17 de agosto de 1824. Cayetano Lanuza, médico cordobés, arriba al puerto de la ciudad de Nueva York en la goleta Adonis. Ha partido de Amberes, Bélgica, y, oficialmente, se propone continuar su periplo con destino a Cuba. A pesar de así declararlo a su llegada, la escala no será breve: Lanuza se radicará […]

Cayetano Lanuza, autor de Jicotencal
Un ensayo de María Helena Barrera-Agarwal

 

17 de agosto de 1824. Cayetano Lanuza, médico cordobés, arriba al puerto de la ciudad de Nueva York en la goleta Adonis. Ha partido de Amberes, Bélgica, y, oficialmente, se propone continuar su periplo con destino a Cuba. A pesar de así declararlo a su llegada, la escala no será breve: Lanuza se radicará en los Estados Unidos por más de una década. Se incorporará al colegio de médicos de Nueva York, para ejercer allí como lo ha hecho antes en España. Tal decisión es en extremo inusual, pues emigra a los cuarenta y dos años, dejando de lado una meritoria carrera de más de dos décadas, en la que se ha granjeado el reconocimiento tanto de sus colegas como de varias sociedades académicas y literarias del reino.

La razón de ese abandono parece derivarse de sus convicciones político sociales. Lanuza es un intelectual, profundamente influenciado por los autores franceses de la Ilustración. Políglota, ha adquirido una formación de notable variedad y amplitud. Utilizará la misma para efectuar una serie de traducciones del francés y del alemán al español. Aún en España, publicará algunas de ellas, vertiendo al español obras del médico francés Pierre Roussel y François, así como también el Bosquejo de una pintura histórica de los progresos del entendimiento humano, de Condorcet. Otras traducciones y, en particular, una monumental edición en lengua española del Diccionario filosófico de Voltaire, en diez volúmenes, habrán de permanecer inéditas hasta su llegada a los Estados Unidos.

Una vez en Nueva York, Lanuza no demora en iniciar su carrera como librero y editor en su domicilio, el número 3 de Varick St. Al no poseer talleres propios, recurre a terceros para imprimir sus libros. El Diccionario filosófico verá la luz en la imprenta de Tyrell & Tompkins, en 1825. Pronto, empero, la idea de crear una empresa independiente va a cristalizarse. Hacia finales de 1825, en sociedad con un amigo suyo, Joseph Mendía, Lanuza funda la firma editorial y de librería Lanuza, Mendía y Cía. Para cumplir con sus designios, la novísima firma adquirirá una imprenta de marca Smith, de dimensión super royal – apta para editar libros en formato octavo y cuarto – junto con variedad de tipos necesarios a la impresión de volúmenes en español. La oficina de imprenta se instalará en el número 1, Franklin Street, para eventualmente establecerse en el número 30, Exchange Place. El carácter puramente neoyorquino de la empresa se ampliará, eventualmente, con la llegada de un tercer socio, el estadounidense Frederick Huttner, quien establecerá una sucursal en Filadelfia.

Las primeras ediciones de Lanuza, Mendía & Cía se efectúan en sociedad con otra firma neoyorquina, ya por entonces bien establecida, Behr & Kahl, que se interesa en incursionar en mercado del libro en lenguas extranjeras. Lanuza no tardará, sin embargo, en proceder independientemente. Desde 1826 hasta 1829, Lanuza, Mendía se convertirá en la casa editorial de lengua española más importante de los Estados Unidos. La realidad de tal calidad es confirmada por el testimonio brindado por Lanuza en un proceso judicial que tiene lugar en 1828. En dicha ocasión, luego de confirmar los detalles de un envío de libros de la compañía con destino a Tampico, México, Lanuza declara que, desde el inicio de sus labores en Nueva York, ha editado ochenta mil ejemplares de diversos títulos. A ello debe añadirse, desde 1828, la publicación de un importante semanario en lengua española, El Mercurio de Nueva York.

Ningún documento de los archivos de la firma se ha conservado hasta nuestros días y algunos de sus libros han sufrido idéntico destino. A pesar de esos vacíos, es posible reconstruir la breve y brillante historia de Lanuza, Mendía & Cía gracias a sus restantes publicaciones y a los diarios de la época. La visión que Lanuza plasma con sus proyectos se transparenta de tales materiales: la firma difunde una amplia gama de obras en idioma español, y diversifica sus actividades con la impresión de efectos por encargo – en 1827 contratan, por ejemplo, la producción de algunos miles de estampas religiosas para el librero español Manuel Recio, a la época establecido en México. De modo más personal para Lanuza, ciertos títulos que aparecen bajo el sello de la firma son de corte netamente liberal, incluyendo los Discursos del señor Don Jos Mejía en las cortes extraordinarias de España en los años desde 1810 hasta 1813 – volumen del que, aparentemente, ningún ejemplar se ha conservado - y la traducción al español de la Defensa de los pueblos contra la tiranía de los reyes, del italiano Girolamo Spanzotti.

Las convicciones ilustradas de Lanuza, empero, han sido mejor expresadas en su primera obra de ficción, Jicotencal, en la que utiliza la historia del príncipe tlaxcalteca Xicohtencatl Axayacatzin para construir un comentario político de corte progresista. El resultado es un trabajo que se compagina perfectamente con sus convicciones de autor ilustrado y de traductor de Condorcet y de Voltaire. Lanuza publicó la novela de modo anónimo y sin directa mención de la responsabilidad editorial de Lanuza, Mendía & Cía, decisión que habría de causar casi dos siglos de falsas atribuciones tanto editoriales como de autoría. La crítica instituyó a William Stavely – dueño del al taller en el que se realizó la impresión – como editor de la obra. Aún más grave, en el siglo veinte y en el veintiuno, la autoría de la obra fue atribuida distintamente a dos contemporáneos de Lanuza: de cinco reediciones efectuadas en las Américas y Europa, tres fueron adscritas a Félix Varela y dos a José María Heredia, respectivamente. La obtención del copyright del libro por parte de Frederick Huttner – de quien se ignoraba fuese socio de Lanuza, Mendía & Cía – causó también todo tipo de especulaciones.

La identificación de la responsabilidad editorial de Lanuza, Mendía & Cía, y de la autoría de Lanuza se ha tornado pública tan solo en noviembre de 2018, con la publicación de mi artículo Jicotencal: an enigma is solved, (A Contracorriente, una revista de estudios latinoamericanos, Vol 16 No 1 (2018): Fall 2018). En ese texto se devela, en base a pruebas documentales contemporáneas a los hechos, a Cayetano Lanuza como autor de Jicotencal, y a Lanuza, Mendía & Cía como la casa editorial responsable de su publicación. El punto esencial de tal descubrimiento es una reseña editorial publicada en el New York Evening Post, en 1838, probablemente redactada por William Cullen Bryant, en la que se establece que Lanuza es el autor de Jicotencal.

La aventura comercial de Lanuza, Mendía y Cía concluye en 1829, con la disolución de la firma, la liquidación de sus bienes y el traspaso de El Mercurio a terceros. No es aún posible determinar la razón que provocó ese final inesperado. Lo único cierto es que Lanuza no abandonó Nueva York inmediatamente después del cierre de su firma. Tan solo a mediados de la década de los treinta partió para radicarse finalmente en Cuba. No intentó repetir allí su faceta de editor, limitándose a continuar con su carrera de médico e intelectual, editando varias revistas de entre las que se destaca La Mariposa, codirigida inicialmente con José Luis Casaseca. En La Habana daría a conocer una serie de ficciones cortas y, en 1842, su segunda novela, El Calculista, textos que serían publicados todos bajo su nombre. Aparentemente nunca estableció de modo público y oficial su condición de autor de Jicotencal.

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María Helena Barrera-Agarwal nació en Pelileo, Ecuador, en 1971. Abogada, ejerce su profesión en Nueva York. Ha viajado extensamente por la India. Un volumen que recoge una selección de diez años de su periodismo cultural, publicado en diversos medios hispanoamericanos, se editó en 2009.