La obra de los otros

Mystèrium: una saga de tres Martínez
Un ensayo de María Helena Barrera-Agarwal
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Juan Martínez, poeta

La historia de Juan Martínez es simple. O no lo es, dependiendo del punto de vista que el lector favorezca. Antes de juzgar o de tomar partido, preciso es determinar de qué Juan Martínez se habla. Para el propósito de ésta historia, existen tres. Dos, españoles, radicados en Suiza, y uno, chileno, que visitara Europa en una sola, memorable, ocasión.

La forma más básica de distinguirlos podría ser cronológica. Excepto por el hecho de que uno de los Martínez españoles nació en 1942, año exacto del natalicio del Martínez chileno. Utilizar el segundo nombre de pila tampoco ayuda. El más joven Martínez español y el Martínez chileno llevan Luis antes del apellido. Para salir del embrollo hay que forzarse a olvidar lo multifacético de sus talentos, y adscribir un adjetivo específico a cada uno.

1. Pintor, poeta, viajero

Hablaremos así del Juan Martínez pintor, nacido en Navas de San Juan, España, en 1942, radicado en Suiza desde la década de los sesenta. Un artista de gran élan, de impulsos a la vez secretos y generosos, de visiones marcadas por una curiosa intensidad que parece comunicar mejor al distanciar. “Busco poetizar la imagen”, ha dicho el Martínez pintor. Y ha reflexionado “el color es una ilusión. Una ilusión que quiere presentar alguna cosa. Yo prefiero lo que es neutro. Utilizo los colores vivos para transportarnos a una conciencia más aguda.” Consciencia que evade lo obvio para remitirse a la esencia de lo intangible, como develaría Jacques Monnier en 1970: “el interés de su búsqueda reside en la ambigüedad constante de sus grandes "formas muy simples", que engendran, en verdad, fenómenos sutiles y complejos."

El segundo Martínez, poeta, requiere poca presentación ante el público hispanoamericano. Nacido en Valparaíso, Chile, también en 1942, y fallecido en 1993, es una de las figuras literarias chilenas más fulgurantes. El título de su obra cardinal, La nueva novela (Ediciones Archivo, 1977) basta para identificarlo. Sus libros, son destilaciones de una vorágine siempre creciente en la que no cesan de combinarse elementos contrarios e irreprimibles. Puede reputárselos literatura experimental. Para sus lectores, sin embargo, tal calificación es insuficiente. Porque, de hecho, la palabra poeta no basta; el Martínez chileno es un malabarista, un creador de asombros.

Juan Martínez, pintor

Juan Martínez, pintor

El tercer Martínez, viajero, nace en Palamós, España, en 1953. A los cuatro años de edad, emigra con su familia a la Suiza romanda. A los veinte, abandona Suiza, cuestión, en sus palabras de “poner varios miles de kilómetros entre Ginebra y yo”. Esa jornada – la primera de muchas por venir - lo conduce al Asia. También a los veinte años publica su primer libro de poemas, Un homme est seul avec sa tête (Perret-Gentil, 1973), al que seguirán varios volúmenes de poesía. Adaptara además dos de sus cuentos inéditos a comics, junto con un amigo al que ha conocido casualmente en la India, Daniel Ceppi. Empeñado en la creación en prosa y en verso, traductor y animador cultural, Martínez colabora con varias publicaciones, como Le Temps, de Ginebra, y la revista [vwa].

2. Confusión

Los dos Martínez españoles coexisten por años, en teoría, en el mismo espacio geográfico y lingüístico. Ambos usan el francés como idioma y viven en Suiza – si bien ambos también se ausentan de ese país en extensos períodos de ausencia. Frecuentan también círculos similares, aquellos intelectuales y artísticos de la Romandía. Un cierto nivel de confusión es inevitable. Ello está reflejado en el catálogo de la Biblioteca Nacional de Suiza donde, en los registros de los libros del Martínez viajero, su nombre aparece seguido de la indicación “(poète)”, prueba cierta de helvética rigurosidad.

Un artículo de prensa publicado en 1989 sobre el Martínez pintor refleja la misma intención clarificadora. Contiene en sus párrafos iniciales una puntualización que el anónimo periodista ha considerado indispensable: "Debe anotarse que no es pariente de su homónimo, Juan Martínez, poeta más joven que vive en Ginebra.” Necesaria alusión, puesto que el Martínez pintor no es ajeno a los ámbitos literarios. A raíz de una exposición neoyorquina, publicará, por ejemplo, Miroir de fumée: pour Juan Martinez, (Imprimerie Bron, 1980) con texto de Carlos Fuentes. En 2013, ilustra a su vez un poemario de José-Flore Tappy, Tombeau (Éditions Empreintes, 2013). José-Flore Tappy, poeta romanda, colega del Martínez viajero, participante como él en la antología La Poésie Suisse romande (Éditions de l’Aire, 1993) de Claude Beausoleil.

¿Se han encontrado algún día los dos Martínez europeos? Nada deja suponerlo, aún si la probabilidad de esa coincidencia no es poca. Es más fácil determinar la ausencia total de vínculos entre ellos y su homónimo chileno. El Juan Martínez latinoamericano es un escritor centrado en sus espacios familiares, aquellos que habitará sin mayores jornadas desde su nacimiento hasta su muerte. Valparaíso, Concón, Viña del Mar, Villa Alemana.  Su único viaje tiene por destino Francia, visita que no incluirá estadía alguna en Suiza.

Juan Martínez, viajero

Juan Martínez, viajero

3.  Mystèrium

A pesar de la distancia geográfica y de su ánimo ajeno a derroteros físicos, el Martínez poeta hallará manera de cruzar sus pasos con los del Martínez viajero. Como ha revelado hace poco el catedrático estadounidense Scott Weintraub en su libro La última broma de Juan Luis Martínez: no solo ser sino escribir la obra de otro (Cuarto Propio, Chile, 2014), lo hará gracias a un descubrimiento casual acaecido en la biblioteca del Instituto Chileno Francés de Valparaíso. En esas estanterías, en algún momento cuya exacta cronología es imposible de determinar, el Martínez chileno encuentra un ejemplar de Le silence et la brisure (Librairie Saint-Germain-des-Pres, Paris, 1976), el segundo libro de poemas del Martínez catalán.

Ese ejemplar, según el análisis de Weintrab, será utilizado para crear una asombrosa mistificación. Juan Martínez traducirá los versos del libro de Juan Martínez al español, y los hará pasar por suyos. Manifestará libremente esa apropiación, de modo particular cuando se halle en Europa. En 1992, el año inmediatamente anterior al de su muerte, el Martínez poeta es invitado al festival francés Les Belles Étrangères, organizado ese año en honor de Chile. Asiste junto con otros ya famosos compatriotas, incluyendo José Donoso, Nicanor Parra y Antonio Skármeta. Durante una de sus intervenciones en tal ocasión, se deleitará en leer un poema de su homónimo, presentándolo como propio.

Los textos traducidos del Martínez viajero aparecerán, finalmente, bajo la autoría del Martínez poeta, dentro de un volumen intitulado Poemas del otro – Poemas y diálogos dispersos (Ediciones Universidad Diego Portales, 2003). Publicado póstumamente, el libro trae a la luz la extraordinaria disimilitud entre la sensibilidad literaria del chileno y aquella del español. Los especialistas en Juan Luis Martínez – cada vez más numerosos a medida que el testimonio de su genio se vuelve menos posible de ignorar - mencionarán repetidamente esa distancia. Nadie sospechará jamás que la misma se debe, precisamente, al hecho de que su autoría, en lugar de ser única, era doble y secreta.

4. Sigilla

Nadie que conozca la obra del Martínez poeta concluirá, ante la evidencia, que su intención fue el plagio. Como ha señalado el profesor Weintraub, está claro que se cuidó de dejar rastros que permitirían, eventualmente, el descubrimiento. Entre ellos se hallaba la críptica afirmación, repetida a menudo pública y notoriamente, de que los poemas apropiados los había escrito “el otro”. Como esa insinuación indica, la mistificación era natural dentro de sus preocupaciones filosóficas. Para Martínez, la noción de autor, igual que aquella de originalidad, son simplistas, improbables entelequias. No en vano la famosa tachadura de sus dos nombres, colocados entre paréntesis, aparece en la portada de La nueva novela. No en vano en las doscientas quince veces que la palabra autor se repite en ese texto, lo hace siempre sitiada, abordada, atacada.

El eco de sus palabras en una de las páginas de ese volumen resulta indispensable a la hora de pensar en su traducción y uso de Le silence et la brisure: “Martínez utiliza continuamente la intertextualidad occidental para negar la existencia de individualidades en la literatura, la propia y la de todos los escritores, jugando con múltiples referencias que se repiten durante el texto.” Individualidad imposible, individualidad cuya ausencia es confirmada, probablemente con júbilo el día en que el Martínez poeta descubre, en Valparaíso, a ese otro Martínez, el viajero, y a su libro. Es un juego de espejos en el que, curiosamente, se pueden avistar también los sentidos de ruptura de los cuadros del Martínez pintor, en cuyas obras no pocas veces se percibe una voluntad de reflexión ad infinitum.

La rara consonancia de los apelativos es así confirmada en toda su perfección. En el ámbito de lo artístico, pocos nombres se prestarían mejor a esa negación de la individualidad. Así, el Juan Martínez pintor es colega del Juan Martínez escultor, que Velázquez tuviese por modelo para un sobrio retrato, y del Juan Martínez artista contemporáneo, chileno y surrealista. Así también, el Juan Martínez poeta tiene por colegas al Juan Martínez mexicano, autor de El ángel de fuego, y al dieciochesco Juan Martínez, creador de la letrilla aquella que reza “Busca Don Rufo/tres pies al gato/tres pies le busca/y él tiene cuatro.”

5. Singularidad

Tal vez la paradoja mayor de la historia de los tres Martínez se halla en una de sus consecuencias. Desde el momento en que el profesor Weintraub descifrase el jubiloso efecto trompe l’oeil del libro póstumo del Martínez poeta, resultaba indispensable intentar saber más del Martínez viajero.  De sus investigaciones, sin embargo, no surgió mayor detalle sobre la vida del mismo. Apena si una fantasmal biografía se derivaba de los detalles incluidos en las contraportadas de sus libros y en catálogos de bibliotecas. Los editores de sus obras habían perdido contacto con el joven que un día publicaran. Nadie conocía su dirección. De su trabajo, más allá de las letras, emergía solo algún nebuloso detalle sobre vinculación con la Cruz Roja. Su libro más reciente databa de 1993, año de la muerte del Martínez poeta.

Ese vacío y esa concurrencia dio pábulo para conjeturas que de seguro habrían sido deliciosas para el Martínez poeta. En una reseña del libro de Weintraub, publicada en julio de 2014 en el diario chileno El Mercurio, Pedro Pablo Guerrero se preguntaba "¿No será el doble suizo-catalán otra invención de Martínez y Le silence et sa brisure un libro suyo escrito en francés y enviado a un chileno residente en París a mediados de los años 70 para gestionar su publicación?” Aún si Weintraub se resistía a considerar tal escenario posible, vistas las obvias limitaciones del francés de Martínez, la tentación del creer en la inexistencia del autor europeo era grande y atrayente. Lo cierto, sin embargo, es que el Martínez viajero no fue una invención del Martínez poeta. Autor, traductor, periodista, la vida del Juan Martínez catalán parece, en otro golpe de sincronicidad, haber cambiado aproximadamente al mismo momento en que la de su homónimo chileno concluía.

Hacia finales de la década de los ochenta, el Martínez viajero combinaba sus actividades creativas con labores en el Instituto Universitario de Estudios para el Desarrollo, en Ginebra. Desde la década de los noventa, sin embargo, parecería abandonó la literatura, al menos públicamente, para concentrarse en su trabajo con el Comité de la Cruz Roja Internacional. Se transformaría así en un portavoz de víctimas y tragedias. En un documental dedicado a los conflictos bélicos, (Words of Warriors, Von Planta Productions, 2006) aparece en conversación con comandantes de movimientos y guerrillas, en diversos países. ¿Continuaba – continúa - a escribir durante esas jornadas? Imposible saberlo. Localizar al Martínez viajero ha demostrado ser tarea infructuosa. Quizás ello es apropiado, en una historia en que los vacíos tienen tanta preponderancia como las certezas.

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María Helena Barrera-Agarwal nació en Pelileo, Ecuador, en 1971. Abogada, ejerce su profesión en Nueva York. Ha viajado extensamente por la India. Un volumen que recoge una selección de diez años de su periodismo cultural, publicado en diversos medios hispanoamericanos, se editó en 2009.