luchamos como una distracción, un escenario en el cual declamamos el monólogo monótono de nuestras vidas, siempre gobernado por nuestras mareas, insinuaciones, motivos, compromisos, por nuestras tentaciones, secretos, penas y por el orgullo.</p>
<div class="imagen-derecha"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/05/el-arte-de-ser/rousseau/" rel="attachment wp-att-7756"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/05/rousseau.jpg" alt="" title="" width="288" height="351" class="alignright size-full wp-image-7756" /></a> </div>
<p>La autobiografía es una vida que se escribe a sí misma. ¿Cómo si ya hubiese terminado? ¿Como va pasando? Las biografías a veces se escriben con ayuda del biografiado y estas, por tanto, también tienen un final abierto, incompleto, pues la muerte es la que normalmente sirve de resumen, las campanas doblan por la historia bajo la cual será enterrado el occiso, con la creencia de que él o ella resucitará el día de la publicación, todos los hechos antiguos transformados en páginas, cada rasgo una hábil descripción, toda cualidad del personaje una anécdota, la mente resumida en una frase ingeniosa, la historia del héroe o de la heroína que se va, no al cielo, sino al anaquel de la librería.</p>
<p>Si pasamos rápidamente de un lado de esta instancia hacia su negación —de la idea de que sólo yo puedo conocerme a mi mismo a la idea de que sólo otro puede verme como en realidad soy— nos convenceremos con facilidad de que ni el autoconocimiento ni ninguna otra forma de conocimiento es posible y, ya convencidos, nos derrumbaremos aturdidos sobre el piso. Por supuesto, si permitimos que ambas posiciones se confronten y observamos cómo ambos tipos de información se complementan y tienen el mismo valor, podríamos concluir que para tener toda la historia, tanto la visión externa como la interna son necesarias. Esa era la solución de Spinoza. Suele ser buena idea hacerle caso a lo que Spinoza dice.</p>
<p>¿Cómo comienza una autobiografía? Con la memoria. Y la consecuente división del ser en aquello que fuimos y aquellos que somos. Aquello que somos tiene la ventaja de haber sido alguna vez aquello que fuimos. Aquello que fuimos está, además, a merced del ser presente, pues puede no querer recordar su pasado, o puede desear que aquello que fuimos fuese distinto de cómo en realidad fue, y en consecuencia alterar su descripción, puesto que aquello que somos es quien escribe la historia y tiene ventaja. Cada momento, un fragmento del ser se desliza hacia el pasado, desde donde sólo se recordará parcialmente, si acaso; con distorsiones, si acaso; y después será deformado aún más, con omisiones más graves y giros inesperados provocados por la pluma, de forma que su texto será leído más tarde de forma inexacta, sistemáticamente malinterpretado y luego usado en una nueva versión, quizá la del biógrafo empeñado en revisar las nociones habituales sobre ti y rodeando a su sujeto de estudio consigo mismo, como Sartre rodea a Genet, como un suburbio rodea la ciudad y lentamente le chupa el tuétano.</p>
<p>El autobiógrafo piensa que conoce al sujeto de su obra y por tanto no necesita crear un calendario del tipo del que el biógrafo se ve obligado a compilar para poder presumir que sabe todo lo que su sujeto hizo cada día de su vida incluyendo el jardín de niños y su primera pelea. El autobiógrafo tratará los documentos con menos respeto del que debería y ciertamente no se investigará a sí mismo como si hubiera cometido un crimen y debiese ser capturado y condenado; en cambio, se sentirá complacido al saber que ha preparado su defensa con antelación, porque entiende que todos los sujetos del biógrafo terminan tras las rejas. No. Él pensará que ha llevado una vida tan importante que es digna de alabanzas, y se cree lo suficientemente hábil en las presentaciones como para mostrarse correctamente. Ciertamente no comenzará su tarea pensando que ha llevado una vida fallida y ahora agrandará ese fallo. No será así, por supuesto, a menos que haya dinero de por medio y la gente pagará para husmear en sus errores justo como pagan para ver al hermafrodita en el circo —las mujeres a la izquierda, si son tan amables, los caballeros a la derecha, muchas gracias, todo tras una pudorosa capa de tela. <span class="pullquote">Un autobiógrafo honesto es un milagro tan grande como tener dos sexos y ambos son fenómenos de la naturaleza.</span></p>
<p>El autobiógrafo tiende a ser parcial, a brincarse las partes aburridas y rodear los baches penosos. Los autobiógrafos se sonrojan antes de revisar su asiento de baño. ¿Existirá algún motivo para la empresa que no esté manchado por la presunción o por un deseo de venganza o por un deseo de justificarse? ¿Para poner un halo sobre la cabeza del pecador? ¿Para inflar un ego más allá de lo razonable? ¿Quién es lo suficientemente engreído como para encontrar diversión o una lección importante en sus antiguos errores? ¿O aspirar a ser un ejemplo para que los jóvenes lo sigan justo como los pájaros idiotas siguen a los normales en el vuelo? Haber escrito una autobiografía es transformarte en un monstruo. Algunos, Como Rousseau y San Agustín aprovechan esto para esconder tras la confesión el engaño. Por supuesto, como ha dicho Freud, siempre confiesan lo que en su alma están convencidos es su menor crimen.</p>
<p>Es muy común, en nuestra segunda infancia, recordar la primera. Nostalgia y pesar, lástima de uno mismo y viejas cuentas sin saldar compiten en nuestro interior para saltar bajo los reflectores y energizar cada escena. ¿Por qué es tan interesante decir, ahora que todos lo saben, “yo nací… yo nací… yo nací”? “Me cagué en los pantalones, fui traicionado, siempre saqué diez”. Los cronistas de la niñez son casi siempre deterministas sin esperanza. Sus personajes crecieron de cierta forma; es posible explicar cierto defecto actual por causa de esta herida o aquel golpe. Y qué tan común es que tanta modestia onanista termine por agotar al autor o hace que se aburra de su propio pasado y abandone los años posteriores. En ocasiones, el destino corta el hilo, y el autobiógrafo muere en su lecho de amor, todavía montado en la silla de su ego.</p>
<p>Ya que se considera mala idea escribir tu vida hasta que estés en la tumba y se empiecen a asomar los huesos, puedes elegir adelantarte, como lo hizo Joyce Maynard al escribir su crónica sobre lo que fue crecer en los años sesenta, en <em>Looking Back</em>, cuando tenía dieciocho. ¿Y por qué no hacerlo? Nuestros criminales son en su mayoría chiquillos; los chiquillos son el pedazo más grande de nuestros clientes, los más ingenuos, los más fáciles de convencer; y mucha de nuestra cultura es controlada, consumida y hecha para chiquillos de trece años. Willie Morris, al cumplir los treinta y dos años que representan “la mitad de su vida” de acuerdo a la solapa de su libro, esboza en <em>North Toward Home</em> una imagen del Sur “que no podría ser llamada hermosa”.</p>
<p>Muchas vidas son tan carentes de interés que el sujeto debe primero realizar alguna proeza como navegar alrededor del mundo o trepar una peligrosa montaña para elevarse de la existencia trivial y sólo entonces, después de haberse inventado una vida, puede escribir sobre ella. Es como si Satanás fuese a recordar su arrogancia frente a Dios, su expulsión del Cielo, su larga caída a través del éter, e incluso su aterrizaje en un mar de fuego sólo para entretenernos. No desafió a Dios solo para alcanzar los titulares. Algunos se muestran a sí mismos sólo como espeleólogos o jugadores de béisbol o actores u alpinistas, o crean la biografía de su negocio. Las vidas criminales abundan, así como las de los forajidos del Viejo Oeste. Otros, como Boswell, se mantienen al margen de los eventos, para poder decir más tarde “Yo estuve ahí y vi como el Rey Lear se volvió loco; puedo contarte sobre un rey que maldecía, lloraba, que llamaba a su bufón, que se sentó lentamente y triste suspiró…”. Sin embargo, en ocasiones el azar puede hacer que te encuentres en medio de algo importante, Saigón que se derrumba a tu alrededor como una torre de cartas, o, si la fortuna te sonríe, quizá tomaste un trabajo aburrido que terminó siendo más bueno que malo; después puedes contarlo, decir cómo se sintió luchar contra Grendel, o cómo olían los establos de Augías antes de que Hércules los limpiara, o de cómo tu camisa se manchó con la sangre de un presidente asesinado mientras lo acompañabas en su desfile; sí, la anécdota será valiosa para futuros viajeros que no deseen transitar ese camino.</p>
<p>Tenemos frente a nosotros el ejemplo, en apariencia noble, de Bernal Díaz del Castillo, que fue soldado en la armada de Cortés. Molesto por la incompetencia de anteriores cronistas, quienes no decían la verdad “ni al inicio, ni en el medio, ni al final”, escribió su <em>Historia verdadera de la conquista de la Nueva España</em> e hizo la siguiente declaración en el prefacio de su obra honesta y poco pretenciosa:</p>
<blockquote><p>Más lo que vi y me hallé en ello peleando, como buen testigo de vista yo lo escribiré, con la ayuda de Dios, muy llanamente, sin torcer a una parte ni a otra, y porque soy viejo de más de ochenta y cuatro años y he perdido la vista y el oír, y por mi ventura no tengo otra riqueza que dejar a mis hijos y descendientes salvo esta mi verdadera y notable relación, como adelante en ella verán.
</p></blockquote>
<p>Le creemos no sólo porque lo que escribe nos parece veraz, sino también porque, como Céfalo en la República de Platón, está casi libre del mundo y sus ambiciones, del cuerpo y sus deseos. Casi tan maravillosa es la crónica de la última expedición de Scott a la Antártica, contada por Aspley Cherry–Garrad en <em>The Worst Journey in the World</em> o la luminosa descripción de la vida en una isla desierta de las Filipinas, narrada por James Hamilton–Patterson en <em>Playing with Water</em>.</p>
<p>Mas éstas no son aún autobiografías, ya que están a propósito incompletas puesto que nadie quiere saber sobre tus padres sólo para llegar al sur de Francia, ni leer sobre tu matrimonio para poder disfrutar de tus aventuras en la jungla; además, muchas de estas memorias tratan en específico unas cuantas cosas vistas o vividas o de alguna forma logradas, por lo que se asemejan más al parloteo emocionado de un periodista que se ha encontrado por casualidad en un campamento de sanguinarios criminales (ya conoces la película) o que se encontraba en la plaza donde los mártires nacieron y, por lo tanto, su historia no puede acompañarse con el sufijo “auto”, pues, ¿dónde está el “yo”, el viejo “yo”, el dulce “yo”, el “yo”? (Aunque el llamado nuevo periodismo, en el que tanto Capote como Mailer participaron por un tiempo, transformó incluso a los reporteros en pronombres, lo cual desvirtuó a la profesión.)</p>
<p>Por supuesto, existen aquellos de quienes cada uno de sus pasos resulta trascendental, unos pocos cuya personalidad es tan compleja, redonda y elevada, que quisiéramos saber el cómo y el porqué; algunos cuantos cuyo talento es tan extraordinario, su sensibilidad desarrollada de forma tan rica, calurosa y amplia que pensamos con candidez, con mucha candidez, que debieron levantarse todos los días de la cama con la gracia de un acróbata, preparado el omelet del desayuno como si tuvieran gorro de cocinero, y andado camino del trabajo con la gracia de un bailarín. Pensamos que son dioses, o al menos Wittgenstein. Sólo porque sus medias rimas no huelen como algo que está podrido.</p>
<p>Pero nuestro autobiógrafo tiene toda una vida de conocimiento íntimo. Él sabe de acciones, grandes y pequeñas, que sólo él ha presenciado, que sólo él recuerda; a ella, la visión de una vieja golondrina le trae a la memoria un sabor, o aquella fragancia que le encantaba a su amante pero ahora sólo ella recuerda, o se acuerda de lo que sintió cunado miró por primera vez un huevo partirse o a su hijo golpeado; sí, seguramente Lincoln se acordó de la lluvia en el techo mientras firmaba la <em>Declaración de Independencia</em>; y ¿acaso no recuerdas cuando eras un joven precoz masturbándote frente a las ovejas aburridas; cómo la paja se metía en tu suéter y una humedad misteriosa oscurecía el cuenco de tus rodillas? Pero, ¿de que podrían servir estas sensaciones a un verdadero biógrafo, cuyo único interés en la forma en que viviste se debe al peso de tus acciones? Y cuyo interés en lo que hiciste está ahí principalmente por las complejidades hacía las cuales apunta.</p>
<p>Entre el objeto y el ego, nos balanceamos. Cuando el autobiógrafo dice “Yo ví”, quiere que lo que su percepción le reporta modifique a su ego y no sólo que ocupe su mirada; es el profeta orgulloso de haber hablado con Dios, no el testigo ansioso de describir el atuendo divino y cuáles hojas fueron las que se agitaron cuando el arbusto habló.</p>
<p>Pero ahora, hablemos un poco de la corrupción de la forma. Hace mucho tiempo, la historia sólo se interesaba por aquello que se consideraba importante, junto con los agentes de estas acciones, los maquinadores de eventos significativos y las fuerzas que estos acontecimientos reclutaban o expresaban. Los historiadores la pasaban mal decidiendo si la historia era el resultado de de hombres u acciones notables o la consecuencia directa de fuerzas poderosas, del clima, las costumbres y resultados económicos, o de estructuras sociales, alimentación, geografía y las misteriosas entelequias del Ser, pero sin importar quien fuese el líder, el líder era enorme, masivo, todo poderoso y ocupaba el centro de la atención; sin embargo, las máquinas comenzaron a replicar objetos y la gente menor comenzó a reproducirse con tanta velocidad que ni las guerras ni las hambrunas podían reducir su número y la democracia llegó para halagar a las multitudes y decirles que ellos gobernaban y el comercio floreció, las ventas aumentaron y el dinero se transformó en el dios resucitado; entonces, la masa reemplazo a los individuos importantes, lo trivial asumió ese trono que no es sino una silla plegable en un estudio de cine, y la historia comenzó a interesarse en chismes, no en leyes, prefiriendo las mentiras sobre las vidas privadas sobre los propósitos del destino.</p>
<p>Mientras ocurrían estos cambios, especialmente durante el siglo XVII, la novela llega para entretener principalmente a las señoritas de clase media y darles un sentimiento de importancia: sus modales, sus preocupaciones, sus quehaceres habituales, sus aspiraciones, sus sueños románticos. La novela se alimentaba de los poco importantes e imitaba a la realidad como un payaso cruel. Moll Flanders y Clarissa Harlowe reemplazaron a Medea y Antífona. En vez de aventuras verdaderas, ahora están de moda las inventadas; en vez de viajes peligrosos, Crusoe nos lleva a través de sus días; en vez de las biografías de ministros y señores, tenemos fardos de cartas falsas que nos hablan de seducción y traiciones. <span class="pullquote">Bienvenidos sean al extraordinario drama de la falsa vida ordinaria.</span></p>
<p>Los historiadores tenían a la mano, entonces, todas las herramientas para sacar ventaja. Ahora la divertida anécdota y el chisme salaz también ocuparían sus páginas. La historia era humana, personal, llena de detalles concretos y tenía todo el suspenso de una revista periódica. La historia y la ficción comenzaron su cópula vulgar o, si se prefiere así, su danza demoníaca. Las técnicas de la ficción infectaron la historia, a los materiales de la historia se los alimentó con la avaricia del novelista. En ocasiones es difícil diferenciar una de otra. Ahora, es difícil encontrar a alguien a quien esto le importe. En ninguna parte se encuentra esta mezcla tan bien mezclada como en la autobiografía. La novela nació de la carta, el diario, la crónica de un viaje; se siente viva al tomar la forma de cualquier memoria de la vida privada. De pronto, la subjetividad era el asunto de todos los sujetos.</p>
<p>No creo que deba asumirse que la historia, que siempre ha enfocado su atención en guerras y revoluciones, política y dinero, de cualquier tipo de conflicto (a la vez que ignora la mayoría de las cosas que han importado en el desarrollo de la conciencia humana, como el descubrimiento del silogismo, la creación de la escala diatónica y su original notación, o el taburete de tres patas, que será por siglos el asiento del pintor) haya encontrado su fin último con la retracción de su narrativa, pues ahora festeja la conciencia más mundana y simplona y maneja lo irrelevante con manos de mercader y lengua piadosa, como si vendiera seda.<br />
Nuestra situación actual es divinamente dialéctica, pues somos espectadores del regreso a lo esencial del ser. Tenemos a Prince —que no es un príncipe, por supuesto— y a Madonna, que no es una santa madre, de seguro— estrellas en la constelación de estadios, arenas y pantallas de nuestra conciencia, mientras la historia se transforma en una tira cómica y la autobiografía y las confesiones de putas celulíticas y patanes agitadores cuyas vidas amarillistas se presentan para colmar nuestras ansías por fantasmas que subsisten sin merecerlo.</p>
<p>Si pensamos en escribir nuestra autobiografía de cualquier forma, ¿a dónde vamos a apoyarnos si no en nuestros diarios y bitácoras libros de citas y calendarios sociales? Ciertamente, pediríamos que nos devuelvan nuestras cartas y revisaríamos nuestras entrevistas para ver si dijimos lo que dijimos, si lo dijimos cuando ellos dicen que lo dijimos, entrevistas que quizá manchamos con nuestras indiscreciones.</p>
<p>Pero, ¿qué son estas cosas, las cuales sirven como fuente de muchas autobiografías? Hay una diferencia entre bitácora, diario y libro de notas, justo como hay una diferencia entre crónica, memoria, viaje y testimonio, entre una media vida y un pedazo de vida y una vida completa, y estas diferencias deben de tomarse en cuenta, no para mostrar docilidad ante los géneros, limitar los tipos, u oponerse testarudamente a cualquier mezcla de formas (lo cual ocurrirá de cualquier manera), sino para que la mente se mantenga libre de confusiones, ya que para disfrutar de un fragante estofado no necesitamos olvidar la diferencia entre cebollas y zanahorias, o, cuando compongamos nuestra apología, no necesitamos olvidar la diferencia entre un diario, una carta y una nota a la sirvienta.</p>
<p><span class="pullquote">La bitácora exige registro diario y no es propio dejar para el martes una nota que estabas demasiado cansado para anotar el sábado.</span> Sus páginas están circunscritas como lo están las horas y sus espacios deben ser llenados con hechos, anotaciones, empujoncitos para la memoria. El estilo de la bitácora es puntual, sin hilos. “Jill no me ha llamado en tres días. ¡Por Dios! ¿La habré perdido?”. “Vi a Parker de nuevo. Es el mismo de siempre. Qué bueno que nos divorciamos”. “Por fin terminé a Proust. Chamapaña”. Has faltado ya a las demandas de la forma si con culpa llenas los días faltantes como si los hubieses llenado a tiempo.</p>
<div class="imagen-derecha"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/05/el-arte-de-ser/virginia_woolf-a/" rel="attachment wp-att-7751"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/05/virginia_woolf-a.jpg" alt="" title="" width="263" height="320" class="alignright size-full wp-image-7751" /></a></div>
<p> El diario también sigue el paso del calendario, pero su haz es más amplio, más circunspecto y meditativo. Los hechos disminuyen de importancia y se reemplazan por emociones, cavilaciones y pensamientos. Si tu diario está lleno de información, no tienes vida interior. Exige oraciones, aunque no tienen que estar pulidas. “Me enojé conmigo por quedarme junto al teléfono, esperando la llamada de Hill, que no me ha marcado en tres días. Dijo que lo haría, pero ¿estaría diciendo la verdad? ¿Me atreveré a llamarla, aun cuando ella me lo prohibió expresamente? No quiero perder a un cliente que gasta tanto como ella”. “Parker vino a la tienda. ¡Qué horror! ¡Y pidió una docena de rosas! ¡No lo puedo creer! Sé que quiere hacerme creer que tiene a otra mujer. Dios, se veía tan demacrado como un <em>soufflé</em> desinflado. Nunca compró rosas para mí. ¡Qué bastardo!”. “Hoy fue un gran día, memorable, pues terminé de leer a Proust. Leí la última línea y el “tiempo” tuvo la última palabra, lo cual no fue una sorpresa. Ahora siento un gran vacío, una desilusión simbólica, como si se hubiera desinflado un <em>soufflé</em>”. Puedes revisar lo que has escrito en el diario, pero si lo haces antes de transcribirlo, ya estás comenzando a fabular.</p>
<p>Los <em>Diarios</em> de Virginia, por tanto, no son tales. Podemos ver en su caso, así como en el de Gide, la tiranía de del diario cuando, como en una bitácora, trata de registrar sólo su día a día, y podemos imaginar a su autor deseando que su vida tenga algo digno de poder escribirse, soportando el día sólo para poder escribir unas cuantas palabras por la tarde y preocuparse por si sus sentidos serán sensibles, sus pensamientos valiosos y escribir unas cuantas elegantes frases en una nota más.</p>
<p>Con el cuaderno de notas se rompe la cronología. Las entradas no requieren fecha. Puedo poner lo que quiera, incluso los pensamientos de otros. <span class="pullquote">El libro de notas es un taller, un escritorio, un archivo.</span> En el mío encontrarán los títulos de ensayos que espero algún día escribir: "El <em>soufflé</em> como un símbolo de la esperanza frágil." Los cuadernos de Malte Laurids Birgge no son tales, pues el lenguaje está demasiado trabajado, los episodios arreglados de forma artística, la percepción tiene demasiada profundidad poética y no hay suficiente desorden; sin embargo, si bien los <em>Cuadernos ficticios</em> de Rilke en realidad parecen diarios, los <em>Cuadernos</em> de Henry James lo son en verdad: un lugar para tramar novelas, elucubrar problemas, considerar estrategias y planear ataques.</p>
<p>Los tres tipos de notas —bitácora, diario, cuaderno— dependen de la privacidad. No deben ser leídos por nadie más, pues en ellos se está emocionalmente desnudo y su forma es desordenada. Al contrario de la carta, no tienen destinatario; no buscan de su publicación; y, por tanto, se presume que son más veraces. Sin embargo, si ya tengo planeada mi inclusión en la historia; si ya se que, cuando me vaya, mis notas serán revisadas, interrogadas y comentadas, puede que comience a sembrar entradas que me rediman, reacomodar páginas, torcer las anécdotas, planear pequeñas venganzas, revisar, mentir y quedar bien. Entonces, como soliloquios shakesperianos, serán declamados ante el mundo.</p>
<p>Ninguno de estos tres —bitácora, diario, cuaderno— es una autobiografía, aunque son de carácter autobiográfico. La memoria suele ser una recuerdo de otros lugares o personalidades, y su énfasis está en lo exterior: de la súbita aparición de Ludwig Wittgenstein en Ithaca, Nueva York, por ejemplo o de cómo César dijo “tú también” antes de caer o de cómo era estar en la cama con Gabriela D’Annuzio. Incluso cuando la atención principal de la memoria es hacia lo interior, el alcance suele ser limitado (cómo me sentí cuando la reina se desvaneció por primera vez) y no lo suficientemente amplio como para abarcar toda una vida. Lewis Thomas toma los setenta y cinco años de una vida, que, asume, son la materia de la autobiografía, y primero elimina los veinticinco años en que estuvo dormido, y luego elimina de las horas de vigilia todas las inútiles u ociosas para alcanzar un total de 4,000 días. Cuando descuenta las memorias borrosas, las reconstrucciones favorables y otros errores, su cuenta baja todavía mucho más. Los momentos indelebles que quedan ocuparán cuanto más una ráfaga de treinta minutos. Estos pedazos, dice, son el sujeto apropiado de una memoria.</p>
<p>¿Qué eliminar? Que leo el periódico. ¿Qué eliminar? Qué hoy comí patatas. ¿Qué eliminar? Qué guardé mis mocos durante años. ¿Qué eliminar? Mi segundo intento de circuncidarme. ¿Qué eliminar? Las tiendas donde compré zapatos, mi miedo a los ojos rojos de los conejos. ¿Qué eliminar? Lo que me sobaja; lo que no me distingue de los demás: el movimiento de los intestinos, películas favoritas, botellas de whisky. ¿Qué salvar? Lo que me hace único; mejor aún, lo que me hace universal; lo que ayuda a mi reputación; lo que no apene a ese yo que investiga y recuerda.</p>
<p>Y si hacemos una colección de estas memorias, permanecerán como cuentas sin hilar, porque el autobiógrafo tiene que depender de aquello que no puede ser ni es recordado, tanto como de lo que sí lo es: Nací; tuve una tos terrible antes de cumplir tres años; mis padres llegaron a Sunnydale de Syracuse en viejo Ford. La obra de Edgard Hoagland, <em>Learning to Eat Soup</em>, captura este proceder de manera perfecta, compuesta como está de párrafos construidos de memorias: globos inflados por el pasado:</p>
<blockquote><p>Mi primer recuerdo abiertamente sexual es estar de rodillas en el pasillo afuera de mi salón de clases de quinto grado limpiando el piso y Lucy Smith para frente a mí con una blusa blanca y una falda negra, mirándome.</p>
<p>Mi primer recuerdo es de cuando estaba en un tren que se descarriló en una tormenta una noche en Dakota cuando tenía dos años y escuché, mientras viajaba en una carreta hacía la lejana y tenue luz de una pequeña estación, que un niño de mi edad se había ahogado por respirar lodo. Pero quizá mi primer recuerdo de verdad apareció cuando mi padre estaba moribundo. Yo tenía treinta y cinco años y soñé vividamente que él me mecía y acunaba y abrazaba cuando yo tenía sólo unos cuantos meses, riendo feliz y sin poder parar.</p></blockquote>
<p>Una buena parte de las cosas que recordamos proviene de pinturas y obras de teatro y libros, y algunas veces estos son en sí recuerdos, y algunas veces son recuerdos de libros u obras de teatro o pinturas… cuyo tema es el yo.</p>
<p>También los testimonios tienen poderosas intensiones impersonales. No sólo tratan de decir: Yo estuve aquí, vi grandes cosas, ahora permítanme entretenerlos con la angustiosa historia de ellas —de cómo sufrí, cómo sobreviví, recordé, pero seguí adelante— en lo absoluto, pues ellos, los testigos, estuvieron ahí por todos nosotros, estábamos ahí, parados en esa línea de cuerpos desnudos que avanzaban con lentitud, sosteniendo a nuestro hijo muerto en el pecho para esconder nuestros senos, sin mirar nunca a los otros en la fila, mascullando una plegaria como abandonados —sí, esta es nuestra mente adormecida, la miseria de la humanidad, ningún alma debería de soportarla, ni siquiera Jesucristo, aunque se dice que lo intentó.<br />
Es saludable, incluso deseable, mezclar los géneros para escapar el confinamiento de las convenciones gastadas o para romper los moldes de modo que se puedan crear nuevas formas; pero intercalar ficción en la historia a propósito (en contraste con equivocarse sin querer) sólo puede hacerse para evitar su objetivo, la verdad, ya sea porque se quiere mentir, o porque se piensa que mentir no importa y la falta de rigor es una nueva virtud, o porque se tacha a la minuciosidad como un esfuerzo inútil, una preocupación fútil, puesto que todo está inherentemente corrupto, o porque una vida abrillantada venderá mejor que una sin adorno, así que pongamos unos cuantos adornos, o porque “¿qué es la verdad?” es sólo una pregunta retórica que suele preceder al acto de lavarse las manos.</p>
<p><span class="pullquote">No conozco nada más difícil que conocerte a ti mismo y después tener el valor de compartir las razones de la catástrofe de tu personalidad con el mundo.</span> Cualquiera que honestamente esté contento consigo mismo es un idiota. (Tampoco es bueno sentirse totalmente miserable.) Pero un autobiógrafo no se transforma en ficción sólo porque las fabulaciones se colarán de una u otra forma o porque los motivos nunca son puros o porque la memoria en verdad se desvanece. No se transforma en ficción simplemente porque ciertos eventos o actitudes se omiten de forma deliberada o se tuercen con malicia o se fabrican con descaro, porque la ficción siempre es honesta y nunca trata de engañar. Se anuncia a sí misma: Yo soy ficción; no dependas de mi exactitud, no porque no sea confiable sino porque no trato de reproducir sino de crear.</p>
<p>Algunos tratarán de embellecer sus productos de pacotilla pretendiendo que son verdaderos y, entonces, cuando no logren aprobar ni la más breve revisión, como sucede con las películas <em>JFK</em> y <em>Malcom X</em>, evadirán su responsabilidad apelando sin gracia al “arte”. La ficción y la historia son disciplinas distintas, y ninguna de las dos concede permiso a incompetentes, oportunistas o charlatanes.</p>
<p>Después, en nuestro viaje por este mapa, encontramos a la autobiografía disfrazada de ficción, supuestamente para prevenir demandas. Pues si el disfraz no resulta aparente, ¿cuál es el objeto de la autobiografía? Y si lo resulta, ¿cuál es el objeto del disfraz? Conrad Aiken, quizá para resultar más objetivo, quizá para insultar sólo a aquellos que entendieran el código, escribió Ushant (un análisis de su relación con Malcolm Lowry) en tercera persona. Lo confiesen o no, muchas novelas son autobiografías disfrazadas —se dice con frecuencia— y la gran ventaja de esta estrategia, además del hecho de que el novelista sólo necesita recordar lo primero que le salte a la mente y así evitar el sufrimiento de la erudición, la carga de la justicia, la verdad como meta, es que el narrador de la novela puede lloriquear y gruñir y hacerse el tonto sin por ello manchar automáticamente a la persona del autor, quien de otra forma sería mostrado como un ser malicioso, olvidable, banal y barato.</p>
<p>Sin embargo, no deberíamos confundir el sustantivo con el adjetivo. Una obra de ficción no se vuelve autobiografía sólo porque algunos de sus elementos son autobiográficos; la autobiografía no es una forma de la ficción sólo porque algunos de sus pasajes son erróneos o engañosos o metafóricos. Justo como cualquier cosa llamada filosofía puede asumirse filosófica sin mayor aclaración, describir un texto como autobiográfico implica que no es una biografía del yo para el yo, sino que está empleando técnicas o actitudes o datos similares. Y, normalmente, no tendríamos que estudiar lo autobiográfico para decidir lo que debería de ser una autobiografía. Eso implicaría poner al calificativo antes que al sustantivo. Y el calificativo no tiene el peso del caballo o el grueso de la carga en la carreta.</p>
<p>Tal vez el peor uso del adjetivo atañe a los textos inconcientemente epifánicos. Cualquier palabra, cualquier gesto, cualquier acto puede revelar un fragmento de la naturaleza interna de su agente y si buscamos la oscuridad, la mejor forma de alcanzarla es mediante clichés, tras de la conformidad, por medio de la inmovilidad o de cualquiera de esas respuestas que son tan requeridas por la ocasión que no permiten la individualidad: mirar al toro desde la barrera, respondiendo “hola” al “hola” y “bien” al “cómo estás”, muriendo cuando te disparan al corazón. Pero si Kafka pone un punto en una hoja, pronto tramos de levantarla para ver el anverso. “Sí, lo miró al toro desde el ruedo, pero con elegancia femenina”. “Su ‘bien’ sonó tan insípido como un refresco sin gas”. “¿Te fijaste? No dijo ‘hola’ hasta que yo dije ‘hola’, de otra forma no me habría saludado y hubiese seguido patinando”.</p>
<p>Freud prefería examinar los pequeños indicios que acompañan a los comportamientos más intencionales —nuestros deslices, errores, nuestras penosas faltas— basándose en que estos eran libres de ser determinados por nuestro ser interior. Así pues, una pintura completamente abstracta puede revelar más de la naturaleza de un pintor que una calle detallada con realismo, porque en la calle la lámpara tiene que ir ahí, el letrero de la cantina allá, el vidrio emplomado debajo y la delega acera tendría que ir acompañada por el empedrado.<br />
Sin embargo, la autobiografía es otro asunto: es la revelación intencional que puede además, y por su carácter abierto, ocultar; pero no es una forma fundamental de ocultamiento que de vez en cuando falla. Y mientras más hábil es el artista es menos probable que aparezcan muchas epifanías, puesto que los requerimientos de la forma son mucho más demandantes que los de otras causas históricas y crean sus propios esquemas, sus propios atisbos, sus relaciones internas.</p>
<p>En la autobiografía, el yo se divide, no en un yo que registra, un yo que aplaude, un yo culpable, un yo que ensueña, sino en un yo que da forma: es la conciencia de uno mismo como una conciencia entre todas estas otras, una conciencia nacida mucho después que el yo al que estudia, un yo cuya existencia fue irregular, intermitente, por mucho tiempo, antes de poder lanzar un haz de luz sobre la vida ya vivida y encontrar en ella un patrón, como un campo segado visto desde el aire muestra la geometría en el camino del tractor.</p>
<p>Cuando recordamos una vida debemos recordar que hay que recordar la vida que vivimos, no la que recordamos. Puesto que primero está el niño atolondrado, el niño inconsciente, el niño feliz, jugando en las calles devastadas por la guerra, robando anillos de dedos sin vida, orinando en los escalones del sótano, presumiendo a sus amigos los horrores que ha presenciado; y luego está el anciano en que se convertirá, mirando al pasado, horrorizado por los horrores de los que fue parte, escandalizado por lo atroz de todo aquello o, por el contrario, burlándose de aquellas parcas lágrimas derramadas por un globo pinchado —nada importantes para el viejo observador que escribe las palabras “globo pinchado”, el cual, cuando esas lágrimas tuvieron lugar, significaban la desolación total y el primer atisbo infantil de lo frágil que son el mundo y sus placeres. Sobre aquella niña, la autobiógrafa no debe imponer su conocimiento de la lengua griega, sus recuerdos de la deportación, el fascismo de su padre, los recuerdos de los muchos hombres que tuvo que rechazar; pero tampoco puede mirar al pasado ignorando la persona que ahora es, como si no supiera leer o escribir, como ahora sabe, sólo porque recuerda la muerte de su padre y como se sentó por horas frente al fuego en su silla favorita, enfriándose por dentro tras la calidez de aquellas llamas familiares y amigables.<br />
Entonces, ¿debemos de tratar, primero, de describir la naturaleza de este historiador que rasca la costra de su propia historia? Y para hacerlo, ¿no tendremos que dividirnos nuevamente, como el <em>Monsieur Teste</em> de Paul Valery imagina, transformándonos en el observador de nuestro yo presente, el así llamado autobiógrafo?; el yo cuya existencia no tiene más de… ¿seis horas? Ya que fue entonces cuando decidimos escribir la historia de nuestra vida… ¿diez días? Ya que fue entonces cuando nuestra pareja abandonó la casa para siempre… o ¿ocho semanas? Ya que fue entonces cuando se descubrió que nuestra riqueza se obtuvo por medios fraudulentos… o ¿veinte años? ¿Ha pasado tanto tiempo desde que cambiamos? Si es que acaso lo hemos hecho; si no hemos sido Sir Walter Scott, autor de <em>Waverley</em>, desde el día en que nacimos, cuando la enfermera se acercó a papá y dijo: señor, ahora es padre de un niño inquieto, autor de <em>Waverley</em>, que pesa sus buenas siete libras; como si nuestros libros estuvieran en los genes tanto como en nuestras descripciones definitivas.</p>
<p>Esa sugerencia no es del todo ridícula. Cuando, en filosofías previas, se discutía la existencia del alma o del yo, se hacía notar que el nombre de pila nos enunciaba como sujeto y no como predicado; que el sujeto era esa sustancia duradera e invariable a la cual ocurrían los accidentes de la vida y que si no hubiese tal, y el yo fuese tan variante como una nube, no habría un núcleo alrededor del cual nuestras características nos rodearan como carromatos, no habría título que poner al texto de nuestros días y nuestros actos. La autobiografía (sujeto) era la búsqueda y definición de ese yo central (que quizá sea genético), mientras que lo autobiográfico (adjetivo) se interesaba por la causa del predicado y sólo se ocupaba con los accidentes del tiempo y el espacio, las vicisitudes de los instintos.</p>
<p>En la lectura, ¿no nos hemos encontrado en ocasiones con un pasaje que captura —perfectamente, pensamos— un momento de nuestras vidas? ¿En un lenguaje apropiado y más allá de nuestra propia imaginación? ¿No podríamos entonces anotar estos pasajes, arreglarlos, si nos parece apropiado, de forma cronológica, como sugiere Walter Abish en su brillantemente edificado <em>99: The New Meaning?</em> De esta forma no mostraríamos las diferencias entre nuestras vidas, sino sus similitudes, sus igualdades, su confortable banalidad. Tres o cuatro o cinco de estas compilaciones serían suficientes para suplir a todas las historias personales.</p>
<p>Y sí —como sospechábamos— era el sustantivo yo central quien nos observaba mientras el ser externo se afeitaba (y no el espejo); y si era ese mismo ojo habilidoso el que nos miraba a través de las evasiones de la vida cotidiana; y si éste fuera atemporal, invariable, a través del primer acto sexual, el divorcio, el segundo matrimonio; entonces existe una buena posibilidad de que también sea el autor de toda verdadera autobiografía; es el yo sin edad que compila la historia de su Otro que envejece, sin piedad, como debe ser, distante, inmune a los halagos; y si es así, ¿no será que somos conjuntamente humanos en vez de apenas animales de la misma especie, porque ese observador insomne, como un ojo en el cielo, como Dios se envaneció alguna vez en ser, es, en cada uno de nosotros, prácticamente Uno y el mismo, inalterado e inalterable, incluso en Mozart o Montovani, el piadoso Spinoza o la bestia de Belsen?</p>
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		<title>Narcosis</title>
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		<pubDate>Fri, 04 May 2012 19:31:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Meg Mundell</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[El éxtasis de las profundidades]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Nos dejamos caer hacia atrás, en el océano, mientras hacíamos con la mano ese típico gesto del okey para la cámara. Más tarde volví a visionar esas imágenes varias veces, pero nunca terminaban de parecerme precisas: no éramos más que aletas, nos movíamos sin elegancia, brazos y piernas sin garbo alguno, sonrisas forzadas tras la boquilla, una entrada calamitosa que rompía la superficie del agua. En nada parecida a esa gracia pausada y algo empalagosa de cuando una está bajo el agua.</p>
<p>Ese día bajamos cuatro: mi vieja amiga Lucía y su marido, Will, mi ambivalente yo y un hombre llamado Mick, un antiguo minero de ópalos con bizquera de alcohólico, a quien desde el primer momento parece que le caí fatal. Lo había notado cuando nos presentaron en el puerto deportivo antes del amanecer, y el sentimiento fue mutuo al instante. Ese es el problema de los misántropos, pensé: saben perfectamente cómo reclutarnos a los demás.</p>
<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/05/narcosis/tesoro/" rel="attachment wp-att-7738"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/05/tesoro-600x403.jpg" alt="" title="" width="600" height="403" class="alignright size-large wp-image-7738" /></a></div>
<p>Quedar emparejada con un quisquilloso compañero de buceo no es lo ideal –el océano ya es lo bastante hostil de por sí– pero Lucía y Will son inseparables hasta la irritación, de modo que no había otra opción más que formar dos parejas. En cualquier caso, era yo la que me había invitado a este viaje, diciendo que ya era hora de volver al mundo. “¿Estás segura de que estás lista?”, me había preguntado Lucia. “Completamente segura”, le había contestado yo, en un tono radiante. “Ya estoy otra vez entre los vivos.”</p>
<p>El capitán se quedó en cubierta con el marinero de cubierta, quien también ejercía de cocinero, un chico joven español, que se había pasado toda la mañana deambulando sin camisa. Fingimos no notarlo, pero cuando Lucía me miró, las dos nos ocultamos una sonrisa cómplice –dos señoras ya maduras que reconocían un encanto superficial, ya perdido para nosotras. Le pedimos al joven que se ocupara de la cámara.</p>
<p>Mientras rompíamos el espejo y empezábamos a sumergirnos, me repetía el mantra a mí misma: despacio y con calma, sigue respirando, confía en tu equipo. Por la mañana, mientras tomábamos café en la diminuta cocina, habíamos escudriñado los mapas borrosos, las imprecisas copias de los restos del naufragio, pero no nos revelaban mucho. Únicamente que su centenario armazón yacía muy desperdigado en aguas profundas, un juguete para el fiero océano y las fuertes corrientes que barrían esa zona.</p>
<p>El <em>Steadfast</em> se había hundido hacía más de cien años, destrozándose contra las rocas de una diminuta isla, tan escabrosa y barrida por las olas que prácticamente no albergaba ninguna planta, ni suelo para que creciera nada. Una espesa niebla, nula visibilidad, una roca que no estaba en los mapas… El veredicto exacto no dejaba de ser una suposición, porque nada ni nadie de los que iban a bordo se salvó.</p>
<p>Pero existía una certidumbre: además de diversas mercancías intrascendentes, el vapor transportaba una remesa de monedas de oro y plata, recién acuñadas por la Casa de la Moneda. La mayoría de ellas fueron recuperadas en el transcurso de una importante operación de rescate en la década de 1960, pero había algunas todavía por encontrar. La propiedad de los restos del naufragio sigue estando bajo disputa, y pocos submarinistas se atreven a enfrentarse a las fuertes corrientes que se encuentran con violencia allí afuera, pasado el cabo, donde se unen en un hervidero turbulento, tenebroso.</p>
<p>Según Will, no habíamos venido para robar, pero cualquier cosa que encontrásemos se podría considerar con justicia un recuerdo. “El que la encuentre, se la queda”, eso es lo que dijo. No es que nos falte el dinero, pero <span class="pullquote">un tesoro perdido tiene un aliciente peculiar: un halo de azar o de suerte al rescatarlo desde las profundidades</span>. O puede que sea ese deleite infantil en el juego de la búsqueda del tesoro; puede que nunca se apague del todo.</p>
<p>Lucía y Will bajaron primero, agarrados a la cuerda del ancla mientras descendían hacia la oscuridad. El aire que despedían iba subiendo en una diagonal oblicua, perlas de aire que la corriente iba ensartando de costado. Mick, por ser más experimentado, me guió hacia abajo tras ellos, sin mirar hacia atrás para comprobar si le seguía. El agua estaba más fría de lo que yo esperaba. Mientras le seguía en el descenso, agarrada a la cuerda, pude sentir cómo la corriente tiraba de mí y me empujaba como una enorme criatura prehistórica que inspeccionara un puntito flotante entre el pecio. El miedo me atravesó como una aguja, sentí que el agua me oprimía desde todas partes, innumerables toneladas de agua fría, extraña e indiferente; sentí el impulso de luchar por el aire que fluía ya de forma segura hasta mis pulmones. Pero seguí avanzando a pesar de todo, siguiendo a Mick agarrada a la cuerda del ancla, contando los metros de profundidad hasta que pasó aquella sensación: cinco metros, diez metros, quince, veinte y más abajo.</p>
<p>La luz se desvanecía a medida que nos sumergíamos. El <em>Steadfast</em> yacía en el fondo del océano, en una superficie salpicada de hondas grietas y ca|vernas. Los restos estaban a cuarenta metros en el punto más profundo; como todos sabíamos, eso se traduce en quince minutos de tiempo en el fondo, ni uno más. Pasamos junto a un mero de grandes dimensiones, un espécimen curioso que me clavó su mirada con un ojo saltón mientras boqueaba en el agua afablemente, como si quisiera entablar una conversación.</p>
<p>A los 25 metros de profundidad Mick se dio finalmente la vuelta para cerciorarse de que yo estaba detrás. Menudo compañero de buceo, pensé, mientras le devolvía el gesto de que todo iba bien. Observó su brújula y señaló contra la corriente –acordamos nadar contracorriente para contrarrestar su potencia y entrar en la zona del naufragio desde el extremo norte– y yo asentí. Abajo, en la oscuridad, podía ver las figuras de juguete de Lucía y Will, quienes se dirigían a una sección plana del suelo marino, justo más allá del área que Mick y yo habíamos escogido explorar. Apenas podía distinguir el lugar hacia donde nos encaminábamos: un paisaje lunar desigual, plagado de huecos y rendijas. Debía haber fragmentos del naufragio acumulados allí abajo, arrinconados en hendiduras y covachas.</p>
<p>Una vez llegados a los treinta metros, nos enfrentamos al arrastre ciego de la corriente en dirección al fondo. El agua profunda blanquea los colores, de manera que el suelo marino era una lánguida paleta mezcla de marrones, negros y grises. Alcanzamos las profundidades sembradas de rocas y nos quedamos allí un momento para comprobar los indicadores. Por todos lados se alzaban diminutas montañas, algunas huecas y desmoronadas, otras partidas por oscuras grietas que llevaban a las negras tinieblas. Aquí y allá, metidos entre los salientes, yacían esparcidos restos reconocibles del naufragio: una viga de acero oxidado, un pedazo de lastre azulado, un trozo de tubería, todos incrustados de ondulantes zarcillos de vida marina.</p>
<p>Lo rodeamos a nado, reconociendo el terreno hasta que encontré un agujero del tamaño de un coche pequeño y le hice un gesto a Mick para que se acercara. Cuando iluminamos el interior con las linternas, apareció un raudal de colores allí donde los focos golpeaban en la pared del fondo: un amarillo de azufre, un azul de cobalto, rosas delicados y crudos rojos, un amontonamiento de repisas rocosas donde la vida era prolífica. La caverna tendría unos diez metros de longitud y unos cinco metros de profundidad, con un piso arenoso. Comprobamos los relojes y el aire, intercambiamos la señal de okey y nos zambullimos al interior del agujero. Doce minutos, recuerdo haber pensado.</p>
<p><span class="pullquote">Siempre me han dado miedo las cuevas submarinas, pero ésta me sugirió más bien amparo en lugar de asfixia.</span> Tenía la forma de una bóveda, y en el extremo más alejado se abría a un arco majestuoso como si se tratase de la entrada a una catedral. Desde arriba se derramaba una luz lechosa, revelando la silueta del arco casi perfecto, una maravilla de la arquitectura submarina. Se veía el reflejo de un banco de peces pasado el arco, una esfera plateada hecha de motas veloces, y con la linterna yo iba iluminando purpúreas esponjas de mar, corales anaranjados y oscilantes filamentos de plantas marinas, dispuestas por las paredes de la cueva en tecnicolor. Recuerdo que sentí una extraña mezcla de calma y excitación. Allí dentro la corriente era casi imperceptible.</p>
<p>Mick señaló el piso arenoso, que estaba cubierto de restos, de fragmentos de lo que podría ser el naufragio. Yo elegí una zona propia de búsqueda cercana, una repisa rocosa que sobresalía de la pared. Desde cerca, la superficie de la caverna resultaba ser un micromundo muy concurrido: una oronda estrella de mar se aferraba a la cara de la roca, las antenas de las cigalas se agitaban en una hilera desde una hendidura, y una anguila blanquecina me observaba boquiabierta, con expresivo desdén. En torno al haz de la linterna se agitaba todo un elenco de curiosos pececillos de todos los colores: azules, esmeralda, negros con motas rojizas.</p>
<p>Comprobé el reloj y el medidor de descompresión: nos quedaban diez minutos. “Concéntrate”, me dije, “Peces, los ves en cualquier parte.” La superficie de la repisa estaba marcada de grietas, y algunas servían de hogar para diminutos cangrejos traslúcidos y gráciles anémonas, mientras que otras estaban cubiertas de sedimentos y conchas diminutas. Muy cerca de allí distinguí un triángulo blanco encajado en una grieta, una forma que no era producto de la naturaleza, y de un tirón la saqué de allí: un fragmento de vajilla rota, decorada con una tracería de florecillas azuladas. Me sobrevino un escalofrío –mi primer hallazgo. Lo coloqué en el interior de la manga de mi traje isotérmico para no perderlo. Ya estaba emocionada, y empecé a mover la mano por encima de las grietas para sacar la arenilla, desplazándola hacia arriba en una espiral.</p>
<p>Y entonces, una forma nueva: al principio parecía la espina curvada de alguna criatura marina, escondida en una hendidura. Estaba profundamente incrustada, medio enterrada en la arena, y tuve que quitarme el guante para poder agarrarla por el fino borde y menearla hasta poder sacarla. Se fue soltando lentamente, como si se tratase de un diente remiso. Solamente cuando la deposité en la palma de la mano y froté su superficie limpia me di cuenta de lo estaba sujetando: allí, bajo el haz de la linterna, me parpadeaba un disco dorado inconfundible, del tamaño de un pulgar. Un medio soberano con una intricada imagen estampada en un lado: un hombre montado a caballo, con un casco en la cabeza, blandiendo una espada contra una criatura enroscada que se retorcía en el suelo. San Jorge, matando al dragón. Y debajo, una fecha acuñada en números finísimos: 1902.</p>
<p>¿Durante cuánto tiempo examiné aquella moneda, dándole una y otra vez la vuelta a la luz de la linterna, ensimismada? No tengo ni idea, pero sí recuerdo haber sentido una apacible euforia, una rara sensación de júbilo. En el anverso figuraba el perfil de un hombre barbudo, el rey por aquel entonces –uno de los Eduardos de Inglaterra, supuse– rodeado por más texto minúsculo, demasiado pequeño para poderlo leer con claridad, quizás abreviaturas en latín. Me fijé en el diseño, en sus elaborados rasgos en miniatura: las delicadas curvas de la oreja, el párpado caído, tan hermosamente moldeado. Tan pequeño, tan perfecto. “Guárdatelo en un lugar seguro”, pensé, pero parte de mí se negaba a separarme de ella.</p>
<p>Fue entonces cuando me di cuenta de que Mick estaba merodeando a mi lado, el haz de su linterna se bamboleaba sobre la repisa e iluminaba la palma abierta de mi mano. Se acercó a mirar de cerca, enfocó la linterna sobre la moneda y yo tuve que controlarme para no esconderla, evitar el impulso de cerrar la mano en un puño. Se echó hacia atrás con un delectación sobreactuada; entonces me dio una palmadita en la espalda, muy levemente, y levantó los brazos haciendo el ademán de la victoria. Podía percibir su excitación, ver sus ojos entrecerrados a través del vidrio de su máscara, pero yo solamente quería que se largara. Aquella repisa rocosa era mi hallazgo, mi tesoro oculto, y yo quería seguir buscándolo: sin duda alguna, ¡tenía que haber más! Pero él seguía merodeando, como esperando a que yo me hiciese a un lado y le permitiese un turno. Y entonces, casi disculpándose, le dio unos golpecitos a su reloj.</p>
<p>Mi irritación se desvaneció rápidamente. ¿Qué importaba? Me sentía magnánima, casi eufórica: tenía mi hallazgo, este perfecto tesoro, y ya era suficiente. Mick podía probar fortuna si quería. Con el brazo señalé la repisa, como invitándole a servirse en un gran bufé. Yo sujeté la moneda con fuerza, sujeté el guante que me había quitado en el cinturón y me alejé con un empujón hacia atrás, dejándome llevar. Mick podía hacer lo que quisiera, no me importaba. No esperé a ver su reacción, simplemente lo dejé allí. Buena suerte, pensé. Yo ya tengo a San Jorge, y al viejo Eduardo, y al pobre dragón despedazado. Eso es todo lo que necesito.</p>
<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/05/narcosis/coral_cave/" rel="attachment wp-att-7739"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/05/Coral_cave-600x467.jpg" alt="" title="" width="600" height="467" class="alignright size-large wp-image-7739" /></a></div>
<p><span class="pullquote">La regla número 1 dice que nunca dejes a tu compañero de buceo</span>, pero la caverna no era grande, de manera que no me alejé mucho. Sin hacer mucho esfuerzo me acerqué a la pared opuesta, allí donde el elegante arco daba al mar abierto. Me quedé allí, flotando, mientras iluminaba el borde con la linterna, y embebía los colores sobrenaturales y las formas marinas que decoraban las paredes de aquella cavidad: un pequeño pulpo que avanzaba sin prisa a través de un bosque de coral rosáceo; una planta con flecos que me saludaba con unos dedos azules pálidos como vidrio esmerilado; peces iridiscentes marcados con rayas de neón, curvando sus fauces hacia arriba como regalándome una sonrisa íntima. Eché un vistazo atrás en dirección a Mick, que estaba doblado sobre la repisa, rebuscando, y luego me olvidé de él. La pared de roca enfrente de mí estaba decorada como si se tratase de un extravagante estudio de filmación, un mundo extraño, fabulado por algún excéntrico mago del océano, y yo podría haber estado embebida en él por siempre.</p>
<p>Fue entonces cuando lo oí: débil en un principio, y más tarde aumentando gradualmente de volumen. Me dejé arrastrar hacia el sonido, volviendo la cabeza a un lado y a otro para atrapar sus cadencias conforme se hacía más diáfano: la lenta subida y caída de un piano en clave mayor, pedazos de una canción tan hermosa que casi dolía escucharla; medio la reconocí. ¿No era algo sobre la luz de la luna? Allí, suspendida, mirando el arco de la catedral, sentí cómo aquel sonido me traspasaba como una corriente oceánica, tocando cada una de mis células –permeándome la piel, la sangre, músculos y huesos con la viveza de un remolino.</p>
<p>Cada vez que me dejaba llevar un poco hacia arriba, la música se disipaba; y cuando me volvía a hundir un metro o dos, retornaba, llenándome de un rapto somnoliento, tan encantador que sentía cómo me caían las lágrimas por la cara, agua salina que quedaba atrapada dentro de la máscara. Durante un rato estuve ascendiendo y bajando, jugando con el volumen de la música, haciendo que estuviera alternativamente al alcance y fuera del alcance de mis oídos. Entonces, al levantar la vista hacia la luz opalina que llegaba a través del arco, vi una enorme raya que pasaba por encima de mí, deslizándose como si fuese un gran albatros de las profundidades, como si sus alas flameasen en un tempo perfecto, sincronizado con la melodía. Podría jurarlo que me saludó. Sentí el impulso de reírme, de llamarla. Tenía en la boca un sabor muy amargo, y decidí quitarme la boquilla de un tirón.</p>
<p>Y entonces, una mano que me agarraba del brazo y me sacudía con fuerza. Y allí, justo a mi lado, estaba James. Mi James, mi Jimmy... Lo acerqué a mí y le puse una mano en la mejilla, pero él me asió de la muñeca, y se soltó de una sacudida. No dejaba de señalar hacia arriba, y ahora ya insistía a base de golpes; me pareció un poco tonto, tan serio, el pelo ondulante como si fueran algas, su rostro distorsionado tras la máscara. Me dio por reírme. Traté de quitarme la boquilla para contarle lo de la raya, pero él me la incrustó con fuerza en la boca y la sujetó. Dolida, lo miré a través del cristal de su máscara, y fue entonces cuando me di cuenta de que aquellos ojos no eran los suyos: eran los ojos de un extraño.</p>
<p>De mi memoria se ha borrado la mayor parte de nuestro ascenso, pero no había música alguna mientras Mick me guiaba fuera de la caverna, a través del agujero por el que habíamos entrado. Luego debemos haber seguido la cuerda del ancla hacia arriba. No subas más rápido que las burbujas de aire que vas soltando; haz una pausa a determinadas profundidades para permitir que tu cuerpo se descomprima: he ahí las reglas de oro. Pero no recuerdo nada de eso.</p>
<p>Lo que sí recuerdo con claridad es estar sentada en cubierta, y una voz que decía lloriqueaba: “¿Dónde está Jimmy, dónde está? ¿Y mi moneda? Mi moneda...” Lucía estaba frotándome la cara, haciendo unos sonidos tranquilizadores, diciéndome que callara. “Ha faltado muy poco,” oí que decía Mick. “Estaba ya soñando con la sirenita.” El capitán me estaba envolviendo con una manta. “¿Qué ha pasado?”, preguntó el español, y yo levanté la vista y me lo encontré con la videocámara en la mano, filmando, su ojazo negro enfocado en mí. “Le ha dado la narcosis,” replicó el capitán de mala manera. “Apaga esa puñetera cámara y tráele una taza de té bien caliente, con leche y azúcar.”</p>
<p>La narcosis de nitrógeno, también llamada de una forma más poética "el éxtasis de las profundidades", no dura mucho tiempo: sus efectos desaparecen a los pocos minutos. Le puede asestar a cualquiera, pero los buceadores más expertos aprenden a leer los síntomas temprano. A los viejos lobos de mar les gusta llamarlo el efecto Martini – una vez que has bajado veinte metros, cada diez metros que desciendes equivalen a un Martini con el estómago vacío. Me di cuenta de todo, una vez que se me aclaró la cabeza, pero estaba conmocionada por lo que había visto allí abajo: su cara, tan cerca de mí que podríamos habernos besado, y entonces ese momento tan horrible cuando se desvaneció otra vez. Y también estaba la moneda. Ya no la tenía conmigo, como suele decirse.</p>
<p>Lucía me ayudó a secarme y a vestirme, me hizo recostarme sobre un montón de  almohadones en su cabina, me cubrió de mantas y me atiborró de galletas mantecadas y más tazas de té. Me sentía tonta y a la deriva, como una niña irascible, y no podía quitarme de encima una sensación de pérdida. No quería hablar de lo que había visto, sabía que se trataba de una alucinación, y tras varios intentos, Lucía dejó el tema en paz. Pero sí que estaba obsesionada con la moneda. “Debe habérsete caído,” dijo Lucía. “Yo misma te he quitado el traje, y no había nada más que ese trocito de cerámica pegado junto al brazo. Caray, Hannah – estás viva. Eso es lo que importa.” Pero no podía creer que hubiese dejado ir mi tesoro, que lo hubiese dejado hundirse de nuevo en el fondo del mar.</p>
<p>Me enseñó lo que ella y Will habían encontrado: dos monedas de plata descoloridas, un azulejo suelto con un bonito patrón estilo rococó en blanco y negro, una botellita de vidrio para perfume, casi intacta. Tomé el azulejo en mis manos, y recorrí las líneas con el dedo pulgar. “Y Mick, ¿él qué ha encontrado?”, pregunté. “Dos monedas de oro”, me dijo Lucía. “Metidas en las grietas, cerca de donde tú encontraste la tuya.” Le clavé la mirada, y ella me la devolvió desapasionadamente. Sabía que me estaba comportando de manera infantil. “Menuda suerte tiene”, dije con acritud.</p>
<p>“Estás disgustada”, me dijo. “Todavía estás de luto.” Se acercó para darme un abrazo, pero yo me quedé rígida, sintiéndome enfadada, pero también una pizca ridícula, sujetando entre las piernas un plato de galletitas y un recuerdo sin valor que le pertenecía a otra persona. Ella insistió, de modo que le devolví el abrazo en un breve instante, y luego me eché hacia atrás, para ponerle fin. “Ese hombre se piensa que soy una idiota”, dije. “Inexperta. Y enseguida me di cuenta de que no le caigo bien.” Lucía negó con la cabeza. “Eso no es verdad”, respondió. “Puede sucederle a cualquiera, eso lo sabemos todos. Ten paciencia con él, Hannah. Últimamente ha estado de malhumor, pero no es nada personal. El divorcio, que ha sido un desastre.” Me convenció para que me tumbase y descansase, y al poco rato el sueño se adueñó de mí.</p>
<p>Cuando me desperté, el ojo de buey estaba a oscuras, y el olor de la comida flotaba por el barco. Hubo un golpecito en la pared, y Will se asomó tras la cortina. “¿Tienes hambre?”, me dijo con una sonrisa. Ya tenía la cabeza despejada, de modo que me tragué el bochorno y respondí con cierta alegría. “Siempre y cuando no sea pescado”, le dije, y le seguí hasta la cocina, donde apenas cabía un alfiler.</p>
<p>Todos levantaron la vista cuando entramos, todos excepto Mick, que estaba sirviendo una ronda de tragos con mucho cuidado. El español estaba también apilando pasta en los platos con algo que parecía una salsa <em>rataouille</em>. Me hice un hueco en la mesa junto a Lucía, y eché un vistazo alrededor. El patrón me pasó un vaso largo lleno hasta la mitad de un líquido amarillento. “Whiskey sour”, dijo, y me hizo un guiño. “Hace que te crezca el pelo en el pecho.” Lucía puso los ojos en blanco: “Justo lo que necesita una mujer.” Nos reímos, luego comimos y todo volvió a ser normal.</p>
<p>Me terminé aquel whisky más rápido de lo que acostumbro. Noté cómo se estabilizaba la sangre, y cómo desaparecía la tensión acumulada en los hombros. La mar estaba un poco picada, y el barco se mecía, cayendo con estrépito en el agua y acompañando el arrastre y la subida de las corrientes. A Will le cayó la salsa de tomate por encima, y el capitán le ofreció un babero que alguien de su familia se había olvidado en el barco en una salida anterior; de modo que Will se lo puso al cuello con gran dignidad, con una mueca de altivez.</p>
<p>Ya casi había vaciado el vaso cuando vi un brillo entre los cubitos de hielo. Miré alrededor, pero los demás estaban hablando y riendo, aparentemente ajenos a mí. Cuando saqué la moneda y la sostuve en alto bajo la luz, la mesa entera guardó silencio. Fue Will el primero que dejó escapar un silbido. “Bueno, bueno” dijo con mucha teatralidad, “pero qué tienes ahí.’ No era una pregunta.</p>
<p>Miré a Mick, sin estar segura de qué debía sentir. ¿Enojo? ¿Era condescendencia suya? ¿Debía sentir agradecimiento? “¿Qué es esto?”, pregunté, paralizada. Él se encogió de hombros. “Es tuya. Tú encontraste una, y yo también.” Todos me miraban expectantes, igual que los abuelos que observan a un nieto que desenvuelve un regalo de cumpleaños. “¿El que la encuentre, se la queda?”, dijo Will esperanzado, levantando el vaso como proponiendo un brindis. Mick me dedicó una sonrisa, su cara se arrugó como la de un chiquillo desvergonzado; yo le devolví la sonrisa. Levanté un poco el vaso. “Por San Jorge y el pobrecito dragón”, dije. “Puede que hayan muerto, pero no los olvidamos.”</p>
<p>Más tarde, viendo el video en casa, avancé rápido la cinta al momento en que estaba en la cubierta, jadeando, y salté ese momento de angustia que nadie debería haber presenciado. Pero observé atentamente la última escena, varias veces. La había filmado yo misma desde el embarcadero, en medio de fuertes ráfagas de viento mientras el barco se alejaba del puerto y se dirigía al norte para dejar a los demás en casa. Ya había refrescado, de modo que el español ya se había puesto una camiseta, para gran desilusión de Lucía. El capitán no podía oírnos, porque estaba pilotando el barco, pero los demás se despedían al unísono. Todos excepto Mick. Conforme el barco se iba alejando, él se quedó allí con una mano levantada, haciendo el gesto del okey para la cámara.</p>
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		<title>El otro JFK</title>
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		<pubDate>Tue, 01 May 2012 01:00:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J.S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[Candaya]]></category>
		<category><![CDATA[JFK]]></category>
		<category><![CDATA[Sergio Galarza]]></category>

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		<description><![CDATA[Aflicciones de un escort madrileño]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La clave, creo yo, para entender cabalmente el diseño novelesco de JFK (Candaya, 2012), la segunda parte de la trilogía madrileña del escritor limeño Sergio Galarza, y para no indignarse por su tono voluble y su estilo disonante, es aceptar que en ella no se busca decir la verdad, sino que la narración se comporta a la manera bergsoniana, es decir, entendiéndose como esa vida mental que en el sueño se nos presenta por entero, pero sin el esfuerzo de concentración al que obliga la vigilia.</p>
<p>Así, JFK se podría considerar el relato de un yo que es idéntico a aquel que durante el día se encuentra atento y vigilante, pero que aquí se nos mostrase desatento, desinteresado. Solo de esta manera se pueden entender las inconsistencias del personaje-narrador, el mismo JFK, quien fuera el jefe del protagonista de la primera parte de la trilogía, <em>Paseador de perros </em>(Se puede consultar la reseña del libro, que publicamos en Febrero de 2011 en HC, <a href="http://hermanocerdo.anarchyweb.org/index.php/2011/02/paseador-de-perros-de-sergio-galarza/">aquí</a>).</p>
<p>En un segundo nivel de lectura, podríamos conceder que la novela trata de constituir una leve parodia irónica de los libros de autoayuda. El éxito de la empresa es relativo pues, se ha de hilar fino, ya que se ha de prestar cuidadosa atención a una declaración del protagonista.</p>
<p>Esta:</p>
<blockquote><p>“odio todas esas frases que la gente asume como si fueran leyes de vida. Frases extraídas de libros de autoayuda”.</p></blockquote>
<p>El lector curioso que se fije en los comienzos de los capítulos (y aún en otras partes como, por ejemplo, en las págs. 84-86), entreverá la sorna con la que Galarza viene a contradecir dicha afirmación.</p>
<p>JFK, el narrador-protagonista, (Jota por Jota, Efe por Fernández y Ka por Klimkiewicz), se nos presenta –de primeras- con el desparpajo y la determinación con las que lo recordábamos de la primera parte, pero sin embargo, esa supuesta seducción implacable, y la resolutiva ambición que trata de demostrarnos, poco a poco, van haciendo aguas y nos quedamos con una suerte de avión de papel mojado, un espíritu dócil que se va acomodando, tal como mejor puede, a las inclemencias del existir y que, eventualmente, y de una manera solapada, acepta lo que él considera su destino fatal, pero que, en fin de cuentas, de fatal lo más que tiene es la incapacidad de JFK por tomar las riendas de su vida, a pesar de que verbalice lo contrario, como cuando al respecto de las películas que iba a ver de niño con su madre, afirme que:</p>
<blockquote><p>“me jodía que los personajes no pudieran hacer nada contra su destino”.</p></blockquote>
<p>Vale la pena destacar que esta contraposición irónica es constante en toda la novela. Así no hay un abismo, sino más bien una abierta confrontación entre lo que el protagonista nos dice y lo que nos revelan los hechos de su vida. Y es que la identidad del protagonista, en el fondo, no es sino la de un conjunto de ideas reunidas, una voz que esgrime razones <em>ciertamente</em> tópicas; así se nos confiesa diciendo:</p>
<blockquote><p>“creo que he perdido la capacidad de alegrarme o deprimirme. Nada parece afectar mi estado de ánimo, actúo de acuerdo con las necesidades de los clientes, como un máquina dispensadora de alimentos”.</p></blockquote>
<p>Y aunque tal confesión la realiza ya bien avanzado el relato, sin embargo, tal frialdad ya se percibe desde el primer momento, pues se ha de decir que la novela está escrita desde el futuro.</p>
<p>La narración consiste en la vida de JFK previa a la constitución de su empresa de paseadores de perros y que será, gracias a la cual, traba contacto con el protagonista peruano de la primera parte de la trilogía. JFK nos cuenta que es un escort (un puto, un chapero, para entendernos), que se ha metido en el trabajo de pura casualidad y que ya estando ahí no sabría qué hacer y por eso sigue ejerciendo de escort; pero también por la cuestión del dinero fácil, cómo no. Primero lo hace con mujeres, pero finalmente lo acaba(rá) haciendo con hombres también (a pesar de que nos dice que no le gustan). Y, ahí, es donde aparecen los problemas, con un golpe de efecto (muy deux es machina) que nos serviremos de no desvelar, pero sépase que le servirá a JFK (o a Galarza, uno aquí duda) como justificación para la introspección en los tormentos éticos de JFK al respecto de su trabajo de puto.  JFK, desalentado por las infidelidades de su padre y por un desengaño amoroso a los quince años con una vecina de cuarenta, Gina, nos cuenta como tomó con la mayor naturalidad la idea de montar “su negocio” junto a su mejor –y único amigo- a quien se refiere siempre, y de manera bastante insidiosa, como El chico de la moto (este mismo personaje se nos menta en <em>Paseador…</em> como Mikel).  El negocio, claro está, es el de escort.</p>
<p>A partir de aquí, Galarza se sirve de recursos ya utilizados en la primera parte de su trilogía, como caricaturizar a los clientes, poniéndoles apodos (lo que constituye “una pequeña demostración de afecto”, nos dice JFK, “aunque ellos no lo supieran) e introduce la melomanía –que ya estuvo presente en <em>Paseador…-</em> en la forma de locutores nocturnos de radio que contestan a sus oyentes con canciones. Pero también hay muchas metáforas cinematográficas, en especial las relacionadas con la edición y el montaje como modo de manejar satisfactoriamente la experiencia y los recuerdos y las referidas a los castings o al trabajo actoral. Las más significativas, empero, son las metáforas de tipo informático que sirven –me parece- para evidenciar la identidad<em> meramente </em>lingüística del personaje de JFK. Y, de ahí, también, que podamos sugerir que la concatenación de ideas que conforman al personaje, funcionan al modo de la sinéresis. O dicho de otro modo, todo lo que JFK nos dice sobre sí mismo (y que no tiene una traslación eficaz en sus acciones) no sirve para construir una personalidad compleja y turbia (como cabría esperar), sino más bien para dejar claro que la sordidez que representa JFL no es más que un ideario expuesto al modo de la pancarta y del que el autor (Galarza) trata de burlarse de forma algo taimada.</p>
<p>La implicación bergsoniana a la que nos referíamos al principio se nos muestra de una manera más o menos comedida hasta la página 105. Sin embargo, a partir de aquí y por causa de la muerte de El chico de la moto, el protagonista-narrador (JFK) se desata, y su estado de sueño se desboca, dejando que la falsa realidad nos invada en un delirio al modo del video-clip escrito y que durará todavía setenta páginas (¡setenta!). Lo que se nos cuenta aquí es la decisión de JFK de dejar Madrid, irse a Nueva York (y desde aquí recorrer a lo loco los Estados Unidos), y gastar todo el dinero que tenía ahorrado. La narración es un puro delirio descontrolado, sin centro ni razón, ni lógica ni sensatez.</p>
<p>Como por forzarle la coherencia y no perder de vista la trilogía proyectada, nos dice JFK al final de las desquiciadas setenta páginas últimas (o acaso lo dice el propio Galarza gastándose un meta-chiste):</p>
<blockquote><p>“mientras caminaba en busca de una cabina telefónica tropecé con jóvenes que paseaban varios perros a la vez, los llevaban atados a unas correas que les cruzaban el pecho. Había escuchado algo al respecto, que era un trabajo que se pagaba bien y además parecía sencillo” (sic).</p></blockquote>
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		<title>Fakius a la guerra</title>
		<link>http://hermanocerdo.com/2012/04/fakius-a-la-guerra/</link>
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		<pubDate>Fri, 27 Apr 2012 18:22:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier G. Cozzolino</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>

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		<description><![CDATA[Dos lados de la misma trinchera]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Dormir en el lugar de las trincheras, pero en paz, bajo las estrellas, sin que nada explote. Con una especie de sabiduría etílica se van hilando los poemas: volver con amigos excombatientes a tomar las islas, literalmente, con wisky y buenos vinos. Reencontrarse con kelpers, conocer a soldados ingleses que volvieron por el mismo motivo, y dejar que el alcohol devele la hermandad.</p></blockquote>
<p>Esa es la descripción pacifista que hace Pedro Mairal en la introducción de <em>Brilla tú, borracho loco</em>, de Hugo Emilio Sánchez, excombatiente de Malvinas, que, editado por Garrincha Club, pequeño emprendimiento editorial porteño, vuelca sus vivencias de la guerra y de su regreso en "paz" a la Isla Soledad (Malvinas), en algo que yo, antes que definirlo como poesía, lo llamaría prosa cortada.</p>
<p>Pero antes de seguir tengo que bardear un poco a Mairal, porque su lectura de <em>Brilla tú...</em> es demasiado literal, acaso excesivamente moderna y drogada desde el punto de vista cultural. Allí donde él observa "sabiduría etílica", más "alcohol" asociado con "hermandad", yo más bien veo que solo borracho, solo con el coraje artificioso que propina el alcohol, se puede rememorar la guerra y creer en la falsa paz impuesta por un imperio colonial. Para el excombatiente, la solemnidad en las islas, al cabo de tres décadas de la guerra, podría ser un elemento demasiado peligroso. Mi argumentación tiene sustento en</p>
<blockquote><p> El alcohol es el idioma universal / ebria la gente se entiende,</p></blockquote>
<p>y también nomás al principio, cuando Sánchez escribe:</p>
<blockquote><p>me siento de espalda / al tele que puse en mute / para ver los mismos documentales abrilescos / treinta años pudren / me rompe las bolas / el silencio la umbrella / la pesca el petróleo / la ridícula autodeterminación / y la agenda de estado.</p></blockquote>
<p>Porque el recuerdo, si se lo toma con solemnidad, duele:</p>
<blockquote><p> el nono pipo tony y huguito [que es Sánchez] / en posición fetal / contra las piedras,</p></blockquote>
<p>esperando el ataque final.</p>
<p>Mejor en definitiva parece, apelar a la libre asociación y lanzar:</p>
<blockquote><p>Nací el 14 de abril de 1962 / llegué a las islas el 14 de abril de 1982 / regresé a las islas el 14 de abril de 2009 / en la puerta de mi casa hay un palo borracho / en el interior de mi casa estoy borracho / escribiendo / lo que sospecho será / el poema 14,</p></blockquote>
<p>donde la cifra, al menos en la Argentina, para los ludópatas y no tanto, como así también para los que sueñan con ese número, tiene una única simbología: el borracho.</p>
<p>Por supuesto, el borracho también es Galtieri, en 1982 presidente de facto de los argentinos. Y entre esos borrachos también hay, según Sánchez, cagones, que son los que se muestran como quienes la tienen más larga, pero que a la hora de los bifes rajan como maricas sin que sus priapescas vergas se les enreden entre las piernas.</p>
<p>Escribe bien Sánchez, carajo.</p>
<p><center>***</center></p>
<div class="imagen-derecha"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/04/fakius-a-la-guerra/que-diran-de-mi/" rel="attachment wp-att-7687"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/que-diran-de-mi-403x600.jpg" alt="" title="" width="403" height="600" class="alignright size-large wp-image-7687" /></a></div>
<p>Pero el volumen de Garrincha Club es todavía más novedoso. Porque si de un lado, de una tapa, está Sánchez, del otro se encuentra lo escrito por un excombatiente inglés, que escribe bajo seudónimo (cosa que lo hace un poco fantasmal, poco verídico, pero eso no interesa). Se hace llamar James Love y el libro que escribe dentro del libro se titula <em>Qué dirán de mí, eh, Inglaterra</em>.</p>
<p>Según dice el señor Amor, nació en Glasgow en el 55 y sirvió en las Malvinas a su majestad, la vicaria de Satán, entre mayo y junio de 1982. Ahora, también dice, es empleado del Ministerio de Defensa inglés y trabaja en la Escuela Real de Artillería, en Wiltshire.</p>
<p>Love acusa padecer de estrés postraumático, herencia de haber estado en la guerra. Love está triste, triste está Love.</p>
<blockquote><p>Frío, / asustado y solo, / perdido en las sábanas de la oscuridad, / mi vida se filtra lentamente por las heridas. / ¿Dónde estarán ahora mis compañeros? / ¿Quién vendrá ahora a consolarme?</p></blockquote>
<p>Parece Job en su peor momento. Donde las islas son la ballena que se tragó a Jonás. Una ensalada bíblica, sí. De hecho, a diferencia de Sánchez, lo que el señor Amor nacido en Escocia escribe suena a versículo bíblico, donde la inconexión narrativa poco importa, porque el significado es siempre el mismo: la muerte, la guerra, la muerte otra vez. A las pruebas me remito:</p>
<blockquote><p>Acá no hay muertes de película / solo la cruel y fría realidad. / ¿Quién me va a sostener a mí / cuando me caiga?.
</p></blockquote>
<p>Y la vicaria de Satán más su amiga la vieja fulera —doña Margarita Yegua Mala Thatcher—, mientras tanto, son en buena medida las destinatarias de esos versículos, quienes a miles de millas de distancia, deciden también la suerte del señor Amor nacido en Escocia y la de otros que solo saben del oficio de la muerte y de la valentía, de las dos cosas, en una tierra que Love &#038; Co. creen "suelo extranjero" pero que no, que para el Imperio del Mal es territorio de ultramar.</p>
<blockquote><p>Y ustedes, alegres, a ocho mil millas / lejos de nuestra estúpida guerrilla / chupaban, bailaban, armaban fiesta.</p></blockquote>
<p>La traducción de los poemas del señor Love, llevados a su argentinización a veces rara, vale ser mencionada. Es obra de Soledad Urquía, Washington Cucurto, Lucila Rolón, María Bernardello, Santiago Martorana, Raúl Suárez, Lucas Mertehikian, Cecilia Fanti y Santiago Llach, este último, cerebro de un libro que, hay que decirlo, acaso sea uno de los más interesantes de leer a 30 años de la guerra y a unos cuantos más de la expansión británica cada vez más pronunciada sobre el Atlántico Sur, donde sudamericanos y africanos técnicamente no existimos.</p>
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		<title>La mirada de Pina</title>
		<link>http://hermanocerdo.com/2012/04/la-mirada-de-pina/</link>
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		<pubDate>Fri, 27 Apr 2012 17:02:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier Elizondo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Notas]]></category>

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		<description><![CDATA[Pina en 3D]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="imagen-centro"><a rel="attachment wp-att-7667" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/la-mirada-de-pina/untitled-1/"><img class="aligncenter size-medium wp-image-7667" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/Untitled-1-600x389.jpg" alt="" width="600" height="389" /></a></div>
<p>Dos días antes de comenzar las tomas de prueba en 3D, Pina Bausch murió inesperadamente de cáncer en los pulmones. Año y medio de preparativos para la película quedaron en el limbo: Wim Wenders, el director, decidió cancelar la producción. Veinticinco años llevaban él y la coreógrafa fraguando un largometraje sobre danza; 25 años de amistad cercana que pronto se volvería íntima complicidad. Las posibilidades del 3D, en opinión de Wenders, por fin permitirían que el tremendo espacio que ocupa la danza se tradujera a una pantalla plana. Pero Pina murió. Dedicada hasta los huesos a esa danza, se desplomó sin aviso antes de que ese salto sucediera.</p>
<p>Cuatro días después, durante una ceremonia en honor a Pina, <a href="http://www.pina-bausch.de/en/pina_bausch/spech_for_pina_090409.php">Wenders leía</a>:</p>
<blockquote><p>We all knew Pina, and every one of us misses her in his or her our own way: very personally, very inwardly, very painfully. But there's one thing about Pina that all our memories have in common - even if we're not (yet) aware of it - her look on us.</p></blockquote>
<p>La mirada de Pina, para Wenders, era absoluta. Nada le era inexpugnable. Y más importante: nadie. A través de su mirada, los demás existían.</p>
<blockquote><p>Pina saw, indeed, even when we were "in the dark." She developed a unique phenomenology of gestures, a view of the world, so to speak, or even better: an explanation or interpretation of our humanity that was wholly new and unexplored...</p></blockquote>
<p>El universo que se mira sólo a través de quien lo mira, que se escucha gracias a que alguien más lo escucha. De eso va <em>Pina</em>: de un multiverso que se revela a una figura casi divina —asi se retrata a Pina; asi la percibían sus colaboradores y personas más cercanas— que se dedica, día y noche, a conjugarlo en movimiento “humano” (entrecomillo porque esos movimientos están anclados a un estado superior de consciencia corporal, como sucede con los deportistas, que se antoja sobrehumano).</p>
<p>El filme, sin embargo, y afortunadamente, sucedió; los integrantes de la compañía convencieron al director de que ése sería el gran homenaje que Pina merecía. En él, nos encontramos con que sus coreografías habitan los mismos espacios que ella. Salen, algunas, de la Wuppertal Opera House hacia la ciudad de Wuppertal, sus calles, sus trenes y sus descampados. Reza el <em>trailer</em>: “¿Es danza o simplemente Vida?”. En <em>Pina</em>, es ambas. El documental (término flojo y un tanto lejano a esta película) también muestra pedazos pequeños de los integrantes del TanzTheater —danza-teatro—, la compañía que dirigió Pina Bausch desde 1974 hasta el día de su muerte, que comentan lo que fue para ellos vivir con aquella mirada todopoderosa. En estos comentarios descansa la parte más humana de la película: en todos se percibe una fuerte melancolía; son palabras de quienes aún la extrañan profundamente. Una de las bailarinas le reclama no haberla visitado aún en sus sueños; otra le pide una explicación por su carácter indescifrable; todos le agradecen su enseñanza.</p>
<p>En un principio, eché de menos saber más de Pina, la persona detrás de esa mirada. Alejado como estoy de mi propio cuerpo, de cualquier noción de libertad dentro de él, sentía la necesidad de las palabras, de las historias, de los hechos y las fechas. Pero ahí está todo. Lo que hay que saber de Pina está en lo que de ella quedó en el movimiento de sus bailarines. Ahí está su mirada retratando al Universo; detrás de eso quizás no haya nada, o quizás haya un espejo que refleja lo mismo.</p>
<p>Pina se estrena en cines comerciales de México el 27 de abril. Es una película difícil y seguramente no durará mucho tiempo en cartelera, así que les recomiendo aprovechar.</p>
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		<title>Las armas y el oficio</title>
		<link>http://hermanocerdo.com/2012/04/las-armas-y-el-oficio/</link>
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		<pubDate>Thu, 26 Apr 2012 02:08:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Stanislaus Bhor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>

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		<description><![CDATA[Perduramos en las mentes de los otros]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Es el año 1977 y Rodolfo Walsh camina por una calle céntrica de Buenos Aires. Acaba de salir de la oficina de correos postales. Va disfrazado. Como la imaginación es juguetona lo imaginamos de bisoñé, bigote postizo y gabán, como sacado de un relato policíaco, a los que era aficionado. Lleva pistola, una calibre 22, al cinto, y no sabe que habrá de utilizarla antes de llegar a la esquina  cuando vengan por él sus cazadores. Piensa en el eco que tendrá la carta que acaba de enviar. La tituló Carta abierta a la Junta Militar. No sabe que es su último escrito. Allí denuncia las torturas y el aparato represivo de la junta militar y relaciona la primera lista de muertos y desaparecidos en las mazmorras del régimen. La envió con copia a Videla y a las agencias de periodismo internacional. Entre los muertos contados está su hija Vicky, miembro de la organización Montoneros, que fue conminada a suicidarse luego de quedar sin balas en un combate urbano. “Combate”, le llaman, aunque la fuerza sea desproporcionada. Su amigo Francisco Urondo, poeta, murió también “en combate” desigual, luego de una acrobática persecución de carreteras. Pensará acaso en esto. En los que le antecedieron y en los que vendrán. En su otra hija. En la hija de su hija. No es difícil imaginarlo. El duelo es la interiorización de la ruptura: un proceso necesario, pero lento, que tarda años en llegar y ocupa el espectro de nuestros pensamientos mientras dura. Pero es necesario que llegue, que olvidemos, para poder seguir viviendo cuando hemos perdido lo más amado. Es necesario para pensar en el porvenir, para imaginar que queda esperanza. Entonces se oyen las ruedas de un automóvil que da el frenazo en la calle. Es un carro oficial con el rótulo de la escuela de tareas, cuerpo de represión del ejército. Las ruedas chillan sobre el pavimento y esto le da tiempo a Walsh para disparar su calibre 22 y tratar de escabullirse. En el fuego cruzado, alcanza a darle a un militar. Sólo cuenta ahora con tres balas más. Los otros disparan metralletas. “Combate”, le llaman. Huye. Voltea en la esquina. Parece que después de todo va a eludir el cerco. Trata de protegerse. Dispara las últimas balas. Está empapado. Se toca el pecho. Es sangre. No sabemos cómo ocurre el resto, pero son las  descripciones hechas por los pocos que sobrevivieron a las torturas que podemos imaginarlo. El calabozo. La picana eléctrica. El resto.</p>
<p>Ahora estamos en junio de 1976. Otra vez en Argentina. Provincia de Mendoza. Esta vez el protagonista será un poeta. Avanza, junto a su mujer y su niña (de meses) en un Chevrolet, Francisco Urondo. Parece una simple familia de paseo campestre, pero se trata de la cúpula de la agencia de noticias clandestinas del movimiento Montoneros, y tienen junta. Urondo va al volante. En una encrucijada el carro es abordado por otro vehículo, y comienza la persecución. Es la típica escena de <em>road movie</em>. Urondo está clandestino desde la subida de Videla. Le siguen la pista. <span class="pullquote">Lo encontrarán fácilmente. Difícil fue esconder su humanidad</span>, porque es un hombre gordo, inofensivo, pese a al revólver que trata de apuntar contra el vehículo perseguidor. Tardo en el adjetivo (porque debía ser preciso, para eso se hace uno poeta), tardo en la réplica, tardo en las armas, tardo en las carreras, pierde la oportunidad de disparar primero, pero no lo hace, y eso es suficiente para que los perseguidores disparen sobre el Chevrolet. Urondo, sin embargo, elude la curva cerrada y sigue en la huida, sobre los puros rines. Finalmente, llegan a la casa donde se daría la junta para dar la alerta. A la entrada abren las cuatro puertas del Chevrolet. Urondo pide a su mujer que huya con la niña de brazos. La mujer descubre que no hay nada qué hacer porque pilló a Urondo que mordía la cápsula de cianuro dispuesta para ocasiones desesperadas. Está herido. Le pide que salve a la niña. Es su último ruego. Ahí se quedará el poeta, al volante, hasta que lleguen a rematarlo con un tiro en la frente. El dolor está en todas partes y en ninguno. El cianuro surte efecto pronto, pero es doloroso porque corroe los tejidos. Piensa en la niña. Esa niña que años después, cuando empiece a reconstruir los fragmentos del mapa de ausencias y reliquias afectivas, le llevará flores a su tumba. Es curioso: un poeta que elige entre dos muertes, la más rápida. ¿Para no delatar a sus amigos? Ahí vienen ya. Así termina.</p>
<p>Ahora estamos en mayo de 1976. Buenos Aires. Argentina. Interior. Noche. Protagonista: Haroldo Conti (escritor). Marta, esposa y madre. Hija (adolescente) que duerme. Bebé (que llora al fondo de la casa). Conti y su esposa (llegan del teatro) comentan la película, pero de repente bajan la voz, para no despertar a los niños. Se miran. No sabemos por qué, pero ríen. Al abrir la puerta, sin embargo (y al encender la luz) encontrarán una visita inesperada: 17 encapuchados que se les abalanzan, reducen a rodillazos al escritor y arrastran a la esposa a otra habitación. <span class="pullquote">Conti lo sabía, que un día irían también por él.</span> Si cortaron la leña verde… En el fondo ha imaginado muchas veces esa noche. Por eso se apresuraba a escribir, en ese último año. Ahora lo sabe: la angustia de escribir es la angustia de morir. Todo era, en el fondo, una anunciación. La noche que vendrían a matarlo ha llegado. Por eso había que tener siempre una hoja en el rodillo y teclear en la máquina a todo vapor. Por eso escribía todos los días. El no haber abandonado el país para ser escritor cómodo en Bogotá y quedarse en la patria que todos dejaban, por obstinación, fue, a fin de cuentas, un experimento fallido, ¿o un error? Ahora no hay nada qué hacer. La noche será larga y negra.</p>
<p>El tema se multiplicaría así hasta, alcanzar el número de treinta mil. Lo que lo hace insoslayable, claro. Tanto como la Revolución cubana, tanto como las guerras en Colombia, tanto como la subida y caída de Allende (y el advenimiento del pinochetismo en Chile), la literatura argentina de fines del siglo XX está marcada por esa huella indeleble: la irrupción de la dictadura y su ascendencia sobre la memoria colectiva. Es lo que está dentro del paréntesis: la historia que marca al país. Ojalá vivas tiempos interesantes, dice la maldición judía. Conti, Walsh, Urondo, los vivieron; los narraron. Su historia, la historia de su desaparición forzada, es la historia de una generación entera de jóvenes y humanistas que se opusieron con palabras y con ideas a la barbarie y que se les dio, por respuesta, violencia y tortura. El hecho sigue interrogándonos desde el pasado. ¿Qué pasó con ellos? ¿Qué pasó con todos? Aun no se ha dicho todo, y cada año salen diversas exploraciones sobre esos años. Los perfiles de estos tres escritores desaparecidos en una misma década (por los mismos perpetradores) nos recuerda que hay tragedias comunes a toda la humanidad y que la única forma de oponerse a la crueldad y la aniquilación del individuo y las violencias institucionalizadas ha sido, es y será, la palabra. Y que no hay nada que enerve y persigan más los perpetradores (los que tienen el monopolio de la violencia) que la actitud de aquellos que se atrevan a arrojarles a la cara su propia vergüenza, con palabras.</p>
<p>Dos crónicas adicionales de libros completan <em>Las armas y el oficio</em>, compilación de reportajes del cronista cubano Rafael Grillo: una registra el proceso de escritura de una novela a cuatro manos por el novelista Paco Ignacio Taibo II y el subcomandante Marcos (jefe del EZLN), y otra que sirve de reflexión sobre esa figura emblemática del viejo-nuevo periodismo: Tom Wolfe. De Taibo ha heredado los procedimientos de translación de hechos y documentos históricos a argumentos narrados, y de Wolfe los recursos de conversión de personas reales en personajes de libros. Reportajes novelados, o periodismo literario, en el sentido más abierto de las expresiones: aquel que obliga aplicar la ficción a la vida cotidiana. Son cinco relatos con ruptura del punto de vista, registros múltiples, orquestación de fuentes y datos, entrevistas de primera mano que permiten al lector asistir por un instante al momento postrero, a las vidas (mejor: finales de vidas) y pensamientos posibles, pero no probables; sólo admisibles, acaso, por la memoria ajena: la nieta de Rodolfo Walsh que hace un viaje a La Habana y quiere ver el archivo de su padre, la hija de Paco Urondo que va todas las semanas a llevarle flores a la Tumba, la esposa de Haroldo Conti que trata de difundir por el mundo la obra que se le quedó en el rodillo de la máquina de escribir el día que lo secuestraron; ellas son la base del reporte que da pie para imaginar el final. </p>
<p>El periodismo literario se ampara en lo posible y lo verosímil. Es posible construir un andamiaje filosófico y un instante de pensamientos abstractos de aquel que va a morir con las palabras dejadas por el desaparecido en otros lados, en otras memorias. Son las únicas formas en que perduramos: las mentes de otros. La verosimilitud, como todos saben, no es la realidad, sino la coherencia del universo narrativo que se aborda. <span class="pullquote">La vida es buena periodista, pero mala novelista</span>, porque no orquesta ni dosifica. No selecciona la palabra adecuada. Nunca se detiene. Jamás quebranta la unidad de tiempo, de escena, de lugar. Rafael Grillo es un cronista clarividente porque sus crónicas no pretenden alcanzar la verdad sino recobrar por un instante al hombre que cae, y no para tener la última palabra, sino para mejorar las versiones de la realidad que conducen a la memoria. </p>
<p>La memoria es lo que queda latente cuando las páginas de prensa empiezan a amarillear.</p>
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		<title>Francisco Urondo, la palabra fusilada</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Apr 2012 19:44:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafael Grillo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>

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		<description><![CDATA[La muerte de un poeta]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="imagen-centro"><a rel="attachment wp-att-7617" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/francisco-urondo-la-palabra-fusilada/urondo-y-cortaza/"><img class="alignright size-full wp-image-7617" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/urondo-y-cortaza.jpg" alt="" width="357" height="281" /></a></p>
<div class="credit">Francisco Urondo y Julio Cortázar</div>
</div>
<p style="text-align: right;">Del otro lado de la reja está la realidad, de</p>
<p style="text-align: right;">este lado de la reja también está</p>
<p style="text-align: right;">la realidad; la única irreal</p>
<p style="text-align: right;">es la reja.</p>
<p style="text-align: right;">“La verdad es la única realidad”.</p>
<p style="text-align: right;"><em>Francisco Urondo</em></p>
<h3></h3>
<h3 style="text-align: center;">***</h3>
<h3>Lo mataron a Ortiz</h3>
<p>El 19 de junio de 1976, <em>Los Andes de Mendoza</em> divulga en su edición sabatina el comunicado militar que describe una exitosa operación antiterrorista. La identidad oculta bajo el titular “Delincuente subversivo fue abatido en Mendoza”, ya se ha propagado en Buenos Aires por un clandestino que anuncia: “Lo mataron a Ortiz”.</p>
<p>Rodolfo Walsh conoce bien quién está detrás de ese nombre de guerra que alude al poeta entrerriano Juan L. Ortiz, y redacta una semblanza del amigo. “Él era la alegría”, apunta, y se encierra a llorar las veinticuatro horas siguientes a la escritura de un documento que será admonitorio de su propio destino.</p>
<p>El mensaje trasmitido por boca de Vicky, la hija de Walsh, cae como un puñetazo en la sien de Miguel Bonasso, que anota en su Diario: “Los tipos más próximos, más queridos, más entrañables, con los que habías construido una vida (...) se morían, los mataban”.</p>
<p>Juan Gelman se recrimina durante su exilio en Roma por estar a salvo de un destino similar al del caído. Como alivio contra el pertinaz sentimiento de culpa, declaró más tarde: “Cuando uno quiere que el otro no se muera, desea intercambiar la suerte, pero eso es imposible”. Mientras que una carta enviada a David Viñas desde Francia, deja traslucir los tonos del duelo en Julio Cortázar: “Mi tristeza y mi rabia son y serán una razón para seguir haciendo lo posible en esta lucha”.</p>
<p>Para la familia de “Ortiz” es un imperativo corroborar la noticia. Claudia, la hija mayor del presunto asesinado, pide a la tía que salga hacia la comandancia del ejército en Mendoza. Beatriz se persona el 20 de junio y la reciben con evasivas, hasta que un guardia se apiada y confidencialmente le aconseja que corra a la morgue del Hospital Civil, antes que arrojen al allegado en la fosa común. Ella encuentra al “gordo que cayó en el enfrentamiento” --así le comenta despectivo un policía--; y en el cadáver desfigurado y asentado en el registro como no identificado, sin orden de defunción que aclare la causa de muerte, reconoce a su hermano Paco. Vigilada siempre por funcionarios militares, Beatriz consigue que le permitan trasladar por avión el cuerpo de Francisco Urondo y luego depositarlo, sin honras fúnebres, en la bóveda de la familia en el cementerio de Merlo.</p>
<p>Faltaba rescatar a su mujer y a la pequeña Ángela, de once meses, quienes debieron acompañarle cuando el incidente. Pero la pista de Alicia Raboy se pierde tras las puertas del macabro Departamento 2 de Inteligencia, uno de los tantos centros adonde los detenidos en operaciones represivas eran conducidos y se esfumaban ahí, como si fueran átomos de nada. Teresa Listingart, madre de Alicia, localiza en la Casa Cuna de Godoy Cruz a la niña secuestrada por la milicia; y aunque intentan complicarla con trámites burocráticos, logra obtener la custodia y sacarla con los papeles del Juzgado Federal de la Provincia.</p>
<p>Poco tiempo después, el 3 de diciembre, Claudia Urondo, montonera como el padre, y su esposo Mario Lorenzo, “desaparecen” en el trayecto hacia la guardería en donde recogerían a sus hijos Sebastián (de tres años) y Nicolás (de dos).</p>
<p>Adoptada por una prima hermana de Alicia incapaz de procrear, Ángela crecerá sin contacto con los Urondo, desconociendo quiénes eran sus progenitores reales y la existencia de hermanos. Malos sueños, sobre un día y un lugar que no puede ubicar en la memoria, la asolarán durante años, hasta que llegue la hora en que conozca “la pura verdad.”</p>
<h3></h3>
<h3 style="text-align: center;">***</h3>
<h3>Historia antigua</h3>
<p style="text-align: right;">Ahora la incertidumbre, la aventura</p>
<p style="text-align: right;">donde la indolencia hostil del tiempo</p>
<p style="text-align: right;">alienta</p>
<p style="text-align: right;">“Proemio”</p>
<p>“Los gatos/ por la noche aúllan como tambores/ derrotados, viejos, fúnebres, inmensamente buenos;/ la muerte los asiste, la eternidad vela por ellos,/ la memoria nunca abandona; los errores me salvan”, declama Urondo el Poeta, en versos que saldrán en Del otro lado, libro de 1967. Ya ha visto que “el mundo se deforma y crece” y puede catar del vino de la existencia su mezcla de lucidez y amargura y el bouquet de una incierta esperanza.</p>
<p>Escanciado en los recuerdos va quedando el jovencito de Santa Fe, el de los títeres y El Retablo de Maese Pedro con el amigo Fernando Birri; el que dio el salto a la capital en 1953 y se fundió al grupo de la revista <em>Poesía Buenos Aires</em>: César Fernández Moreno, Edgar Bayley, Rodolfo Alfonso, con los que compartía noches de farra y tangos, de mujeres y alcohol.</p>
<p>Lejano parece el tiempo que describió en <em>Historia antigua</em>, su primer volumen de poesía, “cuando no sabemos de qué lado estar”. Aunque Paco vaya a seguir siendo el enamorado de la vida, el risueño atrevido que dice de una corista: “Sus nalgas eran la literatura”.</p>
<p>Los 60 son años intensos, apresurados, de un implacable buscar y buscarse. Además de la poesía que comparte con Noé Jitrik, Javier Heraud, Enrique Lihn y Gelman en la revista<em> Zona</em>, la que recoge en los cuadernos <em>Nombres</em> y <em>Adolecer</em>; está el Urondo libretista de televisión, que adapta a Stendhal y Flaubert; y el escritor de canciones, artista de café concert y del disco <em>Milongas</em>. Brota el guionista que filma tres películas con el director Rodolfo Kuhn: <em>Pajarito Gómez</em>, <em>Noche terrible</em> y <em>Turismo de carretera</em>, y anuncia los albores de un nuevo cine latinoamericano.</p>
<p>Se prueba Paco en la narrativa con dos cuadernos de relatos:<em> Todo eso</em> y <em>Al tacto</em>; y hasta despabila el ambiente literario con el ensayo <em>Veinte años de poesía argentina 1940-1960</em>. Nace el dramaturgo de obras críticas y escandalosas: <em>Veraneando</em>, <em>La sagrada familia o muchas felicidades</em>, <em>Homenaje a Dumas</em> y <em>Archivo General del Indias.</em></p>
<p>Hacia 1971 piensa Urondo: “La realidad que vivimos me parece tan dinámica que la prefiero a toda ficción”. Y arranca con la escritura de una novela que recibirá, a la postre, Mención Especial del Premio La Opinión-Sudamericana, otorgada por el cuarteto magistral que conformaron Juan Carlos Onetti, Walsh, Cortázar y Augusto Roa Bastos, mientras él padecía cárcel en 1973. Los pasos previos será su versión de la tragicomedia humana de la época en Argentina. Es muy probable que entonces se sintiera apegado a una vivencia del Paquito adolescente, y por tal aconseje: “Siempre conviene enfermarse de un pie para leer a Balzac”.</p>
<div class="imagen-centro"><a rel="attachment wp-att-7618" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/francisco-urondo-la-palabra-fusilada/urondo_julio/"><img class="alignright size-full wp-image-7618" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/urondo_julio.jpg" alt="" width="519" height="453" /></a></p>
<div class="credit">Francisco Urondo y Julio Cortázar</div>
</div>
<h3></h3>
<h3 style="text-align: center;">***</h3>
<h3>Busco la palabra</h3>
<p>Osvaldo Bayer era uno de los secretarios de redacción del diario <em>Clarín</em> en 1967; y el recién ingresado en la sección Información General le impresionó de este modo: “Paco era el prototipo del hombre fino, se vestía de forma muy atildada. Tenía una sonrisa que parecía como si fuera un gesto de su cara. Muy culto y de conversación tranquila. Era una especie de izquierdista moderado ilustrado. Como periodista era muy bueno, bien calificado”.</p>
<p>Se juntan en el bodegón enfrente del periódico y Urondo se muestra interesado sobremanera en la experiencia de Bayer en Cuba, cuando entrevistó al Che Guevara.  Él está por partir hacia La Habana, como invitado al Encuentro Rubén Darío. Allí compartirá con Roque Dalton, Mario Benedetti, Ángel Rama, Roberto Fernández Retamar, Nicolás Guillén; y en la Casa de las Américas, con Haydée Santamaría de timonel, se le propuso grabar un disco con sus poemas.</p>
<p>Ya de vuelta en Buenos Aires, el 8 de octubre lo aplasta con el reverso de un evangelio, que lo fuerza a proclamar: “Ya no se le pueden pedir órdenes a mi Comandante (Che Guevara), ya no anda para seguir contestando, ya ha dado su respuesta. Habrá que recordarla, o adivinarla o inventar los pasos de nuestro destino”.</p>
<p>Retorna a Cuba en 1968 para un Congreso Cultural. Ese año es decisivo para la conversión de Urondo, porque en Argentina participará en los círculos de estudios marxistas de León Rozitchner; y se vinculará al Movimiento de Liberación Nacional (MALENA), primero, y después al núcleo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). También fue el momento de integrarse a Gelman, Marcelo Pichón Rivière, Daniel Muchnik y otros, en el notable plantel de la revista Panorama. Ahí pondrá su firma bajo “Julio Cortázar: El escritor y sus armas”, la más conocida de sus entrevistas.</p>
<p>Sus andanzas en la isla caribeña prosiguen en 1969, como jurado de teatro en el Premio Casa y participante del panel “La literatura argentina del siglo XX”. Si bien le disgusta el desenlace del caso Heberto Padilla, con el mea culpa del poeta en la UNEAC; Urondo se abstiene de asumir públicamente una postura crítica hacia la revolución cubana.</p>
<p>Cuando Jacobo Timmerman funda <em>La Opinión</em> en 1971, el hombre que alega perseguir “la palabra justa” se mueve hacia el diario que pretende brindar “información jerarquizada y contextualizada, con alto nivel de interpretación a cargo de primeras espadas”. Fue la penúltima aventura de Urondo periodista, pues la postrera será la fundación de <em>Noticias</em>, órgano de los Montoneros, a fines de 1973. Para esa fecha, Osvaldo Bayer descubrirá al ex colega trasmutado en un “radical de izquierda”.</p>
<p>Poco antes, Urondo estuvo absorbido en otra empresa épica. Las reformas educativas que impulsa el Frente Justicialista de Liberación (Frejuli), triunfador en las elecciones del 11 de marzo de 1973, lo hacen idóneo para encabezar el Departamento de Letras de la Universidad de Buenos Aires. El excarcelado de Devoto, eufórico con un segundo aire de libertad, acomete impetuoso la transformación de los estudios desde un énfasis en la literatura francesa hacia la argentina y latinoamericana.</p>
<p>Encima, le sobreviene una gran idea: estructurar una carrera autónoma de Medios Masivos de Comunicación, con el propósito de gestar un arma crítica y un profesional concientizado para la batalla en el frente cultural. Pero el claustro de profesores desplazados y los sectores estudiantiles más reaccionarios boicotean su revolución universitaria; apenas cuatro meses pudo durar el frenesí. Francisco opta por la renuncia y lanza una advertencia: “La realidad se está poniendo rara”.</p>
<h3></h3>
<h3 style="text-align: center;">***</h3>
<h3>El árbol de la vida</h3>
<p style="text-align: right;">Si ustedes lo permiten,</p>
<p style="text-align: right;">prefiero seguir viviendo.</p>
<p style="text-align: right;">“La pura verdad”</p>
<p>Es domingo y Día del Padre, 17 de junio de 2001. Estoy viendo a Ángela parada en la esquina de Tucumán y Remedios. Se que es ese el teatro de las pesadillas infantiles de la muchacha próxima a celebrar su 26 cumpleaños; y en un gesto de empatía me cuelo entre los viejos camaradas de Urondo u Ortiz, militantes de derechos humanos y vecinos del lugar, presentes para animarla en el cumplimiento de un anhelo desgarrador.</p>
<p>No por vana curiosidad, sino para apoyarla más bien, me sumerjo en la conciencia de la joven asolada por la orfandad, y escucho el timbre del mismísimo Paco, que la hija ha aprendido a distinguir escuchando grabaciones pasadas por la radio. Recita el poeta un fragmento de “El árbol de la vida”, legado como mensaje a sus retoños: “Ay, hijos/ míos, cómo pensaba no quejarme, cómo/ odiaba todo lamento; pero queja/ y batalla suenan en la misma campana”.</p>
<p>Con la singular cadencia del amor truncado que marcan los versos, Ángela está plantando un árbol en el sitio donde el padre y la madre se alejaron de ella para siempre. Por dentro, repasa su vida: La niñez en Villa del Parque con la familia adoptiva. Hacerse la boluda para sacar partido a la tragedia que le contaron de unos padres biológicos fallecidos en accidente automovilístico. A los doce años, la revelación: la madre sustituta que lanza una puteada cuando pasan enfrente de la Escuela Superior de la Armada, y con una sola frase derrumba toda la inocencia de la chica: “Porque los milicos mataron a tu mamá y tu papá”. Ángela queda sorprendida, muy quieta, de súbito rompe a llorar.</p>
<p>La estoy mirando de espaldas, sacudirse en un estremecimiento, de seguro que hoy han regresado esas lágrimas. Mientras, siguen fluyendo los recuerdos de Ángela como río que busca desembocadura: Le entregan los padres de adopción una foto de ella en los brazos de Alicia y el testamento de Paco, en el que se ve reconocida como hija legítima y heredera de los derechos de autor de sus libros. Inicia la búsqueda de los Urondo; por fin, el encuentro en 1987: -Así que vos sos mi hermano. ¿Y por qué se te ocurre venir acá después de veinte años? La respuesta entrecortada de Javier, el hijo sobreviviente de Francisco y Graciela, la primera esposa de su padre: -Ya vamos a tener tiempo para charlar... Y la invitación al cumpleaños de Josefina, su sobrina de estreno, en donde Ángela también podrá abrazar a Nicolás, uno de los hijos de Claudia. A partir de entonces las frecuentes reuniones en familia, tres o cuatro veces por semana.</p>
<p>La joven concluye su tarea de homenaje, estira las rodillas, se sacude la tierra de las manos, y corta de sopetón los sollozos: sólo permitirá que la marea de dolor siga bañando sus playas íntimas. Íntegra por fuera, trae a su memoria la carta hallada entre los papeles del abuelo Francisco Enrique: “A menudo hablamos, decimos muchas cosas, pero no hacemos nada y envejecemos en años o en espíritu que es peor”. La está volviendo a leer para sí, y como si se apropiara del impulso con que su papá Paco, llegada la ocasión, se separó del suyo para tomar un derrotero individual, las palabras brotan con su voz propia, la de Ángela Urondo: “Por lo tanto, amigo mío, quiero decirte qué yo quiero: pensar, decir y sobre todo hacer. Hacer qué, me dirás. Es difícil y es fácil explicarlo. Se sintetiza en una palabra: vivir”.</p>
<h3></h3>
<h3 style="text-align: center;">***</h3>
<h3>Escribir es escuchar</h3>
<p>“¡Abran, carajo, o se la echamos abajo!”, rima y ruge la multitud que empuja el portalón de Devoto. Es la noche en que el gobierno militar de Alejandro Lanusse debe entregar el poder al Frejuli y el pueblo espera la confirmación inmediata de una Ley de Amnistía para los presos políticos. El júbilo ha filtrado por las paredes hacia el corazón del precinto y los reclusos arman su motín, tomando las plantas del edificio y permitiendo que las celdas se intercomuniquen; al tiempo que la guardia impotente, roñosa, los agrede bombeando agua encima de ellos.</p>
<p>La situación es propicia para el encuentro de Francisco con los únicos sobrevivientes de la masacre de Trelew. Desde la noche anterior, la del 24 de mayo, el poeta y periodista pone oído a las palabras de Alberto Miguel Camps, Maria Antonia Berger y Ricardo Rene Haidar. En medio de un clima por igual tenso y festivo, los cuatro conservan la serenidad, a cada tanto achican el agua que inunda el cubículo, y absortos se envuelven en un diálogo que no concluirá hasta entrada la mañana del día siguiente.</p>
<p><span class="pullquote">"En la cárcel, sin esperarla, volvió la literatura</span> (...) Allí fue más cierto que nunca que escribir es escuchar”, dirá Walsh de ese episodio. Cuando Rodolfo, Bonasso, Galeano y otros amigos se le encimen a la salida del penal, llevará Francisco bajo la axila, las cintas grabadas que van a convertirse en las 142 páginas de <em>La patria fusilada</em>. El libro que saldrá en agosto de 1973, un año exacto después de los sucesos que en él son narrados por los tres protagonistas que, increíblemente, hurtaron sus alientos a la muerte. La historia de 19 integrantes de las FAR, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y los Montoneros, ametrallados en represalia por la acción guerrillera conjunta que propició una fuga masiva de combatientes. El libro que ha sido comparado con <em>Operación Masacre</em> aunque, a diferencia de Walsh, prescinda Urondo del tratamiento ficcional y opte por la desnudez dramática del relato del testigo, de “la conciencia ocular sin la cual la historia sólo sería guerra y mudez”.</p>
<p>“Poética en griego quiere decir acción, y en este sentido no creo que haya demasiadas diferencias entre la poesía y la política”, había dicho Paco; y su detención tuvo lugar el 14 de febrero, en un chalet alquilado por él para que se efectuaran ahí las reuniones en que las FAR y los Montoneros planearían la opción de unificarse.</p>
<p><em>La patria fusilada</em> será, pues, el digno corolario del escritor militante a tres meses pasados en prisión, que levantaron en Argentina no pocos vientos de polémica. Hubo quienes lo acusaron de asumir el papel de héroe para aumentar la tirada de sus libros, y otros que subestimaron su compromiso político hablando de “imaginación desenfrenada” o “exhibicionismo narcisista”. El escritor santafesino Juan José Saer lo defendió: “El poeta ha de aportar, contra viento y marea, oponiendo a la mesura oportunista de la política, la exigencia de lo imposible”.</p>
<p>Más ningún argumento a su favor será mejor que la actitud asumida por el propio Urondo en la cárcel.  Cuando la Asociación de Periodistas de Buenos Aires, o el Comité de Solidaridad conformado en París por las firmas ilustres de Sartre, Simone de Beauvoir, García Márquez, Marguerite Duras, Passolini, Semprún, reclamaron al gobierno la libertad del escritor, él fue riguroso consigo y no aceptó prebendas que lo distinguieran del resto de los presos.</p>
<p>Entre quienes acudieron a verle en Devoto estuvo el autor de <em>Rayuela</em>, llevándole un obsequio recibido de manos del presidente chileno Salvador Allende. Paco tomó el habano y se lo pasó a Ponce, el compadre de celda y viejo militante ferroviario.</p>
<h3></h3>
<h3 style="text-align: center;">***</h3>
<h3>La pura verdad</h3>
<p style="text-align: right;">Cuando estuvimos desesperados, alguien</p>
<p style="text-align: right;">contó la historia.</p>
<p style="text-align: right;">“Del otro lado”.</p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: left;">El traslado de Francisco a Mendoza por la conducción de Montoneros es recibido por sus amigos y familiares como un anuncio fatal. Tras el golpe de Videla del 24 de marzo de 1976, la persecución desatada contra los peronistas descabezó al movimiento en esa región, encarceló a muchos de sus miembros y desperdigó a los sobrevivientes. A Urondo le asignan la misión de reorganizar a los militantes y asumir la dirección.</p>
<p style="text-align: left;">Walsh toma esto como una decisión injusta, cree que Paco no debe aceptar; pero Urondo insiste en mostrarse optimista y se entregan en un abrazo fraterno, interminable: el último, ambos lo intuían. Francisco Enrique, su padre, y la hermana Beatriz le ofrecen dinero para que salga del país. Él responde sin dudar: “No soy de los que se van”.</p>
<p>Vicente Zito Lema lo encuentra por la calle, conversan sobre filósofos griegos; él no sabe nada de la partida inminente, pero se huele algo raro, porque a Paco le falta su risa. Es el mes de mayo de 1976. Preocupados por su futuro, Campa, Verbitski, Jauretche, Mangieri, compadres de la clandestinidad, alzan con Urondo la copa de vino de la despedida. Graciela Murúa recuerda que él, nacido el 10 de enero de 1930, a cada rato decía: “Me voy a morir a los 46 o 47 años”.</p>
<p>Un Renault, azul celeste, arranca en la tarde del 17 de junio rumbo a una reunión de montoneros en el departamento Guaymallén. A bordo del coche van: Paco al volante, Alicia al lado con la bebita acurrucada, y una militante que se hace llamar La Turca en el asiento posterior. Viajan cautelosos, la situación es de emergencia, un par de compañeros cayó en manos del enemigo y temen que “se hayan quebrado”.</p>
<p>Dentro de un Peugeot, color sangre, apostado en la calle Guillermo Molina, La Turca divisa a uno de ellos, que se tapa la cara al verlos pasar. “¡Rajemos. La cita está cantada!”, le grita a Paco. Ellos aceleran, mientras el auto rojo se lanza a perseguirlos. Urondo empuña un revólver y le da a La Turca una pistola. Para cubrir la fuga, los dos armados apuntan hacia atrás. La respuesta de fuego de la policía hace al chofer bambolear el auto, en un intento por evitar los impactos. Alicia pone a Ángela en el piso para resguardarla. Llegados a la intersección de Remedios, Paco cruza con el semáforo en rojo y embiste a un rastrojero, que queda obstruyendo la calle.</p>
<p>La fugaz esperanza de escape se diluye cuando el móvil policial evita el obstáculo y se coloca enseguida a diez metros escasos de los fugitivos. Las ráfagas de ametralladora destrozan el trasero del Renault y disminuyen su velocidad. En el interior se han quedado sin municiones; de contra a Urondo una bala le desgarró el costado izquierdo y una 9 mm atraviesa las dos piernas de La Turca. Paco frena el auto justo delante de un taller de electricidad y le exige a las mujeres: “¡Rajen ustedes!”. Alicia se percata de que su esposo ya mordió la pastilla de cianuro que guardaba para no ser atrapado con vida, y lo recrimina: “Pero, papi, ¿por qué lo hiciste?”</p>
<p>Dos hombres que laboran en el taller serán testigos del final de la contienda. La Turca se desangra, cojea, y desesperada exclama: “¿Por dónde me escapo?”. Carlos la guía por un callejoncito y la ve escurrirse luego de brincar una tapia bajita. Alicia llega ante Miguel Canela, le entrega la niña y corre hacia el interior del local. Más por ahí no encuentra salida, y la policía la atrapa y se la lleva aporreándola. También cargan con la nena, que se la arrebatan a Miguel de los brazos.</p>
<p>El jefe del Cuerpo de Patrulleros se ocupa de Urondo, que está tendido dentro del vehículo, moribundo. Carlos ve cuando lo sacan por los pelos y le dan el tiro de gracia en la frente. “Ya está”, dice uno de los militares. “No, qué va a estar...”, responde otro y patea la cara del caído. Llega otro más, y completa la alevosía incrustando la culata del fusil en la cabeza del muerto.</p>
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		<title>Las historias de Gran Bertha</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Apr 2012 16:37:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bobbie Ann Mason</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[Siempre Vietnam]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/04/las-historias-de-gran-bertha/twilight-crane/" rel="attachment wp-att-7601"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/Twilight-crane-600x416.jpg" alt="" title="" width="600" height="416" class="alignright size-large wp-image-7601" /></a></div>
<p>Donald está en casa otra vez, riendo y cantando. Viene desde Central City, Kentucky, cerca de la minas a cielo abierto, sólo cuando siente ganas de hacerlo, como un terrateniente ausente que visita su propiedad. Siempre está tan de buen humor cuando regresa que Jeannette lo perdona. Cocina para él –horribles y pastosos platillos que saca de viejas recetas. Algunas veces él trae carne o helado, y ocasionalmente dinero. Rodney, su hijo, se esconde en el clóset cuando él llega, y Donald recorre la casa hablando en voz alta del pequeño llamado Rodney que solía vivir ahí –el mismo que cayó al tanque séptico, o el que se robaron los gitanos. Las historias cambian. Usualmente Rodney permanece en el clóset hasta que tiene que hacer pis, y entonces abraza las rodillas de su padre, perdonándolo, igual que Jeannette. La manera como Donald se bambolea al cruzar la puerta, columpiando un six de cervezas, y dibujando una gran sonrisa, le roba el aliento. Se inclina contra la puerta, sexy con su gorra de béisbol, su greñuda barba roja y sus gafas oscuras. Usa gafas oscuras para ser como los Blues Brothers, aunque en nada se parece a alguno de los Blues Brothers. Debo examinarme la cabeza, piensa Jeannette.</p>
<p>La última vez que Donald estuvo en casa fueron de compras al centro para comprar a Rodney unos zapatos que por entonces se anunciaban. Pasaron la mitad de la tarde en el centro comercial, sólo vagando. Donald y Rodney jugaron videojuegos. Jeannette sintió que eran una verdadera familia. Luego, en el estacionamiento, se detuvieron para ver a un hombre que mostraba serpientes sobre una plataforma. Los niños acariciaban a una pitón de 12 de pies enrollada alrededor de los hombros del tipo. Jeannette se sintió desmayar.</p>
<p>“Las serpientes no hacen daño a menos que tú les hagas daño,” dijo Donald, mientras Rodney acariciaba a la serpiente.</p>
<p>“Se siente como chocolate,” dijo.</p>
<p>El tipo de las serpientes tomó una tarántula de una caja de plástico y la guardó amorosamente en la mano. Dijo: “Si dejas caer una tarántula, se haría añicos como un adorno de navidad.”</p>
<p>“Odio todo esto,” dijo Jeannette.</p>
<p>“Vámonos de aquí,” dijo Donald.</p>
<p>Mientras Donald los apuraba para irse del centro comercial, Jeannette sintió que su familia se desintegraba como una tarántula que se hace añicos. Rodney chilló y Donald lo arrastró consigo. Jeannette quería detenerse por un helado. Quería que se sentaran juntos tranquilamente pero Donald los urgió a volver al carro y condujo a casa en silencio, con el rostro lúgubre.</p>
<p>“¿Tuviste pesadillas con las serpientes?” preguntó Jeannette a Rodney el día siguiente, durante el desayuno. Comían panqués hechos de masa preparada. Rodney azotó su tenedor contra la mancha de mermelada de sus panqués. “La serpiente negra es amiga del granjero,” dijo sobriamente, repitiendo un hecho aprendido del hombre de las serpientes.</p>
<p>“Gran Bertha tenía serpientes negras,” dijo Donald. “Las entrenaba para las 500.” Donald no contaba a Rodney historias ordinarias para niños. Le contaba una serie de historias extrañas que se inventaba acerca de Gran Bertha. Gran Bertha era como llamaba a la enorme máquina de mina en Muhlenberg County, pero había hecho creer a Rodney que Gran Bertha era una versión femenina de Paul Bunyan.</p>
<p>“Las serpientes no corren en las 500,” dijo Rodney.</p>
<p>“No eran las 500 de Indianápolis o las 500 de Daytona, o ninguna de las 500 que conozcas,” dijo Donald. “Estas eran las 500 de Possum Trot, y fue hace mucho tiempo. Gran Bertha comenzó las 500 originales, con serpientes. Serpiente negras y azules, principalmente. A veces también algunas rojas y blancas, pero esas eran raras.”</p>
<p>“Nosotros siempre corríamos por la azada si veíamos una serpiente negra,” dijo Jeannette, recordando su infancia en el campo.</p>
<p><span class="pullquote">A su manera, las ausencias de Donald eran un buen arreglo, incluso considerado.</span> Los libra de sus malos humores, cuando no puede arreglárselas con sus recuerdos de Vietnam. Vietnam nunca había sido un hecho tan significativo hasta hacía un par de años, cuando empezó a sentirse deprimido y malhumorado, y comenzó a irse a Central City. Asustaba a Jeannette y ella decía siempre las palabras incorrectas en sus esfuerzos por tranquilizarlo. Si la gente de la asistencia social averiguara que él pasa ocasionales fines de semana en casa, y que incluso lleva algo de dinero, a Jeannette le cortarían la asistencia. Solicitó la asistencia porque no puede contar con que él le envíe dinero, aunque sabe que él la culpa por haber perdido la fe en él. En realidad él no trabaja con regularidad en las minas. Pasa el tiempo por ahí, merodeando, mirando el paisaje al ser despedazado, o los árboles cayendo o los arbustos volando por los aires. Algunas veces opera una pala excavadora de vapor, y cuando llega a casa la arcilla le cubre la ropa y se endurece en sus zapatos. La arcilla es del color del pudín de caramelo.</p>
<p>Al principio él intenta explicarse con Jeannette. Dice: “Si allá hubiéramos tenido tanques tan grandes como Gran Bertha no habríamos perdido la guerra. Explotación a cielo abierto, es justo lo que hacíamos allá. Quitábamos la superficie. La capa superior es como la gente y la cultura, la mejor parte de la tierra y del país. América sólo estaba quitando la capa superior, lo mejor. La arruinamos. Aquí, al menos, las compañías de carbón tienen que plantar algarrobos y pinos de incienso y toda clase de árboles y arbustos. Si hubiéramos hecho eso en Vietnam, quizá habríamos dejado al país en mejores condiciones.”</p>
<p>"¿Lo de Vietnam no fue hace mucho tiempo?" preguntaba Jeannette.</p>
<p>No quería escuchar acerca de Vietnam. Pensaba que era poco saludable insistir en ello. Él debería vivir en el presente. Su madre temía que Donald llegara a hacer algo violento, porque había leído en el periódico que un veterano en Louisville había mantenido a su pequeña hija como rehén en su departamento hasta que en el tiroteo la policía lo mató. Pero Jeannette no puede imaginar a Donald llegando a semejantes extremos. Cuando lo vio por primera vez, muchos años atrás, en la lonchería de barbacoa de sus padres, donde trabajaba por entonces, él tenía un buen trabajo en un depósito de madera y vestía bien. La llevó a comer a un restaurante elegante. Se emborracharon y terminaron en un motel de Tupelo, Mississippi, en el Boulevard Elvis Presley. Desde entonces él hablaba nostálgicamente de su año en Vietnam, sobre lo bello que era, y lo diferente que era la gente. Nunca parecía decir lo que de verdad quería decir. “Sólo son diferentes,” decía.</p>
<p>Continuaron viajando en un Chevy convertible de 1957. Maneja muy rápido, pero entonces no lo hacía, quizá porque se comportaba sobreprotector hacia el auto. Era un clásico. Lo vendió tres años atrás y sacó una buena ganancia. Por el tiempo en que vendió el Chevy, su estado de ánimo comenzó a cambiar, su naturaleza atemperada cambió, como si tras manejar por una suave interestatal cambiara de pronto hacia una carretera secundaria. Sufría dolores de cabeza y pesadillas. Aunque sus pesadillas parecían triviales. Soñaba que conducía un tren a través de las Montañas Rocky, o que secuestraba un avión hacia Cuba, o que colgaba alambre de púas alrededor de la casa. Soñaba que perdía una muñeca. Se emborrachó y chocó el auto, el sucesor del Chevy, contra una estatua de la Guerra Civil enfrente del palacio de justicia. Cuando se deprimió a causa de la insignificancia de su empleo, Jeannette se sintió culpable por gastar dinero en cosas lindas para la casa, e intentó hacerle ver que su trabajo importaba al recordarle que, después de todo, tenían un hijo por el cual ver. “No me gusta su nombre,” dijo Donald una vez. “Es un nombre estúpido. Rodney. Nunca me gustó.”</p>
<p>Rodney sueña con Gran Bertha, ecos de las pesadillas de su padre, como las versiones en dibujos animados de los recuerdos de guerra de Donald. Pero Rodney ama las historias, incluso cuando resultan confusas, con montones de cabos sueltos. La última en la serie de Gran Bertha es “Gran Bertha y la Bomba de Neutrones.” La semana pasada fue “Gran Bertha y el Misil MX.” En la nueva historia, Gran Bertha hace un viaje a California para surfear con Gran Mo, su contraparte masculina. En la playa, los perros calientes y los conos de helado son gratis y los surfistas se convierten en delfines. Todo el mundo se está divirtiendo hasta que la bomba de neutrones llega. Rodney ama la parte de cuando todos caen muertos. Donald lo actúa, colapsándose sobre la alfombra. Todos los surfistas y los delfines caen muertos, todos excepto Gran Bertha. Gran Bertha es tan grande que resulta inmune a la bomba de neutrones.</p>
<p>"Esas historias no son ciertas", dice Jeannette a Rodney.</p>
<p>Rodney se tambalea y cae sobre la alfombra, con los brazos sobre las caderas y los codos hacia fuera. Comienza a reír tontamente y no puede parar. Cuando los espasmos le abandonan, dice: “Le hablé a Scottie Bidwell sobre Gran Bertha y no me creyó”</p>
<p>Donald toma a Rodney por los sobacos y lo coloca de pie. “Dile a Scottie Bidwell que si viera a Gran Bertha se orinaría en los pantalones, por la impresión.”</p>
<p>"¿Tienes miedo de Gran Bertha?"</p>
<p>"No, yo no. Gran Bertha es una mujer maravillosa, una enorme mujer que puede cantar el blues. ¿Alguna vez has escuchado a Big Mama Thornton?"</p>
<p>"No."</p>
<p>"Bueno, Gran Bertha es como ella, sólo que del tamaño de un edificio alto. Es lenta como una tortuga y cuando cruza la carretera tienen que desviar el tráfico. Es tan grande como para abarcar una autopista de cuatro carriles. Y tan alta que puede ver sin problemas hasta Tennessee. Y cuando eructa provoca una tormenta. Es grandiosa. Incluso puede volar."</p>
<p>"Es demasiado grande para volar", dice Rodney, incrédulo, y hace un gesto como si se secara la cara y Donald lucha con él y lo tira a la alfombra.</p>
<p>Donald ha estado bebiendo toda la noche, pero no está borracho. Los cubos de hielo se derriten y él se toma la bebida y la vuelve a llenar. Sigue hablando. Jeannette no lo recuerda hablando mucho sobre la guerra. Le habla sobre los depósitos de municiones. Jeannette tiene la vaga idea de que un depósito de municiones es una pila de cartuchos de escopeta, montones de casquillos y fragmentos de bombas, o lo que sea que queda, una vasta pila de la guerra, pero Donald le dice que no es así. Pasa una hora describiéndole a detalle, de tal forma que ella lo entiende.</p>
<p>Rellena el vaso con hielo, algo de 7-UP, y un chorro de Jim Beam. Azota las puertas y los cajones, buscando un compás. Jeannette no puede seguir la conversación. No importa que su cabello no esté peinado o que se la haya barrido el lápiz labial. Él no la está viendo.</p>
<p>"Te quiero dibujar el problema", dice, sentándose a la mesa con un hoja de la libreta de Rodney.</p>
<p>Donald dibuja un mapa con bolígrafo rojo y azul, con asteriscos y etiquetas técnicas que no significan nada para ella. Dibuja algunos círculos con el compás y mide algunos ángulos. Dibuja un círculo rojo sobre una línea oblicua, un sendero que conduce al depósito de municiones.</p>
<p>"Aquí es donde yo estaba. Justo aquí", dice. "Había un búfalo de la India que tropezó con una mina de tierra y sus cuernos volaron y se incrustaron en la pared de las barracas como un machete lanzado de revés". Coloca un punto donde se encontraba la mina, y garabatea con el bolígrafo rojo, dibujando algo en la orilla del mapa que luce como plumas. "El depósito estaba aquí y yo estaba aquí, y aquí era donde apilábamos los costales de arena. Y aquí estaban los tanques" Dibuja tanques, una fila de cuadrados con asas y el cañón sobresaliendo.</p>
<p>“¿Por qué te complicas hablándome de unos cuernos de búfalo que se clavaron en una pared?” desea saber ella.</p>
<p>Pero Donald sólo la mira como si hubiera preguntado algo obvio.</p>
<p>“Quizá podría entenderlo si me lo explicas,” dice ella, cautelosamente.</p>
<p>“Nunca vas a entenderlo.” Dibuja otro tanque.</p>
<p>En la cama es lo mismo de siempre desde que él comenzó a ir a Central City: la manera como reclama su parte de la cama, alejándose de ella. Esta noche, ella lo alcanza y él la deja estar cerca de él. Ella llora por un momento y él yace ahí, esperándola a que termine, como si tan sólo estuviera poniéndose maquillaje.</p>
<p>“¿Quieres que te cuente una historia de Gran Bertha?" pregunta él, juguetonamente.</p>
<p>“Actúas como si estuvieras enamorado de Gran Bertha.”</p>
<p>Él ríe, respirándola. Pero no se acercará más.</p>
<p>“A ti ya no te importa cómo me veo,” dice ella. “¿Qué se supone que debo pensar?”</p>
<p>“No hay nadie más. No hay nadie más que tú.”</p>
<p><span class="pullquote">Amar una máquina gigante es incomprensible para Jeannette. Debe haber otra mujer, alguien así de grande en su mente.</span> Jeannette ha visto la máquina de mina. La punta de la grúa es visible más allá del parque de Western Kentucky. La máquina se mantiene fuera de la vista de los viajeros porque podría dar una pobre imagen de Kentucky.</p>
<p>Por tres semanas, Jeannette ha estado viendo a un psicólogo en la clínica gratuita de salud mental. Es un hombre pequeño. Su nombre es Dr. Robinson, pero ella lo llama The Rapist porque la palabra <em>therapist</em> puede ser dividida en dos palabras, <em>the rapist</em>. Él no cree que su broma sea buena y actúa como si la hubiera escuchado miles de veces. Tiene el hábito de decir: “Vete con esa sensación,” de la misma manera que Bob Newhart en su viejo programa de televisión. Probablemente se trate de la primera lección en el libro, piensa Jeannette.</p>
<p>Ella le habló de los últimos días de Donald en su trabajo del depósito de madera –cómo dejaba caer la pila de madera deliberadamente y no sabía por qué, y sobre cómo huyó después de eso, y cómo comenzaron las historias de Gran Bertha. El doctor Robinson parecía esperar a que ella sacara algo claro de todo ese embrollo, pero era una locura que no le dijera qué hacer. Después de tres visitas, Jeannette se ha enojado con él, y ahora reprime las cosas. No le dirá si Donald duerme con ella cuando él va a casa. Déjenlo que adivine, piensa.</p>
<p>“Habla de ti,” dice él.</p>
<p>“¿Qué sobre mí?”</p>
<p>“Hablas de una manera tan vaga de Donald que tengo la sensación de que lo ves como algo más grande que la vida misma. No me hago una imagen de él. Y eso hace que me pregunte qué dice esto de ti.” Lleva la punta de su corbata a su nariz y la olfatea.</p>
<p>Cuando Jeannette sugiere llevar a Donald, el terapista se muestra aburrido y no dice nada.<br />
“Tuvo otra pesadilla la última vez que estuvo en casa,” dice Jeannette. “Soñó que gateaba entre una hierba muy alta y que la gente lo perseguía.”</p>
<p>“¿Cómo te sientes respecto de eso?” pregunta el terapista, ansiosamente.</p>
<p>“Yo no tuve la pesadilla,” dice ella, fríamente. “Donald la tuvo. Yo vine con usted para tener un consejo sobre Donald, y usted actúa como si yo fuera la que está loca. No estoy loca. Pero estoy sola.”</p>
<p>La madre de Jeannette, tras la barra de la lonchería, observa amorosamente cómo Rodney aprieta los botones de la rocola en la esquina.</p>
<p>“Es una pena por este jovencito,” dice, llorosamente. “Ese chico necesita un papá.”</p>
<p>“¿Qué es lo que quieres decirme? ¿Que debo solicitar el divorcio y conseguirle a Rodney un nuevo papá?”</p>
<p>Su madre luce ofendida.</p>
<p>“No, cariño,” dice. “Necesitas hacer que Donald busque al Señor. Y necesitas rezar más. No has ido a la iglesia últimamente.”</p>
<p>“Come un poco de barbacoa” retumba el padre de Jeannette, mientras sale de la cocina trasera. “Y llévate un poco a casa. Tienes a un niño en pleno crecimiento que alimentar.”</p>
<p>“Quiero llevar a Rodney a la iglesia,” dice la madre. “Quiero mostrarlo, quizá haría algo de bien.”</p>
<p>“La gente pensará que es huérfano,” dice el padre.</p>
<p>“No me importa,” dice la madre. “Yo lo quiero a montones y quiero llevarlo a la iglesia. ¿Te importaría si lo llevo a la iglesia, Jeannette?”</p>
<p>“No, no me importa si lo llevas a la iglesia.” Recibe la barbacoa de su padre. La grasa mancha el papel marrón que la envuelve. Papá les ha dado tanta barbacoa que Rodney se siente a reventar y no comerá más.</p>
<p>Jeannette se pregunta si pediría el divorcio en caso de que pudiera conseguir un empleo. Es un pensamiento por el bien del niño, piensa. Pero no hay muchos trabajos por ahí. Dado el costo de una niñera no le convendría tener un empleo. Cuando Donald se fue por primera vez su madre se hizo cargo de Rodney y ella tuvo un buen empleo, atendiendo un restaurante hasta que una noche el restaurante se quemó –fuego de aceite en la cocina. Después de eso, no pudo encontrar un trabajo estable, y se oponía a pedirle a su madre que cuidara una vez más de Rodney debido a su mala cadera. En el restaurante los hombres le daban buenas propinas y al pagar dejaban su número telefónico en la cuenta. Metían billetes y notitas en el bolsillo de su delantal. Una notia decía: “Quiero agarrar tus muffins.” Se trataba de hombres dedicados a las bienes raíces o hombres de negocios en misiones importantes para la autoridad del valle de Tennessee. Eran bulliciosos y bebían demasiado. Decían que la llevarían de crucero en el <em>Delta Queen</em>, pero nunca les creyó. Sabía lo caro que era. Le hablaban de sus lanchas rápidas y la invitaban a dar un paseo en el Lago Barkley, o dar una vuelta en sus aviones privados. Siempre usaban la palabra vuelta. La pura idea le provocaba vértigo. Una vez, Jeannette dejó que un vendedor de electrónicos la paseara en su Cadillac, y recorrían The Trace, el camino que llevaba hasta el parque La Tierra entre los Lagos. Su auto tenía ventanas automáticas, estéreo, y números luminosos de computador sobre el tablero que le decían cuántas millas obtenía por galón y otras estadísticas. Decía que los números le distraían y que casi le habían provocado algunos incidentes. En el restaurante había sido extravagante, respetado por sus compañeros. A solas con Jeannette en el Cadillac resultó tímido y torpe, y realmente no muy interesante. La cosa más interesante de él, pensó Jeannette, eran todos esos números luminosos sobre el tablero. El Cadillac lo tenía todo excepto videojuegos. Así que ella prefería dar vueltas con Donald, sin importar dónde terminaran.</p>
<p>Mientras la trabajadora social está ahí, llenando su reporte, Jeannette escucha el auto de Donald. Cuando la trabajadora social llegó, el aleteo y el resuello de su auto sonaron como el del viejo Chevy de Donald, y por un momento su mente viajó al pasado. Ahora escucha y espera que Donald no entre. La trabajadora social es más joven que Jeannette y ha ido a la universidad. Su nombre es señorita Bailey, y es excesivamente alegre, pese a que en su trabajo ha visto cosas que harían que los problemas de Jeannette parezcan un viaje a Hawaii.</p>
<p>“¿Sigue tu hijito teniendo esos sueños extraños?” pregunta la señorita Bailey, alzando la vista de su carpeta.</p>
<p>Jeannette asiente y mira a Rodney, que tiene un dedo en la boca y no habla.</p>
<p>“¿El ratón te comió la lengua?” pregunta la señorita Bailey.</p>
<p>“Enséñale tus dibujos, Rodney.” Jeannette explica: “No habla acerca de los sueños, pero hace dibujos de ellos.”</p>
<p>Rodney lleva su carpeta de dibujos y los extrae silenciosamente. La señorita Bailey dice: “Hmm.” Son líneas austeras, notablemente duras para un chico de su edad. “¿Qué es esto?” pregunta. “Déjame adivinar. Dos bolas de helado?”</p>
<p>El dibujo se trata de dos enormes círculos llenando la página, con tres diminutas personas pegadas en una esquina.</p>
<p>“Estas son las tetitas de Gran Bertha,” dice Rodney.</p>
<p>La señorita Bailey ríe entre dientes y mira a Jeannette. “¿Qué te gusta leer, cariño?” pregunta a Rodney.</p>
<p>“Nada.”</p>
<p>“Puede leer,” dice Jeannette. “Es listo.”</p>
<p>“¿A usted le gusta leer?” pregunta la señorita Bailey a Jeannette. Mira de un vistazo la pila de libros sobre la mesa de café. Probablemente va a preguntar de dónde salió el dinero para comprarlos.</p>
<p>“No leo,” dice Jeannette. “Si leyera, me volvería loca.”</p>
<p>Cuando le dijo a The Rapist que no podía concentrase en nada serio, él le dijo que leyera novelas de romance para escapar de la realidad. <span class="pullquote">“¡La realidad, por dios!” había dicho ella. “La realidad es todo mi problema.”</span></p>
<p>“Qué mal que Rodney no esté por aquí,” dice Donald. Rodney está otra vez en el clóset. “Santa Claus tendrá que llevarse todos estos juguetes. ¡A Rodney le habría encantado esta bicicleta! Y este juego de Pac-Man. ¡Santa tendrá que llevarse tantas cosas que necesitará una camioneta!”</p>
<p>“No le trajiste nada. Nunca le traes nada,” dice Jeannette.</p>
<p>Él ha traído donas y ropa sucia. La ropa que usa está manchada por la arcilla. Su barba es más clara por trabajar bajo el sol, y se muestra juguetón, como siempre se muestra antes de sus ataques de humor, como migrañas, que alguna gente describe como tormentas.</p>
<p>Donald saca a Rodney del clóset usando las donas.</p>
<p>“¿Te portaste bien esta semana?”</p>
<p>“No lo sé.”</p>
<p>“Escuché que fuiste al supermercado e hiciste un berrinche.”</p>
<p>No es cierto que Rodney haya hecho una escena. Jeannette ya había explicado que Rodney estaba enojado porque ella no le pudo comprar un Atari. Pero no lo culpa por llorar. Estaba cansada de no poder comprarle nada.</p>
<p>Rodney come dos donas y Donald le cuenta una larga y confusa historia acerca de Gran Bertha y una banda de <em>rock and roll</em>. Rodney lo interrumpe con una docena de preguntas. En la historia, la banda da un concierto en un lugar que resulta ser un tiradero de desperdicios tóxicos y cuya contaminación se extiende a todo lo largo del país. La solución de Gran Bertha a este problema no es del todo clara. Jeannette permanece en la cocina, intentando encontrar la manera de preparar algo original con puré de papa instantáneo y restos de barbacoa.</p>
<p>“No podemos seguir así,” dice ella esa noche, en la cama. “Sólo nos lastimamos el uno al otro. Algo tiene que cambiar.”</p>
<p>Él gruñe como un niño. “Venir a casa desde el condado de Muhlenberg es como R y R –respiro y recreación. Lo explico en caso de que pienses que R y R significa <em>rock and roll</em>. O quizá rabo y retaguardia. O raído o rozado.” Ríe y con el cigarrillo dibuja un círculo en el aire.</p>
<p>“No soy tan tonta.”</p>
<p>“Cuando me vaya, regresaré a las minas.” Suspira, como si las minas fueran una carga eterna.</p>
<p>La mente de Jeannette da un salto al futuro: Donald encadenado a algún lugar, coloreando un libro de dibujos, haciendo ollas de arcillas, y ella y Rodney en otra ciudad, con otro hombre –tonto y nada sexy. Reuniendo coraje, dice: “Yo no he pasado por lo que tú has pasado y quizá no tengo el derecho a decir esto, pero a veces pienso que actúas como superior porque fuiste a Vietnam, como si nadie nunca fuera a saber lo que tú sabes. Bueno, a lo mejor no. Pero aún tienes piernas, aún cuando ya no sepas qué hacer con lo que tienes entre ellas.” Estallando en lágrimas de disculpa, no puede evitar añadir: “No puedes seguir contando a Rodney esas horribles historias. Tiene pesadillas cuando tú te vas.”</p>
<p>Donald se levanta de la cama y toma la foto de Rodney del tocador, sosteniéndola como si se tratara de una granada de mano. “Los chicos te traicionan,” dice, dando vuelta a la foto en su mano.</p>
<p>“Si te importara, te quedarías aquí.” Mientras él coloca la foto boca abajo ella pregunta: “¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo entender lo que pasa en tu cabeza? ¿Para qué vas allá? Las minas a cielo abierto son malas para el medio ambiente y tú no tienes nada que ver con ello.”</p>
<p>“Mi trabajo es serio, Jeannette. Manejo esa pala a vapor y pongo la capa de tierra al revés. Estoy reclamando la tierra.” Sigue hablando, con un tono cortés, acerca del trabajo de las minas a cielo abierto, las mismas rancias cosas que ya has escuchado antes, cuando compara a Gran Bertha con un súper tanque. Si tan sólo hubieran tenido a Gran Bertha en Vietnam. Dice: “Cuando volaban la superficie, yo miraba los túneles donde el Viet Cong se escondía. Tenían tantos túneles que era increíble. Imagina la Cueva del Mamut a todo lo largo de Kentucky.”</p>
<p>“La Cueva del Mamut es una de las maravillas naturales del mundo,” dice Jeannette, brillantemente. Está diciendo la cosa incorrecta, otra vez.</p>
<p>En la mesa de la cocina, a las dos de la mañana, él habla de los C-54. Un C-54 es tan grande que puede llevar tanques, tropas y helicópteros, aunque no tan grande como para llevar a Gran Bertha. Divaga un poco, y cuando Jeannette le muestra los dibujos de círculos de Rodney, sonríe. Soñadoramente, comienza a hablar de pechos y muslos –de los largos y redondos muslos y de los grandes y redondos pechos de las mujeres americanas, contrastándolas con la frágil y delicada belleza de las orientales. Es como comparar un pollo con una gallina, dice. Jeannette se relaja. La confesión de otra mujer en otro tiempo no es difícil de sobrellevar. Parece obsesionado con los muslos y los pechos de las mujeres americanas –insistiendo para que ella comprenda lo delicadas y pequeñas que son las orientales-, pero de pronto vuelve a los tanques y los helicópteros.</p>
<p>-Un Cobra Bell Huey, Dios mío, qué hermosa máquina. ¡Tan eficiente!” Del fregadero, donde Jeannette la guarda, Donald toma la cuchilla del procesador de alimentos. “La hélice de un helicóptero puede cortar cualquier cosa en pedacitos.”</p>
<p>“No hagas eso,” dice Jeannette.</p>
<p>Él está intentando dar vueltas a la cuchilla sobre la barra, como un trompo. “Esto es lo que pasa cuando las hélices de un helicóptero chocan con un cable de luz –aunque no hay muchos por allá-, o contra un árbol. Tampoco muchos árboles, ahora que lo pienso, después de todo ese agente naranja.” Suelta la cuchilla y ésta golpea primero el cajón abierto y luego cae al suelo, pinchando el vinil.</p>
<p>Al principio Jeannette piensa que los gritos son suyos. Nunca ha visto a alguien llorar tan fuerte, como una intensa y rugiente lluvia de verano. Lo único que sabe hacer es alcanzarle unos Kleenex. Al final, él dice: "Pensaste que quería lastimarte. Es por eso por lo que estoy llorando.”</p>
<p>“No te preocupes y llora,” dice Jeannette, atrayéndolo hacia sí.</p>
<p>“No te vayas.”</p>
<p>“Aquí estoy. No voy a ningún lado.”</p>
<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/04/las-historias-de-gran-bertha/1-3/" rel="attachment wp-att-7604"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/1-600x386.jpg" alt="" title="" width="600" height="386" class="alignright size-large wp-image-7604" /></a></div>
<p>En la noche, ella sigue escuchando, con la certeza de que su monólogo arde en su cerebro como un tatuaje. Nunca lo olvidará. Su voz se vuelve suave y juega con un bolígrafo, haciendo agujeros sobre una toalla de papel. Agujeros de bala, piensa ella. Su barba es como el nido de un ave, tejido con oscura seda de maíz.</p>
<p>“Esta es sólo una historia,” dice. “No significa nada. Relájate.” Ella está sentada en la parte dura de la silla de la cocina, las puntas de los pies helados, esperando. Las lágrimas de Donald se han secado y su voz se oye ligeramente entrecortada.</p>
<p>“Estábamos en un gran campamento cerca de una villa. Durante un tiempo fue sólo rutina. De vez en cuando íbamos a Da Nang y armábamos jaleo. Habíamos estado en la jungla por muchos meses así que dos meses en esa villa eran una especie de descanso. Casi un R y R. No tiembles. Es sólo una pequeña historia. No significa nada. Esto es nada, comparado con lo que podría decirte. Sólo escucha. Perdimos el miedo. Por la noche había un poco de artillería, y veíamos las ráfagas en el cielo, como apuntando a las estrellas, pero era bastante menor y después de lo que habíamos visto no lo tomábamos en serio. En la villa conocí a una familia vietnamita –una mujer y sus dos hijas. Vendían refresco de cola y cerveza a los soldados. La hija mayor se llamaba Phan. Podía hablar un poco de inglés. Era realmente lista. Solía visitarlas en su choza por las tardes –a la hora de la siesta. Era tan caluroso. Phan era bella, como el país. La villa era asquerosa, pero el país era bello. Y ella era tan bella, como si hubiera crecido lejos de la jungla, como una de esas flores que crecen en lo alto de los árboles y que en ocasiones nos asustaban, cuando creíamos que se trataba de snipers. Era tan amable, con esos ojos con forma de hueso de durazno, y quizá no era más alta que una chica de 13 o 14 años. Al principio me causaba gracia su estatura, pero después no importó. Era sólo una maravillosa característica suya, como el cabello o los pechos de una mujer.”</p>
<p>Se detiene y escucha, de la misma manera que solían hacer para escuchar los chillidos cuando Rodney era un bebé. Dice: "Tomaba una de esas hojas gigantes de plátano y me abanicaba mientras yo estaba ahí, recostado bajo el calor.”</p>
<p>“No sabía que tuvieran plátanos allá.”</p>
<p>“¡Hay muchas cosas que no sabes! ¡Escucha! Phan tenía 23, y sus hermanos estaban lejos, luchando. Nunca pregunté de qué lado luchaban.” Y ríe. “Le causaba muchísima gracia la palabra abanico. Le dije que la palabra en inglés, <em>fan</em>, era la misma de su nombre. Ella pensó que yo le decía que su nombre significaba plátano. En vietnamita, una palabra puede tener una docena de significados, dependiendo de tu tono de voz. Apuesto a que no sabía eso, ¿verdad?”</p>
<p>“No. ¿Qué le pasó a ella?”</p>
<p>“No lo sé.”</p>
<p>“¿Ese es el final de la historia?”</p>
<p>“No lo sé.” Donald hace una pausa, luego sigue hablando, de la villa, de la chica, de las hojas de plátano, de una manera tan monótona que a Jeannette se le eriza la piel. Podría ser el tipo de las noticias en la habitación contigua.</p>
<p>“Debió gustarte mucho aquel lugar. ¿Desearías volver y averiguar qué fue lo que le pasó?”</p>
<p>“Ya no existe más,” dice él. “Todo voló.”</p>
<p>Abruptamente, Donald va al baño. Ella escucha el agua correr, las tuberías del sótano agitándose.</p>
<p>“Era tan linda,” dice él, cuando regresa. Frota su codo, distraídamente. “Aquella jungla era el lugar más bello del mundo. Habrías pensado que te encontrabas en el paraíso. Pero lo volamos hasta lo cielos.”</p>
<p>En sus brazos, él tiembla, como las tuberías en el sótano, que siguen vibrando. Luego, tras una sacudida, las tuberías se detienen, pero él continúa temblando.</p>
<p>Viajan al Hospital de veteranos. Fue idea de Donald. Ella no siquiera tuvo que persuadirlo. Cuando hizo la cama, por la mañana –con una finalidad que la afectó, como si supiera que nunca más iban a estar en ella juntos-, él le dijo que sería como R y R. Respiro era lo que necesitaban. Ninguno de los dos había dormido nada durante la noche. Jeannette sentía que debía estar despierta, escuchando más.</p>
<p>“Habla de las minas a cielo abierto,” dice ella ahora. “Eso es lo que te harán en la cabeza. Cavarán y sacarán todos esos horribles recuerdos, espero. No los necesitamos más por aquí.” Da una palmadita a su rodilla.</p>
<p>Es un día sin nubes, no lo apropiado para este sobrio viaje. Ella conduce y Donald se deja llevar obedientemente, con la resignación de un anciano que llevan al asilo. Viajan a través del sureste de Illinois, mejor conocido como Pequeño Egipto por alguna oscura razón que Jeannette nunca ha comprendido. Donald sigue hablando, pero muy bajo, sin urgencia. Cuando dibuja el escenario, Jeannette piensa en los primeros días de su matrimonio, cuando hacían un viaje como este y reían histéricamente. Ahora Jeannette señala las cosas divertidas que ve. El Mundo del Hot Dog de Pequeño Egipto, Limpiadores Faraón, Tienda de ropa la Pirámide. Apenas se da cuenta que es ella la que maneja, y cuando ve una señal, Club Starlite de Pequeño Egipto, se siente confundida por un momento y se pregunta a dónde ha sido transportada.</p>
<p>Cuando se separan, él pregunta: “¿Qué le dirás a Rodney si no regreso? ¿Qué tal si me mantienen aquí indefinidamente?”</p>
<p>“Vas a regresar. Le diré que regresarás pronto.”</p>
<p>“Dile que me fui con Gran Bertha. Dile que me lleva de crucero, a los mares del sur.</p>
<p>“No. Tú mismo se lo dirás.”</p>
<p>Él comienza a cantar una tonadita nerviosa, “¿Me dejarás llevarte de crucero?” Gruñe y le toquetea las costillas.</p>
<p><span class="pullquote">“Vas a regresar,” dice ella.</span></p>
<p>Donald escribe desde el Hospital de veteranos diciendo que hace progresos. Hay pruebas de velocidad y se reúne con un grupo de terapia en el que todos los veteranos intercambian recuerdos. Jeannette ya no depende de la asistencia social porque ahora tiene un trabajo atendiendo el Restaurante de la Familia Fred. Atiende familias y espera que Donald regrese a casa para que vayan al restaurante y coman juntos como una familia. Los padres la miran cabizbajos y los chicos arrojan la comida. Mientras Donald está fuera, ella reacomoda los muebles. Lee algunos libros de la biblioteca. Piensa mucho. Sucede que aunque ella lo ama, piensa en Donald primeramente como un esposo, como un proveedor, alguien cuyo apellido comparte, el padre de su hijo, alguien como uno de los padres que viene los miércoles por la noche a la promoción “todo el pescado frito que pueda comer.” Nunca ha pensado en él como lo que es. No fue educada de esa manera, para examinar el alma de alguien más. Cuando se trata de algo muy profundo, nadie lo tomará para examinarlo, de la manera en que uno mira la ropa en las tiendas buscando desperfectos. Intenta explicar todo esto a The Rapist, y él dice que luce mejor, con brillo en los ojos. </p>
<p>“Vaya,” dice ella. “¿Es todo lo que puede decir?”</p>
<p>Lleva a Rodney al centro comercial, lo que más les gusta hacer juntos, incluso pese a que Rodney siempre ruega por comprar algo. Se acercan a la barra de perfumes Penney’s. Ahí, usualmente se rocía con una o dos botellitas de colonia –Chantilly o Charlie o algo fuerte. Hoy se rocía dos o tres y sale de Penney’s oliendo como una flor de jardín.</p>
<p>“¡Apestas!” se queja Rodney, arrugando la nariz como un conejo.</p>
<p>“Gran Bertha huele así, sólo que mil veces peor, es tan grande,” dice, impulsivamente. “¿No te lo dijo papi?</p>
<p>“Papá es un mensajero del diablo.”</p>
<p>Esta es una idea que debió tomar en la iglesia. Sus padres lo han estado llevando cada domingo. Cuando Jeannette intenta tranquilizarlo respecto a su padre, Rodney se muestra escéptico. “Tiene una mirada rara, como si pudiera ver a través de mí,” dice el niño.</p>
<p>“Extraña algo,” dice Jeannette, con una ráfaga de optimismo, una sensación de reconocimiento. “Algo le sucedió una vez que se llevó la parte con que muestra lo mucho que nos quiere.”</p>
<p>“¿Como cuando curamos al gato?”</p>
<p>“Eso creo. Algo así.” Lo apropiado de su comentario la deja pasmada, aunque en cierta forma su hijo siempre ha comprendido bien a Donald. Los dibujos de Rodney han sido cada vez más pacíficos últimamente, dibujos de árboles flacos y de avionetas volando bajo. Esta mañana hizo dibujos de hierba alta, con criaturas escondidas en ella. La hierba está inclinada hacia un lado, como si una ligera brisa pasara a través de ella.</p>
<p>Con su cheque de pago, Jeannette le compra a Rodney un regalo, un trampolín en miniatura que habían visto anunciado en televisión. Se llama Señor Rebote. Rodney está loco con el trampolín y salta en él hasta que su cara enrojece. Jeannette descubre que a ella también le gusta. Lo coloca afuera, en el pasto, y hacen turno para saltar.  Ella se hace una imagen de sí misma en el trampolín, su collar de marinero que aletea en el momento en que Donald regresa y la ve volando. Un día, un vecino manejando aminora la velocidad y le grita, mientras ella rebota: “¡Se te van a salir las tripas!” Jeannette comienza a pensarlo y la idea es tan horrorosa que deja de saltar tanto. Esa noche, tiene una pesadilla con el trampolín. En su sueño, está saltando sobre musgo suave hasta que de pronto se convierte en una pila elástica de cadáveres.</p>
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		<title>Don Draper lee a Jack Kerouac (y nos lo vende)</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Apr 2012 00:01:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adelaida Caro Martín</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>

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		<description><![CDATA[La conquista de lo cool]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A finales de los ochenta el norteamericano John Fiske escribió dos libros sobre la cultura popular (<em>Understanding Popular Culture</em> y <em>Reading the Popular</em>) que Thomas Frank menciona en un par de ocasiones en su <em>Conquista de lo cool</em> y que me sorprendieron, hace unos años, por su lectura de la apropiación de los objetos de consumo por parte de la cultura popular al tiempo que de la apropiación por parte del capitalismo de la cultura popular y la contracultura. El tema que, en mi nebuloso recuerdo, mejor mostraba el segundo fenómeno era el surf: del surfero californiano rebelde (ahora añadiríamos “y antisistema”) que viaja y duerme en su furgoneta, viste pantalones viejos, lucha con los elementos sobre su tabla y para culminar la jornada se fuma un porro y se bebe una lata de cerveza que ni siquiera está fría pronto se pasó a un rebelde casi impostado, utilizado por el capitalismo (ese ente invisible, maligno y ubicuo que todo lo devora, empezando por sus hijos) dentro de sus estrategias de marketing y convertido en el equivalente al comunista europeo de salón y gusto burgués por los buenos vinos, solo que con tabla. El tema reapareció más recientemente en la revista <em>The Believer</em>, y posteriormente en su antología <em>Read Hard </em>que editó Dave Eggers (quién si no) en 2009, esta vez de la mano de Peter Lunenfeld en un descorazonador texto titulado “Gidget on the couch” en que daba al traste con uno de los iconos de la contracultura y la rebeldía de todos los tiempos, abducido por las marcas caras y los programas de televisión. Parecía todo dicho y resuelto: el capitalismo es más listo, no importa lo rupturista e inconformista que se sea, la contracultura crea y él absorbe, restándole de paso todo sentido crítico. Del surf al rock (otro gran damnificado según los estudios), pasando por los pantalones vaqueros, la marihuana y el ácido lisérgico, por no hablar de la cocaína, droga por excelencia de los que tienen en el banco cuentas de al menos seis cifras. La única forma de ser contracultural parecía ser, a estas alturas, casarse a los veinticinco, tener rápidamente dos hijos, un perro, comprarse una casa en la periferia y preferentemente dedicar los ratos libres al encaje de bolillos, al punto de cruz, a la petanca o a esas cosas totalmente demodé. </p>
<p>Visto esto, el tema de <em>La conquista de lo cool</em> resultaba <em>a priori </em>poco novedoso aunque seductor, y realmente el libro da más de lo que promete. Porque el ensayo de Thomas Frank va más allá (mucho más allá) del surfero domado y de los adolescentes altasocietarios coreando <em>topic songs</em> de Bob Dylan y temas de los Sex Pistols y leyendo <em>Howl</em> con el cigarrillo en la mano y el jersey negro de cuello alto de <em>hipster</em> que le compró su madre en la tienda de moda. La tesis de Frank (fascinante y no puede negarse que convincente) es que el capitalismo no utilizó una contracultura que casualmente “pasaba por ahí” para utilizarla como objeto de consumo sino, y ahí está la audacia del autor, que la contracultura vino a reforzar algo que ya estaba ocurriendo en el mundo de la publicidad y que esta última fue lo suficientemente hábil como para absorberla de inmediato y en diversos niveles a lo largo de toda la década de los sesenta. Una década que corresponde además con la gran revolución de Madison Avenue, la que vemos en <em>Mad Men</em>: del imperio del <em>accountant</em> al imperio del <em>copywriter</em>, de las comilonas con diez martinis y puro de los socios de toda la vida a los jóvenes (y cada vez más jóvenes) creativos, del omnipresente traje de franela gris a los nuevos colores y tendencias de los recién llegados. </p>
<p>Frank lo relata en un texto tan serio y documentado que convence desde el primer capítulo hasta a los coleccionistas de ediciones de City Lights que atesoran el scroll de <em>On the Road</em> como su más preciado tesoro junto a grabaciones de Ginsberg en la Six Gallery y poesías de Ferlinghetti y Gregory Corso. Y todo en capítulos con títulos maravillosos como “¿Se siente marginado a causa del conformismo y la hipocresía de la sociedad de masas? ¡Tenemos un coche para usted!” o “El inconformismo, el estilo oficial del capitalismo”. El repaso de Frank va de la publicidad de coches y gaseosas a la moda masculina, todo tan prolijo en ejemplos y detalles que deja sin aliento: revistas especializadas, publicistas y agencias que dominaron el panorama de los cincuenta y sesenta, anuncios célebres, teóricos del tema, etc. Mención aparte merecen la publicidad de Volkswagen (del coche nazi al escarabajo del amor, en palabras del autor) con su utilización totalmente rupturista de la idea de obsolescencia, las campañas de Pepsi y su archienemigo Coca-cola (el que crea que el “¿Estás loco? Bebe Pepsi” es de los noventa no sabe lo que le espera) y la moda de caballero, que resulta haber sido el género más fósil de todo el mercado de consumo hasta la irrupción en los sesenta de lo que vino a llamarse “la revolución del pavo real”. </p>
<p><em>La conquista de lo cool</em>, muy hábilmente, no muestra solo cómo la publicidad empleó la estética de la contracultura para crear un público consumista diferente del que existía hasta entonces, sino que esta cultura del consumo es la misma que tenemos hoy en día: los ciclos de la moda, los iconos (contra)culturales, la obsolescencia de los objetos, la necesidad de una publicidad creativa que convenza también a los jóvenes cínicos y descreídos que no se fían de nada pero que acaban comprando sus productos o el valor de la juventud, ya sea cronológica o emocional, provienen de lo que se cocía en Madison Avenue en aquellos años.<br />
La pega del libro (siempre la hay) reside paradójicamente en sus propias virtudes: si ya estoy convencida de todos los postulados de Frank en el primer capítulo, ¿para qué seguir leyendo las 400 páginas restantes, notas y apéndices incluidos? Merece la pena leerlas, aunque por momentos agoten por su abundancia y detallismos, porque cada ejemplo afianza la tesis del libro y porque nos llevan en una línea del tiempo (de los cincuenta con sus anuncios de familias sonrientes a los noventa con la Generación X) hasta el actual statu quo del consumo y de una parte importante del mundo que nos rodea. Finalmente parece que todo empezó en los sesenta… solo que no como pensábamos.</p>
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		<title>Nuevos modos de tertuliar</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Apr 2012 03:53:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J.S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Notas]]></category>

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		<description><![CDATA[Culturamas presenta un ciclo de tertulias de escritores (en vídeo) ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a rel="attachment wp-att-7582" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/nuevos-modos-de-tertuliar/culturamas/"><img class="aligncenter size-full wp-image-7582" title="culturamas" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/culturamas.jpg" alt="" width="560" height="280" /></a></p>
<p>Me entero con un poco de retraso de una iniciativa que ha puesto en marcha la revista <a href="http://www.culturamas.es/"><em>Culturamas</em></a>, en colaboración con <a href="http://www.periodistadigital.com/ocio-y-cultura/libros/"><em>Periodista Digital</em></a> y que me gustaría compartir con Vds. Se trata de un ciclo -a lo que parece semanal- de tertulias grabadas en vídeo y guiadas por Lorenzo Rodríguez. En ellas se presentan en cada programa dos escritores de similares características y que charlan entre ellos con la excusa de un tema de interés para ambos.</p>
<p>La serie está coordinada por Javier Vázquez Losada y su duración está en torno a la media hora.</p>
<p>De momento -y si no se me pasa ninguno- estos son los programas que se han emitido:</p>
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<p style="text-align: center;"><a href="http://www.periodistadigital.com/ocio-y-cultura/libros/2012/04/13/tertulia-culturamas-literatura-libros-ocio-cultura-ignacio-valle-maria-zaragoza-cine.shtml">13-Abril-2012, con la presencia de Ignacio del Valle y María Zaragoza</a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.periodistadigital.com/ocio-y-cultura/libros/2012/03/29/culturamas-marcus-versus-martin-sotelo-habitacion-804-bailes-medio-siglo-libros-novela.shtml">29-Marzo-2012, con la presencia de Marcos Sotelo y Marcus Versus</a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.periodistadigital.com/ocio-y-cultura/libros/2012/03/23/inspiracion-helena-cosano-isabel-camblor-culturamas.shtml">23-Marzo-2012, con la presencia de Helena Cosano e Isabel Camblor</a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.periodistadigital.com/ocio-y-cultura/libros/2012/03/20/elvira-navarro-javier-gutierrez-literatura-internet-libros-lectura-cultura.shtml">20-Marzo-2012, con la presencia de Elvira Navarro y Javier Gutiérrez</a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.periodistadigital.com/ocio-y-cultura/libros/2012/03/12/culturamas-periodista-digital-novela-negra-carlos-salem-pedro-paz-senda-trazada-jamon-calibre-planeta-editorial-rba-libros.shtml">12-Marzo-2012, con la presencia de Carlos Salém y Pedro de Paz</a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.periodistadigital.com/ocio-y-cultura/libros/2012/03/02/lorenzo-rodriguez-david-roas-clara-obligado-tertulia-culturamas.shtml">29-Febrero-2012, con la presencia de David Roas y Clara Obligado</a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.periodistadigital.com/ocio-y-cultura/libros/2012/02/24/novela-negra-javier-marquez-periodista-digital-tertulia-culturamas-lorenzo-rodriguez.shtml">22-Febrero-2012, con la presencia de Marta Sanz y Javier Márquez</a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.periodistadigital.com/ocio-y-cultura/libros/2012/02/17/columna-periodistica-jorge-lorenzo-javier-diaz-revista-culturamas.shtml">15-Febrero-2012, con la presencia de Javier Lorenzo y Jorge Díaz</a></p>
<p style="text-align: center;">
<p style="text-align: left;">
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		<title>Duende</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Apr 2012 17:19:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Salavert</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[Una beatitud que no volverá a repetirse nunca más.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/04/duende/piano_2/" rel="attachment wp-att-7564"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/piano_2.jpg" alt="" title="" width="383" height="287" class="alignright size-full wp-image-7564" /></a></div>
<p>Yannis llegó a este país desde su Grecia natal cuando tenía doce años. No se puede decir que haya tenido una vida fácil, pero tampoco es que pase penurias. Desde hace varios años, Yannis trabaja de limpiador en la Biblioteca Nacional. Es un gran edificio repleto de libros y manuscritos que Yannis mira con cierto respeto pero también con algún recelo, pues sabe muy bien que los libros tienden una extraña tendencia a acumular el polvo, que para él, al fin y al cabo, es el enemigo en el medio laboral.</p>
<p>La rutina marca los días de Yannis igual que un director de orquesta ordena el ritmo de los músicos cuando interpretan una sinfonía. Hay un ritmo, una cadencia sin altibajos en sus días. Cargando un pequeño pero potente y ruidoso aspirador a sus espaldas, Yannis realiza religiosamente su diario recorrido, abriendo y cerrando puertas, limpiando, aspirando.</p>
<p>Hubo un tiempo, hace ahora unos treinta años, en que Yannis habría querido probablemente tener otra vida. Tras una rara visita a su Atenas natal quedó prendado de la magnificencia de la arquitectura de la Grecia clásica, y llegó a imaginarse arquitecto, o como mínimo delineante. También le tenía cierta querencia a la escultura, pero nunca sintió que con sus manos pudiera llegar a expresarse con plenitud.</p>
<p>Hoy, sin embargo, está teniendo lugar un acontecimiento totalmente inusual en el espléndido hall de entrada de la Biblioteca. Un maestro pianista está interpretando un concierto. El propio Yannis ha visto esta mañana cómo descargaban con sumo cuidado el piano desde un camión, trasladándolo con mimo al interior del edificio de la Biblioteca Nacional y finalmente acomodándolo en el piso del salón con más cariño y delicadeza que a una amada.</p>
<p>Yannis no está para nada familiarizado con la música; de hecho, desde que trabaja en la Biblioteca, su indiferencia a todo lo que tenga un mínimo atisbo de cultura se ha acrecentado, pero conforme se iba acercando al salón, algo le ha sucedido al escuchar la progresión armoniosa de las notas del piano. Ha subido silenciosamente por las escaleras en dirección a la planta primera, que es la que le corresponde limpiar esta noche, mientras el maestro está interpretando una pieza de aire triste, melancólico.</p>
<p>Yannis se ha detenido justo a mitad de las escaleras, allí donde hay un rellano que le permite mirar hacia su derecha y contemplar en toda su magnitud el vestíbulo. Desde allí tiene la mejor vista, mucho mejor incluso que los que están sentados en la primera fila del auditorio, diplomáticos y gerifaltes de la escena cultural local y nacional, amén de los muchos amigos del buen vino y los canapés que suelen servirse en estos eventos. Elevado unos seis o siete metros por encima del piano y del hombre que, vestido con chaqueta y pantalón blanco y sentado en una banqueta recubierta de exquisito terciopelo, está extrayendo puro embrujo de esas teclas blancas y negras, Yannis puede observar el movimiento primoroso de las manos del pianista.</p>
<p>Yannis no lo sabe, pero las piezas que el pianista interpreta se encuentran, muy posiblemente, entre las más difíciles de cualquier repertorio moderno: se trata de la suite <em>Iberia</em> del maestro español Isaac Albéniz. Lo único que Yannis cree reconocer mientras escucha embelesado la música que se alza sutil hacia las escaleras y las alturas donde él se halla es alguna traza del mar Mediterráneo donde durante muchos años él fue niño, y del cual recuerda colores, sonidos y una belleza que nunca acabó de encontrar en esta tierra semidesértica donde vive.</p>
<p>Se ha detenido a estudiar cómo se mueven las manos del maestro. Contempla su desplazamiento por las teclas, con elegante suavidad pero ágiles a un tiempo, y los melódicos acordes penetran en sus oídos e inundan su corazón, provocándole una sensación que alguien que no conozca a Yannis podría ingenuamente identificar como próxima a la dicha. Es ciertamente hermosa, la música. Tan hermosa, que por un brevísimo instante su cerebro no registra la correlación entre las manos del maestro y la composición que está sonando y cautivando sus sentidos.</p>
<p>Yannis se fija de nuevo en el arte de las manos, en esa prodigiosa destreza y exactitud que le demuestran tener los dedos de ese hombre ya mayor, un destacado veterano del circuito que interpreta las piezas sin tener delante una partitura, haciendo gala de una técnica y una pericia inimitables, que Yannis no posee ni poseerá jamás.</p>
<p>Los entendidos, de los que entre el público puede que haya dos o tres representantes, saben que lo que esta noche brota invisible del piano es puro duende, es algo indefinible y ciertamente inexpresable, pero tienen conciencia clara y diáfana de su presencia. Atrapado por el duende, Yannis olvida por unos momentos que se halla en horario de trabajo, y entrega cándido su alma al deleite de la música.</p>
<p>Un buen observador verá que hay algo inenarrable no solamente en su mirada abstraída, sino también en todos sus sentidos apresados por el duende de la más dichosa armonía, en una beatitud que no volverá a repetirse nunca más. Es única.</p>
<p>Apenas un par de minutos después, el maestro ha concluido la segunda parte del concierto, y el público ha premiado su arte con una cerrada ovación. También Yannis ha querido unirse al aplauso, y palmotea con muchas ganas, a pesar del peso de la aspiradora que carga en sus espaldas. Incluso se oye algún ‘¡Bravo!’ improcedente. Pero el maestro no levanta la vista en dirección a Yannis, y tras inclinarse un par de veces se ha retirado al camerino, donde posiblemente se tomará un vaso de agua, y tratará de relajarse antes de regresar al vestíbulo para dar fin al concierto.</p>
<p>Algo se ha alterado irremediablemente en Yannis, pero ninguno de los presentes ha podido percibirlo, porque nadie ha reparado en su figura elevada por sobre el salón de actos. El hechizo de la música ha estallado en mil pedazos, y Yannis ha vuelto a su rutina.</p>
<p>Invisibles para todos, incluso para la muchacha filipina –Lauren Mercado, natural de Mindanao– que más tarde pasará la enceradora por el piso de mármol lechoso de la Biblioteca, y con quien Yannis se ha cruzado, hay en la conciencia del limpiador rescoldos de un desengaño ilógico, vestigios de una humillación inexplicable, sinsabores de un sonoro fracaso vital del que nadie sabe nada.</p>
<p style="text-align: center;">*****</p>
<p>El maestro ha retomado su asiento y se concentra antes de dar inicio a la pieza con la que abrirá la tercera parte, la final, del programa. Al mismo tiempo, a apenas unos quince metros en la planta superior, en una de las salas que albergan al equipo de dirección de la Biblioteca, Yannis ha insertado la clavija del cable de la aspiradora en el enchufe de la toma eléctrica y se dispone a continuar con su jornada laboral.</p>
<p>La puerta ha quedado abierta de par en par.</p>
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		<title>Los viajes después del viaje</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Apr 2012 16:44:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gerardo Piña</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[Combray]]></category>
		<category><![CDATA[Marcel Proust]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[nostalgia]]></category>
		<category><![CDATA[viaje]]></category>

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		<description><![CDATA[Encontrar a Proust o a uno mismo]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>L’œuvre est infiniment supérieure à l’auteur. Ah ! voilà quelqu’un qui donne raison à l’homme d’esprit qui prétendait qu’on ne doit connaître les écrivains que par leurs livres</em>.</p>
<p>De 2001 a 2005 viví en Inglaterra, donde hice mis estudios de doctorado. Estudié en la University of East Anglia, en la ciudad de Norwich, y durante esos años viajé poco por Europa. La mayor parte del dinero de la beca y de las clases que daba en la universidad se nos iba (a mi esposa y a mí) en pagar la renta y hacer las compras; otra buena parte se me iba (sólo a mí) en comprar libros.</p>
<p>Estuve en Francia algunos días de verano, otoño e invierno entre 2001 y 2004. Pero debo decirles que en París no me subí a la Torre Eiffel, no fui al Moulin Rouge, no visité la tumba de Napoleón y tampoco entré al Museo Pompidou. No me enamoré ni me emborraché con vino barato o champagne en París. De hecho, conocí algunos cafés, algunas salas del Museo d’Orsay, y apenas estuve un par de horas en el Louvre. Los motivos de mi falta de vocación turística no vienen a cuento ahora, pero mencionaré que nunca me he sentido atraído por las multitudes y que rara vez hago caso de los consejos y advertencias de otros turistas. En esa ciudad, por ejemplo, hablé en mi pobre y malo francés con todo mundo y nadie pretendió no comprender lo que decía. De hecho, las personas hacían esfuerzos por entenderme. La respuesta de los parisinos fue amable a pesar de que en ese tiempo mi competencia lingüística francesa era como la de un niño de tres años (ahora, después de tanto tiempo sin practicarlo, mi francés está bastante oxidado). En París compré antibióticos sin receta, comí varias veces —y por muy poco dinero— en una cadena de restaurantes que parecían una Fnac de comida, caminé por parques bellísimos y, sobre todo, leí. Recuerdo que la última vez que estuve en París leí un libro de cuentos de Enrique Serna, un excelente escritor mexicano, y una novela de Haruki Murakami (en inglés). Me gustaría tener anécdotas interesantes —o por lo menos tener anécdotas— de mis tres brevísimos viajes a París, pero no las hay. Sin embargo, hay tres lugares de Francia que llevo conmigo a todas partes: Arles, Carcassonne e Illiers-Combray.</p>
<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/04/los-viajes-despues-del-viaje/interieur-maison-proust-2/" rel="attachment wp-att-7474"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/Intérieur-Maison-Proust1-600x483.jpg" alt="" title="" width="600" height="483" class="alignright size-large wp-image-7474" /></a>
<div class="credit">Interior de la casa de Proust</div>
</div>
<p>De los primeros dos les hablaré en otro momento, pero con respecto a Illiers-Combray debo decirles que me sorprendió que existiera ese lugar. Un amigo que es un escritor holandés y un lector muy aficionado a las obras de Proust me invitó a hacer ese viaje. Yo creí que en el siglo veinte ya nadie nombraba los lugares a partir de las obras de ficción, como antes hicieran quienes bautizaron la Patagonia en honor a ciertos gigantes de las novelas de caballerías. Menos aún, si el lugar en cuestión ya tiene su propio nombre (Illiers). La influencia de Proust era mucho mayor de la que yo suponía. Es más, tiene una fuerza que envidiarían algunos escritores latinoamericanos (que yo sepa, no existen Comala ni Macondo fuera de los libros.) Pero daba igual que Illiers-Combray existiera en algún lugar de Francia, porque al visitarlo yo conocería mi propio Illiers-Combray. Como dice el narrador de <em>A la recherche du temps perdu</em>:</p>
<blockquote><p>Combray n’avait consisté qu’en deux étages reliés par un mince escalier, et comme s’il n’y avait jamais été que sept heures du soir. A vrai dire, j’aurais pu répondre à qui m’eût interrogé que Combray comprenait encore autre chose et existait à d’autres heures. Mais comme ce que je m’en serais rappelé m’eût été fourni seulement par la mémoire volontaire, la mémoire de l’intelligence, et comme les renseignements qu’elle donne sur le passé ne conservant rien de lui, je n’aurais jamais eu envie de songer à ce reste de Combray. Tout cela était en réalité mort pour moi.</p></blockquote>
<p>La memoria de mi inteligencia (que no es algo para presumir) no reconoció en ese pequeño pueblo de callejones estrechos y empedrados, ni en la Maison de Tante Léonie, ni en los murales y los souvenirs, el mundo de <em>Du côté de chez Swann</em>. Había leído <em>À la recherche du temps perdu</em> dos años antes —algunas partes en francés con un diccionario al lado y otras en una traducción inglesa—, pero poco de lo que ahí veía evocaba mi lectura de Proust. Me pareció que el guía de turistas de la Maison de Tante Léonie hablaba muy rápido, así que no pude comprender algunas cosas, pero noté que un par de visitantes estaban fascinados al encontrar detalles de los varios nombres de personajes, objetos y demás referencias de la novela en esa casa. Yo me preguntaba: «¿Cómo pueden recordar tantos nombres de personajes y tantos objetos que aparecen en la novela?» Para mí, el mundo de <em>A la recherche…</em> era más una incertidumbre que una constatación de referentes.</p>
<p>Era divertido observar los muebles de la casa y la disposición de los mismos, porque de acuerdo con el guía de turistas, en el museo habían respetado cuidadosamente la distribución de los objetos referida en la novela. La parte que más me gustó de la casa fue la cocina. De hecho, creo que las cocinas francesas son las más bellas que conozco y ésta es especial; es la única cocina en la que he encontrado una jarra de cerámica para preparar el agua de seltz.</p>
<p>El momento más extraño dentro de la casa-museo no fue el descubrir que hay sociedades de amigos de Proust y de amigos de estos amigos, pues recaban fondos para absolutamente todo lo que pueda encontrarse dentro de la gran novela sobre el tiempo y la memoria. Tampoco fue el saber que estaba prohibido tomar fotografías y no para evitar que se dañaran los objetos, pinturas, etcétera, sino porque ahí venden ya fotografías autorizadas de la casa. El momento más extraño fue cuando nos mostraron las fotografías de varias personas en quienes (de acuerdo con el guía de turistas) Proust se había basado para construir sus personajes.</p>
<p>¿Pueden ustedes imaginar a Madame Bovary? Probablemente la mayoría de ustedes responderá ambiguamente a esa pregunta. Desde luego que pueden imaginarla, sobre todo mientras leen la novela de Flaubert, pero si les pidiera que describieran su rostro sería más difícil y si alguien les pidiera que la dibujaran o hicieran un retrato hablado de Emma, lo más probable es que el resultado fuese irreconocible aun para ustedes mismos. Y no me refiero a la decepción obvia y casi esperada con la que nos topamos la mayoría de las veces que vamos al cine a ver una película basada en una novela y sabemos (no sabemos cómo, pero sabemos) que así no era tal personaje. Hablo de que aún para nosotros mismos hay imágenes construidas a fuerza de lectura, de ejercitar la imaginación, de compartir las emociones de un autor y de incorporar voluntaria e involuntariamente nuestras experiencias vivenciales y literarias al momento de leer, y por ello no nos resulta fácil sintetizarlas en una fotografía o en una cucharita. Un rostro literario no es sólo la identificación de ciertos rasgos que lo distinguen de otros; es un cúmulo de sensaciones e imágenes vagas que se superponen a los gestos, a la invocación del nombre que designa a ese rostro.</p>
<p>El retrato de la mujer que sirvió de modelo de Odette, al igual que los de quienes (de acuerdo con el guía de turistas) le habían servido a Proust para personificar a M. de Charlus y a M. Swann me provocaron una incomodidad similar a la que sentimos cuando alguien a quien apenas conocemos nos muestra las fotografías de sus hijos. Al salir de la Maison de Tante Léonie me sentí liberado, pero no sabía de qué.</p>
<p>Pasamos buena parte del día en Illiers, lo recorrimos todo incluyendo sus bellos jardines y todavía tuvimos tiempo de visitar la catedral de Chartres, sin duda una de las más bellas que he visto. Esa noche, de vuelta a París, tenía la sensación de que no había sabido apreciar ese viaje. Pensaba que si bien Illiers me había parecido un lugar muy bonito, <span class="pullquote">no había encontrado a Proust</span> en él y sólo yo tenía la culpa. También pensaba que quizás debí leer la novela con más atención, informarme desde antes sobre los detalles de la zona, leer algunos cuantos libros sobre Proust y sobre los viajes proustianos. Me sentía un poco decepcionado porque esa lectura me había supuesto un gran esfuerzo. No sólo había sido difícil la lectura por sí misma; además había tenido que intercalar los volúmenes de <em>À la recherche… </em>entre las lecturas de mi investigación de doctorado durante año y medio. Esa noche concluí que simplemente había puesto muchas expectativas en ese viaje.</p>
<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/04/los-viajes-despues-del-viaje/illiers-combray/" rel="attachment wp-att-7476"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/Illiers-Combray-600x418.jpg" alt="" title="" width="600" height="418" class="alignright size-large wp-image-7476" /></a>
<div class="credit">Illiers-Combray</div>
</div>
<p>Después de esta anécdota, tal vez se pregunten por qué ese lugar es uno de los que más aprecio de mis breves viajes por Francia, si tiene más el aspecto de un viaje poco agradable. Para responderles les contaré lo que ocurrió cuatro años después. En 2008 salió publicada mi primera novela, <em>La última partida</em>. Durante una entrevista para un programa de radio me hicieron una pregunta que era de esperarse, pero en la que yo no había pensado: "¿Qué autores han influido en su trabajo como escritor?» Recuerdo que mi primer impulso fue responder: "Proust", pero por fortuna alcancé a detenerme antes de decirlo. Además de que habría sonado pedante, no habría sabido qué más decir si el entrevistador me hubiera pedido que ahondara en mi respuesta. (Habría quedado como un pedante y un fatuo; demasiado para alguien con una sola novela publicada.) Mencioné los nombres de autores que en realidad no sé si me han influido, pero que me gustan.</p>
<p>Más tarde me pregunté por qué habría pensado en Proust como una de mis influencias (¿o por qué mi inconsciente así lo pensaba?) Es un autor que no releo y de cuya obra he olvidado muchos detalles. Para que entiendan mi sorpresa les diré que mi novela está situada en una ciudad que no existe, pero que de existir estaría en el polo norte. Es una novela de fantasmas o de corte fantástico, tiene una extensión de ciento veinte páginas y está escrita con oraciones bastante cortas. Recuerdo que entonces supuse que tal vez había pensado en Proust porque alguien en una reseña escribió que mi novela era psicológica (como si alguna no lo fuera).</p>
<p>Tendría que pasar casi un año más, una tarde en que después de conversar con un amigo acerca de las novelas que más nos gustaban, para darme cuenta de que Proust era una influencia en mi trabajo como escritor no por la anécdota de lo que él había escrito sino por la relación que la experiencia y la literatura guardan en su obra. En esa ocasión recordé mi viaje a Illiers-Combray no como quien recuerda cronológicamente los hechos de un viaje sino como probablemente a Proust le hubiera gustado que lo hiciera: como una sensación bastante clara en el interior, pero muy difícil —si no imposible— de narrar. Recordé ese viaje como una imagen donde varias imágenes confluían a manera de una sinestesia : "La mémoire, au lieu d’un exemplaire en double, toujours présent à nos yeux, des divers faits de notre vie, est plutôt un néant d’où par instant une similitude actuelle nous permet de tirer, ressuscités, des souvenirs morts". Era un conjunto de imágenes que evocaban más que el lugar en sí (porque podía ver los jardines, las calles estrechas de Illiers con bastante claridad en mi recuerdo) lo que para mí estaba representando entonces ese viaje. Me miré como cuando uno se mira en un sueño, con cierta nostalgia, porque entonces pensaba en lo mucho que había querido conocer el lugar donde Proust había pasado su infancia, pero también en lo poco que disfruté ese viaje por desconocer varias referencias históricas sobre él y su obra. Además de esa nostalgia experimenté también una gran emoción al recordar que esa noche pensaba por qué no le había preguntado al guía de turistas o a los otros dos expertos en Proust qué pensaban acerca de la novela. ¿La habrían leído completa tres, cuatro veces?</p>
<p><span class="pullquote">En esa ocasión sentí cierta ternura por el escritor que yo era entonces</span> y comprendí que las preguntas que yo pensaba aquella noche de regreso de Illiers; es decir, las preguntas que yo creía que debí haber formulado esa tarde, en realidad debían haber ido en la línea de: «¿Qué piensan ustedes sobre el hecho de que el narrador de <em>À la recherche…</em> no tenga nombre y estemos aquí, como habrán estado ya y habrán de estar miles de personas más, basados en una asunción y no en un hecho?» Porque el narrador dice que si su nombre fuera el del autor, se llamaría Marcel, pero no lo tiene; ningún personaje se dirige a él llamándole Marcel. Sin embargo, todo (el ?) mundo da por hecho que ese narrador era el propio Marcel Proust : « Dès qu’elle retrouvait la parole elle disait : "Mon" ou "Mon chéri" suivis l’un ou l’autre de mon nom de baptême, ce qui, en donnant au narrateur le même nom qu’à l’auteur de ce livre, eût fait : "Mon Marcel", "Mon chéri Marcel" » . ¿A qué otro nombre aludido en la cita se refiere el narrador? ¿A Valentin, Louis, Georges o Eugène? (Todos, nombres que preceden al de Marcel Proust.) En esa cita, la única referencia al nombre del narrador que yo encontré en mi lectura hay un claro énfasis en separar (paradójicamente al momento de jugar con la idea de una identificación) las entidades del autor y el narrador. Decir: « …en donnant au narrateur le même nom qu’à l’auteur de ce livre »  no es lo mismo que afirmar que ambos son el mismo. ¿Qué pensaban los lectores obsesionados con los fetiches de Proust de que el narrador de <em>À la recherche…</em> no tuviera un hermano como el que tuvo el propio Marcel? (Porque se trata de alguien con un carácter muy distinto al suyo, que como personaje habría servido magníficamente para resaltar la personalidad del narrador si lo que hubiera querido Proust fuera retratar su vida y no inventar otra a través de un personaje distinto.) Tal vez su gran novela no era una autobiografía disfrazada después de todo. ¿Sabían esos expertos dónde comenzó la idea de que debíamos imaginar a Albertine y a las otras muchachas en flor como hombres, sólo porque el autor era homosexual? ¿Por qué debía leer en Bergotte a alguien más que Bergotte? y, por último, ¿por qué pensaban que uno estaría más interesado en buscar la literatura fuera de la literatura?</p>
<blockquote><p>Car ces après-midi-là étaient plus remplis d’événements dramatiques que ne l’est souvent toute une vie. C’était les événements qui survenaient dans le livre que je lisais ; il est vrai que les personnages qu’ils affectaient n’étaient pas «réels», comme disait Françoise. Mais tous les sentiments que nous font éprouver la joie ou l’infortune d’un personnage réel ne se produisent en nous que par l’intermédiaire d’une image de cette joie ou de cette infortune.</p></blockquote>
<p>¿Será útil o al menos razonable que la finalidad principal de hacer una lectura tan extensa y desafiante como es <em>À la recherche…</em> sea comparar sus datos con una biografía? Al final, los datos biográficos e históricos que hallé en Illiers no me dijeron más sobre la novela que lo que el propio autor quiso y pudo decir en ella. Esa tarde, la tarde en que me di cuenta de todo esto, comprendí que como autor de obras de ficción, la impronta proustiana que había quedado en mí era la de emplearme a fondo para que mis lectores experimentaran una vivencia particular a través de las palabras, una experiencia que no tenga que cotejarse con las otras experiencias que también ocurren en la realidad, pues la ficción no es opuesta a la realidad en tanto que la imaginación no es algo opuesto a —sino parte de— nosotros.</p>
<p>Poco importaba para mí que lo que yo escribiera fuese o no realista. Después de todo, el realismo también es un género literario. Lo que descubrí años después de esa lectura fue que <em>À la recherche…</em> no era una gran novela por ser realista sino por su capacidad de llevar al lector a un mundo verdaderamente propio. Y como ese mundo también está construido por la imaginación (una imaginación conformada por las experiencias y las lecturas previas del autor y del lector) era perfectamente normal que Illiers no me llevara a encontrarme con mi propia lectura de Proust, pero sí a reconocer ese lugar como la prueba espacial y simbólica de que una obra literaria también es una entidad que conforma nuestra experiencia a la manera de los viajes reales. Es decir, así como hay personas que afirman que la lectura es en sí misma un viaje, porque al hacerlo el lector no sólo se transporta a ciertos lugares y épocas, sino también al interior de algunos personajes, el recuerdo de Illiers representa para mí la constatación de que mi lectura de <em>À la recherche… </em>sólo está dentro de mí y junto a muchas otras lecturas igualmente provocadoras.</p>
<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/04/los-viajes-despues-del-viaje/chambre-de-marcel/" rel="attachment wp-att-7477"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/Chambre-de-Marcel-600x399.jpg" alt="" title="" width="600" height="399" class="alignright size-large wp-image-7477" /></a>
<div class="credit">Habitación de Proust</div>
</div>
<p>No podía involucrarme en la observación minuciosa de tantos objetos, nombres y fechas que supuestamente obedecían lo dictado por el novelista en su gran novela y que me eran mostrados como revelaciones, porque todo eso era para mí una gran ficción. No lo digo en el sentido de la ficción como mentira sino como una irrealidad basada en otra porque Illiers ya no es el Combray de Proust, ni la casa de su tía es la casa en la que él se inspiró para describir algunos espacios y algunas escenas de su obra. Sentía que por muy interesante que resultara toda esa información sobre Proust, poco o nada agregaba a los recuerdos y a las emociones despertadas por el cuidado de esa prosa y por su deslumbrante inteligencia. Podrían desaparecer la Maison de Tante Léonie y todos sus muebles, podrían desaparecer también las fotografías de las personas en quienes supuestamente Proust se basó para construir a sus personajes. De hecho, podrían desaparecer los datos personales del propio autor y esa novela seguiría siendo una pieza artística extraordinaria por lo que queda después de su lectura; es decir, según el propio Proust, por su olor y su sabor.</p>
<blockquote><p>Mais, quand d’un passé ancien rien ne subsiste, après la mort des êtres, après la destruction des choses, seules, plus frêles mais plus vivaces, plus immatérielles, plus persistantes, plus fidèles, l’odeur et la saveur restent encore longtemps, comme des âmes, à se rappeler, à attendre, à espérer, sur la ruine de tout le reste, à porter sans fléchir, sur leur gouttelette presque impalpable, l’édifice immense du souvenir.</p></blockquote>
<p>La memoria se yergue como un edificio en esta cita, un edificio cuyos cimientos son inmateriales. La lectura y los recuerdos son, pues, inmateriales, pero conforman el edificio que somos también nosotros. Nos erigimos como memorias andantes cuyos recuerdos no están siempre a la mano ni siempre en el lugar donde creíamos haberlos dejado, pero con la convicción de que esos recuerdos conforman no un cuarto propio ni un Combray «[Qui] n’avait consisté qu’en deux étages reliés par un mince escalier, et comme s’il n’y avait jamais été que sept heures du soir» , sino un mundo absolutamente propio. Un mundo en el que trazamos la geografía de nuestras prioridades y asombros, pero en el que hay cataclismos, estaciones cambiantes y fenómenos inesperados que también transforman esa geografía superponiendo nuestros gustos y temores de infancia con los actuales (e.g., el amor más antiguo con el que duró apenas unos momentos), aunque también haciendo coincidir ciertas preferencias a través de los años que nos sirven de hilo conductor en la narrativa que es nuestra propia historia y que nos permiten reconocernos a nosotros mismos.</p>
<p>Me gusta saber que Illiers-Combray existe como la materialización de un mundo que nació en la imaginación de Proust y que continúa enriqueciéndose con la voluntad y la imaginación de muchas personas más. Todas ellas, sin duda, comprometidas en mayor o menor medida con preservar el recuerdo de un autor y de varios referentes de una época. Sé que podré visitarlo una o más veces en mis próximos viajes a Francia y sé que si lo hago, encontraré en esa materialidad nacida por las palabras de una novela, mucho más que en mi primera visita, porque Illiers-Combray habrá cambiado (mucho menos que yo, pero habrá cambiado). Espero que para entonces más que muchas relecturas de <em>À la recherche du temps perdu</em> o lecturas eruditas sobre Proust y su época, me acompañen una gran capacidad de asombro y una gran curiosidad; en suma, espero que pueda leer ese lugar como uno relee una carta guardada en un baúl después de muchos años.</p>
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		<title>Un fin de semana de audiolibro: Cuentos Sueltos</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Apr 2012 22:07:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J.S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Notas]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos Sueltos]]></category>
		<category><![CDATA[La Sonora]]></category>
		<category><![CDATA[Rodrigo Fuentes]]></category>
		<category><![CDATA[Stefan Benchoam]]></category>
		<category><![CDATA[Suelta]]></category>

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		<description><![CDATA[Ficción breve latinoamericana leída por los propios autores]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1><em> </em><a rel="attachment wp-att-7511" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/un-fin-de-semana-de-audiolibro-cuentos-sueltos/portada-sonora2-copy/"><img class="aligncenter size-large wp-image-7511" title="Portada Sonora2 copy" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/cuentos-sueltos_705-600x600.jpg" alt="" width="540" height="540" /></a></h1>
<p>La revista <em>Suelta</em> -<a href="http://sueltasuelta.es/">aquí</a>- es un proyecto latinoamericano surgido en Guatemala que busca una conversación entre el arte y la literatura del momento. Cada dos semanas sacan dos nuevas obras de arte y dos nuevos textos. El proyecto editorial está dirigido por Stefan Benchoam (arte) y Rodrigo Fuentes (literatura).</p>
<p>Aparte de la revista, llevan adelante más proyectos. Uno de ellos, y del que nos interesa hablarles hoy, es el audiolibro <em>Cuentos Sueltos (nueva ficción latinoamericana)</em> realizado por la <em>Suelta</em> para la audioteca en línea<em> La Sonora -</em><a href="http://lasonora.org">aquí</a><em>-. </em></p>
<p>Se trata de textos leídos por los propios autores. El listado de escritores incluye los siguientes nombres:</p>
<blockquote><p>Inés Bortagaray, Giovanna Rivero, Edmundo Paz Soldán, Liliana Colanzi,  Juan Sebastián Cárdenas, Federico Guzmán Rubio, Eduardo Halfon, Sofi  Richero, Luciano Lamberti, Guillermo Barquero, Rodrigo Hasbún, Wingston  González y Javier González.</p></blockquote>
<p>Para descargar el audio en formato <em>zip</em> (72,3 megas) pueden pinchar <a href="http://sueltasuelta.es/proyectos">aquí</a>.</p>
<p>Sean felices hasta el lunes.</p>
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		<title>La increíble máquina aforística</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Apr 2012 03:08:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J.S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Notas]]></category>
		<category><![CDATA[Albert Lladó]]></category>
		<category><![CDATA[Ginés S. Cutillas]]></category>

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		<description><![CDATA[Aforismos a go-go]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a rel="attachment wp-att-7499" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/la-increible-maquina-aforistica/la-maquina-online-creada-por-g_54281187674_53389389549_600_396/"><img class="aligncenter size-full wp-image-7499" title="La-maquina-online-creada-por-G_54281187674_53389389549_600_396" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/La-maquina-online-creada-por-G_54281187674_53389389549_600_396.jpg" alt="" width="599" height="396" /></a></p>
<p>El ingeniero y escritor Ginés S. Cutillas (Valencia, 1973), autor de <em>Un koala en el armario</em> (Cuadernos del Vigia, 2010) y <em>La biblioteca de la vida</em> (Fundación Drac, 2007), acaba de anunciar el nacimiento de su proyecto <em>La increíble máquina aforística</em>.</p>
<p>Según le contaba hace unos días al periodista Albert Lladó, se trata de:</p>
<blockquote><p>"Un artefacto patafísico que combina palabras para fabricar aforismos  bajo demanda y que utiliza como semilla un sustantivo y/o un adjetivo  proporcionado por el usuario" <sup class='footnote'><a href='#fn-7495-1' id='fnref-7495-1'>1</a></sup></p></blockquote>
<p>Al parecer ya Marcel Bénabou, miembro del Oulipo, planteó esta máquina a nivel teórico y lo menciona Georges Perec en su ensayo <em>Pensar/Clasificar</em>.  Más tarde, implementa la idea en un rudimentario programa de ordenador otro oulipiano y patafísico llamado Paul Braffort, cuenta Cutillas, quien para su máquina ha contado con el diseño de Tania Romo.</p>
<p>La mejora de Cutillas sobre los planteamientos previos sería que:</p>
<blockquote><p>"La Increíble Máquina Aforística aporta el uso bajo el paradigma del la  web 2.0, donde son los propios usuarios los que alimentan el glosario de  palabras,  influyendo así en su comportamiento futuro, además del  carácter internacional y multiusuario de la que la original carecía.  Incorpora también un sistema de votación para elegir entre todos los  aforismos más acertados".</p></blockquote>
<p>Si quieren probar el funcionamiento de la máquina y ver qué tal, pueden hacerlo<a href="http://www.laincreiblemaquinaaforistica.com/"> aquí</a>.</p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-7495-1'>Albert Lladó. <em>La increíble máquina aforística</em>. <a href="http://www.lavanguardia.com/cultura/20120404/54281790158/maquina-aforistica.html">La Vanguardia. 04-04-2012</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-7495-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Servicio de alta mar</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Apr 2012 04:58:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Craig Cliff</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[australia]]></category>
		<category><![CDATA[barcos carboneros]]></category>
		<category><![CDATA[chinos]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[ficción]]></category>
		<category><![CDATA[helicópteros]]></category>
		<category><![CDATA[mar]]></category>
		<category><![CDATA[Nueva Zelanda]]></category>
		<category><![CDATA[putas]]></category>

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		<description><![CDATA[Curioso lo que pueden hacerle a uno demasiadas respuestas negativas]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/04/servicio-de-alta-mar/g_barco1/" rel="attachment wp-att-7448"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/g_barco1.jpg" alt="" title="" width="447" height="300" class="alignright size-full wp-image-7448" /></a></div>
<p>“¿Cómo se le dice a un kiwi que tiene un harén?” preguntó Bernie por el intercomunicador sin apenas esperar una respuesta. “Pastor.”</p>
<p>“Muy agudo, Bernie,” le dijo Antón. Tiró suavemente de la palanca de paso variable y nos elevamos por encima de la pequeña laguna y los arbolitos desvaídos, camino de la costa. Me incliné hacia adelante y pude ver la arena, atigrada durante la marea baja.</p>
<p>Bernie se giró hacia mí. “Estás muy callado ahí detrás, Kiwi.”</p>
<p>“Estoy bien.”</p>
<p>“Es la primera vez que subes en uno, ¿verdad?”</p>
<p>“La primera que vuelo en uno, sí.”</p>
<p>“Un pájaro solamente se siente vivo en el aire”, me dijo, y pareció satisfecho de su momento Zen. Para luego añadir: “Excepto si se trata de un kiwi…”</p>
<p>Bernie me recordaba a los hombres con quienes había hablado en las minas. Tenía el mismo color de piel, excesivamente rojiza, e iba vestido como ellos, con una camisa de manga corta, unos pantalones cortos habanos y botas de puntera de acero. Antes de que empezara con sus chistes, antes de que abriera la boca, yo ya sabía que no me caía bien.</p>
<p>Dejamos a un lado la segunda de dos pequeñas islas y torcimos a la derecha. Atisbé por vez primera los cargadores de carbón en el extremo de dos estrechos muelles que parecían curvarse con la Tierra. Había tres barcos atracados, cargando carbón. En el puerto había docenas de barcos anclados, algunos de ellos no eran más que puntitos en el horizonte. Pasó otro helicóptero a nuestra izquierda, de regreso a la costa.</p>
<p>“Nuestro destino es aquél”, dijo Antón para provecho mío, mientras señalaba un buque de casco rojinegro y mugriento que se hallaba en mitad del fondeadero.  “El <em>Santa María</em>. Es un Panamax. Siete bodegas, solamente. No es tan grande como los de cabotaje, que pueden llegar a tener nueve bodegas y hasta trescientos metros. En éste, la cubierta de aterrizaje queda hacia popa.”</p>
<p>“¿Y eso no lo hace difícil cuando el mar está picado?” pregunté. “El barco se moverá menos en el centro.”</p>
<p>Vi cómo Bernie y Anton intercambiaban miradas en los asientos de delante.</p>
<p>“Es verdad”, dijo Bernie, “pero estas criaturas aguantan bien un poco de movimiento.”</p>
<p>“Y no es que esta bahía sea famosa por su oleaje”, añadió Antón.</p>
<p>“Pero esto de aterrizar en el mar tiene su truco”, añadió Bernie, que se estaba animando. “El barco cabecea y se bambolea, la elevación de la pista cambia, y el otro mar, el invisible –el aire– que tira de ti y te empuja, como siempre.”</p>
<p>“El amigo Bernie puede pilotar cualquier cosa”, dijo Antón. “De ala fija, autogiros, planeadores. ¿A que sí, Bernie?”</p>
<p>“De todo, yo he pilotado de todo.”</p>
<p>“¿Por qué no estás hoy a los mandos?”</p>
<p>“Un momentito, muchachos”, dijo Antón, y se puso a hablar por la radio con el <em>Santa María</em>. Por lo que pude oír, le estaban dando información sobre la velocidad del viento en cubierta y otras variables. Miré abajo, al largo y estrecho barco que estaba delante de nosotros. Me recordó a la isla sur de Nueva Zelanda, tal y como aparecía en el pronóstico del tiempo en la televisión.</p>
<p>Anton cerró un interruptor en el panel superior y dijo: “Bernie, perdona, pero me parece que el chico te ha hecho una pregunta.”</p>
<p>“¿En serio?”</p>
<p>“A mí me gustaría oírlo otra vez. ¿Por qué no estás pilotando?”</p>
<p>“Sabes muy bien que ahora no puedo.”</p>
<p>“Si no se lo cuentas tú, se lo contaré yo.”</p>
<p>“Tú limítate a no mojarnos”, Bernie se dio la vuelta para mirarme. “No tengo ninguna licencia en estos momentos, Kiwi. No puedo ni conducir, ni pilotar.” Se volvió a girar hacia adelante, pero continuó hablando: “Una noche, me tomo unas cuantas copas en el pub, y me voy a casa en el coche, sin problemas, pero al llegar me encuentro con que la puerta de la calzada de la entrada está cerrada. Normalmente yo no me molestaba en cerrarla, sabes, de modo que voy a una buena velocidad y se pone en funcionamiento el instinto –el puto instinto equivocado– y en vez de pisar el freno intento tirar del volante hacia arriba. ¡Pum-bah!”,  dio una sonora palmada. “Resulta que ni siquiera era la puerta de mi finca”, y rompió a reír. “¡Esa noche sí que iba volado!”</p>
<p>En la cubierta del <em>Santa María</em>, entre la última bodega y el puente, había varios hombres en monos y cascos blancos, o en monos anaranjados y cascos amarillos, todos moviéndose de aquí para allá según una jerarquía inexplicable. Antón hizo un aterrizaje fácil.</p>
<p>“El mar invisible ha debido de estar cooperativo”, comenté, pero ninguno de los dos respondió.</p>
<p>“Venga pues”, dijo Antón mientras se quitaba los auriculares y se deslizaba fuera del helicóptero hasta poner un pie en una riostra que llevaba hasta los patines, “ya es hora de hacer de Papá Noel.”</p>
<p>Me quedé mirando las aspas, que seguían girando.</p>
<p>“Vamos, Kiwi”, dijo Bernie, dándome un empujoncito con el hombro, “no pierdas la cabeza.”</p>
<p>Me subí a los asientos delanteros, con cuidado de no golpear ninguno de los controles, y desembarqué por el lado de Antón. Este estaba descorriendo los pestillos de los compartimientos de transporte que Bernie y yo habíamos cargado por la mañana. Arroz, verduras frescas, periódicos en inglés y en chino, cuatro rollos industriales de papel higiénico y seis misteriosas cajas, con unos caracteres rojos impresos encima de las tapas, que nos había entregado un hombre asiático en el hangar.</p>
<p>Bernie rodeó el helicóptero y se acercó hasta nosotros, diciendo: “No es una carga demasiado interesante para el bautizo de Kiwi.”</p>
<p>“Diga lo que diga Bernie, tío, <span class="pullquote">en el mundo del servicio de alta mar no hay solamente armas y putas.”</span></p>
<p>No me había pasado por la cabeza la posibilidad de que aquello tuviera un lado más sórdido.</p>
<p>“¿Cuánto tiempo estará este barco esperando?”, pregunté.</p>
<p>“Cuatro semanas, puede que cinco.”</p>
<p>“Pero eso, ¿no es una pérdida de tiempo? Hacer que el barco esté aquí, esperando. Y la tripulación, claro.”</p>
<p>“El transporte marítimo tiene sus cosas. No se puede hacer reserva. Uno tiene que llegar y esperar haciendo cola.”</p>
<p>“Mi señora puede hacer cita para un corte, lavado y secado con semanas de antelación”, dijo Bernie, mientras se alejaba para hablar con uno de los hombres en un mono anaranjado.</p>
<p>Miré los rostros de los hombres en la cubierta. No parecían demasiado desdichados por estar anclados a unos cuantos kilómetros de la costa después de pasar semanas en el mar. Supuse que era parte del trabajo.</p>
<p><center>***</center></p>
<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/04/servicio-de-alta-mar/barcos-carboneros/" rel="attachment wp-att-7449"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/barcos-carboneros.jpg" alt="" title="" width="550" height="412" class="alignright size-full wp-image-7449" /></a></div>
<p>La arrogancia propia de la juventud me llevó espectacularmente hasta algunos callejones sin salida. Uno de ellos fue mi plan de marcharme de casa tras completar la carrera de ingeniería para ganar cien mil dólares al año conduciendo volquetes por las minas del interior de Queensland. En Nueva Zelanda había visto algunos reportajes sobre la falta de mano de obra en las minas, los exorbitantes sueldos que pagaban, los fontaneros de veintipocos años que ya ganaban lo suficiente como para tener sus propios helicópteros y que regresaban en ellos a sus áticos de lujo de la costa a pasar fines de semana de tres días. Había leído los artículos de los periódicos sobre la insaciable voracidad de carbón de China, sobre las vías ferroviarias y los puertos que funcionaban por encima de su capacidad, y la enorme cola de buques cisterna que esperaban en alta mar para llenar los cascos del negro mineral. Eso era a mitad de la primera década del nuevo siglo, antes de la crisis financiera global y la hecatombe que siguió a medida que las economías cambiaban de quinta a primera marcha de la noche a la mañana, pero lo último que había oído era que las colas habían vuelto a formarse y llegaban a los cincuenta barcos.</p>
<p>Lo había visto todo tan claro mientras me preparaba para los exámenes finales. Dejaría a la familia, arrimaría el hombro y regresaría las próximas navidades por fin un hombre hecho y derecho a los ojos de todos. Compraría artilugios electrónicos caros para los hijos de mi hermana, licor de categoría para los adultos. Me encontraría con Katie Wallis en el Dux, solo por casualidad, y una cosa llevaría a la otra.</p>
<p>La realidad fue un tanto diferente. Me acerqué a las agencias de Mackay y aprendí rápidamente el vocabulario de las licencias de conducción de vehículos pesados y las pólizas de seguro de trabajo, el vocabulario que esos sitios emplearon para enredarme. En las minas no estaban dando trabajo a los novatos de <em>piel limpia</em>, independientemente de lo que dijeran los medios de comunicación. Aunque me hiciera con todos los documentos, me iban a hacer falta cinco años de experiencia en las minas simplemente para conducir un volquete Cat 769. Me pareció un farol, y me quedé para acercarme por los bares durante el fin de semana; me hice amigo de los que tenían pinta de supervisores y traté de engatusarles para abrirme camino en las minas. No era el único jovenzuelo arrogante que quería ganar cien mil dólares de manera fácil. <span class="pullquote">Para los hombres de las minas, no éramos más que un entretenimiento.</span> Cuando ya se habían divertido bastante, nos espantaban, igual que si fuéramos gaviotas.</p>
<p>Pero cuando hablé con los jóvenes mineros que estaban de permiso en la costa, me contaron una historia diferente.</p>
<p>“Tú súbete al coche y preséntate allí”, me dijeron. “No te dirán que no cuando te tengan delante.”</p>
<p>“Es parte de la prueba.”</p>
<p>“Es como una iniciación para los novatos.”</p>
<p>“Mi colega Iván”, me dijo uno de ellos, “se quedó durmiendo en el coche tres noches seguidas, pero al final le dieron trabajo de conductor. Y ni siquiera tenía zapatos de puntera de acero.”</p>
<p>“Pero si no tengo coche.”</p>
<p>“Joder, tío. Tienes excusa para todo.”</p>
<p>De modo que me compré un viejo Ford Falcon por ochocientos dólares. Bajo del capó hacía un ruido como de batidoras de cocina, pero me llevó hasta Goonyella. Me rechazaron igual que hicieron en Mackay: tres mañanas seguidas con mi mirada de inocente, el título de ingeniero, el acento forzado de Kiwi y todo eso. Me dijeron que probase en Callide, pero eso quedaba a seis horas al sur en coche. En vez de eso, probé en todas las explotaciones en los alrededores de Moranbah y Coppabella. BMA, Anglo, Macarthur: en todas me dijeron que no. Me fui al norte a una mina de Xstrata en Collinsville, y allí me ofrecieron un trabajo en la cafetería. Por entonces ya andaba pelado y tuve que aceptarlo. No es que fuera buen cocinero, pero tampoco me hacía falta: lo más grande que había que cocinar era un almuerzo que requería tostar un trozo de bollo y ponerle encima unos espaguetis de lata recalentados marca Heinz, una loncha de queso y un huevo frito. Duré dos semanas y entonces regresé renqueando a la costa. Terminé harto del interior. Incluso si hubiese hecho migas con algún pez gordo de BHP de la ciudad y me hubiese ofrecido un trabajo y me hubiese prometido que se hacía cargo de todas mis licencias, le habría dicho que se lo metiera donde le cupiera. Mi optimismo había dado todo de sí una y otra vez allí en la cuenca minera, durmiendo en el asiento trasero del Falcon –después de que caía la noche, la temperatura se acercaba a los cero grados, y la espuma cauterizada se salía por entre los tajos de la tapicería y me iba cayendo encima como una ducha– y finalmente el optimismo se resquebrajó. Ni hablar. Pueden ustedes quedarse con toda esa arena rojiza, sus serpientes y su carbón. Por lo que a mí concernía, el continente entero podía ser un atolón gigantesco, y sus entrañas una maligna laguna poblada por criaturas hambrientas y venenosas.</p>
<p>Es curioso lo que pueden hacerle a uno demasiadas respuestas negativas.</p>
<p>Pero todavía no podía volver a casa. No sería un hombre hecho y derecho a los ojos de nadie. Y así es cómo terminé trabajando para Antón, haciendo el servicio de reparto para los buques carboneros que estaban anclados a cierta distancia de la costa, verdaderas islas temporales. Allí los hombres estaban desamparados, removiendo unos fideos secos con verduras hasta que llegábamos nosotros y les traíamos más, o conseguían un atracadero en Hay Point o en Dalrymple Bay.</p>
<p>Me alojé en un camping para caravanas cerca de Nebo Road, y arrendé una caravana semana a semana. Era una cosita cromada, diminuta y adornada con unas pequeñas aletas; era una especie de bala de plata, una solución mágica y estilizada que uno esperaba encontrarse en los viejos dibujos animados de Warner Brothers, pero no en Mackay, no en la vida real.</p>
<p>La caravana no tenía televisor, y por alguna extraña razón los encargados del camping cortaban todas las noches la luz, justo a las diez de la noche, lo cual significaba que ni siquiera podía leer. Después de haberles hecho un poco la rosca a los mineros, los bares de la ciudad ya no tenían mucho atractivo para mí, así que me dio por acostarme temprano. Aun así, había veces que me despertaba en mitad de la noche con ganas de echar una meada y tenía que buscar a tientas en la caravana las chancletas y las llaves del edificio de los baños, y luego la puerta. Como estábamos tan al norte, y como en Queensland no tienen horario de verano, me daba la sensación de pasarme la mitad de la vida a oscuras.</p>
<p>Además de los viajes de abastecimiento, la empresa de Antón realizaba las transferencias de los prácticos –llevaban al piloto de la autoridad portuaria para que guiara al buque hasta el punto de atraque con total seguridad– pero para estos viajes no les hacía falta un par de manos extra. A Bernie le iban a devolver la licencia de pilotaje en un par de semanas, y a partir de entonces él y yo haríamos el servicio de alta mar con el Bell Jetranger 206, mientras que Antón se encargaría de las transferencias de prácticos en un Robinson R22, más pequeño. También empezó a pasarse más tiempo en la oficina, intentando montar en la empresa una sección de adiestramiento de pilotos de helicóptero, No éramos la única compañía que se dedicaba a ese servicio en la bahía, y Antón sabía que era demasiado arriesgado confiar en demasía en que siempre habría una larga cola de buques carboneros. Pero había muchísimo papeleo y seis meses más tarde, cuando me deportaron del país y todo se fue a la mierda, todavía no estaba registrado.</p>
<p>Mi trabajo requería comprobar que teníamos todo lo que había pedido un barco, cargarlo en el JetRanger, descargarlo una vez estuviéramos a bordo y aguantar a Bernie. Visitábamos dos o tres buques en cada viaje, dando saltitos de uno a otro haciendo las entregas, tomando nuevos pedidos, recibiendo peticiones sorprendentes en un inglés macarrónico, que nos pedían “palos largos de fuego” o “negro para zapatos”. Según fuera de larga la cola, haríamos dos o tres descargas en un buque mientras permanecía anclado en la bahía. Y una mañana salías hacia allí, y en el lugar donde había estado el <em>Monte Cervantes</em> había ahora un hueco, o puede que otro buque ya hubiera ocupado su puesto.</p>
<p>La mayoría de los buques eran de Hong Kong, según decían las letras grandes pintadas en sus proas. Los hombres de los monos eran una mezcla de nacionalidades asiáticas en su mayoría, aunque con frecuencia los oficiales eran europeos: noruegos, holandeses, ingleses de acento presuntuoso. Las mayoría de los barcos se iban a Japón o a Corea tan pronto los llenaban de carbón, aunque el acero que ayudaría a producir terminaría sin duda alguna en China.</p>
<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/04/servicio-de-alta-mar/bell/" rel="attachment wp-att-7450"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/bell.jpg" alt="" title="" width="580" height="387" class="alignright size-full wp-image-7450" /></a></div>
<p>Era curioso el cambio que le sobrevenía a Bernie cuando estaba pilotando. Mantenía la conversación, pero desaparecían las chanzas y su extravagancia de dipsomaníaco. Se limitaba a oír, y quién podría echárselo en cara, con los cientos de cosas a las que tenía que prestar atención allí arriba en ese mar invisible. Me sentía seguro con este Bernie a los mandos. Pero en cuanto aterrizábamos y se quitaba los auriculares, podías apostarte cualquier cosa que tenía preparado un chiste de ovejas y kiwis. También tenía chistes de sobra para las tripulaciones asiáticas. Les decía, mirándolos a los ojos: “¿Cómo se dice en chino "chino subnormal"? Sin-Tol-Niyo.” Si lo entendían o no, los tripulantes, tanto los de mono naranja como los de mono blanco, reaccionaban del mismo modo, es decir, no reaccionaban. Incluso en medio de los trapicheos que hacía Bernie con pequeños grupitos a escondidas del puente de mando, levantaba de pronto la voz y proclamaba: “El otro día en el <em>Annoula</em> jugué con ellos a la versión china de <em>Mira quién baila</em>; pero carajo, ¡es imposible! ¡Son todos iguales!”</p>
<p>Las restricciones de inmigración implicaban que no podíamos llevar a la ciudad a ningún miembro de la tripulación en el vuelo de regreso. A la segunda o tercera visita uno podía darse cuenta de que se estaban volviendo locos. Se ponían los cascos de lado, o se subían los camales de los pantalones hasta las rodillas. Sus peticiones se hacían menos discretas. Bernie podía mantener satisfechos a los pocos que querían drogas, pero la vasta mayoría de ellos ansiaba la compañía de mujeres.</p>
<p>Un par de semanas después de recuperar la licencia, Bernie llegó al hangar con dos personas.</p>
<p>“Kiwi, te presento a Yanna y Félix. Yanna y Félix, este es Kiwi.”</p>
<p>“Matt”, dije yo, ofreciéndole la mano a un Félix excesivamente hinchado, un adicto al gimnasio, la clase de tipo que nunca ha ganado una pelea, pero a quien no vas a darle la ocasión de que lo haga. Félix siguió igual, con sus musculosos brazos cruzados, sin decir palabra. Observé que sujetaba una pequeña bolsa de deportes de cuero blanco, que supuse le pertenecía a Yanna. Me volví hacia ella y dije hola.</p>
<p>“Hola”, dijo ella. Llevaba unas botas blancas que le llegaban hasta las rodillas y un conjunto blanco –supongo que podría llamársele vestido– que le cubría los pechos con dos tiras verticales de nailon elástico, pero que dejaba al aire todo el resto de cintura para arriba. Tenía pinta de hermanita pequeña malograda. Más caliente que un horno: delgada, morena, juguetona –hubo un tiempo en que ella lo sabía, pero era esto a lo que la había llevado.</p>
<p>Terminé de cargar los compartimentos mientras Bernie le mostraba a Yanna el JetRanger, explicándole la diferencia entre los motores de pistón y los de propulsión a chorro, o por qué no importa demasiado el número de aspas que tenga un rotor, que giran en direcciones diferentes según el país donde hayan fabricado el aparato, y cómo todo eso confunde mucho al piloto. Yo llevaba trabajando con él ya un mes y no me había explicado nada de eso ni una sola vez.</p>
<p>“¿Estamos listos, Kiwi?”, preguntó.</p>
<p>“Sí.”</p>
<p>Ayudó a Yanna a subir a la cabina y Félix la siguió a los asientos de detrás. Yo me senté delante, al lado de Bernie. Mientras nos dirigíamos hacia el <em>Orient Athena</em>, un barco que habíamos visitado hacía solamente cuatro días, me giré hacia atrás y observé a Yanna, preguntándome si tendría frío con ese traje tan ajustado. Ella estaba mirando por la ventanilla, embelesada por el mar, del modo en que solamente puede estarlo un primerizo. Me giré un poco más para mirar a Félix, que estaba sentado justo detrás de mí. “¿Todo bien, Félix?”, le pregunté. Esa vez me honró con un gruñido.</p>
<p>En aquel primer viaje no estaba seguro de si él era su chulo, su novio, o ambas cosas. Me imaginaba que el tratamiento de silencio significaba que no estaba contento con los numeritos que Yanna estaba a punto de interpretar a bordo. Pronto descubrí que en realidad había sido el musculitos en cientos de viajes como ése con Bernie a lo largo de los años. Los dos tenían un trato con un burdel de la ciudad. Cuando Yanna estuviera gastada, habría otra chica que la reemplazaría, pero Bernie y Félix, aparentemente, siempre estarían al servicio de las tripulaciones ancladas.</p>
<p>Aterrizamos en la plataforma del <em>Orient Athena</em>, que en este petrolero en particular se hallaba en medio del buque. Podía ver cómo se acercaban hasta nosotros muchos hombres vestidos con monos, desde proa y popa, mientras que otros salían de las escotillas de cubierta, y cascos amarillos aparecían en las ventanillas que guardaban el puente.</p>
<p>“Fíjate cómo corren”, dijo Bernie con una risita.</p>
<p>Sentí asco. Bajé de un salto y aspiré lo que yo esperaba que fuera el aire fresco del mar, pero olía más que nada a diesel y alquitrán caliente.</p>
<p>Félix se bajó y ayudó a Yanna a bajar. Al hacerlo, ésta enseñó las bragas y los marineros empezaron a parlotear.</p>
<p>Me abrí camino entre la muchedumbre que ya estaba junto al tren de aterrizaje y abrí los compartimentos para descargar la caja de verduras: coles chinas, repollos, zapallos, frijoles chinos, rábanos japoneses. Un mundo aparte de los espaguetis enlatados de la cafetería de Collinsville, pero Yanna era el único manjar por el que los hombres a bordo del <em>Orient Athena</em> tenían interés aquel día.</p>
<p>“¿Alguien va a firmarme esto?”, les grité. Con un poco de suerte, dos caras se giraron en mi dirección.</p>
<p>“Déjalo estar, Kiwi”, dijo Bernie. “Volveremos mañana”. Se subió de nuevo al helicóptero.</p>
<p>Cerré el compartimento y volví al asiento del copiloto. “¿No vamos a dejarla aquí toda la noche?”</p>
<p>“Si no, no le merecería la pena.”</p>
<p>“Pero cuántos...” Me contuve. No quería saberlo. Rodeé el aparato por detrás, comprobando que todo estuviera listo para el despegue. Mientras me subía a mi asiento pude ver cómo una muchedumbre de hombre excitados escoltaba a Félix, el doble de grande que los tripulantes, y a Yanna, que les sacaba una cabeza con la ayuda de sus altos tacones, hacia el puente.</p>
<p>“Anímate, Kiwi”, dijo Bernie mientras encendía interruptores y se ajustaba los auriculares. “No le va a pasar nada. Ya quisiera mucha gente trabajar solamente un día por semana.”</p>
<p>Dije que no con la cabeza. La hélices ganaron en velocidad y nos elevamos por encima de la cubierta del <em>Orient Athena</em>.</p>
<p>Hicimos parada en dos barcos más en ese viaje, ambos anclados lejos de la costa, haciendo entrega de los suministros habituales. De regreso a Mackay sobrevolamos las cubiertas del <em>Orient Athena</em>. Estaban desiertas.</p>
<p>Aquella noche, solo en mi bala de plata, no dejé de pensar en Yanna, aislada allá en el mar. Me la imaginaba en un cuarto sin ventanas, sentada en una cama individual arrinconada contra la pared. A Félix, de pie junto a la pesada puerta de acero, con los brazos cruzados. Una cola de tripulantes vestidos con sus monos y cascos, y algún que otro oficial barbudo, con sus charreteras azules y doradas orgullosamente situadas en los hombros. Cómo se abría la puerta de la celda de Yanna y entraba el primer cliente.</p>
<p><span class="pullquote">Consideré la posibilidad de volver al hangar, sacar el remolque del JetRanger, despegar y rescatar a Yanna.</span> Intenté convencerme de que conocía la rutina de los interruptores y botones para poner los rotores en marcha, las operaciones que realizaban las diferentes palancas y pedales, pero hay ciertas proezas que ni siquiera la arrogancia de la juventud puede hacer. Me quedé tumbado en la oscuridad, en mi colchón chirriante, mientras en mi cabeza aparecía una y otra vez la imagen de hombres que se desabrochaban los monos de trabajo y los dejaban caer a la altura de los tobillos, mientras seguían con sus botas y cascos puestos.</p>
<p>Cuando volvimos al <em>Orient Athena</em> a la mañana siguiente, Yanna y Félix estaban esperando en cubierta. Ella se había puesto un holgado suéter negro, del tipo de los que se suelen poner las bailarinas tras un ensayo. Su pelo castaño y rizado tenía igual aspecto que el día anterior. En su rostro había la misma expresión, segura y distante. Incluso le dio por hablar bastante una vez estuvo dentro de la cabina. Le hizo varias preguntas a Bernie sobre el JetRanger, en qué sentido giraban las aspas del rotor. Estaba claro que el día anterior había estado escuchando la conversación. Parecía como si nada hubiese ocurrido entretanto.</p>
<p>Hicimos una escala en el <em>Hav Konge</em>. Mientras Bernie y yo descargábamos los suministros, puede ver cómo Yanna le frotaba la cabeza a Félix, y se burlaba de que empezara a perder pelo.</p>
<p>Cuando estábamos otra vez en el aire, Bernie se comunicó con el <em>Rodeo IV</em>, nuestra última parada aquella mañana. El viento estaba cobrando fuerza, pero no era nada que Bernie no pudiera manejar. Incluso encontró tiempo para bromear.</p>
<p>“Supongo que es una bendición”, dijo, “que sean asiáticos, ya sabes a lo que me refiero.”</p>
<p>“No seas tan recatado, Bernie”, dijo Yanna, cuya voz sonaba más grave y madura por el intercomunicador. “¿Quieres decir porque tienen vergas pequeñitas?” Dejó escapar una carcajada. “No estés tan seguro. Después de todo, yo sí estoy en posición de comparar.”</p>
<p>Y eso le cerró el pico.</p>
<p><center>***</center></p>
<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/04/servicio-de-alta-mar/prostitutes/" rel="attachment wp-att-7461"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/yanna-600x441.jpg" alt="" title="" width="600" height="441" class="alignright size-large wp-image-7461" /></a></div>
<p>Una semana exactamente después del primer viaje, Yanna y Félix volvieron al hangar. A pesar de haber visto su desahogo tras la primera noche a bordo del barco, yo seguía con la conciencia intranquila acerca de dejarla a bordo del <em>Tong Jun III</em>,  en particular porque se trataba de un buque de nueve bodegas, un mastodonte. Debía haber más de treinta hombres a bordo. Pensé en decírselo a Antón, pero en el fondo sospechaba que ya lo sabía. Debía saberlo, si durante años Bernie y Félix habían estado llevando a prostitutas a los barcos, antes de que Bernie tuviera la licencia suspendida.</p>
<p>Conforme pasaron las semanas y pude averiguar más cosas acerca de Yanna, empezaron a desdibujarse los límites de la indignación moral que sentí la primera vez que la dejamos a bordo. No tenía ningún niño o progenitor enfermo al que mantener. Estaba claro que podía quedarse en tierra si quería y atender a los hombres de Mackay, o podía dejar atrás ese mundo y estudiar en la Universidad Central de Queensland, o conseguir un trabajo en una boutique de ropa o hacerse jardinera –cualquier cosa que se propusiera. Pero este era el camino que había elegido.</p>
<p>“Es solamente algo temporal”, me dijo una vez, sin venir a cuento. “Este negocio, yo solamente estoy esperando a decidir qué es lo que quiero hacer con mi vida.”</p>
<p>“¿Y no crees que esto puede que tenga algún impacto, ya sabes, a la larga?”</p>
<p>“¿Además de darme el tiempo y el dinero para solucionar algunos problemas?”</p>
<p>“Eso mismo.”</p>
<p>“Tengo las ideas muy claras.”</p>
<p>En otra ocasión le pregunté qué hacía con sus fines de semana de seis días.</p>
<p>“Pues los martes, miércoles y jueves trabajo en la recepción del videoclub. La mayoría de las otras noches me las paso allí.”</p>
<p>“¿Las pasas?”</p>
<p>“Viendo devedés, casi todo el tiempo. ¿Has visto <em>The Wire</em>? Nos acaba de llegar la tercera temporada.”</p>
<p>“Y, ya sabes, ¿atiendes a clientes las noches que estás en el videoclub?”</p>
<p>Ella se rió de mi timidez. “Yo en Mackay no follo con nadie por dinero. Solamente hago los barcos. Así es más fácil mantener las cosas separadas. <span class="pullquote">La puta de alta mar, así es como me llaman las chicas ahora.”</span></p>
<p>“¿Y qué pasa con Bernie?”, le pregunté.</p>
<p>“Bueno, pues antes de empezar a trabajar en los barcos, <em>atendía</em> a clientes. Eres un poquito pudoroso, ¿no, Kiwi?”</p>
<p>“Solamente intento entender.”</p>
<p>“¿Cuánto ganas tú trabajando aquí?”, me preguntó.</p>
<p>“Pues…”</p>
<p>“Precisamente.”</p>
<p>Sentí ganas de compartir con ella la filosofía que andaba yo elaborando acerca de la diferencia entre la búsqueda de la riqueza y la búsqueda de la felicidad, que se había arraigado durante aquellas noches en las minas metido en el Ford Falcon, filosofía que refinaba cada noche acostado en el interior de mi bala de plata, pero sabía que me saldría embrollada.</p>
<p>“Sabes, la primera vez que te dejamos allí afuera”, le dije en lugar de lo otro, “no podía soportarlo.”</p>
<p>Me esbozó una de esas sonrisas que dicen: cuéntamelo todo.</p>
<p>“Quería subirme al helicóptero y rescatarte.”</p>
<p>“¿Por qué no lo hiciste?”</p>
<p>“No sé pilotar.”</p>
<p>Me quería morir: me di cuenta de que había dado pie a otro chiste de kiwis, pero ella dijo: “Hubiera sido tan romántico”, adoptando otro papel en ese instante, jugueteando conmigo.</p>
<p>“Pero no te hacía falta que te rescataran. No te hace <em>ninguna</em> falta que te rescaten, ¿verdad?”</p>
<p>Ella se encogió de hombros. “Es verdad, pero para mí, los caballeros valientes tienen un algo.”</p>
<p><center>***</center></p>
<p>Me dio por desear que llegaran los viernes, el día de la semana que llevábamos a Yanna y Félix a la zona de anclaje –que tuvieran lugar las conversaciones que ella y yo teníamos. Las noches del viernes seguían siendo una mezcla de pensamientos y sentimientos en conflicto, de discusiones conmigo mismo, de conversaciones ensayadas y repetidas con ella: una especie de tortura, exasperante por su franqueza. El resto de la semana hacía mi trabajo en piloto automático. Ni siquiera le di importancia a las bolsitas de plástico llenas de polvos blancos y marrones que Bernie estaba entregando a cualquiera que llevara un casco y un puñado de billetes en la mano.</p>
<p>Terminábamos de volar al mediodía, teníamos el hangar limpio y cerrado antes de que llegara de repente la inevitable tormenta de media tarde. Cada vez que mi Ford Falcon se negaba a ponerse en marcha, Bernie me llevaba después del trabajo al camping para que no me mojara. Casi no valía la pena, con todas las bromas que me gastaba sobre lo “duro que se me ponía” por Yanna. Tenía preparado un repertorio completo sobre mi “pichona”, sobre cómo los neozelandeses meten las narices donde deberían meter la polla. A veces hacía parada en el banco, de camino al camping, y cambiaba los yuanes de China, los yenes, los pesos filipinos y dólares americanos en billetes australianos. Otras veces nos dejábamos caer por un chalé rodeado de una valla metálica oxidada y con un mastín con pinta de dormido.</p>
<p>A bordo de los barcos yo me limitaba a descargar la comida y los artículos de aseo, no hacía caso de la tripulación ni ellos me hacían caso a mí, o eso pensaba.</p>
<p>¿Cuánto tiempo habría seguido así? Ganando prácticamente nada, acostándome antes de las diez, fascinado y frustrado con Yanna. Mi madre intentó convencerme de que volviera a Canterbury para mi ceremonia de graduación, pero yo ya había marcado la casilla para recibir el título por correo. Puede que no estuviese trabajando como un hombre, ni ganándome el sueldo de un hombre, pero al menos sí podía tomar decisiones egoístas como un hombre.</p>
<p>Y entonces, un viernes, habíamos dejado a Yanna y a Félix en el <em>MV Prestige</em> y aterrizado en la popa del <em>Ruby II</em>. Bernie se había alejado a hacer sus negocios y yo había descargado las mercancías para el barco y estaba a punto de cerrar el compartimento de carga cuando alguien me agarró por detrás, me puso una mano caliente en la boca mientras la otra me apretaba contra el cuello lo que más tarde descubrí que era un cúter.</p>
<p>Mi atacante invisible se puso a gritar en una lengua que por un momento sonaba a portugués, y un instante después sonaba algo así como <em>chak-chak-chak-chak</em>. Tiró de mí hacia atrás, alejándome del helicóptero. Consideré la posibilidad de meterle un taconazo en la espinilla, pero no me hacía ninguna ilusión que la hoja se acercara más a mi carótida. Los otros tripulantes se enderezaron los cascos y me miraron con los ojos muy abiertos. Busqué a Bernie con la mirada pero no pude verle. Tres hombres vestidos con monos naranja se acercaron lentamente, las manos a la altura de las rodillas, las palmas hacia abajo, los dedos abiertos. Parece absurdo, pero de pronto me vino a la cabeza esta imagen: se ponían a chasquear los dedos y empezaban una especie de baile-pelea con mi agresor, como en <em>West Side Story</em>. Al acercarse, solamente lograron que se pusiera a gritar otra vez.</p>
<p>Intenté mantener la cabeza fría. Si estaba a punto de rajarme el cuello, en realidad debía aprovechar este momento para reflexionar sobre mi demasiado breve vida, pensar en mi familia en Nueva Zelanda, en la casa en la que crecí, quizás incluso dedicarle un pensamiento nostálgico a Katie Wallis. Pero solamente podía pensar en mi inútil Falcon, que estaba aparcado al lado de la caravana, y cuánto tiempo le llevaría a alguien darse cuenta de que yo no iba a volver.</p>
<p>“Tranquilo, hombre”. Era Bernie, quien se abrió camino entre los monos de los tripulantes hasta que estuvo a unos pocos metros de mí. “Aguanta un poco.”</p>
<p>El hombre que estaba detrás de mí separó la mano de mi boca durante un instante antes de volver a engancharme con el brazo alrededor del cuello y arrastrarme más atrás, hacia el puente de mando.</p>
<p>“Estate tranquilo, Kiwi”, me dijo Bernie mirándome a los ojos.</p>
<p>“Ayúdame, coño”, fue lo único que pude decir.</p>
<p>“¿Qué es lo que quiere?”, le preguntó Bernie a un tripulante.</p>
<p>La cabeza estaba a punto de estallarme, los oídos me chirriaban. Con el rabillo del ojo pude ver la camisa blanca de un oficial, entonces se relajó la presión alrededor del cuello y de un tirón me metió en un pequeño cuarto. El hombre siguió gritando mientras cerraba de golpe la puerta y nos sumía a los dos en una total oscuridad. Sentí un fuerte dolor en el hombro, como si me estuvieran clavando un soldador en la articulación. El hombre dejó de gritar, pero todavía podía oír su aliento entrecortado, irregular, le oía moverse por el cuarto, buscando un interruptor, o quizás buscándome a mí.</p>
<p>No tenía ni idea de lo que quería. Puede que comenzase como una protesta por las condiciones de trabajo a bordo. Puede que estuviera enojado porque Bernie le había pasado yeso por coca en otra ocasión o se había negado a venderle esta vez, o puede que ya se hubiese drogado y estuviese muy colocado y no sabía lo que estaba haciendo. Puede ser que oliera el perfume de Yanna en mí y eso ya fuese suficiente para sacarlo de sus casillas. Traté de recordar si ya habíamos estado en el <em>Ruby II</em>, pero solamente podía concentrarme en mantener la espalda contra la pared. A pesar del dolor del hombro, que estaba dislocado casi seguro, sabía que todas las noches pasadas en la oscuridad de mi bala de plata me habían preparado para este duelo sin luces. Podía oírlo tropezar con la cama y cómo estaba derribando las cosas de metal de la encimera. Él seguía dando vueltas en círculo al cuarto en el sentido de las agujas del reloj, y yo mantenía las seis horas de ventaja. La gente de afuera estaba golpeando en la puerta, pero ésta debía estar cerrada con llave.</p>
<p>Llegó un momento en que lo ridículo de la situación superó el dolor y el miedo, y evitar a mi atacante en la oscuridad se convirtió en un juego. Él estaba impedido de algún modo –tenía que estarlo. Me aparté de la pared y me puse en el centro del cuarto, oyendo cómo daba vueltas en derredor, murmurando, siseando, lamentándose. Quizás simplemente se había desquiciado de repente, por estar metido en este barco anclado en alta mar sabe quién durante cuántas semanas, esperando a que les llegase el turno de amarrar en el muelle.</p>
<p>“<em>Senhor</em>”, le dije, escuché cómo me lanzaba una estocada y me aparté. “Por favor, <em>senhor</em>.”</p>
<p>“Que te jodan”, respondió, y volvió a lanzar una cuchillada. Me alejé y me acerqué a la cama, levanté el colchón, que era solamente de espuma recubierta de una fina capa de vinilo y, olvidándome del hombro en un instante de pura adrenalina, me giré y me lancé adelante con el colchón hasta conectar con mi atacante y lo derribé. Rápidamente me puse en pie, ajusté el colchón y de un salto me subí encima para que quedase atrapado debajo de mí, en posición supina, indefenso como una cucaracha boca arriba.</p>
<p>“<em>Senhor</em>”, le dije con voz amable. “Cálmese”.</p>
<p>Él siguió retorciéndose debajo del colchón unos cuantos minutos más, maldiciendo en doce lenguas, antes de sucumbir a una repentina tranquilidad.</p>
<p>Afuera se podía oír una especie de bisbiseo que, según descubrí más tarde, era el ingeniero jefe del <em>Ruby II</em> acometiendo la puerta con un soplete.</p>
<p>Casi se había terminado todo –podía sentirlo. Ya estaba ordenando en mi cabeza los sucesos del día para poder contarlos. Éste iba a ser mi gran triunfo: derrotar a un atacante enloquecido con solamente un brazo bueno, mi gran entrada en el salón de la hombría. Y tendría mucha práctica en contar la historia. Primero a los guardacostas, a quienes el capitán del barco había mandado un mensaje por radio y llegaron en su propio helicóptero justo cuando forzaban la puerta; luego, a la policía, una vez estuviésemos de vuelta en tierra; luego a Antón, que me visitaría en el hospital mientras me curaban el hombro y los varios cortes recibidos. Y luego estaría la llamada telefónica a mi propia gente en casa, al abogado de oficio, el segundo contingente de policías.</p>
<p>Pero nunca pude contárselo a Yanna. Ni siquiera sé quién los recogió, a ella y a Félix, del <em>MV Prestige</em>.</p>
<p>Se demostró que mi agresor, Rondel Santos, natural de Ciudad Quezón, Filipinas, estaba bajo los efectos de las metanfetaminas. Fue fácil seguirle el rastro de la droga, que llevaba hasta Bernie, y al laboratorio en la parte trasera del chalé donde el mastín seguía soñoliento. A Bernie lo arrestaron y lo acusaron de tráfico y distribución de drogas.</p>
<p>Durante un par de semanas, mientras me recuperaba, pendió sobre mí un cargo de distribución de drogas. No podía hablar con los periódicos, y la historia de cómo había derrotado a un filipino trastornado por las drogas con un colchón de espuma no le llegó al público. Finalmente la policía se conformó con que me deportaran a Nueva Zelanda. A Antón le confiscaron todos los bienes a la espera de más procesos judiciales. Se libró de todos los cargos porque faltaban pruebas, pero para entonces las otras tripulaciones de helicópteros ya se habían repartido su cuota de mercado del servicio de alta mar y de transporte de pilotos marinos, y terminó en la bancarrota antes de que terminase el año.</p>
<p><center>***</center></p>
<p>Mis padres me trataron con cierto recelo cuando regresé, como si mis seis meses en Queensland me hubiesen robado algo esencial y de repente yo fuese inestable, volátil. Tenía más cosas que contar, pero escogí confiárselo a mi hermana mayor, Tania. Le hablé de Yanna, y de Félix, le dije que jamás había tocado drogas, que a las diez de la noche ya estaba acostado. No quedó satisfecha. Mamá y Papá se sentían defraudados conmigo, tan defraudados. Tenía suerte de estar vivo, suerte de no estar en la cárcel, suerte de que no hubiese puesto en <em>excesivo</em> peligro mis perspectivas de hacer carrera. Tenía que enmendarme.</p>
<p>“Gracias por el sermón, hermanita.”</p>
<p>“¿Cuándo piensas crecer, Matt?”</p>
<p>“¿Perdón?”</p>
<p>“¿Como que perdón? Claro que sí. Siempre encuentras alguna excusa. ‘<em>No toqué las drogas. No recibí ni un centavo de todo ese dinero. No me tiré a la prostituta</em>.’ Tú te crees que eso ha sido una aventura, pero en realidad, lo que has hecho es cambiar el curso de tu vida. Siempre sabrás que estuviste metido en una red de narcotráfico y prostitución. Tendrás que vivir con eso.”</p>
<p>De regreso en Nueva Zelanda, yo volvía estar otra vez sin antecedentes: un graduado en ingeniería sin experiencia alguna en el campo que se había tomado seis meses sabáticos tras terminar la carrera para viajar. En las agencias de empleo se cuestionaban lo lúcido del camino seguido –¿por qué no había postulado a los innumerables programas de reclutamiento de graduados del año pasado? Y, ¿estaba dispuesto a esperar hasta el próximo año?– las cosas tienen un modo de solucionarse ellas mismas.</p>
<p>Esto no quiere decir que los últimos vestigios de la confianza juvenil que tenía en mí mismo no me llevasen a unos cuantos más callejones sin salida, o que ya no me despierte algunas noches en una imperfecta oscuridad y recuerde esos lugares oscuros de Mackay, la bala de plata, la enfermería del <em>Ruby II</em> y el cuarto en el que siempre me imaginaba a Yanna, esperando a que el siguiente tripulante se desabroche el mono y se monte encima. A veces pienso en ella y en Félix como si siguiesen a bordo del <em>MV Prestige</em>, anclados todavía en Dalrymple Bay. Félix apoyado de espaldas en la puerta, pasándose la mano por su pelo ralo, corto; Yanna observando a las tripulaciones de los demás helicópteros que sobrevuelan la bahía, intentando saber en qué sentido giran las aspas del rotor mientras pasan por encima de sus cabezas, soñando con el día en que lleguen allí y descubran que ella ya se ha esfumado.</p>
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		<title>Un inédito de Tabucchi</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Apr 2012 23:36:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J.S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Notas]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Tabucchi]]></category>
		<category><![CDATA[María Teresa Meneses]]></category>

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		<description><![CDATA[Traducen parte del discurso que el escritor leyó en la Universidad de Aix-en Provence, tras recibir el doctorado honoris causa.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a rel="attachment wp-att-7421" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/un-inedito-de-tabucchi/1332681908_033472_1332684768_noticia_grande/"><img class="aligncenter size-medium wp-image-7421" title="1332681908_033472_1332684768_noticia_grande" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/1332681908_033472_1332684768_noticia_grande-600x400.jpg" alt="" width="600" height="400" /></a></p>
<p>El pasado 25 de Marzo fallecía "el novelista italiano enamorado de Pessoa, de Lisboa, de Portugal y de la lengua portuguesa" <sup class='footnote'><a href='#fn-7391-1' id='fnref-7391-1'>1</a></sup> Antonio Tabucchi, a los 68 años de edad.</p>
<p>Quizá su novela más famosa sea <em>Sostiene Pereira</em>, de la cual se hizo una película en 1996 protagonizada por Marcello Mastroianni  y dirigida por Roberto Faenza  -que se puede ver íntegra <a href="http://www.youtube.com/watch?v=9pUlTBjOWcA">aquí</a>-. Sin embargo, es autor de muchas otras obras, entre ellas, la deliciosa novela breve <em>Dama de porto Pim</em> o <em>Tristano Muere</em>. Su último libro, publicado -como el resto de su obra en español- por Anagrama, es <em>Viaje y otros viajes</em> (2011).</p>
<p>Hace unos días María Teresa Meneses traducía parte del discurso que Tabucchi pronunció en la Universidad de Aix-en Provence, tras recibir el doctorado honoris causa y que fue publicada originariamente por <em>La Repubblica</em>.</p>
<p>El texto, que es inédito en castellano y lleva por título <em>El dueño de la tabaquería</em>, se publicó en el periódico mexicano <em>Milenio </em>y pueden leerlo <a href="http://impreso.milenio.com/node/9138753">aquí</a>.</p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-7391-1'>Antonio Jiménez Barca / Pablo Ordaz. Fallece el escritor italiano Antonio Tabucchi a los 68 años en Lisboa. <a href="http://cultura.elpais.com/cultura/2012/03/25/actualidad/1332681908_033472.html">El País. 25-Marzo-2012</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-7391-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Patrick White: 100 años</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Apr 2012 01:23:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Salavert</dc:creator>
				<category><![CDATA[Notas]]></category>

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		<description><![CDATA[Se ha hecho coincidir la celebración con la publicación póstuma de una novela inacabada]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/04/patrick-white-100-anos/patrickwhite/" rel="attachment wp-att-7402"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/03/PatrickWhite.jpg" alt="" title="" width="480" height="559" class="alignright size-full wp-image-7402" /></a>
<div class="credit"> Patrick White</div>
</div>
<p>Australia celebra este año los cien años del nacimiento de su único Premio Nobel de Literatura, el controvertido y reconocido Patrick White. Además de conferencias y simposios en distintas universidades y de números especiales en revistas especializadas dedicados al autor de <em>Voss</em> o <em>The Tree of Man</em>, en la Biblioteca Nacional Australiana se inaugurará dentro de unos días una exposición que lleva por nombre <em>The Life of Patrick White</em>. La exposición se interna en la vida del excéntrico escritor a través de los lugares por los que discurrió su vida.</p>
<p>A pesar de que White aseguró en 1977 por carta al Director General de la Biblioteca Nacional que había destruido la mayoría de sus “papeles”, tras su muerte, acaecida en 1990, la agente literaria de White, Barbara Mobbs, dejó a los australianos una vasta colección de documentos, incluidas muchas cartas, cuadernos y fotografías. La exposición está inspirada particularmente en la vasta colección de manuscritos, cartas y otros documentos que en 2006 le fueron legados a la Biblioteca Nacional por Mobbs.</p>
<p>Además, se ha hecho coincidir la celebración del centenario del nacimiento del excéntrico autor con la publicación póstuma de una novela suya inacabada, <em>The Hanging Garden</em> (El jardín colgante), fenómeno este de la publicación de manuscritos inéditos que en los últimos tiempos ha permitido conocer importantes obras de autores como Vladimir Nabokov o David Foster Wallace. La crítica local ha recibido con amplios elogios esta novela inacabada de Patrick White.</p>
<p>La exposición no solamente cuenta la historia vital de White en sus muchas y variadas vertientes; también busca dar a entender cómo era el mundillo artístico de la Australia de posguerra, ofreciendo directamente la visión que tenía el escritor de dicho mundo, en el cual fue con frecuencia uno de sus mayores alicientes.</p>
<p>Aunque nació en Londres, a White lo trasladaron a Australia a los seis meses de edad, y se crió en una de las estancias rurales familiares en el valle del Hunter, al norte de Sydney. De esa época se conserva la carta que White le escribió a Papá Noel cuando solamente contaba seis años de edad, en la que le pedía “una pistola, una armónica, un violín, una redecilla para cazar mariposas, <em>Robinson Cruso</em> [sic], una <em>Historia de Australia</em>, unas cuantas canicas y un ratoncito que corra por mi dormitorio”. A los trece años White regresó a Londres para estudiar en un internado, y pasó los siguientes 20 años fuera de Australia. Al terminar la segunda gran guerra, Patrick White tomó la decisión de volver a Australia, decisión que resultó crucial para su carrera profesional y para la historia de la literatura australiana.</p>
<p>La exposición se inaugura el día 13 de abril en Canberra, y permanecerá en el edificio de la Biblioteca Nacional de Australia hasta la primera semana de julio, desde donde se trasladará a la Biblioteca del Estado de Nueva Gales del Sur, en Sydney, del 20 de agosto al 28 de octubre del año en curso.</p>
<p>Pueden visitar la web de la exposición <a href="http://www.nla.gov.au/exhibitions/the-life-of-patrick-white" target="_blank">aquí</a>.</p>
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		<title>Un fin de semana de relato: Danilo Kis</title>
		<link>http://hermanocerdo.com/2012/04/un-fin-de-semana-de-relato-danilo-kis/</link>
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		<pubDate>Thu, 05 Apr 2012 23:55:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J.S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Notas]]></category>
		<category><![CDATA[Aleksander Grujicic]]></category>
		<category><![CDATA[Danilo Kis]]></category>
		<category><![CDATA[Eduardo Jordá]]></category>

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		<description><![CDATA[El estilo es el único argumento]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a rel="attachment wp-att-7368" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/un-fin-de-semana-de-relato-danilo-kis/fotoblog869/"><img class="aligncenter size-full wp-image-7368" title="fotoblog869" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/fotoblog869.jpg" alt="" width="590" height="388" /></a></p>
<p>Danilo Kis (1935-1989) es un escritor yugoslavo que "edificó una obra que representa una de las más valiosas búsquedas del tiempo mítico en el tiempo humano" <sup class='footnote'><a href='#fn-7365-1' id='fnref-7365-1'>1</a></sup>.  Amante de la literatura de Borges  (y continuador de la misma, de alguna manera) <sup class='footnote'><a href='#fn-7365-2' id='fnref-7365-2'>2</a></sup>, le gustaba definirse así:</p>
<blockquote><p>"Yo soy un <em>homme de lettres</em> [...] Esto significa que toda mi vida no es más que literatura" <sup class='footnote'><a href='#fn-7365-3' id='fnref-7365-3'>3</a></sup>.</p></blockquote>
<p>Se dice que su obra es una de las más complejas -literariamente hablando- que han surgido de la Europa del Este.</p>
<p>Su novela <em>Una tumba para Boris Davidovich</em> (publicada en español por Acantilado) supuso un auténtico escándalo, ya que no se entendió la intertextualidad que utilizaba en la obra y fue acusado de plagio <sup class='footnote'><a href='#fn-7365-4' id='fnref-7365-4'>4</a></sup>. Ello le supuso tener que huir a París en 1979, donde decidió instalarse definitivamente. A partir de este momento, comenzó a recibir reconocimientos internacionales, e incluso fue nombrado Caballero de las Artes y las Letras de Francia.</p>
<p>Entre sus obras se encuentran<em> La buhardilla</em>, <em>Laúd y cicatrices</em>, <em>Enciclopedia de los muertos</em> o <em>Circo Familiar</em> (todas disponibles en castellano; la primera en Ópera prima -descatalogada- y las otras tres en Acantilado).</p>
<p>Como introducción a su obra para los que no la conozcan, una obra inspirada -como dijo el mismo Kis- por ese momento de epifanía joyceana, nos vamos a permitir recomendarles cinco relatos breves pertenecientes a su obra <em>Tempranas amarguras</em> (escrita en 1970) y cuyas traducciones son inéditas: una obra conjunta de Aleksander Grujicic y Eduardo Jordá, y que se puede leer <a href="http://www.fronterad.com/?q=node/5163">aquí</a>.</p>
<p>No se olviden de hacer su particular penitencia lectora (y aprovechan así para leer mucho durante estos días de fiesta); en todo caso, y como siempre, sean felices hasta el lunes.</p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-7365-1'>Mauricio Montiel Figueiras. <em>Danilo Kis: el arpa eólica</em>. <a href="http://www.letraslibres.com/revista/letrillas/danilo-kis-el-arpa-eolica">Letras Libres. Julio 2010</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-7365-1'>&#8617;</a></span></li>
<li id='fn-7365-2'>En <em>Una Lectura sobre Anatomía</em> dejó dicho que el género que conocemos hoy por el nombre de relato corto o short story se dividía en dos épocas: antes de Borges y después de Borges <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-7365-2'>&#8617;</a></span></li>
<li id='fn-7365-3'>Danilo Kis. El último baluarte de la cordura. <a href="http://www.letraslibres.com/revista/convivio/el-ultimo-baluarte-de-la-cordura">Letras Libres. Marzo de 2000</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-7365-3'>&#8617;</a></span></li>
<li id='fn-7365-4'>Para saber más sobre el tema se puede leer: Maude Lynne. <em>Danilo Kis, A tomb for Boris davidovich: a literary scandal</em>. <a href="http://maudelynne.hubpages.com/hub/Danilo-Kis--A-Tomb-For-Boris-Davidovich-A-Literary-Scandal">HubPages</a> y Ana Isabel Rábade Obradó. <em>Una tumba para Boris Davidovich</em>. <a href="http://www.ucm.es/BUCM/blogs/sinololeonolocreo/869.php">Sinololeonolocreo. UCM. 28-Septiembre-2009</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-7365-4'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<item>
		<title>¿Qué pasa con los blogs literarios?</title>
		<link>http://hermanocerdo.com/2012/04/%c2%bfque-pasa-con-los-blogs-literarios/</link>
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		<pubDate>Thu, 05 Apr 2012 02:22:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J.S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Notas]]></category>

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		<description><![CDATA[Unas breves palabras sobre la muerte del blog]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a rel="attachment wp-att-7325" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/%c2%bfque-pasa-con-los-blogs-literarios/literatura_ii_banner-web/"><img class="aligncenter size-medium wp-image-7325" title="literatura_II_banner web" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/literatura_II_banner-web-600x100.jpg" alt="" width="600" height="100" /></a></p>
<p>Javier Moreno lo dejó escrito en su blog- <a href="http://www.finiterank.com/notas/2012/02/10/enlaces/">aquí</a>-: que los blogs habían muerto. Javier Avilés -<a href="http://ellamentodeportnoy.blogspot.com.es/2012/02/tres-cosas-interesantes.html">aquí</a>- se hizo eco de ello, también en su blog  y Enrique Vila-Matas, atento lector de blogs, llevó el asunto a las páginas del diario<em> El País</em> -<a href="http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/20/actualidad/1329750663_524503.html">aquí</a>-, legitimándolo gracias a la censura del papel. Y, de ahí, volvió a la red.</p>
<p>Al tiempo, se produjo el <em>Encuentro de blogs literarios 2012</em> en el MediaLab del Museo del Prado y del cual daba cuenta Sergio Rodríguez Prieto (también en <em>El País</em>) así:</p>
<blockquote><p>"un centenar de blogueros, escritores, editores y libreros [se reunen] en un  encuentro coordinado por el experto en comunicación Gonzalo Garrido y la  editora Belén Bermejo. Organizado a través de las redes sociales  –especialmente Twitter- y emitido en streaming<a href="http://medialab-prado.es/article/encuentroblogsliterarios" target="_blank"><em> </em></a>,  el objetivo último era aterrizar desde lo virtual para discutir cara a  cara y analizar conjuntamente el estado del arte en ese ¿género?  ¿fenómeno? ¿medio? que es el blog literario" <sup class='footnote'><a href='#fn-7321-1' id='fnref-7321-1'>1</a></sup></p></blockquote>
<p>Sobre el encuentro se generó cierto ruido en la red -<a href="http://literaturabasura21.blogspot.com.es/2012/03/el-ebl12-en-los-medios-y-en-los-blogs.html">aquí</a>-, pero para todos aquellos que no estuvimos presentes ni pudimos seguir el streaming, la cosa nos quedaba como a medias, en suspenso, no acabábamos de hacernos una idea clara de lo que pasó allí (unos sugirieron esto, otros lo otro, pero se desdijeron después, lo matizaron, etc).  En fin, que la cosa estaba confusa.</p>
<p>Ahora, por fin, se han colgado en la red los vídeos de los cuatro paneles y están todos disponibles <a href="http://www.youtube.com/user/EBL12">aquí</a>, por lo que pueden verlos y sacar Vds. sus propias conclusiones.</p>
<p>Sobre los mismos, solo me gustaría destacar un par de cosas breves. Lo primero, que me llamó mucho la atención que nada más comenzar la presentación del acto, Gonzalo Garrido reconoce que no tenía ni idea de blogs literarios, y que no es sino por causa de la demanda de uno de sus clientes que le preguntó sobre la posible ventaja del uso de las redes sociales para las campañas de marketing, hace un par de años, que decide ponerse a investigar y es cuando monta el encuentro. Por su parte, Belén Bermejo, menciona también enseguida el hecho de que el encuentro ha salido anunciado en <em>El País</em>, y que tal hecho da cuenta de la importancia que está teniendo (y tendrá, en su opinión) el mismo. Y, así, se entiende, los blogs literarios (centro del debate). En el caso de los blogs de creación, esto ya sería otro tema, y no dispongo tampoco aquí de demasiado espacio para extenderme. Aunque, en líneas generales, me parece que los blogs que han saltado al papel no parece que hayan tenido tampoco una relevancia demasiado notable.</p>
<p>Mientras pensaba en esto hoy, me he fijado en las acciones promocionales de las editoriales, especialmente las literarias e independientes. Y una cosa se me ha hecho evidente enseguida: en sus dossieres de prensa, en el 95% de los casos, no hay una sola mención de material proveniente de la web (ni de blogs ni de revistas digitales). Es decir, la legitimación sigue viniendo por el papel. Que las editoriales en sus páginas de facebook y twitter enlacen con contenidos digitales, sí, por supuesto, claro, claro que sí... claro que lo hacen, pero el hecho incuestionable es que en sus comunicaciones formales no sacan partido de tales materiales.</p>
<p>Supongo que esto demuestra no la muerte de los blogs, sino su insignificancia.</p>
<p>Mientras preparaba esta nota, me entero de que hay programado un nuevo encuentro con el mismo lema para el próximo mes:<em> La literatura como laboratorio. Escritura y crítica a través de blogs </em>-<a href="http://medialab.usal.es/litlab_blog">aquí</a>-. Lo curioso del caso es que este encuentro tendrá como sede la Universidad de Salamanca.</p>
<p>Sinceramente, no tengo muy claro de qué modo habría de interpretarse el que una institución académica albergue algo supuestamente innovador, fresco y ampliador del campo de batalla de lo literario como es presuntamente el blog. Tampoco tengo nada claro si es una buena o una mala noticia.</p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-7321-1'>Sergio Rodríguez Prieto. El Media-Lab mide la fuerza de los blogs literarios. <a href="http://cultura.elpais.com/cultura/2012/03/08/actualidad/1331221329_304700.html">El País. 08-Marzo-2012</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-7321-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>La literatura como experiencia</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Apr 2012 00:34:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J.S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Notas]]></category>

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		<description><![CDATA[La Central planea abrir una megalibrería en el centro de Madrid]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a rel="attachment wp-att-7279" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/la-literatura-como-experiencia/lacentral-claudio-alvarez/"><img class="aligncenter size-full wp-image-7279" title="lacentral (Claudio Alvarez)" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/lacentral-Claudio-Alvarez.jpg" alt="" width="300" height="450" /></a></p>
<p>Nos desayunábamos anteayer en la prensa española -<a href="http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/04/01/catalunya/1333310777_947529.html">aquí</a>- con una noticia que nos (me) dejaba atónitos: la cadena de librerías catalana<em> La Central</em> -<a href="http://www.lacentral.com/">aquí</a>- planea abrir una nueva sede en el centro de Madrid con 1.200 (¡mil doscientos!) metros cuadrados y 70.000 (¡setenta mil!) volúmenes a la venta para el próximo mes de septiembre.</p>
<p>El argumento de Antonio Ramírez (fundador de<em> La Central </em>junto a Marta Ramoneda) para embarcarse en tal empresa en los tiempos que corren es el siguiente, escuchen:</p>
<blockquote><p>“Los libreros clásicos tenemos poco juego en el campo de las ventas  digitales y ante los monstruos globales; solo nos queda la dimensión  física, la librería como un lugar donde se encuentran personas reales  con objetos concretos y en momentos específicos”</p></blockquote>
<p>Y ahora viene el matiz importante:</p>
<blockquote><p>"Hemos de vender más un momento, <strong>una experiencia</strong>, algo más que un libro propiamente dicho”.</p></blockquote>
<p>Al leer tales declaraciones, enseguida me han venido a la cabeza tres cosas:</p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p style="text-align: center;">a) la portada del New Yorker de diciembre de 2011 diseñada por Daniel Clowes <sup class='footnote'><a href='#fn-7278-1' id='fnref-7278-1'>1</a></sup>.</p>
<p style="text-align: center;"><a rel="attachment wp-att-7284" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/la-literatura-como-experiencia/new-yorker/"><img class="aligncenter size-large wp-image-7284" title="new yorker" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/new-yorker-439x600.jpg" alt="" width="281" height="384" /></a></p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p style="text-align: center;">b) una de las columna de Ignacio Echevarría de su serie Mínima Molestia para el periódico <em>El Mundo</em>, concretamente la del 16 de marzo de 2012 y que llevaba por título <em>Literatura "experience"</em> -<a href="http://www.elcultural.es/version_papel/OPINION/30708/Literatura_experience">aquí</a>-.</p>
<p style="text-align: center;">En ella, nos hacía partícipes de una reflexión del escritor y periodista Roberto Enríquez y que nos explicaba así:</p>
<blockquote><p>"Roberto [Enríquez] vino a decir que no veía que los editores acertaran a vender bien sus productos, que le parecía a él que no sabían transmitir convenientemente <strong>la idea de que la lectura pueda constituir, sobre muchas otras cosas, una experienci</strong>a".</p></blockquote>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p style="text-align: center;">c) el nada inocente título de la tercera parte de la trilogía Nocilla del escritor español Agustín Fernández Mallo.</p>
<p style="text-align: center;"><a rel="attachment wp-att-7293" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/la-literatura-como-experiencia/portada-nocilla-experience/"><img class="size-medium wp-image-7293  aligncenter" title="portada-nocilla-experience" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/portada-nocilla-experience-250x400.jpg" alt="" width="250" height="400" /></a></p>
<p>No voy a salir con la monserga de la crisis general y de la del libro en particular (descenso de las ventas en España en torno al 20% -¡veinte!- y reajustes importantes en los tirajes), ni tampoco argumentaré que, paradójicamente, ayer se presentaron en España los recortes más severos de su historia democrática reciente -<a href="http://www.lavanguardia.com/politica/20120330/54279800763/gobierno-confirma-reduccion-17-gasto-ministerios.html">aquí</a>-, o que hay un problema generalizado de financiación no solo en el contexto español, sino en el europeo en su conjunto como para acometer proyectos de tamaña envergadura.</p>
<p>Más allá del hecho de que detrás de la operación se halle el grupo Feltrinelli (quienes ya se han hecho con el poder de Anagrama -<a href="http://cultura.elpais.com/cultura/2010/12/23/actualidad/1293058814_850215.html">aquí</a>-), la pregunta básica es: ¿de veras, existe tanta gente interesada en el mundo de los libros? Y su corolario perverso: después de la burbuja del ladrillo y la de los museos, ¿no será que comenzamos a asistir a una tercera etapa en la historia de la especulación reciente y ahora pretenden enseñorearse impunemente con el mundo de la literatura <sup class='footnote'><a href='#fn-7278-2' id='fnref-7278-2'>2</a></sup>?</p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-7278-1'>Sobre esta portada, decía el escritor Jordi Puntí en uno de sus artículos de prensa: "La cultura es diálogo y en general no nos basta con disfrutar de ella a solas".<br />
<a href="http://solodeunderwood.blogspot.com.es/2011/12/viva-la-curiosidad.html"><em>El Periódico</em>, 24 de diciembre del 2011</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-7278-1'>&#8617;</a></span></li>
<li id='fn-7278-2'>Recuerden que en Barcelona ya asistimos a un intento fallido en esta línea con la librería Bertlesman de la Rambla de Catalunya. <a href="http://www.diariodemallorca.es/secciones/noticia.jsp?pRef=2009030400_16_441460__Cultura-Bertelsmann-abre-Barcelona-libreria-ocupa-toda-manzana-Eixample">"Bertlesman abre en Barcelona una librería que ocupa toda una manzana del Eixample". Europa Press</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-7278-2'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>El hachazo del año</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Apr 2012 23:22:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J.S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Notas]]></category>
		<category><![CDATA[Adam Mars-Jones]]></category>
		<category><![CDATA[By Nightfall]]></category>
		<category><![CDATA[Daniel Barnett]]></category>
		<category><![CDATA[Hatchet Job of the year]]></category>
		<category><![CDATA[Michael Cunningham]]></category>
		<category><![CDATA[The Omnivore]]></category>

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		<description><![CDATA[Necesitamos más voces autorizadas que ejerzan la crítica literaria ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a rel="attachment wp-att-7261" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/el-hachazo-del-ano/img_2093/"><img class="aligncenter size-large wp-image-7261" title="IMG_2093" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/IMG_2093-600x459.jpg" alt="" width="600" height="459" /></a></p>
<p><em>The Omnivore </em>-<a href="http://theomnivore.co.uk/">aquí</a>- es una web inglesa que sigue creyendo que el papel del crítico profesional es todavía importante, y es su propósito que el material producido por estos esté disponible y quede en acceso libre para el gran público. Así, el equipo de la web se dedica a dar una batida por los contenidos de la red y selecciona los textos de aquellas revistas literarias que traen opiniones de importancia sobre libros (aunque también se ocupan de películas y obras de teatro).</p>
<p>En <em>The Omnivore</em> creen que se necesita gente que haga crítica de libros de una manera profesional. Gente que sepa de lo que están hablando, voces reconocibles y confiables; voces con las que podamos permitirnos incluso no estar de acuerdo, pero, en suma, voces que respetemos.</p>
<p>Por ello se han inventado lo que llaman <em>Hatchet Job of the year</em> (el hachazo del año) -<a href="http://hatchetjoboftheyear.com/">aquí</a>- y es un premio que se pretende cruzada contra la estupidez, la deferencia y la pereza que se nota en muchas reseñas de libros, que resultan tediosas y vacuas, y condescendientes. El premio se propone llamar la atención sobre aquellos críticos que tienen la valentía y el coraje de dar la vuelta o echar por tierra un juicio o valoración comúnmente aceptados sobre una obra literaria y que, encima, lo hacen con estilo. En definitiva, dicen los chicos de <em>The Omnivore</em>, <em>Hatchet Job of the year</em> es una celebración pública de la forma más mal pagada e infravalorada del periodismo actual: las reseñas de libros.</p>
<p>En su primera edición (2011) el ganador fue Adam Mars-Jones por su reseña de <strong></strong><em>By Nightfall</em>, novela escrita por Michael Cunningham. Los jueces de 2011 fueron Suzi Feay, Rachel Johnson, Sam Leith y DJ Taylor. <a href="http://hatchetjoboftheyear.com/HJOTY-2011">Aquí </a>tienen la shortlist con los enlaces a las críticas originales y un montón de fotografías del día de la entrega de premios, cortesía de Daniel Barnett.</p>
<p>Tal vez habría que ir pensando en hacer algo así, pero en el ámbito del castellano, ¿no les parece?</p>
<p>Ah, se me olvidaba, al ganador le dan suministro completo para un año de una suerte como de paté de langostinos, cortesía de  <em>The Fish Society</em>, <a href="http://www.thefishsociety.co.uk/index.html">aquí</a>.</p>
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		<title>Mudo espío</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Apr 2012 16:44:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Joaquín Guillén Márquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>

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		<description><![CDATA[Un destino de papel ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Recuerdo con cariño algunos momentos en los que termino un libro. Casi siempre están acompañados por  un minuto de silencio que guarda la lectura, no necesariamente de reflexión, sino de nostalgia por algo perdido, o recuperado, mientras pasó la lectura. En cambio, es difícil decidir cuando abrir un libro y, aún más, inmortalizar el instante en que me dispongo a empezarlo. Quizá por eso, a primera vista, <em>Mudo espío</em>, de Fernando de León, me pareció especial.</p>
<p>Iba en un taxi, hacía calor y mi acompañante había entrado en una discusión insidiosa con el chófer. Abrí <em>Mudo espío</em>. El primer cuento de la colección nos presenta una de las claves del libro. “Manual de comportamiento fantástico” no sólo habla de un taxista poco simpático, también es una guía para el resto de los cuentos. <em>Mudo espío</em> se lee desde el otro lado, con la mirada entre lo fantástico y lo detectivesco. Fernando de León brinca con facilidad los límites que separan la realidad de la fantasía y, casi siempre, con un resultado favorable.</p>
<p>“Manual de comportamiento fantástico” da una bienvenida calurosa por hablar de todas las alucinaciones que, a veces, pensamos mientras estamos atorados en el calor del tráfico y, más importante, por ser el cuento más logrado del libro. La prosa de Fernando de León no es ligera: casi siempre va ligando ideas de manera muy lenta y es fácil perderse en lo laberíntico de las oraciones. Acierto y reproche. Por un lado agradezco una lectura compleja, aunque por el otro pienso que a veces es más barroco y eso va limitando las historias de <em>Mudo espío</em>. No es el caso de “Manual de comportamiento fantástico”, cuyo párrafo principal nos enseñan el oficio de Fernando de León y una prosa limpia que se esconde en el resto del libro:</p>
<blockquote><p>A bordo de su Moldum amarillo modelo 2111, el taxista Grisóstomo pensó que aquel debía ser el clima del infierno: un lento remolino de calor y angustia. </p></blockquote>
<p>Hay otras virtudes que encuentro en el cuento, como la borrosa línea que separa la estabilidad mental del protagonista de una franca demencia. La presencia de lo que ya no está (o nunca estuvo) en equilibrio recorre cada página del libro. Así, por ejemplo, nos encontramos al doctor Watson, ciego y débil, en un momento catártico:</p>
<blockquote><p>Pero dejemos la cotidiana violencia de estos días negros y ahora que estamos solos, usted que todavía puede ver, dígame: ¿sigue siendo tan hermosa mi Mary?</p></blockquote>
<p>Es lo inquietante de los desenlaces una de las fuerzas principales de <em>Mudo espío</em>. Si las situaciones, y personajes, ya son grises, los finales de cada cuento sólo dejan más esa sensación de vacío, oportunidades desaprovechadas y cotidianidad arruinada. Quizá, más que arruinada, toda situación está tan bien determinada por el autor que los personajes no hacen más que reconocer aquello. Afrontan su caída y, más importante, que lo poco interesante que puede existir en ellos ya está escrito. Watson lo reconoce al ser heredero de Sherlock Holmes y Grisóstomo lo aprehende cuando ve al ave roc y sabe que, por más que lo evite, su muerte está a manos de un animal:</p>
<blockquote><p>Grisóstomo se preparó. Imaginó muchos escenarios, situaciones y destinos posibles que pudieran suscitarse al volar entre las patas del ave roc. Lo primero que hizo fue comprar un paracaídas, pero cuando lo iba a colocar en la cajuela pensó en lo inútil que era tenerlo ahí dado el momento de emergencia en que podría necesitarlo, así que acondicionó su asiento para siempre tenerlo puesto. </p></blockquote>
<p>Aquí todo está condenado desde el principio, de ahí vienen cuentos como “El círculo”, que recuerda en trama y estructura a “Continuidad de los parques” de Cortázar, o en “Casandro Aral tenía un don”, donde nos enfrentamos a un destino cuya procedencia no es clara, ¿viene de una obsesión autoimpuesta o del autor? No hay respuesta aparente en <em>Mudo espío</em>, así como no la hay en la vida.</p>
<p>Fernando de León ofrece equilibrio. Su prosa accidentada, aunque llegue a entorpecer la lectura y agilidad del cuento, no eclipsa el poder imaginativo ni el establecimiento de un diálogo con la tradición. ¿Qué tradición? Una personal del autor que, agradecemos, no impone. Los guiños y homenajes a Conan Doyle, Borges y Cortázar son bastante claros, pero es en la estructura formal de <em>Mudo espío</em> en que descubrimos que Fernando de León, al contrario de sus maestros, no es una voz única ni fresca. Cada oración del libro muestra un oficio artesanal por las palabras, sin embargo también expone una aridez no rulfiana que encierra al lector. <em>Mudo espío</em> es “un lento remolino de calor y angustia”. </p>
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		<title>La hipermetropía de Joyce</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Apr 2012 23:24:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J.S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Notas]]></category>
		<category><![CDATA[Francisco Javier Ascaso Puyuelo]]></category>
		<category><![CDATA[Jan L van Velze]]></category>
		<category><![CDATA[Joyce]]></category>

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		<description><![CDATA[Le genialidad del escritor irlandés se explicaría por un defecto ocular]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a rel="attachment wp-att-7235" href="http://hermanocerdo.com/2012/04/la-hipermetropia-de-joyce/withnora/"><img class="aligncenter size-large wp-image-7235" title="WithNora" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/04/WithNora-446x600.jpg" alt="" width="446" height="600" /></a></p>
<p>En un reciente estudio conducido por el profesor de Oftalmología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza, Francisco Javier Ascaso Puyuelo, y Jan L van Velze, del Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Utrech (Holanda),  y que se ha publicado con el título de <strong> </strong><em>Was James Joyce myopic or hyperopic?</em> en la revista científica British Medical Journal-<a href="http://www.bmj.com/content/343/bmj.d7464">aquí</a>-, se dictamina que lo que sufría Joyce no era miopía sino hipermetropía.</p>
<p>Los investigadores han llegado a tal conclusión analizando las gafas del escritor irlandés en más de un centenar de fotografías, así como en una prescripción de lentes que ha sido hallada recientemente y que fue emitida en 1932 por el profesor suizo Alfredt Vogt, célebre oftalmólogo de la época.</p>
<p>Esta matización podría parecer baladí a estas alturas, pero sin embargo no lo es. La hipermetropía se caracteriza por reducir la visión próxima y así, Joyce se veía obligado a usar lupas de aumento para magnificar las palabras que apuntaba en trozos de papel durante sus paseos y que, más tarde, incorporaba a sus obras. Se cree que este hecho podría estar ligado a los neologismos, los errores ortográficos, y a la ausencia de signos de puntuación.</p>
<p>Así, en 1930, la agudeza visual de James Joyce (que fue sometido a trece intervenciones quirúrgicas) se reducía a 1/30 en su ojo derecho y tan solo 1/800 en su ojo izquierdo.</p>
<p>Es decir, que la genialidad de Joyce, según los investigadores Ascaso Puyelo y van Velve, se explicaría por una vulgar tara visual.</p>
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		<title>Cómo construir un universo que no se derrumbe en dos días</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Mar 2012 23:52:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Philip Kinred Dick</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayo]]></category>

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		<description><![CDATA[Los compromisos de la ciencia ficción]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="imagen-centro"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/03/como-construir-un-universo-que-no-se-derrumbe-en-dos-dias/prophets-of-science-fiction/" rel="attachment wp-att-7176"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/03/prophets-of-science-fiction.jpg" alt="" title="" width="600" height="380" class="alignright size-full wp-image-7176" /></a></div>
<p>Primero, antes de empezar a aburrirlos con el tipo de cosas que los escritores de ciencia ficción dicen en discursos, permítanme ofrecerles saludos oficiales a nombre de Disneylandia. Yo me considero un representante de Disneylandia porque vivo a pocas millas de allí -y, como si fuera poco, una vez tuve el honor de ser entrevistado en ese lugar por Paris TV.</p>
<p>Por muchas semanas tras la entrevista estuve muy enfermo y confinado en cama. Creo que fueron las tazas giratorias. Elizabeth Antebi, que era la productora de la película, quería que yo girara dentro de una de esas tazas de té gigantes mientras discutía el auge del fascismo con Norman Spinrad… un viejo amigo que escribe excelente ciencia ficción. También discutimos Watergate, pero eso lo hicimos a bordo del Barco Pirata del Capitán Garfio. Pequeños niños luciendo gorritos de Mickey Mouse -esos gorros negros con las orejas- continuaron corriendo hacia nosotros y atropellándonos al tiempo que las cámaras se movían, y Elizabeth hacía preguntas inusitadas. Norman y yo, preocupados por deshacernos de los niños, dijimos cosas extraordinariamente estúpidas ese día. Hoy, sin embargo, tendré que aceptar toda la culpa por lo que les diga, pues ninguno de ustedes luce gorritos de Mickey Mouse ni trata de escalarme creyendo que soy parte del equipamiento de un barco pirata.</p>
<p>Los autores de ciencia ficción, lo siento, realmente no saben nada. No podemos hablar sobre ciencia, porque nuestro conocimiento de la misma es limitado y no-oficial, y usualmente nuestra ficción es lamentable. Hace pocos años, ningún <em>college</em> o universidad consideraría invitar alguno de nosotros a hablar. Éramos misericordiosamente confinados a espeluznantes magazines de historietas, no impresionábamos a nadie. En aquellos días, mis amigos me decían, “¿Pero estás escribiendo alguna cosa seria?” queriendo decir “¿Estás escribiendo alguna cosa distinta de ciencia ficción?”. Nosotros deseábamos ser aceptados. Ansiábamos ser tomados en cuenta. Y entonces, de pronto, el mundo académico nos tomó en cuenta, fuimos invitados a dar charlas y a formar parte de páneles -que permitieron evidenciar de inmediato nuestra idiotez. El problema es simple: <span class="pullquote">¿Qué es lo que sabe un escritor de ciencia ficción?</span> ¿En qué temas es una autoridad?</p>
<p>Esto me recuerda un titular que apareció en un diario californiano justo antes de volar acá. CIENTÍFICOS AFIRMAN QUE LOS RATONES NO PUEDEN SER TRANSFORMADOS PARA LUCIR COMO SERES HUMANOS. Era un programa de investigación subvencionado federalmente, supongo. Ahora piensen: Alguien en este mundo es una autoridad en el tema de si es posible o no que los ratones usen zapatos de dos colores, sombreros derby, camisas de rayas, pantalones Decron, y pasen por humanos.</p>
<p>Pues bien, voy a contarles qué me interesa, qué considero importante. No puedo afirmar que soy una autoridad en ninguna cosa, pero puedo decir con honestidad que algunas cosas me fascinan por completo, y que escribo sobre ellas todo el tiempo. Los dos temas que me despiertan fascinación son “¿Qué es la realidad?” y “¿Qué constituye el auténtico ser humano?”. Durante los veintisiete años que llevo publicando novelas y relatos he investigado estos dos temas interrelacionados una y otra vez. Me parece que son asuntos importantes. ¿Qué somos? ¿Qué es eso que nos rodea y que llamamos el no-yo, o el mundo empírico o fenomenológico?</p>
<p>En 1951, cuando vendí mi primer relato, no tenía idea de que esos asuntos fundamentales se pudieran tratar desde el campo de la ciencia ficción. Empecé a acercarme a ellos inconscientemente. Mi primer relato trataba de un perro que imaginaba que los hombres de la basura, que venían cada viernes por la mañana, estaban robando comida valiosa que la familia cuidadosamente guardaba a salvo en un contenedor de metal. Cada día, miembros de la familia llevaban bolsas de papel con buena comida, las ponían en el contenedor de metal, cerraban la tapa firmemente –y cuando el contenedor se llenaba, esas horribles criaturas venían y robaban todo menos el contenedor.</p>
<p>Al final, en el relato, el perro empieza a imaginar que un día los hombres de la basura van a comerse a la gente de la casa, así como robar su comida. Por supuesto, el perro está equivocado. Todos sabemos que los hombres de la basura no comen gente. Pero la extrapolación del perro era en algún sentido lógica -dados los hechos a su disposición. El relato era sobre un perro de verdad, y yo me dedicaba a mirarlo y tratar de introducirme en su cabeza e imaginar cómo veía el mundo. Ciertamente, decidí, ese perro veía el mundo de una manera bastante distinta de la mía, o la de cualquier humano. Y luego comencé a pensar, Tal vez cada ser humano vive en un mundo único, un mundo privado, un mundo distinto de aquellos habitados y experimentados por los otros humanos. Y eso me llevó a preguntarme, ¿Si la realidad es distinta de persona a persona, podemos hablar de una única realidad, o deberíamos hablar de realidades plurales? ¿Y si hay realidades plurales, hay unas que sean más verídicas (más reales) que otras? ¿Qué hay del mundo de un esquizofrénico? Quizás es tan real como el nuestro. Quizás no podemos decir que estamos en contacto con la realidad y él no, sino decir, en cambio, Su realidad es diferente de la nuestra y él no está en capacidad de explicárnosla, así como nosotros no podemos explicarle la nuestra. El problema, entonces, es que si los mundos subjetivos son experimentados de maneras tan diversas, esto implica un rompimiento comunicativo… y ahí radica la verdadera enfermedad.</p>
<div class="imagen-derecha"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/03/como-construir-un-universo-que-no-se-derrumbe-en-dos-dias/30bookthe-exegesis-of-philip-k-dickphilip-k-dickcredit-frank-ronan/" rel="attachment wp-att-7179"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/03/dick2.jpg" alt="" title="" width="500" height="420" class="alignright size-full wp-image-7179" /></a></div>
<p>Una vez escribí una historia sobre un hombre que era herido y llevado a un hospital. Cuando empezaban a operarlo, descubrían que era un androide, no un humano, pero él no lo sabía. Ellos debían revelarle la verdad. Casi al tiempo, el señor Garson Poole descubrió que su realidad consistía de una cinta agujereada que viajaba de carrete a carrete en su pecho. Fascinado, empezó a llenar algunos de los agujeros y a añadir otros más. De inmediato, su mundo cambió. Una bandada de patos voló a través de la habitación cuando abrió un nuevo agujero en la cinta. Finalmente, cortó la cinta de pleno, y el mundo desapareció. Sin embargo, también desaparecieron los otros personajes de la historia… lo que no tiene sentido si piensan un poco. A menos que los otros personajes fueran fragmentos de su fantasía de la cinta agujereada. Eso eran, me imagino.</p>
<p>Siempre tuve la esperanza, cuando escribía novelas e historias donde surgía la pregunta “¿Qué es la realidad?”, que alguna vez obtendría una respuesta. Esta era la esperanza de muchos de mis lectores, también. Los años pasaron. Escribí más de treinta novelas y alrededor de cien historias, y seguía sin saber qué era real. Un día una estudiante universitaria en Canadá me pidió que le definiera la realidad, era para un artículo que escribía en su clase de filosofía. Ella quería una respuesta de una sola frase. Yo pensé al respecto y finalmente dije, “<strong>La realidad es lo que no se esfuma cuando dejas de creer en ello.</strong>” Esto fue todo lo que pude decir. Era 1972. Desde entonces no he sido capaz de definir la realidad de una manera más lúcida.</p>
<p>Pero el problema es real, no un mero juego intelectual. Porque hoy vivimos en una sociedad en la cual realidades espurias son creadas por los medios, por los gobiernos, por las grandes corporaciones, por los grupos religiosos, grupos políticos -y existe el hardware electrónico necesario para llevar estos pseudo-mundos directamente a las cabezas del lector, del espectador, del oyente. Algunas veces cuando observo a mi hija de once años ver televisión, me pregunto qué le están enseñando. El problema es el desvío de la señal; piensen en eso. Un programa de televisión producido para adultos es visto por un niño pequeño. La mitad de lo dicho y hecho en un drama televisivo es probablemente malinterpretado por el niño. Quizás todo es malinterpretado. Y la cosa es, ¿Cuán autentica es la información de cualquier modo, aun si el niño la entiende correctamente? ¿Cúal es la relación entre el sitcom promedio y la realidad? ¿Qué hay de los programas de policías? Coches que continuamente se desbocan fuera de control, se estrellan e incendian. La policía siempre es buena y siempre gana. No ignoren ese punto: La policía siempre gana. ¿Cuál es la lección? Tú no debes confrontar la autoridad, y si lo haces, perderás. El mensaje ahí es, sé pasivo. Y coopera. Si el oficial Baretta te pide información, dásela, porque el oficial Baretta es un buen hombre y es de fiar. Él te ama, y tú debes amarlo.</p>
<p>Y entonces yo me pregunto, en mi escritura, ¿Qué es real? Porque incesantemente somos bombardeados con pseudo-realidades creadas por gente muy sofisticada usando mecanismos muy sofisticados. Yo no desconfío de sus razones; desconfío de su poder. Tienen mucho. Y es un poder inmenso: ese de crear universos enteros, universos de la mente. Yo lo tengo que saber, hago lo mismo. Mi trabajo es crear universos, una novela tras otra. Y debo construirlos de tal manera que no se derrumben a los dos días. O al menos eso es lo que mis editores esperan. Sin embargo, les voy a revelar un secreto: <span class="pullquote">A mí me gusta construir universos que se derrumban. Me gusta verlos deshacerse, y me gusta ver cómo los personajes en las novelas lidian con ese problema.</span> Tengo un amor secreto por el caos. Debería haber más. No crean -y lo digo en serio- no asuman que el orden y la estabilidad son siempre buenos, en una sociedad o en un universo. Lo viejo, lo caduco, siempre debe hacer espacio a nuevas vidas y el nacimiento de nuevas cosas. Antes de que las nuevas cosas nazcan, las viejas deben perecer. Reconocer esto es peligroso, porque nos dice que nosotros, tarde o temprano, partiremos con gran parte de lo que nos es familiar. Y eso duele. Pero eso hace parte del guión de la vida. A menos que seamos capaces de acomodarnos psicológicamente al cambio, empezamos a morir. Lo que quiero decir es que los objetos, las costumbres, los hábitos, y modos de vida deben perecer para que el autentico ser humano pueda vivir. Y es el ser humano auténtico quien más importa, el organismo viable y elástico que puede rebotar, absorber, y hacer frente a lo nuevo.</p>
<p>Por supuesto, yo digo esto porque vivo cerca a Disneylandia, y ellos siempre están añadiendo nuevas atracciones y destruyendo las viejas. Disneylandia es un organismo que evoluciona. Por años tuvieron el Simulacro de Lincoln, y, como Lincoln mismo, era sólo una forma temporal que la materia y la energía tomaron y luego perdieron. Lo mismo es cierto para cada uno de nosotros, nos guste o no.</p>
<p>El filósofo griego presocrático Parménides enseñó que las únicas cosas que eran reales eran aquellas que nunca cambiaban… y el filósofo griego presocrático Heraclito enseñó que todo cambia. Si superponemos sus dos puntos de vista, obtenemos lo siguiente: Nada es real. Hay una continuación fascinante en esta linea: Parménides no podía haber existido porque envejeció, murió y desapareció, luego, de acuerdo a su filosofía, no existió. Y Heráclito debía tener razón -no lo olvidemos; y si Heráclito estaba en lo correcto, entonces Parménides sí existió, y por tanto, de acuerdo a la filosofía de Heráclito, tal vez Parménides tenía razón, pues Parménides cumplía las condiciones, el criterio, por el cual Heráclito declaraba las cosas reales.</p>
<p>Les presento esto para sencillamente demostrarles que tan pronto como te preguntas qué es finalmente real, inmediatamente empiezas a decir sinsentidos. Zenón probó que el movimiento era imposible (de hecho, sólo imaginó que lo había probado; lo que le faltaba era eso que técnicamente es llamado la “teoría de los límites”). David Hume, el más grande escéptico, una vez comentó que luego de un encuentro de escépticos para proclamar la veracidad del escepticismo como filosofía, todos los presentes de todas maneras salieron por la puerta en lugar de por la ventana. Yo entiendo lo que quería decir Hume. Era sólo discurso. Los solemnes filósofos no tomaban en serio lo que decían.</p>
<p>Pero considero que el problema de definir qué es real es un tema serio, incluso un tema vital. Y allí dentro, en algún lugar, está el otro tema, la definición del humano auténtico. Porque el bombardeo de pseudo-realidades empieza a producir humanos que no son auténticos rápidamente, humanos espurios -tan falsos como la información que los acosa por todos los flancos. Mis dos temas son realmente uno solo; se unen en este punto. Las realidades falsas crearán humanos falsos. O, los humanos falsos generarán realidades falsas y luego las venderán a otros humanos, convirtiéndolos, tarde que temprano, en falsificaciones de sí mismos. Y así terminamos con humanos falsos inventando realidades falsas y luego arrojándolas a otros humanos falsos. Es sólo una versión a gran escala de Disneylandia. Puedes tener el viaje pirata o el simulacro de Lincoln o el viaje salvaje del señor sapo- puedes tenerlos todos, pero ninguno es verdadero.</p>
<p>En mis escritos me interesé tanto por las falsificaciones que al final se me ocurrió el concepto de las falsificaciones falsas. Por ejemplo, en Disneylandia hay pájaros falsos que funcionan con motores eléctricos que emiten graznidos y silbidos cuando pasas junto a ellas. Supongamos que una noche nos metemos en el parque con pájaros reales y los sustituimos por los artificiales. Imaginen el horror de los encargados de Disneylandia cuando descubran la broma cruel. ¡Pájaros reales! Y tal vez otro día incluso hipopótamos y leones reales. Consternación. El parque es astutamente transmutado de lo irreal a lo real, por fuerzas siniestras. Por ejemplo, suponga que el <em>Matterhorn</em> se convirtiera en una montaña nevada genuina. ¿Qué tal que el lugar entero, por un milagro producido por la sabiduría y el poder de Dios, fuera cambiado, en un momento, en un parpadeo, en algo incorruptible? Ellos deberían cerrar.</p>
<p>En el <em>Timeo</em> de Platón, Dios no crea el universo, como hace el dios cristiano; Él simplemente lo encuentra un día. Está en un estado de caos absoluto. Dios se pone manos a la obra en la transformación del caos en orden. Esa idea me atrae, y yo la he adaptado a mis necesidades intelectuales: ¿Qué sucedería si nuestro universo se iniciara como algo no del todo real, una especie de ilusión, como la religión Hinduista enseña, y Dios, debido a su amor y cariño por nosotros, lo estuviera transmutando lentamente, lentamente y secretamente, en algo real?</p>
<p>Nosotros no seríamos conscientes de esta transformación, ya que no seríamos capaces de notar que nuestro mundo es, para empezar, una ilusión. Esta es, técnicamente, una idea Gnóstica. El Gnosticismo es una religión que agrupó judíos, cristianos y paganos por varios siglos. Yo he sido acusado de sostener ideas gnósticas. Supongo que es así. En otro tiempo habría sido enviado a la hoguera. Pero algunas de sus ideas me intrigan. Una vez, cuando estaba investigando sobre Gnosticismo en la <em>Britannica</em>, encontré una mención de un codex gnóstico titulado <em>El Dios irreal y los aspectos de su universo inexistente</em>, una idea que me redujo a inaguantables carcajadas. ¿Qué tipo de persona podría escribir sobre algo que sabía que no existía, y cómo algo que no existía podría tener aspectos? Pero entonces me di cuenta que yo llevaba escribiendo sobre esos asuntos por venticinco años. Me imagino que puedes decir muchas cosas cuando escribes sobre algo que no existe. Un amigo una vez publicó un libro llamado <em>Serpientes de Hawaii</em>. Unas cuantas bibiotecas le escribieron solicitando copias. Y bueno, no hay serpientes en Hawaii. Todas las páginas de su libro estaban en blanco.</p>
<p>Por supuesto, en ciencia ficción no se pretende que los mundos descritos sean reales. Por eso lo llamamos ficción. Al lector le es advertido con anticipación que no crea lo que está por leer. De la misma manera, los visitantes de Disneylandia saben que el señor Sapo no existe y que los piratas son animados usando motores y mecanismos asistidos, transmisiones y circuitos electrónicos. No hay engaño.</p>
<p>Y lo raro es que, de alguna manera, de alguna manera concreta, mucho de lo que ocurre bajo el rótulo de “ciencia ficción” es real. Puede no ser literalmente real, supongo. Nosotros no hemos sido realmente invadidos por creaturas de otro sistema estelar, como muestra <em>Encuentros cercanos de tercer tipo</em>. Los productores no pretendían que lo creyéramos. ¿O sí?</p>
<p>Y, más importante, si ellos pretendían afirmar esto, ¿es verdad? Ese es el punto: No, El autor o el productor cree eso, pero, ¿y si es verdad? Porque, accidentalmente, en la búsqueda de un buen rollo, un autor de ciencia ficción o un productor o un guionista podría chocarse con la verdad… y sólo más tarde darse cuenta.</p>
<div class="imagen-izquierda"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/03/como-construir-un-universo-que-no-se-derrumbe-en-dos-dias/dick-3/" rel="attachment wp-att-7182"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/03/dick-3.png" alt="" title="" width="300" height="257" class="alignright size-full wp-image-7182" /></a></div>
<p>La herramienta básica de manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar las personas que las usan. George Orwell lo hizo evidente en su novela <em>1984</em>. Pero otra manera de controlar las mentes de la gente es controlar sus percepciones. Si logras que vean el mundo tal y como tú lo ves, van a pensar como tú piensas. La comprehensión sigue a la percepción. ¿Cómo logras que vean la misma realidad que tú? Después de todo, es sólo una realidad entre tantas otras. Las imágenes son un constituyente básico. Por eso es que el poder de la televisión para influenciar mentes jóvenes es tan vasto. Las palabras y las imágenes son sincronizadas. La posiblidad de controlar totalmente al espectador existe, especialmente si el espectador es joven. Ver televisión es una forma de aprendizaje hipnopédico. Un electroencefalograma de una persona que ve televisión muestra que luego de una media hora el cerebro decide que nada sucede, y pasa a un estado entre hipnótico y crepuscular, emitiendo ondas alfa. Esto sucede porque hay muy poco movimiento ocular. Adicionalmente, gran parte de la información es gráfica y por tanto es enviada al hemisferio derecho del cerebro, en lugar de ser procesada por el izquierdo, donde la personalidad consciente está localizada. Experimentos recientes indican que una buena parte de lo que vemos en la pantalla de televisión es recibido de manera subliminal. Sólo imaginamos que lo vemos conscientemente. Muchos de mensajes evaden nuestra atención; literalmente, luego de unas pocas horas de televisión, no sabemos qué hemos visto. Nuestros recuerdos son espurios, como el recuerdo de sueños; los vacios son llenados retrospectivamente. Y falsificados. Patricipamos sin saberlo en la creación de una realidad espuria, y luego nos la tragamos. Convivimos con nuestra propia perdición.</p>
<p>Y -y esto lo digo como un escritor de ficción profesional- los productores, guionistas, y directores que crean esos mundos de video y audio no saben cuanto de su contenido es verdadero. En otras palabras, son víctimas de su propio producto, junto con nosotros. En mi caso, yo no sé cuánto de lo que escribo es verdadero, o qué partes (si alguna) son verdaderas. Esta es una situación potencialmente letal. Tenemos a la ficción mimetizandose en realidad y la realidad mimetizandose en ficción. Tenemos un peligrosa sobreposición, una peligrosa zona borrosa. Y seguramente no es deliberado. De hecho, ese es parte del problema. Tú no puedes obligar a un autor a rotular correctamente su producto, como un envase de pudding cuyos ingredientes están listados en la etiqueta…. no puedes forzarlo a declarar qué partes son verdad y cuales no si él no lo sabe.</p>
<p><span class="pullquote">Es espeluznante escribir una novela, creyendo que es pura ficción, y descubrir luego -años más tarde- que era verdad.</span> Quisiera darles un ejemplo. Es algo que no entiendo. Tal vez a ustedes se le ocurra alguna teoría. Yo no la he encontrado.</p>
<p>En 1970 escribí una novela llamada <em>Fluyan mis lágrimas, dijo el policía</em>. Uno de los personajes es una chica de diecinueve años llamada Kathy. Su esposo se llama Jack. Kathy supuestamente trabaja en el bajo mundo del crimen, pero más tarde, a medida que avanzamos en la novela, descubrimos que de hecho ella trabaja para la policía. Tiene una relación con un inspector de policía. El personaje es pura ficción. O al menos eso pensaba que era.</p>
<p>Como sea, en navidad de 1970 yo conocí a una chica llamada Kathy -esto fue luego de terminar mi novela, claro. Ella tenía diecinueve años. Su novio se llamaba Jack. Pronto descubrí que Kathy vendía drogas. Dediqué meses a intentar que ella dejara ese oficio; le dije una y otra vez que podría ser atrapada. Luego, una noche que fuimos a un restaurante, Kathy nos detuvo y dijo, “No puedo entrar.” Sentado en el restaurante estaba un inspector de policía que yo conocía. “Tengo que ser sincera con ustedes,” dijo Kathy. “Yo tengo una relación con él.”</p>
<p>Ciertamente, esas son coincidencias extrañas. Puede ser precognición. Pero el misterio sólo aumenta; lo siguiente que ocurrió me desconcierta totalmente. Llevo así cuatro años.</p>
<p>En 1974 la novela fue publicada por Doubleday. Una tarde que hablaba con mi pastor -soy miembro de la iglesia episcopal- y le mencioné por alguna razón una escena importante cerca al final de mi novela en la que el personaje Felix Buckman se encuentra con un hombre negro desconocido en una estación de gasolina de jornada continua, y empiezan a hablar. A medida que describía la escena en más y más detalle, mi pastor se tornó progresivamente más nervioso, hasta que finalmente dijo, “Esa es una escena de Hechos de los Apóstoles, ¡de la Biblia! En Hechos, la persona que se encuentra con el negro en el camino es Philip -tu nombre.” El padre Rasch estaba tan sorprendido con el parecido que no fue capaz de encontrar la escena en su Biblia. “Lee Hechos,” me indicó. “Estarás de acuerdo. Es la misma escena hasta en el más mínimo detalle.”</p>
<p>En casa leí la escena en Hechos. Sí, el padre Rasch tenía razón; la escena de mi novela era un recuento obvio de la escena en Hechos… y yo nunca había leído Hechos, debo admitir. Pero, de nuevo, el acertijo se hace más profundo. En Hechos, el alto oficial romano que arresta e interroga a San Pablo se llama Felix -el mismo nombre de mi personaje. Y mi personaje Felix Buckman es un general de policía de alto rango; de hecho, en mi novela él tiene el mismo cargo que Felix en el Hechos de los Apóstoles: es la autoridad última. Hay una conversación en mi novela que se parece mucho a uno entre Felix y Pablo.</p>
<p>Y bueno, yo decidí buscar más similaridades. El personaje principal de mi novela se llama Jason. Busqué en el índice de la Biblia si alguien llamado Jason aparecía. No recordaba nadie con ese nombre. Resultó que un hombre llamado Jason aparece una y sólo una vez en la Biblia. Es en Hechos de los Apóstoles. Y, para llenarme aún más con coincidencias, en mi novela Jason escapa de las autoridades y se esconde en la casa de alguien, y en Hechos el hombre llamado Jason acoge a un fugitivo de la ley en su casa -una inversión exacta de la situación en mi novela, como si el misterioso Espíritu responsable de todo esto se estuviera burlando de lo que ocurría.</p>
<p>Felix, Jason, y el encuentro en el camino con el hombre negro que es un completo desconocido. En Hechos, El discípulo Philip bautiza al hombre negro, quien luego deja el lugar lleno de gozo. En mi novela, Felix Buckman se acerca al negro en búsqueda de apoyo emocional, porque la hermana de Felix Buckman recién ha muerto y él está destrozado psicológicamente. El negro anima el espíritu de Buckman y aunque Buckman no se va lleno de gozo, al menos deja de llorar. Él escapa de su casa, compungido por la muerte de su hermana, y tiene que acercarse a alguien, cualquiera, incluso un completo desconocido. Es un encuentro entre dos desconocidos en el camino que cambia la vida de uno de ellos -tanto en mi novela como en Hechos. Y un toque final del misterioso Espíritu: el nombre Felix significa “Feliz” en latín. Cosa que yo no sabía cuando escribí la novela.</p>
<p>Un estudio cuidadoso de mi novela muestra que por razones que yo no puedo explicar yo había logrado recontar varias de los incidentes básicos de un libro específico de la Biblia, e incluso había elegido los nombres correctos. ¿Cómo explicar esto? Eso fue hace cuatro años. Por cuatro años he intentado encontrar una teoría y no he podido. Dudo que algún día pueda.</p>
<p>Pero el misterio no termina allí, como imaginé. Hace dos meses caminaba, ya entrada la noche, hacia el buzón de correo para enviar una carta, y también para disfrutar la vista de la iglesia de San José, que está al frente de mi edificio. Vi un hombre vagando sospechosamente junto a un coche estacionado. Lucía como si intentara robar el coche, o tal vez algo de él. Cuando regresaba del buzón, el hombre se escondía tras un árbol. Impulsivamente caminé hacia él y le pregunté, “¿Ocurre algo?”</p>
<p>“Me quedé sin gasolina,” dijo el hombre. “Y no tengo dinero.”</p>
<p>Increiblemente, porque nunca había hecho esto antes, saqué mi billetera, tomé todo el dinero que tenía y se lo entregué. Él me dio la mano y luego me preguntó dónde vivía, para poder pagarme el dinero luego. Yo regresé a mi apartamento, y luego me di cuenta que el dinero no le serviría de nada, pues no había una estación de gasolina a la que pudiera llegar caminando. Así que regresé allí, en mi coche. El hombre tenía un recipiente de metal en el baul del suyo, y, juntos, fuimos en el mío hasta una estación de gasolina de jornada continua. Pronto estábamos ahí, dos desconocidos, mientras el encargado llenaba el recipiente de metal. De repente me di cuenta de que esta era la escena de mi novela -la novela que había escrito ocho años atrás. La estación de gasolina abierta toda la noche era exactamente como la había imaginado cuando escribía la escena -la destellante luz blanca, el encargado- y entonces vi algo que no había notado antes. El desconocido que estaba ayudando era negro.</p>
<p>Regresamos hasta su coche con la gasolina, nos dimos la mano, y luego yo regresé a mi edificio. Nunca lo volví a ver. Él no pudo pagarme porque yo no le dije cuál de los apartamentos era el mío o cuál era mi nombre. Fui terriblemente conmovido por esa escena. Había vivido, literalmente, una escena tal y como aparecía en mi novela. Es decir, había vivido una replica de la escena en Hechos donde Philip se encuentra con el hombre negro en el camino.</p>
<p>¿Cómo explicar todo esto?</p>
<p>La respuesta que se me ha ocurrido puede no ser correcta, pero es la única que tengo. Tiene que ver con el tiempo. Mi teoría es la siguiente: En algún sentido importante, <em>el tiempo no es real</em>. O tal vez sí es real, pero no tal como lo experimentamos o como lo imaginamos que es. Tuve una certidumbre aguda y abrumadora (y todavía la tengo) de que pese a todo el cambio que vemos, un paisaje específico yace bajo el mundo cambiante: y ese paisaje invisible es el de la Biblia; es, específicamente, el período inmediatamente subsiguiente a la muerte y resurrección de Cristo; es, en otras palabras, aquel cuando ocurren los Hechos de los Apóstoles.</p>
<p>Parménides estaría orgulloso de mí. He mirado fijamente el mundo en cambio constante y he declarado que bajo él yace lo eterno, lo inamovible, lo absolutamente real. ¿Pero qué ha ocurrido? ¿Si el momento real es cercano a 50 D.C., entonces por qué vemos 1978 D.C? ¿Y si realmente vivimos en el Imperio Romano, en algún lugar en Siria, por qué vemos los Estados Unidos?</p>
<p>Durante la edad media, una teoría curiosa vio la luz, se las voy a presentar tal y como es. Es la teoría de que el Maligno -Satán- es el “Simio de Dios”. Él crea imitaciones espurias de la creación, de la creación auténtica de Dios, y luego las intercambia por aquella creación auténtica. ¿Explica esta rara teoría mi experiencia? ¿Debemos creer que hemos sido cegados, que hemos sido engañados, que no es 1978 sino 50 D.C…. y que Satán ha creado una realidad falsificada para debilitar nuestra fé en el retorno de Cristo?</p>
<p>Me imagino siendo examinado por un psiquiatra. El psiquiatra dice, “¿En qué año estamos?”. Y yo respondo, “50 D.C.” El psiquiatra parpadea y luego pregunta, “¿Y dónde estás tú?” Yo respondo, “En Judea.” “¿Dónde diablos es eso?” pregunta el psiquiatra. “Es parte del imperio romano,” tendría que responder. “¿Tú sabes quién es el presidente?” me preguntaría el psiquiatra, y yo respondería, “El procurador Felix.” “¿Estás seguro?” preguntaría el psiquiatra, mientras envía una señal discreta a dos inmensos enfermeros. “Sip,” respondería. “A menos que Felix haya dimitido y haya sido reemplazado por el Procurador Festus. Lo que pasa es que San Pablo fue capturado por Felix debido -” “¿Quién te dijo todo esto?” preguntaría de imprevisto el psiquiatra, irritado, y yo respondería, “El Espíritu Santo.” Y después de eso yo terminaría en la habitación acolchada, mirando hacia afuera, y sabiendo exactamente cómo había llegado a ese lugar.</p>
<p>Todo lo dicho en esa conversación podría ser verdad, en algún sentido, aunque palpablemente falso en otro. Yo sé perfectamente bien que estamos en 1978 y que Jimmy Carter es el presidente y que yo vivo en Santa Ana, California, en los Estados Unidos. Yo incluso sé cómo llegar de mi apartamento a Disneylandia, algo que aparentemente soy incapaz de olviar. Y seguro que Disneylandia no existía en el tiempo de San Pablo.</p>
<p>Por eso, si me fuerzo a ser racional y razonable, y todas esas cosas buenas, debo admitir que la existencia de Disneylandia (que yo sé que es real) prueba que no vivimos en Judea en 50 D.C. La idea de San Pablo dando vueltas en unas tazas de té gigantes mientras escribe la primera carta a los Corintios al tiempo que Paris TV lo filma – eso no puede ser. San Pablo nunca iría a Disneylandia. Sólo niños, turistas, y altos oficiales Soviéticos van a Disneylandia. Los santos no.</p>
<p>Pero de alguna manera ese materíal bíblico se introdujo a mi inconsciente y se arrastró hasta mi novela, y también es verdad que, por alguna razón, en 1978 yo reviví una escena que había descrito en 1970. Lo que quiero decir es: Hay evidencia interna en al menos una de mis novelas de que otra realidad, una que inamovible, exactamente como Parménides y Platón sospecharon, yace bajo el mundo cambiante, y de alguna manera, en algún modo, tal vez con sorpresa, podemos entreverla. O mejor, un Espíritu misterioso puede ponernos en contacto con ella si quiere que veamos este otro paisaje permanente. El tiempo pasa, miles de años pasan, pero al mismo tiempo que vemos este mundo contemporaneo, el mundo antiguo, el mundo de la Biblia, se oculta bajo él, todavía ahí y todavía real. Eternamente.</p>
<p>¿Me voy con todo y les cuento el resto de esta historia peculiar? Dado que ya he llegado tan lejos, no tengo de otra. Mi novela, <em>Fluyan mis lágrimas, dijo el policía</em>, fue lanzada por Doubleday en febrero de 1974. Una semana más tarde, me extrajeron dos muelas del jucio, bajo pentatol de sodio. Más tarde ese mismo día estaba terriblemente adolorido. Mi esposa telefoneó al odontólogo y él llamó a una farmacia. Media hora más tarde alguien tocó la puerta: la persona encargada de los domicilios de la farmacia, con mis analgésicos. Aunque sangraba y estaba enfermo y débil, sentí la necesidad de responder al llamado de la puerta. Cuando abrí, me encontré frente a una mujer joven -que lucía una cadena de oro en cuyo centro brillaba un pescadito dorado. Por alguna razón fui hipnotizado por el pescadito dorado; olvidé mi dolor, olvidé la medicina, olvidé que la chica estaba ahí. Concentré toda mi atención en el pez.</p>
<p>“¿Qué quiere decir?” Le pregunté.</p>
<p>La chica tocó el reluciente pez dorado con su mano y dijo, “Este es un símbolo usado por los cristianos primitivos.” Luego me dió el paquete de medicinas.</p>
<p>En ese instante, mientras yo miraba el brillante símbolo y escuchaba sus palabras, de imprevisto experimenté lo que luego aprendí que es llamado anamnesis -una palabra griega que significa, literalmente, “pérdida del olvido”. Recordé quién era y dónde estaba. En un instante, en un parpadeo, todo regresó. Y no sólo pude recordarlo sino que pude verlo. La chica era una cristiana secreta y también yo. Vivíamos con miedo de ser detectados por los romanos. Nos debíamos comunicábar con mensajes crípticos. Ella recién me lo había dicho, y era verdad.</p>
<p>Por un momento, no importa cuan dificil sea explicar o creer esto, vi difuminarse los contornos carcelarios de la odiosa Roma. Pero, y esto es más importante, recordé a Jesús, quien hace poco había estado con nosotros, y se había ido temporalmente, y pronto regresaría. El gozo me llenó. Nos preparábamos secretamente para darle la bienvenida a su retorno. No tomaría mucho tiempo. Y los romanos no lo sabían. Ellos pensaban que Él estaba muerto, muerto para siempre. Ese era nuestro secreto, nuestro gozoso saber. No importaba lo que pareciera, Cristo regresaría, y nuestro deleite al anticiparlo era ilimitado.</p>
<p>¿No es extraño que este incidente, recobrar la memoria perdida, ocurriera sólo una semana luego de que <em>Fluyan mis lágrimas</em> fuera lanzado? ¿Y es precisamente allí donde hay una replicación de las personas y eventos de Hechos de los Apóstoles, que tiene lugar precisamente en ese momento -luego de la muerte y resurrección de Jesús- que yo recordé, por medio del símbolo del pez dorado, como si acabara de ocurrir?</p>
<p>Si ustedes fueran yo, y les ocurriera esto, estoy seguro que no podrían pasarlo por alto. Buscarían una teoría que lo explicara. Por cuatro años he intentado una teoría tras otra: tiempo circular, tiempo congelado, tiempo atemporal, que es llamado “sagrado” en contraste al tiempo “mundano”… Yo no puedo enumerar las teorías que he intentado. Una constante prevalece, sin embargo, en todas ellas. Debe existir un Espírituo Santo misterioso que tiene una relación exacta e íntima con Cristo, que pues adentrarse en las mentes humanas, guiarlas e informarlas, e incluso expresarse a través de esos humanos, aun sin que ellos lo noten.</p>
<p>Cuando escribía <em>Fluyan mis lágrimas</em>, en 1970, ocurrió un evento inusual cuya rareza yo pude apreciar en su momento, no era parte del proceso de escritura normal. Tuve un sueño una noche, un sueño especialmente vívido. Y cuando desperté sentí la necesidad absoluta de incluir el sueño en la novela tal y como lo había soñado. Incluyendolo correctamente, tuve que escribir once borradores de la parte final del manuscrito hasta que quedé satisfecho.</p>
<p>Lo cito ahora de la novela, como apareció en su forma final, publicada. Miren si este sueño les recuerda alguna cosa.</p>
<blockquote><p>El campo, marron y seco, en verano, donde había vivido cuando niño. Cabalgaba, y a su derecha se acercaba lentamente una cuadrilla de caballos. Eran cabalgados por hombres de túnicas brillantes, cada una de diferente color; cada uno portaba un casco que centelleaba bajo el sol. Los caballeros solemnemente, lentos, lo sobrepasaron y cuando estaban a su lado vislumbró el rostro de uno de ellos: un rostro de marmol antiguo, un hombre viejísimo con cascadas ondulantes de barbas blancas. Qué nariz tenía. Qué nobleza en sus rasgos. Cansado, serio, superior a cualquier hombre ordinario. Evidentemente era un rey.</p>
<p>Felix Buckman los dejó pasar; no les habló y ellos no le dijeron nada. Juntos, fueron hacia la casa de la que él venía. Un hombre se escondía dentro de la casa, un hombre solo, Jason Taverner, en el silencio y la oscuridad, sin ventanas, solitario hasta la eternidad. Sentado, existiendo apenas, inerte. Felix Buckman continuó su camino, fuera en el campo. Y entonces escuchó tras él un chillido espantoso. Habian matado a Taverner, y viéndolos entrar, sintiéndolos entre las sombras a su alrederor, sabiendo lo que pretendían hacerle, Taverner había chillado.</p>
<p>En el fondo de su ser Felix Buckman se vió invadido por una pena honda y absoluta. Pero en el sueño no dió la vuelta ni miró hacia atrás. No había nada que pudiera hacer. Nadie pudo haber detenido al grupo de hombres de túnicas multicolores; a ellos no se les puede decir no. No importaba, ya había pasado. Taverner estaba muerto.</p></blockquote>
<p>Este pasaje probablemente no les sugiera nada en particular, excepto que una cuadrilla de hombres a caballo juzgaron a alguien o culpable o considerado culpable. No es claro si Taverner había cometido un crimen o sólo se creía que lo había cometido. Yo tengo la impresión de que era culpable, pero es trágico que tuviera que morir, es una tragedia terriblemente triste. En la novela, este sueño hace llorar a Felix Buckman, y es ahí cuando busca al hombre negro en la estación de gasolina.</p>
<p>Meses después de que mi novela había sido publicada, encontré la sección de la Biblia a la que este sueño se refiere. Es Daniel 7:9:</p>
<blockquote><p>Mientras yo observaba esto, se colocaron unos tronos, y tomó asiento un venerable Anciano. Su ropa era blanca como la nieve, y su cabello, blanco como la lana. Su trono con sus ruedas centelleaban como el fuego. De su presencia brotaba un torrente de fuego. Miles y millares le servían, centenares de miles lo atendían. Al iniciarse el juicio, los libros fueron abiertos.</p></blockquote>
<p>El hombre de la cabellera blanca aparece de nuevo en Apocalipsis, 1:13:</p>
<blockquote><p>En medio de los candelabros estaba alguien semejante al Hijo del hombre, vestido con una túnica que le llegaba hasta los pies y ceñido con una banda de oro a la altura del pecho. Su cabellera lucía blanca como la lana, como la nieve; y sus ojos resplandecían como llama de fuego. Sus pies parecían bronce al rojo vivo en un horno, y su voz era tan fuerte como el estruendo de una catarata.</p></blockquote>
<p>Y luego en 1:17:</p>
<blockquote><p>Al verlo, caí a sus pies como muerto; pero él, poniendo su mano derecha sobre mí, me dijo: “No tengas miedo. Yo soy el Primero y el Último y el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno. Escribe, pues, lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá después.</p></blockquote>
<p>Y como Juan de Patmos, yo escribí fielmente lo que vi y lo puse en mi novela. Y era verdad, aunque en ese momento yo no sabía de quién hablaba al decir:</p>
<blockquote><p>…vislumbró el rostro de uno de ellos: un rostro de marmol antiguo, un hombre viejísimo con cascadas ondulantes de barba blanca. Qué nariz tenía. Qué nobleza en sus rasgos. Cansado, serio, superior a cualquier hombre ordinario. Evidentemente era un rey.</p></blockquote>
<p>Ciertamente era un rey. Era el mismísimo Cristo de regreso para juzgarnos. Y esto es lo que hace en mi novela: juzga al hombre escondido en las tinieblas. El hombre escondido en las tinieblas debe ser el principe del Mal, la fuerza de la oscuridad. Llamenlo como deseen, su tiempo había llegado. Fue juzgado y condenado. Felix Buckman pudo gemir ante la tristeza de este evento, pero él sabía que el veredicto no podía ser contrariado. Y por eso cabalgó, sin dar vuelta ni mirar atrás, escuchando sólo el chillido de miedo y derrota: el llanto del mal al ser destruido.</p>
<div class="imagen-derecha"><a href="http://hermanocerdo.com/2012/03/como-construir-un-universo-que-no-se-derrumbe-en-dos-dias/fluyan/" rel="attachment wp-att-7223"><img src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/03/fluyan.jpg" alt="" title="" width="280" height="420" class="alignright size-full wp-image-7223" /></a></div>
<p>Luego, mi novela contiene material de otras parted de la Biblia, así como las secciones de Hechos. Descifrada, cuenta una historia bastante distinta de aquella en su superficie (la cual no abordaremos acá). La historia real es sencillamente esta: el regreso de Cristo, ahora rey en lugar de sufrido sirviente. Juez en lugar de víctima de un juicio injusto. Todo es revertido. El mensaje central de mi novela, sin que yo lo supiera, era una advertencia a los poderosos: Pronto serán juzgados y condenados. ¿A quién, específicamente, se refería? Bueno, no puedo decirlo; o tal vez prefiero no decirlo. No tengo la absoluta seguridad, sólo una intuición. Y eso no es suficiente para proseguir, así que mejor no digo lo que pienso. Pero ustedes deberían preguntarse qué eventos políticos ocurrieron en este país entre Febrero de 1974 y Agosto de 1974. Pregúntense quien fue juzgado y condenado, y cayó como una estrella fugaz hacia la ruina y la desgracia. El hombre más poderoso del mundo. Y yo me sentí mal por él tal y como me sentí mal cuando soñé aquel sueño. “Ese pobre pobre hombre,” le dije a mi mujer, con lágrimas en los ojos. “Encerrado en la oscuridad, tocando el piano por las noches sólo para él mismo, solitario y temeroso, sabiendo lo que venía.” Por Dios, perdonémoslo. Pero lo que le hicieron a él y sus hombres -”todos los hombres del presidente”, como dicen- tenía que ser hecho. Y ya está, y él debería ver la luz del sol de nuevo; ninguna criatura, ninguna persona, debería ser encerrada en la oscuridad para siempre, en el miedo. No es humano. Justo cuando la Corte Suprema decidía que las cintas de Nixon debían ser entregadas al fiscal especial, yo estaba comiendo en un restaurante chino en Yorba Linda, el pueblo en California donde Nixon fue a la escuela -donde creció, trabajó en una tienda, donde hay un parque llamado en su honor, y por supuesto se encuentra la casa de Nixon, de madera sencilla y todo. En mi galleta de la suerte, recibí la siguiente fortuna:</p>
<blockquote><p>LO HECHO EN SECRETO TIENE UNA</p>
<p>MANERA DE SER DESCUBIERTO.</p></blockquote>
<p>Envié el pedazo de papel por correo a la Casa Blanca, mencionando que el restaurante Chino estaba ubicado a menos de una milla de la casa de Nixon, y dije “Yo creo que un error ha ocurrido; por accidente recibí la fortuna del señor Nixon. ¿Él tiene la mía?” La Casa Blanca nunca respondió.</p>
<p>Y bueno, como dije antes, un autor de una obra que se supone ficción puede haber escrito la verdad sin saberlo. Citando a Xenofanes, otro presocrático: “Aun si un hombre tiene la oportunidad de decir la absoluta verdad, él no la sabrá; todas las cosas están envueltas en apariencias” (Fragmento 34). Y Heraclito complementó: “La naturaleza de las cosas acostumbra ocultarse a sí misma.” (Fragmento 54). W.S. Gilbert, de Gibert y Sullivan, lo dijo así: “Las cosas pocas veces son lo que aparentan; la leche descremada se disfraza de crema.” Y el punto es que no podemos confiar en nuestros sentidos y problabmente ni siquiera en nuestro razonamiento a priori. Con respecto a nuestros sentidos, tengo entendido que personas que han nacido ciegas y luego han ganado la vista de repente se sorprenden al descubrir que los objetos lucen más y más pequeños a medida que nos alejamos. Logicamente, no hay una razón para que esto ocurra. Nosotros, por supuesto, lo aceptamos, porque estamos acostumbrados. Vemos los objetos hacerse pequeños, pero sabemos que realmente permanecen del mismo tamaño. Así, incluso la persona pragmática común desprecia sofisticadamente algo de lo que sus ojos y orejas le dicen.</p>
<p>Poco de lo que Heraclito escribió sobrevivió, y lo que nos quedó es oscuro, pero el Fragmento 54 es lúcido e importante: “La estructura latente controla la estructura obvia.” Esto significa que Heráclito creía que un velo yacía sobre el verdadero panorama. Tal vez pudo sospechar que el tiempo no era lo que parecía, porque en el Fragmento 52 dijo: “El tiempo es un niño jugando, jugando a que corre; de un niño es el reino.” Esto es ciertamente críptico. Pero él también dijo, en el Fragmento 18: “Si uno no lo espera, no podrá encontrar lo inesperado; no puede ser rastreado y ningun camino nos lleva hacia él.” Edward Hussey, en su libro académico <em>Los pre-socráticos</em>, dice:</p>
<blockquote><p>Si Heráclito es tan insistente en evidenciar la falta de comprensión mostrada por la mayoría de los hombres, sería razonable que él ofreciera instrucciones para penetrar la verdad. Su juego de acertijos y conjeturas sugiere que una especie de revelación, inaccesible al control humano, es necesaria… La verdadera sabiduría, como ha sido visto, se asocia íntimamente con Dios, lo que implica que al contar con una sabiduría avanzada el hombre se convierte en algo como Dios, o en una parte de Él.</p></blockquote>
<p>Esta cita no hace parte de un libro religioso o de un libro en teología; es un análisis de los filósofos tempranos por un profesor en filosofía antigua de la universidad de Oxford. Hussey deja claro que para estos filosofos tempranos no hay diferencia entre filosofía y religión. El primer gran salto cuántico en teología griega fue dado por Xenofanes de Colofón, nacido a mediados del siglo sexo antes de Cristo. Xenófanes, sin acudir a más autoridad que aquella de su propia mente, dice:</p>
<blockquote><p>Hay un dios que no es similiar a ninguna criatura mortal ni en su forma corporea ni en los pensamientos de su mente. Todo él ve, Todo él piensa, todo él escucha. Se encuentra siempre, inamovible, en el mismo lugar; no está previsto que se mueva hacia allí o hacia allá.</p></blockquote>
<p>Esta es una concepción avanzada y sutil de Dios, evidentemente sin precedentes entre los filósofos griegos. “Los argumentos de Parménides parecían demostrar que toda realidad debía ser una mente,” escribe Hussey, “o un objeto de pensamiento en una mente.” Refiriéndose específicamente a Heráclito, dice, “En Heráclito es dificil saber si los designios de la mente de Dios son distinguibles de la ejecución del mundo, o si la mente de Dios se distingue del mundo.” El salto dado por Anaxágoras siempre me ha fascinado. “Anaxágoras terminó ofreciendo una teoría de la microestructura de la matera que la hacía, hasta cierto punto, inaccesible a la razón humana.” Anaxágoras creía que todo era determinado por la Mente. Estos no eran pensadores inmaduros, o primitivos. Ellos debatían temas serios y se estudiaban mutuamente con cuidadosa atención. No fue sino hasta los tiempos de Aristóteles cuando sus posiciones se vieron reducidas a lo que podemos calificar con facilidad -pero erroneamente- como crudas. La suma de gran parte de la teología y filosofía pre-socrática puede ser enunciada de la siguiente manera: El Kosmos no es lo que parece ser, y lo que probablemente es, en lo más profundo, es precisamente aquello que es el ser humano en lo más profundo -llámenlo mente o alma, es algo unitario que vive y piensa, y solo parece ser plural y material. Gran parte de esta visión nos llega a través de la doctrina del Logos referente a Cristo. El Logos es lo que es pensado y lo que piensa: pensamiento y pensador unidos. El universo, entonces, es pensador y pensamiento, y dado que somos parte de él, nosotros como humanos resultamos ser pensamientos y pensadores de esos pensamientos. Así, si Dios piensa en Roma alrededor de 50 D.C., entonces Roma es. El universo no es un reloj y Dios la mano que le da cuerda. El universo no es un reloj electrico y Dios la batería. Spinoza creía que el universo era la extensión del cuerpo de Dios al espacio. Pero antes de Spinoza -dos mil años antes- Xenófanes había dicho, “Sin esfuerzo, controla todo con un pensamiento” (Fragmento 25). Si alguno de ustedes ha leído mi novela Ubik, sabrá que la entidad o mente o fuerza misteriosa llamada Ubik inicia con una serie de propagandas vulgares y baratas y termina diciendo:</p>
<blockquote><p>Yo soy Ubik. Antes que el universo fuera, yo era. Yo hice los soles. Yo hice los mundos. Yo creé las vidas y los lugares que habitan; Yo las transladé aquí, yo las puse allá. Van a donde yo diga, hacen lo que yo desee. Yo soy la palabra y mi nombre nunca es dicho, es un nombre que nadie conoce. Yo soy llamado Ubik pero ese no es mi nombre. Yo soy. Yo siempre seré.</p></blockquote>
<p>De aquí es obvio concluir quién y qué es Ubik; él dice específicamente que es la palabra, que es lo mismo que decir, el Logos. En la traducción alemana ocurrió uno de los más maravillosos lapsus de entendimiento acertado de los que yo tenga noticia; que Dios nos ayude si el hombre que tradujo mi novela Ubik al aleman hace una traducción del Nuevo Testamento del griego koiné al aleman. Todo iba bien hasta que llegó a la frase “Yo soy la palabra”. Esa frase lo hizo dudar. ¿Qué querrá decir con eso? Se debió haber preguntado, obviamente nunca había tenido contacto con la doctrina del Logos. Debido a esto él intentó la mejor traducción posible. En la edición alemana, la Entidad Absoluta que hizo los soles, que hizo los mundos, creó las vidas y los lugares que habitan, dice de sí misma:</p>
<blockquote><p>Yo soy la marca (n.t.: comercial (brand name)).</p></blockquote>
<p>Si hubiera traducido el Evangelio según san Juán, supongo que hubiera terminado con algo del estilo:</p>
<blockquote><p>En el principio ya existía la marca, y la marca estaba con Dios, y la marca era Dios.</p></blockquote>
<p>Parecería que yo no sólo vengo a dar saludos en nombre de Disneylandia sino de Mortimer Snerd (n.t. : un personaje del ventrilocuo Edgar Bergen famoso por su capacidad para perder el hilo del discurso). Esa es la suerte que corren los autores que desean incluir temas teológicos en sus obras. “La marca estaba, entonces, con Dios al principio, y a por medio de ella todas las cosas fueron creadas; sin ella, nada de lo creado llegó a existir.” Y así prosigue noblemente. Esperemos que Dios tenga sentido del humor.</p>
<p>O tal vez debo decir, Esperemos que la marca tenga sentido del humor.</p>
<p>Como les dije antes, las dos preocupaciones de mi escritura son “¿Qué es realidad?” y “¿Qué es el humano auténtico?”. Estoy seguro que para este momento ustedes pueden notar que yo no he sido capaz de dar con una respuesta para la primera pregunta. Tengo la intuición de que de algún modo el mundo de la Biblia es literalmente un paisaje real pero velado, que no cambia, oculto a nuestra percepción, pero ofrecido a nosotros por la revelación. Eso es todo lo que se me ha ocurrido -una mezcla de experiencia mística, razón y fé. Quisiera decir algo ahora acerca de las características del auténtico humano; en mi búsqueda he dado con más respuestas plausibles a este asunto.</p>
<p>El ser humano auténtico es aquel que instintivamente sabe lo que no debe hacer y, además, se resistirá a hacerlo. Reusará hacerlo incluso si esto le acarrea horribles consecuencias a él y a aquellos que ama. Esta, para mí es la caracteristica heróica fundamental de la gente común; ellos dicen No al tirano y asumen con calma las consecuencias de esta resistencia. Sus acciones pueden ser pequeñas, y muchas veces ignotas, despreciadas por la historia. Sus nombres no son recordados ni ellos esperan que sus nombres sean recordados. Percibo su autenticidad de una manera extraña: no en su disposición para realizar grandes acciones heróicas sino en su callado rehusarse. En esencia, ellos no pueden ser forzados a ser lo que no son.</p>
<p>El poder de las realidades espurias nos golpea hoy en día -esas falsificaciones deliberadamente construidas nunca penetran el corazón del verdadero ser humano. Yo miro a mis hijos ver televisión y al principio temo por lo que les están enseñando, pero luego me doy cuenta que ellos no pueden ser corrompidos o destruidos. Ellos miran, ellos escuchan, ellos entienden, y, luego, cuando y donde sea necesario, descartan. Hay algo poderosísimo en la habilidad de los niños para resistir lo fraudulento. Un niño tiene la visión más clara, la mano más firme. Los tramposos, los promotores de la farsa, intentan ganarlos en vano. Es cierto, las compañías de cereales han logrado vender cantidades enormes de desayunos basura; las cadenas de hamburguesas y perros calientes venden infinidad de comida rápida irreal a los niños, pero su corazón profundo late con firmeza, inalcanzable e intocable. El niño de hoy puede detectar una mentira más rápido que el adulto más sabio de hace dos décadas. Cuando yo quiero saber lo que es cierto, le pregunto a mis hijos. Ellos no me preguntan; yo les pregunto a ellos.</p>
<p>Un día, mientras mi hijo Christopher, que tiene cuatro años, jugaba en frente de su madre y yo, empezamos a discutir el futuro de Jesús en los Evangelios Sinópticos (n.t.: Mateo, Marcos y Lucas). Christopher nos miró por un instante y dijo, “Yo soy un pescador. Pesco pescados.” Jugaba con una linterna metálica que alguien me había dado, pero yo nunca había usado… Y de repente me di cuenta de que la linterna tenía la forma de un pez. Me pregunto qué pensamientos fueron impuestos en el alma de mi niñito en ese momento -no precisamente por mercaderes de cereales ni traficantes de golosinas. “Yo soy un pescador. Pesco pescados.”</p>
<p>Christopher, a los cuatro años, había encontrado el símbolo que yo no encontre sino hasta que tenía cuarenta y cinco.</p>
<p>El tiempo es cada vez pasa más rápido. ¿Y hacia donde? Tal vez nos fue dicho hace dos mil años. O tal vez no fue realmente hace tanto; tal vez es un espejismo que tanto tiempo haya transcurrido. Tal vez fue hace sólo una semana, o incluso hoy temprano. Quizás el tiempo no corre; quizás, además, se agota.</p>
<p>Y si así ocurre, las atracciones de Disneylandia nunca serán las mismas de nuevo. Porque cuando el tiempo se termine, los pájaros y los hipopótamos y los leones y los cervatillos de Disneylandia dejarán de ser simulaciones, y, por vez primera, un pájaro verdadero cantará.</p>
<p>Gracias.</p>
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		<title>Un fin de semana de cuento erótico: Ercole Lissardi</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Mar 2012 23:21:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J.S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Notas]]></category>
		<category><![CDATA[Alejandro Soifer]]></category>
		<category><![CDATA[Ercole Lissardi]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Qué es preferible, ser un sátiro o un santo?]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a rel="attachment wp-att-7195" href="http://hermanocerdo.com/2012/03/un-fin-de-semana-de-cuento-erotico-ercole-lissardi/lissardi-1024x732/"><img class="aligncenter size-large wp-image-7195" title="Lissardi-1024x732" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/03/Lissardi-1024x732-600x428.jpg" alt="" width="600" height="428" /></a></p>
<p>Ercole Lissardi (Montevideo, 1951) no existe, o sí; según se mire.</p>
<p>El periodista Alejandro Soifer lo define así:</p>
<blockquote><p>"Podría decirse que es el secreto más público de la literatura uruguaya  contemporánea y también que es un escritor que está muerto pero que  todavía respira y sonríe" <sup class='footnote'><a href='#fn-7191-1' id='fnref-7191-1'>1</a></sup>.</p></blockquote>
<p>Y es que, en efecto, Ercole Lissardi es un seudónimo. Es un librero uruguayo, que conoció el exilio en México, del que solo se sabe que sus amigos le llaman el gordo Hugo y que inventó un pseudónimo y que incluso le inventó una muerte al pseudónimo. Visto que se formaba un revoloteo molesto sobre su nombre, tras haber publicado unas cuantas novelas, y sufriendo que se comenzara a atribuir su identidad a otros escritores uruguayos, decidió Lissardi asumir su propio pseudónimo y comenzó a aceptar que sí, que qué demonios: nadie sino él era el escritor inventado Ercole Lissardi.</p>
<p>Lissardi, que comenzó a escribir a los cuarenta años, es autor de una obra ingente, una quincena de libros, más o menos, todos ellos de temática erótica, pero con un tratamiento muy <em>sui generis</em>, pues mezcla en ellos todo tipo de géneros (ciencia ficción, novela negra, etc). Es, además, autor del ensayo <em>Porno y Postporno</em>, junto a Roberto Echavarren y Amir Hamed y en cuyo prólogo afirman los autores que a nivel literario o artístico la pornografía es, en definitiva, un género fantástico <sup class='footnote'><a href='#fn-7191-2' id='fnref-7191-2'>2</a></sup>.</p>
<p>En esta línea fantástica, y de un erotismo ciertamente cómico, es en la que se inscribe el tono y el estilo del cuento que nos gustaría recomendarles para este fin de semana, y que lleva por título "Nietzsche en la playa".  Nos encontramos en el relato con un hombre que se halla de vacaciones, en un balneario, esperando a su mujer, y no se le ocurre mejor cosa que leer, entretanto, a Nietzsche; el prólogo del <em>Ecce Homo</em>, concretamente, donde el filósofo alemán declara que:</p>
<blockquote><p>“preferiría ser un sátiro antes que un santo”.</p></blockquote>
<p>Tras haber leído el juicio nietzscheano, nos dice el protagonista que: "me sobrevino una especie de desazón, una especie de nostalgia sin objeto que me quitó las ganas de seguir leyendo". Y es que se pone a pensar en cuál sería la mejor elección.</p>
<p>A partir de ahí, la búsqueda mental de la mejor alternativa, nos dice el protagonista del relato: "no dejó de zumbarme alrededor, como un mangangá voluminoso y fiero, tan bello como peligroso".</p>
<p>Si quieren saber en qué queda tal resolución... pinchen <a href="http://www.losinrocks.com/libros/nietzsche-en-la-playa">aquí</a>.</p>
<p>Sean fantasiosos y felices durante el fin de semana.</p>
<p>Nos vemos aquí de nuevo el próximo lunes.</p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-7191-1'>Alejandro Soifer. <em>El diablo en el cuerpo</em>. <a href="http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3368-2009-02-22.html">Radar Libros / Página 12. 22-Febrero-2009</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-7191-1'>&#8617;</a></span></li>
<li id='fn-7191-2'>Santiago Rial Ungaro. <em>Toco y me voy</em>. <a href="http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3648-2009-12-20.html">Radar Libros / Página 12. 20-Diciembre-2009</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-7191-2'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>El buzo con tos</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Mar 2012 07:41:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mauricio Salvador</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[Nadie sabe nada]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="imagen-centro"><a rel="attachment wp-att-7149" href="http://hermanocerdo.com/2012/03/el-buzo-con-tos/sunset1/"><img class="alignright size-full wp-image-7149" title="sunset1" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/03/sunset11.jpg" alt="" width="376" height="300" /></a></div>
<p>—¿Sabes qué acabo de descubrir? —dijo Rosario—. Que no se pueden hacer planes a futuro. A lo mucho se pueden hacer planes para el día siguiente. Y ni siquiera eso.</p>
<p>—Yo voy a ser un buzo.</p>
<p>—¿Y eso qué?</p>
<p>—Es mi plan.</p>
<p>—Pero te acabo de decir que no se puede.</p>
<p>—¿Por qué no?</p>
<p>—Porque no. ¿Estás sordo? Quizá un plan a corto plazo sí. Por ejemplo, podría enterrar a José Brian en la arena y dejarlo ahí para ver cuánto tiempo dura sin llorar. Es un buen plan a corto plazo.</p>
<p>—Pues mi plan es ser un buzo.</p>
<p>A Rosario le fastidió que semejante certeza (como si ser un buzo fuera grandioso) amenazara su reciente descubrimiento: que en esta vida no se pueden hacer planes. Aún más, le fastidió la sospecha de que si el chico seguía hablando su vehemencia la obligaría a replegarse hasta aceptar que, bueno, de vez en cuando ciertos planes podían llegar a realizarse. Pero justo cuando el buzo iba a proseguir la descripción de su plan de convertirse en buzo un ataque de tos lo hizo doblarse en dos. Rosario sintió que recuperaba su antigua autoridad.</p>
<p>—Esa tos —dijo.</p>
<p>—Me da cuando me río o me pongo ansioso –dijo él.</p>
<p>—Es triste no poder reírse.</p>
<p>—Es sólo que… a veces… –continuó el chico, reprimiendo los borbotones de aire- ... a veces...</p>
<p>Para no molestarla más mordió la boquilla de su esnórquel y respiró a profundidad varias veces; con este método los ataques de tos languidecían; era un gran misterio.</p>
<p>Rosario apartó la vista del buzo y se estremeció con la brisa del mar, una brisa reparadora para todos pero para ella un recordatorio de que las vacaciones habían llegado a su fin.</p>
<p>Porque en general Rosario odiaba que las cosas llegaran a su fin, que la escuela llegara a su fin, y las vacaciones y el sueño y, sobre todas las cosas, los domingos. Que un domingo llegara a su fin era en ocasiones más de lo que podía soportar. Y sentir por medio de esa brisa fresca que se acercaba el final de la tarde y del domingo y de las vacaciones y que más tarde tendría que subir a la habitación y al otro día estar de camino a casa fue una sensación que en ese momento le pareció lo más cercano a la muerte.</p>
<p>La situación era tan miserable que no se dio cuenta que el pequeño buzo se había recuperado y le contaba desde hacía rato lo mucho que aquel hotel le gustaba a sus papás y cómo tenían planeado regresar todos y cada uno de los años de su vida. Al escuchar que lo tenían planeado desde tantos años atrás, a Ros se le removió el estómago porque estaba convencida de que esas cosas no eran posibles, no era posible planear algo con tantos años de anticipación, no cuando cada cinco minutos el mundo daba media vuelta y lo ponía todo de cabeza, cuando apenas uno decidía cómo serían las cosas “algo” hacía su aparición y decidía que en realidad tenían que ser de otra manera y lo que uno tenía en mente se hacía añicos porque las cosas no pueden planearse, así de sencillo. Pero para qué explicarle todo esto, pensó. ¿Lo comprendería?</p>
<p>—A mis papás también les gusta —fue lo que dijo—. A mi mamá por la comida y a mi papá porque puede hacer mucho ejercicio, es un díscolo.</p>
<p>—¿Un qué?</p>
<p>—Alguien que arroja el disco —aclaró Rosario. Volteó adonde estaba su hermano y gritó—: ¡José Brian! ¿todavía quieres aprender a nadar?</p>
<p>Como respuesta José Brian les dedicó una mirada concentrada de rencor y promesas; luego volvió a su mundo y siguió platicando solo en el chapoteadero.</p>
<p>—Es por tu culpa —dijo Rosario.</p>
<p>—¿Porque eres mi novia?</p>
<p>—Porque no le enseñaste a nadar.</p>
<p>El buzo mordió el esnorquel y sólo por prevención hizo unas cuantas respiraciones que sonaron como los ruidos que haría un fantasma a medianoche. A Ros le pareció que los ojos azules del buzo se tornaban verdes y que su cabello reflejaba el atardecer. Era un chico cambiante este buzo con tos.</p>
<p>—José Brian era güerito de bebé —dijo, llevada por sus pensamientos—, Pero después engordó como un marrano.</p>
<p>—Me sé una historia —dijo el buzo—, Son unos hombres que viven en una isla. Bueno, no es una isla pero ellos creen que es una isla y piensan que ese es todo el mundo que existe. Un día unos pescadores se pierden durante una tormenta y nadie sabe qué pasó con ellos. Entonces a uno se le ocurre construir un puente sobre el mar para ir a buscarlos…</p>
<p>—Eso es muy tonto.</p>
<p>—… y comienzan a construirlo poco a poco sobre el mar pero no avanzan nada y luego viene otra tormenta y destruye el puente…</p>
<p>—¿Y por qué no salieron a buscarlos en lancha?</p>
<p>—Es que había tormenta.</p>
<p>—¿Y qué pasó?</p>
<p>—Ya no recuerdo. Haces muchas preguntas.</p>
<p>—Porque no me gustan las historias así.</p>
<p>—¿Quieres ir otra vez a la playa?</p>
<p>—No.</p>
<p>—Podemos construir otro castillo.</p>
<p>—Seguro que José Brian lo destruye otra vez.</p>
<p>—Podemos protegerlo.</p>
<p>—No quiero hacer nada. Te digo que ya no se pueden hacer planes.</p>
<p>—Eres muy rara —dijo el buzo.</p>
<p>—¿Y qué?</p>
<p>El buzo tosió falsamente y volvió a su silla decidido a guardar silencio y no proponer más planes. Pero al cabo de un rato dijo:</p>
<p>—¿Has mandado postales?</p>
<p>—No.</p>
<p>—No es difícil. Es como mandar una carta.</p>
<p>—No me gustan las cartas.</p>
<p>—No te gusta nada —se quejó él—. O no quieres hacer nada conmigo.</p>
<p>—Es que no tiene caso —dijo Ros—. Es lo que te estoy diciendo. Tú eres el que no entiendes nada.</p>
<p>Enojados, permanecieron callados el resto de la tarde, es decir, los pocos minutos que aún quedaban de sol, hasta que los padres del buzo aparecieron por la alberca y le hicieron a su hijo una señal para que los acompañara al restaurante.</p>
<p>—¿Nos vemos más tarde? —preguntó.</p>
<p>Ros no se atrevió a decirle que esa era su última noche en el hotel. Sólo dijo sí con la cabeza y contempló al buzo mientras se alejaba a punta de aletazos por el camino de concreto que conducía al restaurante del hotel.</p>
<p>***</p>
<p>Después de recorrer por segunda ocasión el buffet Ros volvió a la mesa y notó que José Brian charlaba con su cena y que sus padres comían en silencio.</p>
<p>—No sé si son mis mejores vacaciones o las peores —declaró.</p>
<p>—Son mis mejores vacaciones —dijo José Brian a su comida.</p>
<p>—¿Y tu novio? —preguntó su madre.</p>
<p>—No es mi novio —dijo Ros— es un buzo.</p>
<p>—… mis mejores vacaciones —repitió José Brian.</p>
<p>—¿Quieres callarte?</p>
<p>—Déjalo.</p>
<p>—Coman —dijo su padre y ambos, Rosario y José Brian, se aplicaron a sus platos y contribuyeron con su parte al concierto de voces y cubiertos que reinaba en el restaurante.</p>
<p>Mientras cenaban su madre se ocupó en hacer que José Brian comiera propiamente, una tarea complicada porque la comida lo transformaba y no era él uno de esos niños a los que se les ruega para que coman sus verduras, al contrario, a él había que quitarle el plato y lo que hubiera en él para preservar su salud y evitarle la muerte.</p>
<p>Su padre, en tanto, realizaba una técnica consistente en llevarse la taza de café a la boca cada vez que una mujer pasaba junto a la mesa o se acercaba a la barra de ensaladas. Sus ojos bailoteaban por encima de la taza y luego de dar un sorbo su atención se perdía en los otros comensales del hotel y finalmente en José Brian, a quien daba un golpecito en la cabeza y le decía: “Come bien”.</p>
<p>Era un hotel muy grande aquel, el más grande que Ros hubiera visitado y el primero, de hecho. Hasta el momento de su llegada pensaba que un hotel era un sitio para pasar la noche durante un viaje y nada más. Ahora sabía qué equivocada estaba. Era un lugar con posibilidades infinitas; donde la vida simplemente era mejor; donde los meseros te servían más jugo sin necesidad de pedirlo y donde de regreso a la habitación las camas siempre estaban hechas y el baño relucía de limpio y las habitaciones tenían botones distribuidos de tal manera que en las noches nunca había que desplazarse más allá de un metro para apagar las luces y dormir tranquilo en aquellas enormes camas de frescas colchas; y si uno no quería dormir se podía optar por salir al balcón y mirar la noche y escuchar el mar y estar ahí; eso, estar, sin hora de ir a la cama ni obligación de hacer tarea; y de ser adulto se podía, como sus padres, salir a bailar salsa o tomar una copa y pasarla bien aunque Ros no veía diversión alguna en el hecho de salir a escuchar una música tan horrible y beber bebidas espantosas.</p>
<p>Con el paso de los días Ros y José Brian se convirtieron en presencias familiares para los huéspedes y el staff del hotel. Como si tuvieran el don de la omnipresencia se les podía ver al mismo tiempo en la alberca y el restaurante, y en el gimnasio o sentados a la barra del bar del hotel tomando una limonada mientras contemplaban cómo el barman preparaba una tras otra las bebidas exóticas que pedían los otros huéspedes. Era un gran hotel, uno fantástico.</p>
<p>Tras cenar Rosario había adquirido la costumbre de vagar por el lobby y sentarse en los grandes sillones a ver televisión a pesar de que lo único que la televisión transmitía era la publicidad del hotel y de los diferentes tours que su padre había dicho que de todas maneras no iban a adquirir.</p>
<p>Esa última noche decidió que todo iba a ser igual. Después de cenar se dirigió al lobby y tomó asiento en el sofá para mirar la enorme pantalla apagada. Semejante contratiempo la puso ansiosa. Sin contar con una experiencia anterior Ros supo que justo de eso se trataba, de la nostalgia, de las expectativas, de las posibilidades que la "última noche" puede producir.</p>
<p>Sólo para distraerse de sus pensamientos tomó y comenzó a leer una revista para mujeres, en especial para mujeres que gustaban de pasearse por la playa con pareos y gafas oscuras y andar de noche con un vestido rojo entallado y tacones altos. También había hombres pero a estos no parecía importarles la moda y sí escalar montañas, jugar tenis y andar en bicicleta. Pasó las páginas distraídamente, leyendo las frases en cada uno de los anuncios pero también pensando en el buzo con tos, en los dos días anteriores que habían pasado juntos en la alberca y en la playa, tomando limonada, contándose secretos, haciéndose bromas. Por un momento sintió que nunca más en la vida iba a encontrar a alguien como él, alguien con quien pasar el tiempo era de hecho extraerse al tiempo y vivir en un plano donde la mayoría de las cosas dejaba de tener importancia. Con esto en mente se dirigió al bar, donde el barman ya la esperaba, y dejó que le sirvieran su limonada.</p>
<p>—¿Y el buzo? –preguntó el barman.</p>
<p>—No lo sé —dijo Ros—. No soy su mamá.</p>
<p>Dicho esto bebió la limonada y miró hacia otro lado, contrariada todavía por no haberse atrevido a decirle al buzo que era su última noche y decepcionada por no haberlo visto a él ni a sus padres en la mesa del restaurante que habían ocupado las noches anteriores. Divertido, el barman siguió limpiando vasos, lavando licuadoras, poniendo en orden cada uno de sus utensilios al tiempo que le lanzaba miraditas. Le divertía hablar con Ros.</p>
<p>—No me digas que te dejó plantada.</p>
<p>—No —dijo Ros—. Es sólo que ya nos vamos.</p>
<p>El barman hizo un gesto de contrariedad ante las noticias y luego atendió a dos huéspedes jóvenes que Ros ya había visto en el hotel en otras ocasiones. Mientras daba un sorbo a su limonada observó a la chica de arriba abajo, su vestido corto, sus pies con las uñas pintadas, su cabello perfumado, sus labios pintados. Por supuesto Ros había visto otras mujeres en el hotel, pero esta muchacha tenía el don de hipnotizarla cada vez que posaba sus ojos en ella. En la alberca, por ejemplo, Ros se descubrió incapaz de mirar a alguien más que no fuera ella. La muchacha también había advertido esta atención y la gratificaba con una sonrisa que a Ros le parecía de lo más falsa y que por ello nunca se dignaba contestar. Apenas veía la sonrisa decidía alejarse y eso fue lo que hizo en cuanto la chica le sonrió con su boca pintada y sus dientes manchados de bilé.</p>
<p>Con su limonada en la mano se dirigió al elevador y oprimió el piso número 2. Mientras subía recordó el momento en que ella y José Brian se encontraron por primera vez con el buzo. Este cavaba un hoyo muy profundo en la arena, tan profundo que Rosario llegó a sentir pánico ante la posibilidad de que el agua comenzará a brotar sin control.</p>
<p>Al salir del elevador caminó como en cámara lenta, en parte porque los pasillos eran iguales y eso la confundía y en parte porque no olvidaba que esa era la última noche que pasaría en aquel hotel. Ahora cada momento le parecía hermoso porque sabía nunca más en la vida iba a volver a estar en un hotel tan magnífico. Se detuvo frente a una puerta y tocó. Un hombre abrió, estaba desnudo.</p>
<p>—¿Se te ofrece algo?</p>
<p>—Estoy buscando al buzo.</p>
<p>—¿Perdón?</p>
<p>—El buzo con tos.</p>
<p>—No conozco a ningún buzo. ¿Estás hospedada aquí?</p>
<p>Ros asintió.</p>
<p>-¿Y tus papás? ¿Están en este piso?</p>
<p>—Sólo quería despedirme del buzo.</p>
<p>—El buzo -dijo el hombre-, ¿es como de tu edad?</p>
<p>-Más chico -dijo Ros-. Usa aletas.</p>
<p>-¿Como de este tamaño? Creo que ya sé de quién hablas. Lo conozco. ¿Es tu amigo?</p>
<p>-Sí. Me quería despedir.</p>
<p>-¿Cómo te llamas?</p>
<p>-Rosario.</p>
<p>-Bonito nombre.</p>
<p>El timbre del elevador sonó y fue en ese momento en que Rosario giró en su lugar y se encaminó hacia el elevador, de donde en ese instante emergió la pareja que ella y José Brian solían encontrarse a todas horas en la alberca y el bar del lobby. La chica sonrió y dijo "hola" pero Rosario experimentó un odio desmedido hacia la simpatía que le ofrecían. ¿Cómo no podían comprender que aquella era la última noche del día, de las vacaciones, de su vida? Nadie sabía nada. Nadie comprendía que en esta vida las cosas nunca salían como una quería.</p>
<p>***</p>
<p>Esa última noche Ros no quiso salir a la playa, pasear con José Brian o ver televisión. Se sentó en el balcón a escuchar el azote de las olas contra la playa y a mirar las estrellas en el cielo aunque para entonces ni las olas ni las estrellas le interesaban. De hecho se olvidó de todo ello al cabo de unos minutos y miró las uñas de los dedos de sus pies. Y miró sus pies. También miró las uñas de sus dedos pero pronto su atención regresó a las uñas de sus pies. Eran uñas bien formadas a pesar de que se curvaban demasiado y los extremos parecían clavarse en la piel de los delgados dedos. Excepto por el tamaño y el color eran las mismas uñas de su madre aunque ella solía pintarlas de negro o de rojo fuego y aplicarles una capa de brillo que olía a rayos. Regresó a la habitación y buscó el barniz de uñas en las cosas de su madre. Lo llevó a la terraza y ahí comenzó a pintarse las uñas y con tanto cuidado y concentración que ni siquiera escuchó cuando sus padres y José Brian volvieron a la habitación. José Brian se colocó a sus espaldas y vio lo que estaba haciendo.</p>
<p>—¡Mamá —gritó—, Ros se está pintando las uñas!</p>
<p>Rosario cerró el frasco de barniz, metió los pies con sumo cuidado en las sandalias y entró a la habitación. Sus padres miraron sus uñas pintadas y le dedicaron un gesto de escepticismo y otro de sorpresa.</p>
<p>—Ya no se pueden hacer planes hoy en día —dijo Rosario.</p>
<p>—¿Perdón?</p>
<p>—Todos los niños tienen los dedos de los pies chuecos —continuó—, pero yo los tengo perfectos.</p>
<p>—Los tendrás perfectos —dijo su madre— pero no tienes edad para pintarte las uñas ni ponerte bilé. Lávate ahora mismo.</p>
<p>Ros no hizo caso y en vez de eso se sentó en la cama para seguir admirando las hermosas uñas de sus pies.</p>
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		<title>Textualidad del universo</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Mar 2012 07:25:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J.S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[Juan José Becerra]]></category>
		<category><![CDATA[La interpretación de un libro]]></category>
		<category><![CDATA[Rostros]]></category>
		<category><![CDATA[Valentín Roma]]></category>

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		<description><![CDATA[La muerte del lector]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sugiere el historiador del arte Valentín Roma en su libro <em>Rostros</em> (Periférica, 2012) que el estatuto de la imagen ha sufrido dos cortes ontológicos. El primero cuando comenzó a suscitar discursos, ya fuesen especializados o frívolos. El segundo “desgarro”, como él lo llama, se estaría produciendo ahora mismo y “adopta la interfaz de un gesto imperativo” (p. 178). Se trataría de un reto ético que nos obliga a proteger a la imagen de la “asfixia lingüística”. La propuesta de Roma es que hay que desocupar el simbolismo de lo visual “para que nazcan nuevos huecos, nuevos hiatos semánticos desde donde oxigenar el mensaje de la imagen” (p. 179). La última novela del escritor argentino Juan José Becerra, <em>La interpretación de un libro</em> (Candaya, 2012) es, en mi opinión, la ejemplificación textual de esa llamada a la acción de Roma.</p>
<p>Becerra (Junín, Buenos Aires, 1965) es autor de varios ensayos y de cuatro novelas: <em>Santo</em>, <em>Atlántida</em>, <em>Miles de Años</em> y <em>Toda la verdad</em>, novelas publicadas todas ellas en la Argentina. <em>La interpretación de un libro</em> es la primera que se publica en España. El protagonista del libro es el novelista argentino Mariano Mastandrea, que va y viene por el metro de Buenos Aires a la búsqueda de algún lector de su novela <em>Una eternidad:</em></p>
<blockquote><p>“publicada por una editorial internacional que no logró imponer su nombre a pesar de haberlo divulgado en revistas, diarios y el único programa sobre libros que tiene la televisión argentina” (p. 10).</p></blockquote>
<p>La novela escrita por Mastandrea cuenta la historia de Castellanos, personaje que fuera ya protagonista de la novela <em>Miles de Años</em> (2004), del propio Juan José Becerra.</p>
<p>La novela <em>Una eternidad</em>, en pocas palabras, sería una celebración de la naturaleza “en lo que esta tiene de despótica y violenta” (p. 11). Y es importante que se mencione ya el lugar de procedimiento de la idea original y que es un hecho relatado por la televisión: o sea un acontecimiento devenido imagen documental. Así, podemos decir que el protagonista que el escritor Mastandrea escribe un libro <em>como si</em> (fuera un libro) sacado de una imagen de la televisión <em>como si </em>(fuera la realidad). Ello implica que nos encontramos con un simulacro adentro de otro simulacro.</p>
<p>Mastandrea trataría de ejemplificar al escritor solitario y, hasta cierto punto neo-bohemio, cuyo departamento es austero y quiere representar una coreografía ordenadísima de “la pobreza digna y resignada del artista” (p. 12) y que busca en el aparato de tv “el resorte de la oportunidad literaria que lo lleve a escribir” (p. 15) y que, en el momento presente, literariamente hablando, se encuentra en el dique seco, después de habérsele estropeado el televisor, habiéndose visto forzado a dejarlo en una tienda de reparación.</p>
<p>La filosofía de Mastandrea, una filosofía de la mirada (y que sirve de meta-tema de <em>La interpretación</em>), procede de su propio astigmatismo, es impresionista y nos la formula así: “lo que se verá será siempre una mitad de todo lo que haya” (p. 23). Y esa mitad encontraría correlación no solo en la novela <em>Una eternidad</em> de Mastandrea, sino también en <em>La interpretación</em>… de Becerra, en el sentido de que a pasajes emocionales les suceden otros más racionales y ambos se nos presentan interrelacionados (muchas veces en el mismo párrafo), conformando entre ambos el diseño completo del cuadro, por así decir, y no uno como explicación del otro (en el caso de los racionales) ni tampoco como representación (en el caso de los emocionales).</p>
<p>En la estación Congreso de Tucumán finalmente Mastandrea encuentra a una lectora de su libro, y la sigue hasta que ésta se baja en la estación de Plaza Italia y busca acomodo en un banco del Jardín Botánico. Allí Mastandrea decide abordarla sin preámbulos, de la siguiente manera:</p>
<blockquote><p>"Soy Mariano Mastandrea. Yo escribí el libro que estás leyendo, y te seguí porque me da mucho curiosidad saber qué te parece” (p. 28).</p></blockquote>
<p>La lectora se llama Camila Pereyra y diez días después de este encuentro, el 23 de mayo de 2005, cenan en un restaurante del centro, escena que se nos transcribe al modo frío y cortante del documental de apareamiento de animales. Y se produce la primera sorpresa: Camila es capaz de recitar de memoria pasajes del libro de Mastandrea. Se marchan ambos a casa de éste último y allí Camila se sienta en un sillón y comienza a leer la novela <em>Una eternidad, </em>que saca de su bolso. Entonces Mastandrea se da cuenta de que lo escrito allí halla su correlato real aquí, en su apartamento, siendo él Castellanos (el protagonista de la novela <em>Una eternidad</em>) y ella Julia, la mujer que abandonó a Castellanos. El narrador omnisciente neo-postmoderno y sentimental nos lo expresa de la siguiente manera:</p>
<blockquote><p>“comienzan a vivir [a partir de ese momento] en el campo de la lengua, una comedia completa” (p. 39).</p></blockquote>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Una teoría de la lectura</strong></p>
<p>La primera escena de los dos en la casa se nos cuenta al modo fílmico, como parodiando la narrativa de la imagen de los años noventa, pues nos crea la narración “un hábitat literario, incluso hiperliterario, en el que Mastandrea siempre ha querido vivir” (p. 43). Como dijimos antes, a partir de aquí la lectura de la novela <em>Una eternidad</em> y su representación corren parejas, siguiendo hiperbólicamente el dictum <em>leer es hacer</em>. La (re)lectura que, a partir de este momento, lleva a cabo Camila le supone a Mastandrea una conjura para aliviar su silencio creativo y, al tiempo, para sorprenderse de lo escrito, y es que confiesa: “no puedo creer que eso lo haya escrito yo” (p. 45). La tercera consecuencia es que Mastandrea olvida el televisor (su fuente de inspiración literaria) y se concentra en la historia de amor con su lectora, una vida en común que sirve como metáfora de la escritura de una novela, pues el escenario donde ahora conviven (el apartamento de Mastandrea):</p>
<blockquote><p>“comienza a recibir contenidos como los recibe una página en blanco cuando comienza a ser rayada con palabras” (p. 46).</p></blockquote>
<p>A partir de este momento, la lectora, Camila, se dedica a comprar cuadros de Edward Hopper con personajes leyendo, para los que la lectura es una forma de desaparición, y también fotografías en las que se ve a Marilyn Monroe leyendo (pero sin leer, contribuyendo a “montar escenas de lectura sin lectora" (p. 50)), e ir colgándolos en las paredes. Quince cuadros, en total, que sirven para practicar sobre ellos la figura de la ékfrasis y de la que surgirá una teoría de la lectura. La tesis proviene del descubrimiento por parte de Mastandrea de que hay un punto de vista adentro del cuadro y que siendo capaz de descubrirlo, él mismo se puede adentrar en el cuadro. Esto lo descubre indagando en varios de los cuadros de Hopper (<em>Once A.M.</em>, <em>Ciudad Soleada</em>, <em>Autómata</em>) en los que hay “lectoras a las que les falta un libro” (p. 53), dispuestas todas ellas en la posición idónea para la lectura, pero, sin embargo, sufriendo una suerte de “lectura abortada”. La conclusión a la que llega el novelista (con la ayuda de Camila) es que no necesariamente se ha de leer un libro para leer algo, y que la lectura sí, es un modo de ir viviendo y que, por otra parte, leer es una manera silenciosa de escribir el mundo. Pero matiza (y aquí viene lo importante), hablamos de “una literatura sin materia: una literatura  que se escribe cuando pasa de largo, o sea cuando se pierde” (p. 58). Y aquí, la referencia a <em>Una belleza vulgar</em> de Tabarovsky se me vuelve ineludible.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>El agotamiento del sentido</strong></p>
<p>La convivencia creativa entre escritor (ya convertido en “deidad verbal”) y lectora llega a un momento de paroxismo cuando alcanzan el punto del que surge algo así como un arte nuevo (el arte de decir, hacer y representar un hecho real mientras está ocurriendo).</p>
<p>Así:</p>
<blockquote><p>“La lectura dura todo lo que dura el acto [sexual]; son dos actos en uno, o tres, si se les agrega a los actos resumidos como cópula y lectura el tercer acto, el de la representación, por el cual la cópula obedece en forma estricta a los contenidos del texto que se lee” (p. 63)</p></blockquote>
<p>O dicho en otras palabras: el arte de hacer lo que se lee y que les llevará finalmente a adentrarse en el interior del libro hasta conseguir agotarlo, a través de la cita constante, la reflexión crítica y, finalmente, al desapego sentimental que devuelve a la novela a su silencio, a su carácter previo, inédito. El drama se hace incontestable cuando la lectora comienza a citarle como propios extractos que pertenecen a libros de sus coetáneos y rivales. Se convierten los personajes entonces en “el escritor que ya no escribe y la lectora que ya no lee” (p. 102).</p>
<p>Desde que ha conocido a Camila Pereyra, se dice Mastandrea, no ha vuelto a escribir siquiera una página. La lección es clara; piensa: a) el halago destruye  la creatividad y b) hay que recuperar el televisor a toda prisa.</p>
<p>Necesita escribir un nuevo libro.</p>
<p>Camila Pereyra, que teme su alejamiento emocional, le propone que lean <em>Una eternidad</em> a dos voces. Pero la cosa no funciona. Y es la prueba inobjetable de que se están separando.</p>
<p>Mastandrea entonces enchufa la televisión y absorbe cada imagen que le llega, y siente que en cada una de ellas “hay una novela completa que sólo hay que sentarse a escribir” (p. 116). Se convierte así en un “amanuense de los hechos que se pierden en la pantalla” (p. 117). Y aquí es donde encontramos un ejemplo narrativo de ese hiato que referíamos al principio: esa quiebra ontológica de la que hablaba Roma y que transita Becerra en esta novela, sugiriendo que una alternativa posible quizá sea la del artista <em>homo faber</em> cuya materia de trabajo serían las imágenes <sup class='footnote'><a href='#fn-7112-1' id='fnref-7112-1'>1</a></sup>, entendidas como entes físicos.</p>
<p><em>La interpretación de un libro</em> concluye con un Mastandrea lúcido, que habiendo descubierto el poder de destrucción exegético de Camila, la expulsa de su casa, cambiando la cerradura, no permitiéndole que diga una palabra más, sin dejarle que concluya con su “plan de extinción por el cual hacer desaparecer novela y novelista para que reine la lectura” (p. 123). Y es que, haciendo esto, además permite que la novela que ambos escribieron con su historia de amor quede con un final abierto, igual que la vida. El mensaje que el novelista clava en la parte externa de la puerta de su casa para Camila es claro –y se hace eco de esto-: “todo lo que deseamos podemos encontrarlo en el arte” (p. 124), le dice a Camila, hablándole <em>en sus propios términos</em>. Y, al lado, deja clavado igualmente un cuadro, cómo no, de Hopper, que lleva por título <em>Sol en la habitación vacía</em>. Dicho de otro modo, parece que Becerra nos sugiere que todo lo que una novela ha de decirnos sobre el poder de las imágenes que nos asolan hoy, queda en sus silencios y en sus sobreentendidos (pues es desde el interior de los enunciados desde donde surgen las imágenes), y que quien vive en la lengua es exclusivamente la literatura (y las imágenes adentro de ella). Parafraseando a Pedro G. Romero, podríamos decir que la literatura es aquello que ni comprenden ni comprendemos, pero que nos persigue. A lo que añadiría Mastandrea (y yo mismo): la literatura (y, por extensión, las imágenes que la habitan) es eso que solo conseguimos ver a medias y de cuya sombra (a la que no debemos ponerle el disfraz de la racionalidad) no podemos sino apenas intuir su misterio.</p>
<div class='footnotes'>
<div class='footnotedivider'></div>
<ol>
<li id='fn-7112-1'>Sobre el asunto del artista <em>homo faber</em> se puede consultar:  J. S. de Montfort.<em> La (súbita) irrupción del objeto</em>. <a href="http://salonkritik.net/09-10/2010/05/la_subita_irrupcion_del_objeto_1.php">Salon Kritik. 08-Mayo-2010</a> <span class='footnotereverse'><a href='#fnref-7112-1'>&#8617;</a></span></li>
</ol>
</div>
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		<title>Mudanza al abismo</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Mar 2012 01:33:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rogelio Pineda Rojas</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>

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		<description><![CDATA[...ese virus llamado responsabilidad de hijo...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mamá se mudó de casa. Ella y mi hermana Lorena vivían en el pequeño departamento de la colonia Molino de Rosas, al poniente de la ciudad, que compartimos los tres hasta finales de 2008, año en el cual empaqué mis vaqueros y tenis; desconecté la computadora y la televisión; enrollé el colchón percudido y desempolvé algunos libros, y salí de ahí para vivir en forma independiente.</p>
<p>A finales de febrero de 2012, Lorena decidió mudarse con sus suegros porque Rodrigo, mi cuñado, incondicional de los juegos de video y del procrastinar en pantalones de segunda mano (regularmente le obsequiaba ropa: somos de la misma rodada), se rehusó a seguir pagando la renta y a continuar discutiendo con mamá, quien le echaba en cara las pocas agallas con que mantenía a mi hermana y a Zoe, mi sobrina de un año de edad. Como todas las madres, la mía esperaba que Lorena hubiese encontrado un príncipe azul y no un tipo que vendía en forma ilegal, y a muy bajo precio, decodificadores para televisión por cable; malhumorado y taciturno, adepto al ska. El tipo que llegó prácticamente después de que yo saliera de aquella casa, quizás en un acto de sustitución de imagen masculina por parte de mi hermana. No sé.</p>
<p>Días antes de la mudanza de mamá, ellos ataron con cinta canela unas cajas de huevo repletas de juguetes, envolvieron la ropa en una sábana y se fueron con la intención de ahorrar dinero para un negocio y comprar una casa. Dijeron a mamá: “Nos vamos, queremos que Zoe tenga un futuro y no queremos seguir batallando con la renta, ve buscando otra casa que tú puedas pagar”. “Y no quiero que mamá siga en el departamento una vez que yo me vaya, porque el contrato de renta está a mi nombre y, si no puede pagarlo… no quiero problemas legales. Así que ayúdanos con todo esto, Rogelio. Paga la mudanza y lo que haga falta. Tengo mis planes. Mi nena y yo seremos felices cuando compremos nuestra casa. Los papás de Rodrigo nos van a apoyar, será una vida estupenda”, dijo a su vez mi hermana, en la visita que me hicieran un sábado por la mañana, cuando las tuve sentadas a la mesa de mi casa y las vi agitar animosamente las manos entre la lentitud marina del mal sueño y la escafandra de la cruda: la noche previa yo había quedado hecho polvo. Añadió: “Además, mamá te apoyó mucho y por eso pudiste llegar a donde llegaste. Ahora nos toca pagarle la renta”. Lorena ha olvidado que trabajo desde los quince y que a veces debía saltarme los torniquetes del metro para ir a la universidad. Lo único que pensé en ese momento, con cierto tufillo de envidia, fue: “Chingón, ya hiciste tu vida, ya me chingaste”.</p>
<p>Mamá se dedicó durante un par de semanas a encontrar casa. Mejor dicho: un cuarto que pudiera arrendar con su sueldo de empleada doméstica. Solicitó mi ayuda para encontrarle vivienda, pero me hice el tonto. Cada vez que mamá solicita favores tiendo a evadirlos, quizás estoy resentido por muchas cosas que ocurrieron en mi infancia y juventud: la principal: me negó la posibilidad de un padre a quien pedirle un préstamo para pagar la renta cuando no me alcanza, como lo hace el noventa por ciento de tipos independientes que conozco. <span class="pullquote">Papá tenía otra familia. La legítima.</span> En fin, eso ya pasó.</p>
<p>Mamá buscó en la colonia, en las cuatro colonias aledañas, y no consiguió nada por debajo de la línea abstrusa de los dos mil pesos, su presupuesto. Por fin, después de una aventura hasta San Bartolo, pueblo en las cimas del extrarradio poniente de la ciudad, paralelo a Santa Fe (el chico, no el grande que parece postal fuera de registro de Singapur), consiguió un cuarto rústico. Así lo describió: cuarto rústico. Imaginé que la renta de mil quinientos pesos cubriría algo decoroso: es imposible reconocer de oídas qué calidad de vivienda te corresponde por tal cantidad de dinero. Existen milagros. Imaginé una pequeña pieza fresca, con aplicaciones de madera en las esquinas, y una chimenea con todo y juego de atizadores, y ventanas luminosas dando hacia un bosquecito de coníferas. Nada más alejado de la realidad.</p>
<p>Llegué a las nueve de la mañana para coordinar la mudanza, pero mi tutela fue un fiasco: rompieron un sillón, desmadejaron macetas, y un chiquillo (el más experimentado de la cuadrilla, según noté) casi tira la televisión de mamá por las escaleras. Ella, contrario a su costumbre, ni siquiera protestó. Veía a los cargadores con seño de melancólica; risueña, sí, pero parecía que no le importaba nada. Sólo quería salir de ahí. Una vez que vaciaron el departamento, fotografié con el celular el cuarto que habité por años: una habitación pintada en cuatro tonos que van del azul en el cielorraso al púrpura en la pared de la ventana. El morado es mi color preferido y, en su momento, dio un toque íntimo, como de encontrarse en una celda monacal, al cuarto. Ideal para inspirar una novela, que nunca escribí, por cierto. Realicé en esta habitación, a los veintidós años de edad, el sueño adolescente de tener una recámara propia, negada durante décadas, porque jamás habíamos conseguido el dinero necesario para arrendar un espacio más amplio que el cuartito de vecindad donde nací. Hasta que comencé a trabajar profesionalmente, por llamarle de alguna forma a la conquista de un sueldo superior al mínimo, por allá de 2003.</p>
<div class="imagen-centro"><a rel="attachment wp-att-7067" href="http://hermanocerdo.com/2012/03/mudanza-al-abismo/fotocuartorogelio/"><img class="alignright size-large wp-image-7067" title="FotoCuartoROGELIO" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/03/FotoCuartoROGELIO-600x450.jpg" alt="" width="600" height="450" /></a></div>
<p>Retiré los tres clavos con los que había prendido en su momento una reproducción de Dalí que compré en el Centro y marcos con fotografías de mi etapa fallida como fotógrafo, y que recientemente habían servido para colgar todo tipo de cachivaches de mi hermana, cuñado y sobrina. Aún seguía el tornillo en la parte superior de la puerta en el que colgué los sacos que usaba entonces y las camisas, y cuyo peso venció las bisagras.<br />
Recordé las noches cuando abría la ventana, atraía el cenicero y la cajetilla de cigarros y, mientras fumaba acostado, veía perderse el humo azul rumbo a la calle, en donde se oía el ronroneo de un motor de auto y algún chasis aerodinámico cortando el viento de la avenida Alta Tensión. Recuerdo todavía a Édgar a David a Gonzalo a Benjamín, a muchos amigos, fumando Delicados y bebiendo cerveza en tanto platicábamos de rock o del fracaso amoroso en turno. Los recuerdos vinieron a apiñarse en mi mente y sentí ese cosquilleo en la nariz y la garganta de cuando quiero llorar. “No puedes ser tan sentimental, Rogelio, no te pases”, dije para darme ánimo.</p>
<p>Me asomé por la ventana. Abajo, vi a mamá en la calle, junto al camión de la mudanza, bebiendo agua de una gruesa botella de plástico y platicando con un tipo de casco de motorista: hablaban sobre una vecina a la cual el sujeto venía a visitar: era un abonero. Ella dio otro trago con gran apetencia, y recordé que mamá tiene diabetes y lo poco o nada que hace para cuidarse a pesar de haberle explicado (asustado con) las complicaciones crónicas. Esta enfermedad puta está matando más gente que el narco. Pero como no brinda espectáculo de metralletas y granadas ni lanza a los parques la cantidad de pies que cercena por año, nadie la considera. Mamá tampoco. <span class="pullquote">Tampoco le importa qué pasará mañana o pasado: se ha blindado contra el paso de los años a base de ingenuidad y desidia.</span> Se deja llevar por la corriente, cualquiera que sea su fin: una cascada de agua pútrida, el manicomio, el asilo de ancianos.</p>
<p>La mudanza se llenó y el conductor preguntó si yo traía auto, porque entre los cargadores, él y mamá, la única que conocía bien a bien la dirección de su nueva residencia, no había espacio para mí en el camión. La historia de mi vida familiar. En vez de sentirme mal por esto, lo agradecí. No tendría que charlar durante la hora u hora y media de viaje (las distancias dentro del DF pueden resultar absurdas a causa del exceso de tránsito, dos kilómetros pueden convertirse en el tiempo de recorrido de un estado a otro), lo cual me incomoda, porque regularmente no sé de qué hablar con este tipo de personas: ¿futbol, cerveza, revista vehicular, afinación, balanceo de las llantas? No es que sea mamón, pero simplemente no puedo. El Rogelio hablantín se va a la playa, y me descubro asintiendo y diciendo: “ah, ya, ah, ya”. Tengo problemas para relacionarme con otras personas pues no soporto platicar con nadie a quien no le tengo confianza ni que tampoco escucha, como pasa en esta clase de acompañamientos incidentales. Tomé mi mochila con mi colección de tarjetas deportivas y de revistas <em>La Mosca</em>, que rescaté de entre los escombros, y me perfilé hacia el trasporte público. Dije a mamá que la alcanzaría en dos horas, que iría a casa a dejar el cargamento. Le di el dinero de la mudanza. “Entonces, en dos horas voy a casa de tu tía Lola, que está a unas cuadras, y es donde hay señal, porque allá donde estoy no hay”, dijo refiriéndose a que el celular era inservible en el lugar al que iba.</p>
<p>Llegué a mi casa, un pequeño departamento al sur, por la costera de Tlalpan. Acomodé las carpetas con los cromos y el atado de revistas debajo de la mesita de la computadora y encendí el primer cigarro del día. Llamé a Diana, mi novia, para decirle que ya estaba hecha la mudanza. Traté de hablarle animado, pero por dentro me sentía extraño. Esta palabra no dice absolutamente nada, pero no puedo describir de otra forma mi estado: era una mezcla de enojo, culpa, tristeza, hartazgo. Me sentía obligado a apoyar a alguien quien durante años sólo se dedicó a esquilmarme tácitamente. Es decir, mamá nunca estableció un sistema de cuotas y retribución para el bien familiar, pero se encargó de inocularme <span class="pullquote">ese virus llamado responsabilidad de hijo</span>. No es que no quiera a mamá, sólo que estoy harto de sus problemas y su resonancia en mi vida, ya sea a base de una pequeña cantidad que debo cubrir de vez en vez, a pesar de que ahora estoy en banca rota, o a base de cuidados en que yo debería insistir: llevarla a sus revisiones médicas de diabetes, apoyarla para que adquiera una dentadura nueva. Simple y llanamente no me nace, no me nace mover un dedo en su favor, y no sé por qué. No es falta de cariño. Es algo profundo, arraigado en mi corazón como un jengibre maldito: ¿resentimiento? La descubro como la señora que no pudo darme las herramientas básicas para subsistir: seguridad en mí, arrojo, valentía. Nadie se excluye de su pasado.</p>
<p>Después de un viaje de hora y media en microbús, bajo la tormenta solar y el grito de escolapios que atiborraban los asientos con su obesidad y daño cardiaco en ciernes, llegué exhausto a casa de tía Lola, hermana de mamá.</p>
<p>Tía se admiró, aplaudiendo, primero de lo calvo y después de lo gordo que estoy. Esa fue su bienvenida después de cinco años de no vernos. Dije: “ah, ya, ah, ya”, y me senté a comer con ellas. Antes, advirtió que serviría patitas de pollo y mollejas en caldo, y que tal vez no me gustarían porque estoy acostumbrado a comer bien, en restaurantes de toldo afuera, y sillas y mesas en la banqueta, al lado de las novias feas, pero graciosas, que consigo. “No, ahora tiene una novia muy elegante y es licenciada, no digas eso, hermana”, dijo mamá, olvidando a su vez que yo estudié una licenciatura, aunque no lo aparento. Pensé entonces en lo bien parecidas que son mis primas: chimuelas, dejadas del marido, enferma una de ellas de gonorrea y que para subsistir prostituye a su hija mayor con choferes de la ruta que corre de Eje 8 a Iztapalapa. Eso se rumora.</p>
<p>Acepté la comida. Me di la oportunidad de comer un platillo que me hizo recordar las tardes en casa de la abuela Lila, en mi niñez. Complementamos con tortillas de maíz, refresco de limón y la mitad de un aguacate. Comimos. Mamá se quejó de lo desconsiderada que es mi hermana y del hombre ése (mi cuñado), el cabrón que le robó la virtud y anhelos a Lorena. En específico, dijo: “El huevón que se la pasa perdiendo el tiempo viendo películas, jugando, y que no trabaja”. Pensé: “Espero que mamá no crea lo mismo de mí”. Tía preguntó que cuándo me casaría, porque los niños son hermosos (jamás podrá concebir el matrimonio o unión entre hombre y mujer sin el sistema de retribución reproductiva inherente para los abuelos), porque a ella le gustaría ser tía abuela pronto, sobre todo de un chiquillo gordo, moreno, cachetón y de nariz tan grande, como yo. Preguntó que ahora a qué me dedicaba, si seguía trabajando en la revista médica. La cual dejé en octubre de 2011. No supe qué responder: ¿Escritor? A causa de una triquiñuela técnica en realidad no lo soy, porque no he publicado ningún libro, entonces soy un desempleado con aspiraciones a escritor. ¿Cómo explicarlo? Y después adiviné que vendría la otra pregunta que me harta responder: ¿qué escribes? Un problema: ¿cuentos, novela, viñetas, comentarios librescos, autobiografía precoz, crónicas lamentables sobre mi familia, ninguna de las anteriores? Desvié la plática para conducir a tía rumbo a parajes menos comprometedores, hacia un claro en el bosque donde es mejor atizarle al sauce llorón. Comenté lo mala que había sido mi hermana al dejar a mamá en el desamparo (no lo creo, salió corriendo rápido, sin volver hacia atrás, y con justa razón, yo en cierta forma lo hice en 2008). Terminamos de comer. Mamá aventó los huesos a Tomy, un perro chihuahueño que se restregó en mi pierna durante la comida en busca de amor.</p>
<p>Pedí a mamá que fuéramos a ver su cuarto, que instalaría el cilindro de gas y la vital compañía de la televisión. Tía y yo nos despedimos, ella muy risueña, como siempre (esto es de familia, ¿por qué no heredé al menos este rasgo de afabilidad?) y le dije que de ahora en adelante, de alguna forma, estaríamos más cerca (mentí), así que nos veríamos pronto. Salimos.</p>
<p>En la calle dije a mamá que tía Lola seguía exactamente igual a como la recuerdo, con sus canas en la coronilla apenas cubiertas por el tinte negro azabache y la panza blandiéndose debajo del mandil.</p>
<p>Llegamos a la nueva casa. Cuando Joseph Conrad escribió <em>El corazón de las tinieblas</em> pudo haberse inspirado en algo parecido. El horror. Una vez abierta la puerta del zaguán, pensé que rodaríamos por el talud de arcilla que se disparaba bajo nosotros. El lugar es un edificio en obra negra que recuerda una arquitectura imposible: puertas que abren paso a muros, entradas tan pequeñas como en la novela de Alicia, puentes colgantes de tablones, tierra, polvo; canciones de balada romántica o reguetón emanando de los cuartitos escondidos en las grutas de ladrillo rojo.</p>
<p>El cuarto de mamá está cerca de lo que podríamos considerar la entrada de la construcción. Tardé algunos segundos en cerrar el zaguán porque la chapa, como dicen por ahí, tiene truco: el pestillo necesita un buen jalón de orejas. El otro sillón que sobrevivió a la mudanza no cupo por la puerta del cuarto y dormía la siesta al sol de la tarde, exactamente en las escaleras de acceso. Debimos pasar de lado y equilibrando, de otra forma caeríamos en el abismo de arcilla al lado, en cuyo fondo había bolsas de frituras y todo tipo de envoltorios rancios. Mamá abrió la puerta del cuarto. La imagen es como adentrarse en algo que pudo haber sido una cocina, porque hay dos tarjas al paso, pero que ahora es una caverna de cemento bruto y costillas de varilla asomándose entre la piel sin enjalbegar de los muros. El foco del cuarto debe estar encendido día y noche: la luz que entra por la ventana apenas ilumina el inicio de la hipotética estancia. El edificio en construcción envuelve el terreno como si fuera una chimenea de esos hornos de hormigón que dejaron de funcionar decenios atrás en Tacubaya: la casa de mamá está dentro de esta chimenea, algo así.</p>
<p>Acomodé la televisión sobre un buró y conecté la antena. Mamá regó sus plantas y comenzó a sacar toda clase de bibelots de una bolsa de tela reciclable: un rosario de plástico plateado, una Ada de cerámica, algunas ranas, elefantes, conchas de mar, la foto en la cual aparecemos los tres: ella, mi hermana y yo, abrazados, el día en que recibí el diploma de la universidad. Cantaba una cancioncita pop indiscernible mientras movía, sujetaba chucherías en clavos solitarios, inspeccionaba cajas. Después abrió y cerró las llaves de las tarjas: eran inservibles. Fui al baño y la ventana superior estaba abierta: intenté cerrarla, pero el esmalte puesto al cuadro de metal había sellado la manija para conseguirlo. Pensé que mamá tendría frío en la noche: las temperaturas descienden a cero a causa de la altura de la zona. Pregunté si había traído cobijas. “No, hijo, yo no soy de cobijas, yo duermo fresca”. Salí del baño. La puerta de acceso al cuarto tenía entre el dintel y jambas huecos de un centímetro de ancho: olvidemos entonces la protección contra el ruido y el viento: no hay hermetismo. Se lo dije y ella siguió murmurando su canción. Dijo que le pondría una tira de plastilina para cubrirlos. <span class="pullquote">A veces yo me preocupo más por su vida que ella misma.</span> Andaba de aquí para allá acomodando cosas. Conectó el radio y lo sintonizó en la Z. El locutor hablaba rápido para ganarle tiempo a los comerciales. Dije: “Veamos la instalación del gas, conectaré tus tanques”. Respondió que no había manera de instalar ni una estufa ni una parrilla, que sólo estaba la conexión del boiler, pero que el arrendatario había dicho que ella podía hacer la instalación completa cuando quisiera (el casero siempre tratará de que le dejes el lugar que habitas mejor de como lo encontraste, y gratis). Dije: “Es una chingadera”. Ella fue a sacar una palmera enana de la ducha, donde la estaba regando. Salí a ver el calentador. Un albañil pasó a mi lado y le di las buenas tardes. No contestó. Subió por una escalera de madera a alguna parte de la construcción. En realidad, era una mujer con los pantalones corte militar llenos de mezcla y una gorra percudida de arcilla y sudor. Oí que llamó a otra mujer. Imaginé que era su pareja. Pensé: “Bueno, habrá diversidad, espero que mamá no se saque de onda”. Dije a mamá que fuéramos a buscar las mangueras de conexión y un regulador para el cilindro de gas: el calentador funcionaría sin problemas.</p>
<p>Caminamos por calles que lucían pavimentadas a la carrera, eso sí, cada poste lucía ataviado con propaganda política. Pensé: “No pienso votar por ninguno de estos hijos de puta”. Traía poco dinero, porque antes de venir, el cajero, como ocurre cuando menos debería ocurrir, no leyó mi tarjeta de débito, cuenta que custodia los ahorros de mi vida, una vida que seguramente ha sido corta, porque apenas raya en un par de ceros. Completamos la compra de los enseres con  monedas de cincuenta centavos.</p>
<p>De vuelta, hice la conexión. Le dije que me prestara el perico para apretar las tuercas. Dijo que no lo tenía y trajo unas pinzas delgadas, como patas de escorpión. Apreté como pude las tuercas y al abrir el cilindro despidió un chisguete. Necesitaría ajustarlo con la herramienta adecuada. Dijo que yo hablara a tía Lola para que, cuando fuera a recoger el sillón que mamá le cambiaría por otro más pequeño, trajera también un perico. Lo intenté; no había señal. Tengo convicciones frágiles, a menos de que haya un aliciente y resultados aceptables, me vengo abajo. Olvidé el asunto. Le dije que por favor pidiera al surtidor de gas que apretara aquí y allá la conexión, no necesitaría más. Temí que sin agua caliente, enfermaría. Ella minimizó el asunto. Yo también, entonces. Ayudé a acomodar dos botes de trastos debajo de la mesa y otro cilindro vacío de gas, debajo de las tarjas. Mamá se empeñó en buscar algo en una bolsa, un regalo.</p>
<p>Minutos después, tomé la mochila para irme. Al interior vi el libro de un escritor austriaco, cuya reseña debo escribir. Pensé que era una mamada: yo intentando hacer una carrera como escritor y mamá imbuida en la pobreza más insulsa. Me sentí culpable. La abracé para despedirme. Vi los muros rosa, pintados en manchones irregulares, el piso de cemento bruto, teñido de azul lánguido. Dije: “Comes al rato, no te olvides, va”. Ella respondió que ya había comido, que mañana sería otro día. Esculqué en los bolsillos del pantalón y extraje algunas monedas: se las di. Aparté cuatro pesos con cincuenta centavos para el transporte de vuelta (el costo del viaje de venida): en cuanto hallara un cajero sacaría algo. Salí.</p>
<p>En la puerta, mamá me dio una salamandra hecha de recortes de tela iridiscente y ojitos de lentejuela. “Para que no te olvides de mí, hijo”, y se sonrió.</p>
<div class="imagen-centro"><a rel="attachment wp-att-7083" href="http://hermanocerdo.com/2012/03/mudanza-al-abismo/fotosalamandrarogelio/"><img class="alignright size-large wp-image-7083" src="http://hermanocerdo.com/wp-content/uploads/2012/03/FotoSalamandraRogelio-600x447.jpg" alt="" width="600" height="447" /></a></div>
<p>Dos cuadras después, subí al microbús. Pregunté cuánto costaba el pasaje a Viveros. Respondió el chofer: “Cinco”. El rubor estalló en mi cara. Rebusqué y rebusqué al interior de la mochila los cincuenta centavos faltantes. Más pantomima que esperanza. Rendido, dije que sólo traía cuatro cincuenta. Que me disculpara. Los aceptó de muy mala gana. Jamás me había sentido tan miserable.</p>
<p>Transitamos, bajamos de ese lugar perdido de toda gracia, un pueblo en eterna construcción que desea en algún momento convertirse en parte del DF, pero que alcanza exclusivamente el currículum de apéndice, un apéndice de un organismo al borde de la descomposición como es la ciudad de México a causa de su arquitectura basura. A mitad del camino, en la zona rica, vi comercios de bebidas y carnes frías gourmet, un Starbucks, un puesto de alcachofas, el club Casa Blanca tan imponente y limpio, casas de tres plantas con verandas diamante: ahí, si se tiene dinero, uno puede construir un palacio, el atisbo de un imperio sin mácula. Mamá vive en un hoyo.</p>
<p>Pensé en que nunca seré escritor: las carencias terminarán imponiéndose. Los anhelos intelectuales no valen la pena si no puedes conseguir siquiera qué comer, cómo pagar la renta. Apreté los párpados y, con la mano, el tubo del asiento de enfrente. Por fin, me quedé dormido.</p>
<p>Al llegar a la base, estaba hecho un trapo, con ganas de llorar, porque presentí que huía de mi designio familiar, del lugar al cual pertenezco.</p>
<p>Ahora, escribo. La mesa está repleta de libros y el cenicero prácticamente retacado con cigarros muertos. Pienso en mamá, pero a la par quiero olvidarme de ella, no puedo ni quiero hacer nada por ella. Gracias a sus errores de juventud estoy resentido, estoy sangrando: confió demasiado en mi padre. Soy un mal hijo, pero es tarde para arrepentirse. Debo seguir aquí, dándole y dándole al teclado, de otra forma, seré como ella, como mi hermana, a la espera de un día no tan malo. Las quiero, pero decidí tomar otra ruta y no pienso renunciar a ella. Lo lamento, discúlpenme, esta ocasión va por mí.</p>
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